Enseñanzas y actualidad de la Comuna de París (PCR)

Artículo publicado originariamente como Editorial del número 11 de La Forja, órgano central del PCR, de julio de 1996, entre las páginas 2 y 14.


 

Hace 125 años, el fantasma que había descrito Marx en su famoso Manifiesto tomó cuerpo por primera vez en la historia, encarnándose en los enardecidos espíritus revolucionarios y en los alzados puños armados de los obreros de París: hace 125 años, un pequeño destacamento de avanzada del proletariado internacional tomó entre sus manos la responsabilidad de llevar a la práctica, por primera vez, el ideal de la Revolución Proletaria. Mal armado y peor pertrechado, suplió las insuficiencias políticas y militares con pundonor, valentía y honor, con un derroche de iniciativa histórica propio, sólo, de quienes confían en el porvenir, de quienes poseen en su mente y en sus brazos la fuerza del futuro, de la clase en cuyas entrañas germina la semilla de la nueva sociedad, la clase obrera. Hace 125, los obreros de París dieron forma al primer Estado de Dictadura del Proletariado, inaugurando la primera experiencia del Poder Obrero, la Comuna. Pequeña, sitiada, recluida en un punto del mapa, su resonancia y trascendencia aturdió y enrabietó a sus enemigos, los burgueses de todo el mundo. Todavía hoy sienten temor ante sus ecos históricos, por eso tratan de silenciarlos, por eso hacen todo lo posible, ayudados por los oportunistas y revisionistas de toda condición, para que los trabajadores no tengan noticia alguna de los capítulos épicos de su pasado, para que no se enardezcan sus espíritus al rememorarlos, para que no les pueda tentar la idea de repetirlos.

Pero el proletariado consciente tiene el deber de conocer el pasado de su clase, para aprender de él y para llevar sus enseñanzas y su genio combativo a las aletargadas masas, que yacen hoy postradas en el escepticismo y la pasividad política, hastiadas de tanto traidor y hartas de tanta mentira. Y, en primer, lugar deben conocer la epopeya de la Comuna de París, porque fue la primera batalla a campo abierto -después de la escaramuza de 1848- que el proletariado entabló en su permanente guerra de clase contra la burguesía, batalla que, aunque perdida, significó un salto de gigante en el camino de la emancipación de los trabajadores. Recordémosla, pues; estudiémosla.

La Comuna y la Guerra

La Comuna surge en el contexto de la guerra franco-prusiana. Desde 1864, la Prusia de los junkers venía aplicando una política de hegemonismo y de confrontación exterior, dirigida por el canciller Otto von Bismark, con el objetivo de unificar Alemania en un solo Estado; objetivo éste que, por otra parte, era a lo que había quedado reducido el programa de la fracasada revolución burguesa alemana de 1848-49. Después de las guerras contra Dinamarca y Austria, Prusia sólo tenía ante sí el obstáculo de los intereses franceses en la Alemania del Sur, dividida y fragmentada políticamente para evitar el renacimiento de una nueva potencia política en el centro de Europa que pudiera recuperar el papel del viejo imperio de los Habsburgo, ya en franca decadencia. Por su parte, Francia vivía, desde el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, bajo el despotismo de Luis Napoleón Bonaparte quien, desde noviembre de 1852 y por vía plebiscitaria, había refundado el Imperio de su tío; si bien esta segunda edición del imperio napoleónico era más que un retrato fiel, una caricatura de la obra del primer Napoleón. La concentración del poder en manos del aparato burocrático y militar, que permitió el desafuero especulativo de la burguesía financiera e industrial durante años y que se apoyaba, para adquirir un barniz de legitimidad política, en el mayoritario campesinado medio francés -que no era ni mujik ni kulak– a golpe de plebiscito[1], entraba en bancarrota hacia 1870. Necesitaba un golpe de prestigio, y Napoleón III miró hacia Prusia.

Puestas así las espadas en alto, la guerra era sólo cuestión de una provocación. Y esta llegó. Los Hohenzollern, casa reinante en Prusia, propusieron su candidatura al trono vacante de España. Bonaparte se alarmó y exigió que fuera retirada la oferta, enviando a su embajador a Ems para que presionase sobre Guillermo I. Éste concedió y mandó un telegrama a Berlín informando a Bismark, quien, por su cuenta y riesgo, transformó sus contenidos en un resumen que hizo público y que resultó injurioso para los franceses. El 19 de Julio de 1870, tras el “incidente del telegrama de Ems”, Francia declara la guerra a Prusia.

La guerra no se desenvolvió, ni mucho menos, como el confiado Estado Mayor francés había previsto. Inmediatamente, las hostilidades se desarrollaron en suelo francés. La superioridad logística y táctica de los prusianos se hizo notoria desde el principio: desde la utilización del ferrocarril para el transporte de tropas hasta la mejor utilización del innovador fusil de retrocarga entre la infantería prusiana, el ejército comandado por Moltke demostró una superioridad neta que hizo valer en la decisiva batalla de Sedán, en la que el grueso del ejército francés fue desmantelado y tras la que, el 2 de septiembre, el Emperador fue apresado. Con él, cayó el II Imperio napoleónico. El 4 de septiembre, en París, se proclamaba la República y se organiza un provisional Gobierno de Defensa Nacional, encabezado por el general Trochu.

Ya desde los primeros días de la guerra, el proletariado internacional, representado por la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), fundada en 1864, había adoptado su posición en relación con la guerra: el 23 de julio, el Comité Permanente aprobó el Primer Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana, redactado por Marx. En este opúsculo se califica la guerra como “dinástica” antes que nacional, y se hace público el odio y el rechazo profundo que la clase obrera siente por las guerras entre naciones, para recordad la política exterior a la que aspira la Internacional obrera: “Reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones”[2].

Sin embargo, y ante el hecho consumado de la guerra, la Internacional distingue entre los beligerantes. Así, por parte de “Alemania, la guerra es una guerra defensiva”[3], aunque matiza que son los apetitos imperialistas de la Prusia de los Hohenzollern y Bismark los que han comprometido a todo el pueblo alemán en una guerra por intereses dinásticos. Seguidamente, el Primer Manifiesto establece los límites que, sobrepasados por los acontecimientos bélicos, dejarían de ser tolerables para el proletariado: “Si la clase obrera alemana permite que la guerra actual pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, el triunfo o la derrota serán igualmente desastrosos”[4].

Para terminar, después de advertir que el principal beneficiario de esa guerra iba a ser Rusia, el gran foco de reacción de la Europa de la época, y que esto ya de por sí haría que la lucha fuera perjudicial para el proletariado, tanto alemán como francés, Marx finaliza su proclama con una declaración de principios:

“(La clase obrera inglesa) Está firmemente convencida de que, cualquiera que sea el giro que tome la horrenda guerra inminente, la alianza de los obreros de todos los países acabará por liquidar las guerras. El simple hecho de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se lanzan a una lucha fratricida, entre los obreros de estos países se crucen mensajes de paz y amistad[5]; este hecho grandioso, sin precedentes en la historia, abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo. La precursora de esta sociedad nueva es la Asociación Internacional de los Trabajadores”[6].

La “guerra defensiva” de Alemania contra el Emperador se transformó, evidentemente, de manera inmediata, en “guerra contra el pueblo francés”. Ahora, el objetivo de los prusianos era París. La caída del Imperio y el apresamiento de Napoleón III no eran suficientes para ellos, deseaban la anexión territorial y la humillación del pueblo francés. El 9 de septiembre, pocos días después de proclamada la República, la AIT aprueba su Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana, elaborado también por Marx. En él, se comienza constatando el cambio de carácter de la guerra, pues “la guerra defensiva terminó con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la República en París. Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el mismo momento en que se puso de manifiesto la total podredumbre de las armas bonapartistas, la camarilla militar prusiana optó por la guerra de conquista”[7].

Para Marx y los dirigentes de la Internacional, la guerra de rapiña sólo podría tener como resultado el obligar “a Francia a echarse en brazos de Rusia”[8]. En cuanto a la clase obrera del país vencedor, señala el Segundo Manifiesto:

“La clase obrera alemana ha apoyado enérgicamente la guerra que no estaba en su mano impedir, como una guerra por la independencia de Alemania y por librar a Francia y a Europa de la horrible pesadilla del Segundo Imperio. Fueron los obreros industriales alemanes los que, junto con los obreros agrícolas, dieron nervio y músculo a las heroicas huestes, dejando en la retaguardia a sus familias medio muertas de hambre (…). Ellos a su vez reclaman ahora “garantías” (refiriéndose a la exigencia por parte de los militares prusianos de “garantías materiales” para prevenir una futura agresión francesa, exigencia cuyo fundamento Marx refuta en la primera parte del documento), garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido hechos en vano, de que han conquistado la libertad, de que su victoria sobre los ejércitos imperiales no convertirá, como en 1815, en la derrota del pueblo alemán; y como la primera de estas garantías, reclaman una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República Francesa[9].

De esta manera, Marx trataba de dar una interpretación independiente, de clase, de los acontecimientos políticos, de que e proletariado alemán estuviese listo para presentar sus reivindicaciones propias, fuera de la influencia de la propaganda chovinista de la burguesía teutónica, y para que pudiese presionar o dirigir los avatares políticos en función de un programa internacionalista.

Por lo que respecta al proletariado francés y después de señalar sus dudas sobre la naturaleza de la nueva República[10], Marx sugiere la táctica a adoptar en la nueva política a la que se enfrentaba:

“Cualquier intento de derribar el nuevo gobierno en el trance actual, cuando el enemigo está llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con su deber de ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. Ellos no deben repetir el pasado, sino construir el futuro. Que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar en la organización de su propia clase Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De su energía y de su prudencia depende la suerte de la República”[11].

Como colofón y como consigna a seguir por los obreros franceses, Marx finaliza el Segundo Manifiesto con un “Vive la Republique!”.

Ni que decir tiene que la acción revolucionaria de las masas sobrepasó largamente el marco político de la táctica propuesta por Marx. Y fue, precisamente, la belicosa consigna de defensa de la patria al estilo de 1792 -y no el pacífico “viva la República”- lo que motivó la creatividad histórica de los parisinos, que se empeñaron en continuar la guerra, mientras los jefes del gobierno de “defensa nacional” conspiraban en secreto para firmar la paz sin condiciones, convirtiéndose, al decir de Marx, en un gobierno de “Traición Nacional”. Al empeñarse en continuar la guerra nacional, el pueblo de París la transformó en su contrario, en guerra civil. Esta fue una de las grandes conquistas de la Comuna; dio por terminada la época de ascenso de la revolución burguesa que, precisamente, alzó como bandera la cuestión de la independencia nacional o, dicho sin eufemismos, la cuestión de la guerra por el monopolio del mercado interior para la burguesía nacional, y puso sobre el tapete la cuestión de la lucha entre las dos clases principales de la sociedad moderna, la cuestión de la lucha entre el proletariado y la burguesía, la cuestión de la guerra civil. A partir de aquí, el desarrollo de los acontecimientos políticos y el desarrollo de los acontecimientos políticos y el desarrollo social en general iban a tener un nuevo centro motor, fuera de la pugna entre las naciones, la guerra entre las clases.

El anticipado diagnóstico sobre los resultados de la guerra franco-prusiana erró por causas bien comprensibles. El período anterior a la Comuna es el del nacimiento y desarrollo cuantitativo de la clase obrera. El proletariado todavía se está conformando como clase en un contexto de consolidación de la revolución burguesa y de ascenso del capitalismo. De hecho, en muchos casos, los obreros todavía no han formado una entidad política propia e independiente y actuaban, aún, a la sombra de la burguesía, componiendo el ala izquierda de sus acciones políticas. Con este trasfondo, los acontecimientos de la política internacional sólo podían abordarse “en clave burguesa”, es decir, en términos de “confrontación nacional”. Nadie estaba en condiciones de predecir de antemano el momento y las condiciones concretas en que debía tener lugar el salto cualitativo que iba a transformar las bases sobre las que en el futuro se desenvolverían los acontecimientos de la política internacional. Ni siquiera la genialidad de un Marx podía prever esto (y, además, nunca lo pretendió). Sólo la obra creativa de las masas podía señalar el momento y el lugar en el que todo debía trastocarse para que las vigorosas fuerzas de lo nuevo empezaran a abrirse camino de un modo específico. El genio de Marx consiste en haber vaticinado su existencia latente en la realidad de una clase especial y en haber descrito esas fuerzas renovadoras en la teoría, por un lado, y, por otro, en haber estado dispuesto a “rectificar” su primer diagnóstico para ponerse a la altura de los acontecimientos, hacer el pertinente balance de los mismo y, con ello, desarrollar la teoría revolucionaria. Lenin resume magistralmente esta actitud de Marx ante la Comuna:

“En septiembre de 1870, Marx calificaba la insurrección de locura. Pero cuando las masas se sublevaron, Marx quiere marchar con ellas, aprender al lado de ellas en el curso de la lucha, y no darles instrucciones oficinescas. Comprende que las tentativas de tener en cuenta las probabilidades por adelantado y con toda precisión no serían más que charlatanería o vacua pedantería. Pone por encima de todo el que la clase obrera hace la historia universal con heroísmo, abnegación e iniciativa. Marx enfocaba esta historia desde el punto de vista de quienes la hacen sin poder tener en cuenta por adelantado y de modo infalible las probabilidades, y no desde el punto de vista del filisteo intelectual que viene con la moraleja de que “era fácil prever…no se debía haber empuñado…”

Marx sabía apreciar también que en la historia hay momentos cuando la lucha desesperada de las, incluso en defensa de una causa condenada al fracaso, es indispensable con el fin de que estas masas sigan educándose y preparándose para la lucha siguiente.

A nuestros cuasimarxistas actuales, que gustan de citar vanamente a Marx para tomarle sólo su apreciación del pasado, y no para aprender de él a crear el futro, les es absolutamente incomprensible e incluso ajena por principio semejante manera de plantear la cuestión. Plejánov ni siquiera pensó en tal planteamiento al emprender, después de diciembre de 1905, la tarea de “frenar…”.

Pero Marx plantea precisamente esta cuestión, sin olvidar en lo más mínimo que en septiembre de 1870 él mismo había reconocido que la insurrección era una locura.

`Los canallas burgueses de Versalles -escribe Marx- pusieron a los parisienses ante la alternativa: aceptar el reto o entregarse sin lucha. La desmoralización de la clase obrera en este último caso habría sido una desgracia mucho mayor que el perecimiento de cualquier número de líderes´”[12].

Como todo buen marxista sabe, fue la Revolución de Octubre la que puso en el orden del día la Revolución Proletaria como cuestión práctica; pero esto fue posible porque, antes, hubo una Comuna. Ciertamente, al contrario que en 1917, hacia 1870 el proletariado aún no disponía de los instrumentos tácticos imprescindibles para acometer, con una mínima garantía de éxito, la tarea de instaurar su dictadura de clase. Su principal defecto consistía, precisamente, en que todavía no había madurado lo suficiente como para constituir su partido político revolucionario. La Internacional intentó, en todo momento, suplir esta deficiencia del movimiento, pero no lo consiguió. Sólo pudo aportar hombres con ideas y organizadores. De hecho, la AIT solamente representaba el grado al que había llegado la organización del movimiento obrero consciente, era su exponente más claro, pero no se encontraba, en lo político, por delante de él. Fueron los comuneros quienes, como lo describió Marx, al tratar de “tomar el cielo por asalto”, es decir, al tratar de derrotar a su enemigo más con arrojo que con armas, demostraremos, de una manera práctica, la disposición objetiva de la clase obrera para cumplir una misión histórica; demostraron, en la práctica, la verdad esencial de la teoría marxista: que el proletariado está en condiciones, tras conquistar el poder, de destruir la sociedad de clases y el Estado. Pero la Comuna también demostró que el proletariado todavía no estaba preparado para abordar esa tarea desde el punto de vista subjetivo, desde el punto de vista práctico, de planteársela como una tarea inmediata. La Comuna, sin embargo, aportó, a través de sus errores y de sus aciertos, cuyo balance, bien considerado, se sumaría a la experiencia del movimiento proletario de las décadas subsiguientes, las bases necesarias para que la cuestión de la Revolución Proletaria fuera planteada no sólo como tarea inmediata, sino también como obra a realizar con ciertas garantías de éxito[13]. Octubre fue la confirmación de esto y el edificio que se construyó sobre los cimientos que dejó la Comuna.

Una muestra elocuente de la débil posición estratégica de la que partió el proletariado antes de la Comuna y de que la AIT era más un exponente del movimiento obrero que su dirigente (a pesar de la presencia en su seno de personajes como Marx, Engels o Lafargue), era el reconocimiento de su incapacidad para evitar la guerra entre Estados burgueses, esas carnicerías entre las masas trabajadoras de los pueblos, cuando el Primer Manifiesto declaraba que para el proletariado alemán “no estaba en su mano impedir” la guerra contra Francia. La Comuna, sin embargo, enseñó a transformar las guerras de rapiña de la burguesía en guerras civiles y, lo que es más importante, enseñó que la guerra nacional dejaba de ser “justa”, que su época había pasado, y que la guerra justa, ahora, era la guerra encabezada por el proletariado. Más aún, que sólo la lucha proletaria y su guerra civil podía evitar las guerras de rapiña. La Comuna impuso al proletariado la tarea de prepararse para impedir toda futura guerra nacional o imperialista y la de que, en el caso de que ésta fuera iniciada, estuviese preparado para transformarla en guerra civil. Los bolcheviques rusos fueron los primeros en extraer y poner en práctica esta lección de la Comuna y demostraron haber comprendido el paso adelante dado por los comuneros de París: que el proletariado comenzaba a pasar, desde el punto de vista estratégico, a la ofensiva.

La Comuna y la Revolución

La Comuna, efectivamente, sobrepasó políticamente a la AIT. De hecho, firmó su acta de defunción. Desde luego, la declaración de principios de la Internacional, su Manifiesto inaugural de 1864, había retrocedido bastante, desde el punto de vista de los principios revolucionarios, en relación con el Manifiesto de 1848. Marx, redactor de ambos textos, había realizado un gran esfuerzo de conciliación para aunar tendencias tan dispares como las que representaban las tradeuniones inglesas, los proudhonianos y los seguidores de Blanc en Francia, los Mazzini en Italia, los lassalleanos de Alemania, y las demás corrientes que convivían en el movimiento obrero europeo de los 60. Pero la Comuna sobrepasó al propio Manifiesto Comunista del 48, y llevó al movimiento proletario hasta un punto de exigencia política tal que quienes quisieran ponerse a su altura debían realizar un esforzado balance ideológico. Marx lo hizo y lo plasmó en su informe a la Internacional sobre la Comuna, titulado La Guerra civil en Francia. Pero no todos simpatizaron con el saludo marxiano a los comuneros parisinos: George Odger y Benjamín Lucraft, representantes de las tradeuniones inglesas en el Consejo General, se separaron de la Internacional al disentir de los contenidos de La Guerra civil, en franca pugna con sus objetivos políticos inmediatos de conseguir dos escaños en el Parlamento de Londres (cosa que no tardaron en lograr). Este fue el primer capítulo de la desintegración de la AIT, al que siguió el trabajo de mina de las conspiraciones bakunistas en su seno, hasta finiquitarla definitivamente en 1876. Pero, realmente, desde la Comuna, la Internacional no hizo más que languidecer. Había cumplido su misión aglutinadora de la clase obrera, tanto en lo ideológico, dando a conocer las ideas de Marx a los obreros más avanzados del mundo, como en lo político, insistiendo siempre en que el movimiento obrero era un movimiento político, certificando su madurez como movimiento independiente, y en lo organizativo, rompiendo con la época de los reducidos grupúsculos conspirativos para dar al movimiento un carácter de masas. Ahora, la Comuna denunciaba que estos títulos eran ya, de por sí, insuficientes para la continuidad del movimiento revolucionario de la clase. Era preciso un nuevo paso hacia adelante. Y Marx se apresuró a darlo en el plano teórico, como condición previa a su realización práctica.

Las conclusiones a las que llega Marx después de observar y estudiar la experiencia de la Comuna, muestran hasta qué punto era consciente del salto cualitativo que acababa de dar el movimiento obrero. Ya en abril de 1871, cuando todavía ondeaba la bandera roja en el Hôtel de Ville (Ayuntamiento) de París, Marx escribía, a modo de balance general: “Debido al combate librado en París, la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y el Estado capitalista, ha entrado en una nueva etapa. Cualquiera que sea el resultado, hemos conquistado un nuevo punto de partida de importancia histórica universal”[14].

¿En qué consistía, en lo concreto, ese “nuevo punto de partida de importancia histórica universal”?

“(…) la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines”[15].

Marx avanza esta conclusión en su capítulo tercero de La guerra civil, enlazando, así, con los resultados de sus investigaciones del ciclo revolucionario que tuvo lugar en Francia entre 1848 y 1852, plasmados en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, donde dice:

“Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina (el Estado), en vez de destruirla. Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el botín principal del vencedor”[16].

En el informe sobre la guerra civil en Francia, Marx no explicita tan abiertamente el aspecto “negativo” o “destructivo” del proceso de “toma de poder” por parte del proletariado. Tal vez, para evitar la reacción repulsiva del sector más moderado de la Internacional. Pero, por un lado, el desarrollo del análisis de la Comuna hecho por Marx en su informe dejaba implícita esa idea y, por otro, aprovechaba toda ocasión para hacer hincapié, entre su círculo más íntimo de allegados, sobre el hecho de que la Comuna ratificaba plenamente su diagnóstico de 1852:

“En el último capítulo de mi ’18 Brumario’, como podrás comprobar si lo relees, subrayo que la próxima tentativa de revolución en Francia ya no deberá consistir en hacer pasar a otras manos la máquina burocrática militar, como ha sucedido hasta ahora, sino en destruirla. Esta es la primera condición de toda revolución popular en el continente. Esto, precisamente, es lo que intentaron nuestros heroicos camaradas de París”[17].

Hasta aquí, la teoría revolucionaria no sólo tiene planteada la tarea de la destrucción del Estado por la Revolución Proletaria, sino que, además, la Comuna sanciona en la práctica este planteamiento de la teoría. Pero la Comuna va más allá:

“El grito de `república social´, con que la revolución de Febrero (de 1848) fue anunciada por el proletariado de París, no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la propia dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta república”[18].

“(…) la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”[19].

¡La comuna era la forma política “al fin descubierta” con la que el proletariado debía sustituir el Estado opresor destruido por la Revolución! En esto radicaba el “verdadero secreto” de la Comuna, y en esto consiste esencialmente su significado; porque, gracias a ella, el programa de la Revolución Proletaria contaba, desde ese momento, con un “nuevo punto de partida de importancia histórica universal”: el de haber hallado la forma que debe adoptar la dictadura del Proletariado.

En su obra, El Estado y la Revolución, Lenin nos ofrece una panorámica de la evolución del pensamiento marxista desde 1848 a 1871, desde el Manifiesto del Partido Comunista hasta la Comuna, descubriendo genialmente cómo la doctrina de Marx, que no es sino “un resumen de la experiencia alumbrado por una profunda concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia”[20], asciende desde su primera gran obra política, donde aún se habla de la “conquista del poder político” por parte del proletariado en abstracto, hasta el eslabón más alto, hasta la asunción revolucionaria de la Comuna, donde esa “conquista del poder” encuentra sus formas reales y concretas.

¿En qué consiste esa “forma política” que debe adoptar la Dictadura del Proletariado?

La comuna tomó medidas relacionadas con muchos aspectos de la vida social, medidas encaminadas, principalmente, a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y de las masas populares, entre las que podemos destacar la abolición del trabajo nocturno para los panaderos, la prohibición de las multas a los obreros dentro del taller o de la fábrica, la condonación de las deudas por alquiler y la supresión de las casas de empeño; y, también, medidas democráticas que la revolución burguesa había dejado pendientes por cobardía o porque la burguesía se encontraba interesada en la conservación de determinadas instituciones del antiguo régimen. Así, fue la Comuna la que dio por zanjado el asunto de la separación Iglesia-Estado, al decretar la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos, declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia y eliminando de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones y “todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual”.

Pero no es sobre este tipo de medidas que queremos centrar nuestra tención, sino sobre esas otras cuyo contenido político y cuya fuerza transformadora hicieron de la Comuna uno de los episodios revolucionaros más grandes de la historia. Naturalmente, el primer paso necesario para ello era la conquista del poder, aunque no fuese más que en la capital, por el proletariado.

El 18 de septiembre de 1870, los prusianos cerraron el cerco de París. Inmediatamente, el gobierno de “defensa” puso manos a la obra para lograr la firma del armisticio. Julio Favre, a la sazón ministro de asuntos exteriores, se entrevistó al día siguiente con Bismark, sin conseguir resultados. Por su parte, Adolphe Thiers, reaccionario diputado republicano que había tenido cargos de gobierno en la época de Luis Felipe de Orleans (1830-48), iniciaba una gira por las cancillerías europeas para recabar apoyos para Francia de cara a la inminente firma de la paz. También fracasó. Mientras tanto, continuaba la desastrosa campaña militar: el 27 de octubre caía la fortaleza de Metz, último reducto operativo del ejército de línea francés.

El curso de la guerra y los crecientes rumores de claudicación que causaban las maniobras del gobierno provocaron la movilización popular en París y otras ciudades de Francia (principalmente, Lyon, el “Manchester francés”, y Marsella). La caída de Metz había motivado una espontánea insurrección en París, provocada por el descontento, el 31 de octubre, pero las tropas la derrotaron. Los elementos más conscientes de la clase trabajadora, sin embargo, habían ido organizándose de manera autónoma desde el mismo día que fue proclamada la República. Se crearon comités de vigilancia en todos los distritos de París, y el 9 de septiembre se formó el Comité Central de los veinte distritos, que, para enero, ya estaba en manos de los blanquistas, a través del comité de los cinco, que era una especie de órgano ejecutivo del C.C. de los distritos. Este comité publicó, el 6 de enero, el primer “cartel rojo”, donde se pedía, por primera vez, la destitución del gobierno, por considerarlo, explícitamente, una simple “continuación del Imperio”. El 22 de enero, el comité de los cinco, apoyado por el Consejo Federal de la Internacional, encabezó una nueva insurrección promovida por el malestar creado por el envío, casi suicida, de varios de los mejores batallones de la Guardia Nacional en una incursión que terminó en una masacre inútil, y por la casi certeza que tenía el pueblo de París de que el gobierno, traicionando sus promesas de resistir, estaba a punto de firmar la paz. La insurrección fue nuevamente sofocada y, el 28 de enero, el gobierno firmaba el armisticio con Bismark. Según el armisticio, la decisión de continuar la guerra era delegada a una Asamblea Nacional, cuya elección tendría lugar el 8 de febrero. El 12, esta asamblea inicia sus sesiones en Burdeos, con mayoría reaccionaria legitimista, debido al voto campesino. La Asamblea aprobó las condiciones preliminares de paz (cesión de Alsacia y Lorena a Prusia y pago de una indemnización de guerra) y eligió a Thiers como jefe del Gobierno.

A partir de aquí, el único obstáculo que se oponía a la consolidación de la república burguesa en Francia era el París de los obreros armados. Pero aquí, a lo largo de febrero, empieza a tomar relevancia un nuevo órgano político como cabeza visible del movimiento de masas revolucionario: el Comité Central de la Guardia Nacional. La Guardia Nacional era el pueblo de París armado. Por las circunstancias de la guerra, la mayoría de los varones útiles habían sido enrolados en este cuerpo armado. Y la mayoría de ellos eran obreros, de manera que, frente al Burdeos burgués, reaccionario y capitulador, se encontraba el París del proletariado armado dispuesto a continuar la lucha.

La Guardia Nacional estaba organizada en compañías, que se reunían en asamblea. Con motivo de la aprobación del Reglamente de la federación de la institución, estas asambleas eligieron el 3 de marzo su comité Central (a partir de aquí, el Comité Central de los veinte distritos pasa a denominarse Delegación de los veinte distritos) que ya desde su primera reunión, en la plaza de la Corderie (lugar simbólico por formar parte de las barriadas obreras), manifestó su deseo de conservar las armas como única garantía para salvaguardar los derechos conquistados tras la caída del Imperio. Y fue esta cuestión, el asunto del armamento de la Guardia Nacional (principalmente su artillería), lo que provocaría la polarización social y política de las fuerzas que iban a enfrentarse en la guerra civil.

Para marzo, los parisinos tenían meridianamente clara la naturaleza del problema al que se enfrentaban: habían comprendido la esencia clasista y reaccionaria del gobierno de Thiers y de la Asamblea de Burdeos, habían comprendido que todo se reducía a la cuestión de quién tenía verdaderamente el poder, y que el poder lo dan las armas. Esto, naturalmente, también lo sabía Thiers, quien hizo todo lo posible para desarmar al proletariado parisino. Con ello, provocó la guerra civil.

El 10 de marzo, la Asamblea Nacional se trasladó a Versalles, a 18 Kms de París. Los dos contendientes quedaban, así, frente a frente, como dos ejércitos que toman posiciones antes de la batalla.

Desde su llegada a la jefatura del gobierno, Thiers dirigió sus golpes contra la Guardia Nacional que, por las condiciones del armisticio, tenía derecho a conservar sus armas. Thiers anuló el mísero sueldo que se pagaba a los miembros de la Guardia Nacional y designó a Vinoy, oficial bonapartista, como su comandante. Este trató, a finales de febrero, de trasladar todos los cañones de la Guardia (unos 300, que habían sido comprados por la propia Guardia Nacional con fondos conseguidos por suscripción pública del pueblo de París, y que, por tanto, eran de su propiedad) hacia los distritos burgueses de la ciudad (la parte occidental), pero los guardias no obedecieron las órdenes y los obreros los concentraron en los barrios obreros de París, a la altura Montmartre y Chaumont. El 18 de marzo, Thiers lo volvió a intentar, enviando una división hacia Montmartre para robar los cañones. El pueblo de París y la Guardia Nacional les sorprendieron y lo impidieron. Los generales Clément-Thomas y Lecomte ordenaron disparar contra la población, Sus soldados se negaron, confraternizaron con el pueblo y los fusilaron allí mismo. Ante el fracaso de la nueva intentona, Thiers ordenó la retirada de sus tropas y de la administración gubernamental de París hacia Versalles. Por su parte, el Comité Central de la Guardia Nacional se reunía en el Ayuntamiento, publica su Llamamiento y decide transferir el poder a la Comuna, para la cual se convoca elecciones para el día 26. En su Llamamiento, el Comité Central resume el significado histórico de la revolución del 18 de marzo:

“Los proletarios parisienses, ante la insolvencia y la traición de las clases dominantes, comprendieron que les había tocado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la administración de los asuntos públicos… Comprendieron que se les ha impuesto este deber imperativo, que les pertenece el derecho indiscutible de ser dueños y señores de su propia suerte, tomando en sus manos el poder gubernamental”[21].

La Comuna de París quedó proclamada el 28 de marzo. Desde el 18 de marzo, en Francia coexistían dos poderes políticos opuestos e incompatibles. Uno debía destruir al otro. El poder burgués había provocado la guerra civil con la acción del 18 de marzo. Al mismo tiempo, la clase obrera había asumido su papel de dirigente político con plena madurez y en todas sus consecuencias y aceptó el reto, aunque, tal vez, con un planteamiento demasiado defensivo de la feroz contienda.

La obra de la comuna

Una vez conquistado el poder, el proletariado parisiense se aprestó a organizar a su modo el orden político. Y para hacerlo, no tuvo más remedio que destruir el viejo orden, estableciendo simultáneamente las bases de un orden nuevo. Un rasgo distintivo de las transformaciones revolucionarias de la Comuna en el plano político e institucional, consiste en que, por lo general, fueron resultado de la adopción de medidas sencillas que obedecían a deseos y sentimientos profundamente arraigados en el alma del pueblo. De esta manera, y como manifestación de aquello que Hegel denominó “ardid de la razón”, al querer, por ejemplo, erradicar el nepotismo, los privilegios y las sinecuras en la administración pública, el pueblo revolucionario de París halló la fórmula para superar el parlamentarismo. Con medidas simples, pero de hondo calado, la Comuna resolvió cuestiones que la teoría política, sobre todo en su versión burguesa, habían planteado de forma harto compleja, sin encontrarles solución.

“La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es un ‘gobierno barato’, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado”[22].

Aplicar, sencillamente aplicar, las razones, casi ingenuas, que los trabajadores conscientes albergaban en su corazón y que habían rumiado durante mucho tiempo. Esta fue la varita mágica que utilizó la Comuna, cuya obra significó un salto de gigante para la política revolucionaria. Por ejemplo, una de las primeras medidas que adoptó la Comuna (1 de abril) fue la de asignar a cada funcionario público, tuviera el cargo que tuviera, un sueldo no superior al salario medio de un obrero (6000 francos). ¿Cabe concebir gobierno más “barato” ?, ¿cabe hallar una idea más elemental y de “sentido común” sobre la que no puedan por más que estar de acuerdo todos los trabajadores honestos?; y, sin embargo, ¿no terminaría la realización de esta idea, casi por sí misma, con la mayoría de las lacras del aparato burocrático-administrativo del Estado? ¿No sería, por otra parte, un ejemplo a seguir, sobre lo que estarían de acuerdo la mayoría de los trabajadores españoles, después de tanto escándalo y de tantos años de corruptelas descubiertas, para resolver, de una vez por todas, el abuso y la sobrecarga económica que suponen mantener a tanto parásito sobre sus hombros?

“Pero, ni el gobierno barato, ni la ‘verdadera república’ constituían su meta final (de la Comuna); no eran más que fenómenos concomitantes”[23].

Efectivamente, las medidas sencillas y de “sentido común” (comprensibles por sí mismas, decía Lenin) que adoptó la Comuna tuvieron una trascendencia histórica porque ofrecieron la clave para suprimir el Estado en general, superando la forma que éste adquiere en nuestra época el Estado burgués; ofrecieron la clave para terminar con el aparato burocrático-militar y con el parlamentarismo, que son los dos pies sobre los que se sostiene y camina la forma de dominación política de la burguesía.

El 29 de mayo, la Comuna decretó la abolición del reclutamiento forzoso para el ejército y dispuso la admisión en la Guardia Nacional de todos los ciudadanos aptos para el servicio militar. De esta forma, desaparecía el ejército permanente y la función de la defensa pasaba a ser una tarea de todo el pueblo. La Guardia Nacional francesa se convirtió, de esta manera, en el primer Ejército Popular de la historia. La Comuna también suprimió la policía política (la denominada “policía de moralidad”). Por su parte, todos los cargos de la Comuna eran “elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento”. “La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo. En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos. Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los testaferros del gobierno central. En manos de la Comuna se pusieron no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado”[24].

 Las medidas de la Comuna significaban el principio de la demolición del Estado, entendido como organización para el control y la dominación en la sociedad de clases, en la sociedad donde una minoría de explotadores oprime a la mayoría de los explotados.

“En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraban el Poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella”[25].

La burocracia, la policía, el ejército…, toda esta superestructura, que de servir a la sociedad pasó a servir a una sola clase y a dominar al pueblo, fue desmontada por la Comuna, que hizo revertir esas funciones especializadas hacia la sociedad misma, implicando a todos y cada uno de sus miembros en su control y ejecución, gracias a lo cual, dejaban de ser funciones separadas, responsabilidad y monopolio exclusivo de unos agentes especializados al servicio de la clase dominante, para comenzar a convertirse en responsabilidad común y cotidiana de los ciudadanos, quienes, de esta manera, asumían las tareas de la administración pública como asuntos propios d incumbencia directa. En consecuencia, si los “asuntos de Estado” volvían a ser cosa de la “sociedad civil”, aquél, el Estado -no podía ser de otro modo-, comenzaba a “extinguirse”.

En la misma dirección, en la dirección de la reversión de la política hacia el pueblo, fue dinamitando el otro baluarte del Estado burgués, el de la representación parlamentaria. La Comuna no eliminó la representación política, pero imponiendo la revocabilidad discrecional de los representantes y sustituyendo el mandato representativo por el mandato imperativo, sí se propuso desterrar el carácter parlamentario (burgués) de la representación. De esta forma, el poder político, la soberanía, permanecía, en todo momento, en manos del pueblo y de su clase de vanguardia, el proletariado, y no podía ser enajenado en ningún cuerpo representativo superior como, a través de los parlamentos, ocurre en las repúblicas (o monarquías) parlamentarias burguesas, donde el poder soberano se deposita -a través del mandato representativo- en una cámara que hace y deshace a su antojo. La Comuna hizo del diputado un ejecutor de la voluntad popular, mientras en el Estado burgués, el diputado sigue siendo un suplantador de esa voluntad. Igualmente, al convertir el diputado en un simple mandatado, comisionado o comisario del pueblo, al sustraer la soberanía a la cámara de representantes para restituirla a su fuente originaria, e pueblo, el demos, dando con ello a la palabra “democracia” su sentido verdadero y pleno, la Comuna restablecía la universalidad del soberano, la unidad del ostentador del poder político y terminaba con la “división de poderes” sobre la que se articula el Estado burgués. La cámara de representantes se convertía, así, en una “corporación de trabajo” y dejaba de ser un gallinero de charlatanes privilegiados que deciden, por su cuenta a qué burgués o a qué tipo de burgueses representar y defender. La Comuna encontró el sistema para “poner a trabajar” a sus representantes y para poder “despedir” a quienes no se hiciesen dignos de esta atribución.

Al destruir los baluartes del Estado clasista en su versión burguesa, imponiendo una nueva forma de organización política, la clase obrera parisina puso a las futuras generaciones de revolucionarios en el camino de la comprensión de la naturaleza de su dominación política. La Comuna dio la pista sobre la esencia de la Dictadura del Proletariado y, también, sobre el contenido de la Democracia Proletaria, sintetizando ambas manifestaciones en un tipo de organización política históricamente nueva porque, a diferencia de las que le precedieron, permitía la acción política de las masas por las masas y, al lado de ello, la extinción del aparato estatal. La Comuna abría, en resumidas cuentas, el camino hacia el Comunismo.

Pero la Comuna no pudo completar ese camino. Fue derrotada. En la primera mitad del mes de abril, los versalleses concentraron 130000 soldados cedidos por Bismark de los campos de prisioneros, cuando los preliminares de paz sólo permitían un contingente de 40000 hombres en el ejército francés. Tal alianza internacional de la burguesía no puso sino de relieve el hecho ya sancionado por los valerosos communards: que la “guerra nacional” pasaba a segundo plano frente a la guerra civil; que, a partir de aquí, los intereses de la burguesía, en bloque, se enfrentarían a los del proletariado sin distinción de nacionalidad, y que la burguesía ya no tendría inconveniente en ceder algo de su “soberanía nacional” con tal de aplastar al proletariado revolucionario.

El 2 de abril, los versalleses, tras unas semanas de agrupación de fuerzas, iniciaron en los hechos la guerra civil, atacando los puestos avanzados de la Guardia Nacional en el puente de Neuilly. El 21 de mayo, logran entrar en la ciudad e inician la Semana sangrienta, ejecutando sin piedad a los oficiales y a la mayoría de los comuneros que apresaban en las barricadas. El 28, la resistencia termina, aunque la represión continúa. Según las estadísticas, París perdió unos 100000 habitantes entre 1870 y 1871. Los fusilamientos en masa y las deportaciones explican gran parte de esta “caída demográfica”.

 

 

Marx y la Comuna, hoy

En el balance sobre la Comuna, Marx no se limitó a describir y explicar sus aspectos positivos y sus logros históricos; también centró su atención en los errores o deficiencias de los que adoleció. Puede decirse que son de dos tipos: tácticos y estratégicos.

“Tendrían que haber marchado enseguida sobre Versalles, antes que haberlo hecho primero a Vinoy, y luego, los elementos reaccionarios de la guardia nacional parisiense hubieran dejado el campo libre. No se quiso comenzar la guerra civil, como si ese perverso engendro de Thiers no la hubiera ya comenzado, al tratar de desarmar a París. Segundo error: el Comité central abandonó demasiado pronto sus funciones para hacer lugar a la comuna. ¡Todavía eso por un escrúpulo demasiado grande ‘de honor’!”[26]

“Hasta los guardias municipales, en vez de ser desarmados y encerrados, como procedía, tuvieron las puertas de París abiertas de par en par para huir a Versalles y ponerse a salvo. No sólo no se molestó a las gentes de orden, sino que incluso se les permitió reunirse y apoderarse tranquilamente de más de un reducto en el mismo centro de París”[27].

El 7 de abril, la Comuna publicó un decreto amenazando con represalias contra los prisioneros si continuaba el trato que recibían los presos revolucionarios en Versalles, “para proteger a París contra las hazañas canibalescas de los bandidos de Versalles, exigiendo ojo por ojo y diente por diente”, pero “tan pronto como Thiers y sus generales decembristas se convencieron de que aquel decreto de la Comuna no era más que una amenaza inocua, de que se respetaba la vida hasta a sus gendarmes espías detenidos en París con el disfraz de guardias nacionales, hasta a guardias municipales cogidos con granadas incendiarias, entonces los fusilamientos en masa de prisioneros se reanudaron y se prosiguieron sin interrupción hasta el final”[28].

La ingenuidad de los revolucionarios fue la causante de la mayoría de los errores tácticos de la Comuna. De otro tipo, sin embargo, fue el origen de fallos como el de no intentar el acercamiento del campesinado francés a la causa revolucionara, lo que acarreó el total aislamiento de la Comuna en la capital de la República[29]; o como el de respetar el banco central:

“Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna”[30]. Este “santo temor” permitió a los versalleses obtener créditos, por valor de más de 250 millones francos, en los bancos provinciales con la garantía de la reserva de oro guardada en París.

Este tipo tenía un trasfondo más profundo. Se debían a las deficiencias de tipo estratégico que arrastraba el proletariado francés de esta época. En primer lugar, le faltaba una dirección ideológico-política resuelta con un programa claro. La Comuna estaba encabezada por blanquistas y proudhonianos, cuyas concepciones políticas estaban muy por detrás del marxismo.

En segundo lugar, la escasa experiencia en la lucha de clases del proletariado francés se sumaba su morfología o composición especial. Por el peculiar desarrollo del capitalismo en Francia, a la altura de 1870 todavía no dominaba en los principales centros productivos del país el proletariado fabril concentrado en grandes empresas; por el contrario, la pequeña producción artesanal y semiartesanal disfrutaba de gran estabilidad y era predominante en la capital, lo cual iba en detrimento de la cohesión de clase en general y del papel que podía jugar el proletariado fabril en particular, que generalmente compone el sector revolucionario más consecuente de la clase obrera.

Finalmente, la Comuna asumió dos tareas de naturaleza clasista incompatible: la defensa nacional y la emancipación de los trabajadores.

“La conjugación de estas tareas contradictorias -el patriotismo y el socialismo- constituyó el error fatal de los socialistas franceses (…). Profundos cambios se habían consumado desde los tiempos de la Gran Revolución; las contradicciones de clase se habían agudizado, y si entonces la lucha contra la reacción de toda Europa agrupaba a toda la nación revolucionaria, ahora el proletariado ya no podía unir sus intereses a los de las otras clases que le eran hostiles; la burguesía debía cargar con la responsabilidad de la humillación nacional, mientras la misión dl proletariado era luchar por la emancipación socialista del trabajo sometido al yugo de la burguesía”[31].

En resumidas cuentas, la clase obrera parisiense partía con un grado de madurez económica y políticamente insuficientes:

“Para que una revolución social triunfe se necesitan, por lo menos, dos condiciones: un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ello. Pero en 1871 no se dio ninguna de estas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, Francia era entonces, fundamentalmente, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido obrero, la clase obrera no tenía preparación ni había pasado por un largo entrenamiento y, en su masa, ni siquiera tenía una noción clara del todo de cuáles eran sus objetivos ni de cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado ni grandes sindicatos y cooperativas…”[32]

En su análisis de la Comuna, Marx supo calibrar la importancia de este acontecimiento histórico, a partir del cual la causa de la Revolución Proletaria había “conquistado un nuevo punto de partida de importancia histórica universal”. La Comuna es un hito, el primer gran hito de la Revolución Proletaria Mundial. Pero, en la actualidad, contamos con mucha más experiencia en este campo. El proletariado internacional ha protagonizado otras gestas históricas que, teniendo en cuenta la experiencia de la Comuna, han arrimado más allá el “punto de partida” de la Revolución. La Revolución de Octubre es el siguiente gran hito de la Revolución Proletaria mundial. Lenin, su máximo exponente, también se dedicó a hacer balance de la experiencia revolucionaria de su época. A la vez que cumplió su misión de dirigente teórico y práctico del proletariado revolucionario, Lenin también comprendió que el deber del dirigente proletario es el de estudiar y asimilar la experiencia de la Revolución, que otra de las misiones del revolucionario es la de aprender del movimiento revolucionario. Refiriéndose al Marx estudioso de la Comuna, Lenin dice:

“Marx, sin embargo, no se limitó a entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que según sus palabras, ‘asaltaban el cielo’. Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso delante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y razonamientos. Analizar esta experiencia, sacar de ella enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su propia teoría: así concebía Marx su misión”[33].

y Lenin emuló a Marx en esa misión de “analizar las experiencias”, “sacar de ellas enseñanzas tácticas” y de “revisar a la luz de ellas su propia teoría”, a lo largo de toda su carrera política. Gracias a esta dedicación podemos conocer hoy mejor (mejor incluso que Marx) las limitaciones revolucionarias de la Comuna. Por ejemplo, gracias a la experiencia del leninismo, sabemos hoy de la importancia que tiene para el triunfo de la Revolución la guía ideológica revolucionaria (el marxismo con todos sus desarrollos); la trascendencia del partido de vanguardia proletario; la necesidad de un programa que permita la creatividad consciente de las masas; la necesidad de, una vez conquistado el poder, realizar las transformaciones económicas desde un plan centralizado y las transformaciones sociales desde el estudio de las leyes objetivas del desarrollo social y del tratamiento correcta de las contradicciones que expresan esas leyes, etc. La obra de la Comuna tuvo mucho de espontaneidad e improvisación; el leninismo nos enseña a ejercer una labor de transformación revolucionaria consciente.

Pero la experiencia de la Revolución de Octubre fue, en realidad, un ciclo revolucionario que, comparado con la Comuna, ha sido de larga duración. Si ésta duró poco más de dos meses, Octubre inauguró una ola revolucionaria de casi 70 años. El Lenin examinador y crítico que a su vocación de revolucionario práctico unía una increíble capacidad para “analizar experiencias”, “sacar de ellas enseñanzas tácticas” y “revisar (en el sentido de “recapitular sobre algo para profundizarlo o desarrollarlo”, y no en el de “tergiversar”, como han hecho los creadores de esa corriente bautizada utilizando este verbo como raíz) a la luz de ella su propia teoría”, murió en 1924. Le continuaron otros grandes revolucionarios, como Stalin, que también trataron de unir esas dos facetas del dirigente proletario. Al menos en un principio. Sin embargo, probablemente desde la segunda mitad de los años 30, y con toda seguridad desde los 50, el desenvolvimiento de la Revolución Socialista no se ha visto acompañado de esas grandes síntesis, de esas recapitulaciones sobre el movimiento revolucionario en curso. Queda pendiente, por tanto, como tarea de la vanguardia, sin la cual no puede afrontarse la cuestión de la Revolución Proletaria como cuestión práctica con un mínimo de garantías; porque de lo que se trata es de establecer, después de “analizar las experiencias”, “sacar de ellas enseñanzas tácticas” y de “revisar a la luz de ellas la propia teoría”, el nuevo punto de partida conquistado gracias a la experiencia del último gran ciclo revolucionario que abrió Octubre.

Hay, dentro del movimiento comunista de este país (y también de fuera de él) quienes no comprenden esta tarea; hay quienes entienden la propuesta de “estudiar todo el marxismo-leninismo” como una llamada a aprenderse de memoria las obras de Marx y Engels y las Obras Completas de Lenin; hay quienes, en su forma académica y dogmática de entender las cosas, demuestran una tendencia libresca a la hora de comprender el estudio de la teoría y, lo que es peor, levantando la bandera de la “ortodoxia”, pretenden que el proletariado de este país aborde responsabilidades revolucionarias con el mismo viejo “punto de partida” desde el que se inició el ciclo de Octubre, despreciando así, en los hechos, toda la obra de Octubre y renunciando, con ello, al imperativo de dar a la clase obrera un nuevo “punto de partida”.

En todos los momentos de la Revolución, incluidos aquéllos en los que los grandes asaltos al poder sólo están en fase de preparación, existe un eslabón principal que es el que permite la continuidad del proceso, eslabón al que debe agarrase la vanguardia para no quedarse rezagada del mismo. En la época de preparación de la Revolución de Octubre, este eslabón principal fue, en un momento dado (luego cambió, lógicamente), el órgano central, el periódico central de la vanguardia revolucionaria. En la actualidad, este eslabón es la conquista teórica del nuevo “punto de partida”, en concreto, la asimilación de la ideología con todos sus desarrollos, como el primer paso para el cumplimiento de las tareas que impone la Revolución. La vanguardia, hoy por hoy, debe organizarse en torno a la ideología, y no todavía en torno a programas cuya elaboración pasa por alto el resumen de la experiencia revolucionaria de las últimas décadas. El eslabón principal al que debemos agarrarnos es el balance de la Revolución hasta nuestros días. Realizar este balance es ser marxista hoy.

 

Notas:

[1] El último plebiscito celebrado en el II Imperio tuvo lugar el 8 de mayo de 1870. Con él, Napoleón III buscó consolidar su posición política y reclamar el apoyo popular de cara a su inminente confrontación con Prusia. Las Secciones Federadas de la Internacional obrera en París y la Federación de Uniones Obreras, en su Declaración conjunta del 24 de abril, instaron a la abstención, juzgando el plebiscito de “demagógico”. Esta postura costó a los dirigentes obreros en Francia la persecución y la cárcel. Como se sabe, los plebiscitos (o, en lenguaje de hoy, los “referendos”) los convocan los gobiernos para ganar, y Luis Napoleón ganó el suyo con 7358786 votos a favor. En contra votaron 1871939 franceses y 1894681 se abstuvieron. Sobre la opción abstencionista de la AIT, tenemos una muestra de aplicación de la táctica proletaria en materia electoral, táctica que deberían estudiar un poco más aquellos marxistas modernos que no entienden esta opción como válida para las actuales elecciones parlamentarias burguesas, en las condiciones en que se desenvuelve hoy la lucha de clase proletaria, y que plantean soluciones eclécticas del estilo “voto en blanco”, como si los obreros pudieran aprender “votando por votar” algo distinto a que el parlamentarismo es la única salida (pues no se les muestra otra, ni siquiera en la propaganda, ni siquiera en la teoría), como si los obreros, con estas falsas alternativas, pudieran aprender a albergar esperanzas en algo diferente al cretinismo parlamentario.

[2]  MARX, K. y ENGELS, F.:  Obras Escogidas Ed. Akal, Madrid, 1975. Tomo I, p. 505

[3]  Ibidem, p. 508

[4]  Ibid.

[5] Marx señala en el mismo texto del Primer Manifiesto varios ejemplos de este espíritu de confraternización entre las organizaciones obreras francesas y alemanas.

[6]  MARX, K. y ENGELS, F.: Op. Cit., p.510

[7] Ibid., p. 511

[8] Ibid., p. 516

[9] Ibid., p. 516

[10] “Esta República no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se halla en manos de un gobierno provisional compuesto en parte por notorios orleanistas y en parte por republicanos burgueses (…)” (Ibid., p. 517)

[11] Ibid., p. 518

[12] Lenin, V.I.: “Prefacio a la traducción al ruso de las cartas de C. Marx a L. Kugelmann”; en Obras Completas. Ed. Progreso. Moscú, 1983. 5a edición. Tomo 14, págs. 406 y 407. La historia de la clase obrera española también tiene sus Plejánov. Después de ser derrotada la revolución asturiana de octubre de 1934, Indalecio Prieto, dirigente del PSOE que estuvo implicado en la preparación de la huelga general y que, incluso, trasladó armas a Asturias, dijo que el levantamiento había sido un error y que “no se debía haber empuñado las armas”, dedicándose a frenar, en lo sucesivo, cualquier movimiento revolucionario de las masas.

[13] En Septiembre de 1917, Lenin hace una pequeña valoración de la ventaja comparativa de la que partía la revolución rusa en relación con la Comuna. En su artículo Acerca de los compromisos, concluye: “Hablando en términos vulgares, los bolcheviques tienen en sus manos diez veces más ‘cartas de triunfo’ que la Comuna” (LENIN, O.C. t.34, p.142).

[14]  Marx, Carlos: Cartas a Kugelmann. Ed. Avanzar. Buenos Aires, 1969. P.114.

[15] MARX y ENGELS: O. E, t.1, p.539

[16]  Cfr. LENIN, V.I.: O. C., t. 33, p.28

[17] MARX: Cartas…, págs. 112 y 113.

[18] MARX y ENGELS: O.E., t.1, p. 542.

[19] Ibidem, p. 546

[20] LENIN: O.C., t.33, p.29

[21] Cfr. VV.AA.: El movimiento obrero internacional. Historia y teoría. Ed. Progreso. Moscú, 1982. Tomo 2, p. 140

[22] MARX y ENGELS: O.E., t. 1, p.545

[23] Ibidem, p. 546

[24] Ibid., págs. 542 y 543

[25] Ibid., p. 502

[26] MARX: Cartas…, p.113

[27] MARX y ENGELS: O. E., t.1, p. 535

[28] Ibidem, págs. 537 y 538

[29] Los dirigentes obreros de la Comuna sí supieron, sin embargo, atraerse a la pequeña burguesía parisina. De hecho, gran parte de la legislación promulgada iba en busca del beneficio de esta clase, Marx dice al respecto: “Y, sin embargo, era ésta la primera revolución en la que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social incluso por la gran masa de la clase media parisina -tenderos, artesanos, comerciantes-, con la sola excepción de los capitalistas ricos. La Comuna los salvó, mediante una sagaz solución de la constante fuente de discordia dentro de la misma clase media: el conflicto entre acreedores y deudores (el 18 de abril, la Comuna publicó un decreto prorrogando por 3 años el pago de la deuda) (…). Pero no fue éste el único motivo que les llevó a apretar sus filas en torno a la clase obrera. Sentían que había que escoger entre la Comuna y el Imperio, cualquiera que fuese el rótulo bajo el que éste resucitase. El Imperio los había arruinado económicamente con su dilapidación de la riqueza pública, con las grandes estafas financieras que fomentó y con el apoyo prestado a la centralización artificialmente acelerada del capital, que suponía la expropiación de muchos de sus componentes (…)”. (Ibid., p.548)

[30] Ibid., p. 500

[31] LENIN: O.C., t.16, págs. 480 y 481

[32] LENIN: O.C., t.20, p. 231. Respecto a la inexistencia de un verdadero partido político proletario que pudiese guiar la acción de las masas, hay que decir que la dirección de la Comuna estaba formada por una mayoría de blanquistas, a los que se les habían acercado los neojaobinos (revolucionarios pequeñoburgueses que recogían la tradición de la etapa de 1793-94 de la Revolución Francesa), y la minoría de proudhonianos. Ambas corrientes se fueron separando poco a poco en el transcurso de las jornadas revolucionarias, hasta que, después de que la mayoría hubiese creado el Comité de Salvación Pública como órgano ejecutivo investido de amplios poderes (1 de mayo), la minoría retiró su participación activa en la Comuna ante los versalleses.

[33] LENIN: O.C., t. 33, p. 37

La experiencia de la Liga de los Comunistas (PCR)

Artículo publicado originariamente en el número 17 de La Forja, órgano central del PCR, de octubre de 1998, entre las páginas 43 y 50.


 

Con la condena de los comunistas de Colonia en 1852, concluye el primer período del movimiento obrero alemán independiente. Este período duró desde 1838 hasta 1852 y se desarrolló por obreros alemanes en el extranjero. El movimiento obrero internacional es la continuación directa del movimiento obrero alemán y de aquí salieron los hombres que habrían de ocupar puestos dirigentes en la Asociación Internacional de los Trabajadores (Primera Internacional), así como los principios teóricos que la Liga de los Comunistas inscribió en sus banderas con el Manifiesto Comunista, en 1847. En adelante, se convertían en el vínculo internacional más fuerte que uniera a todo el movimiento proletario de Europa y América.

De la Liga de los Proscritos, asociación secreta democrático-republicana fundada en 1834 por emigrados alemanes en París, se separaron en 1836 los elementos más radicales y fundaron una nueva asociación secreta llamada la Liga de los Justos. Cuando, en 1840, la policía descubrió en Alemania el rastro de algunos grupos de aquélla, ya no era más que una sombra. En cambio, la nueva Liga se desarrolló con rapidez. Al principio era un brote alemán del comunismo obrero francés (profesaba un comunismo utópico, que seguía a la doctrina de Graco Babeuf[1]).

A este comunismo utópico responderían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, en el apartado: “El socialismo y el comunismo crítico-utópicos”:

“Las primeras tentativas directas del proletariado para hace prevalecer sus propios intereses de clase, realizadas en tiempo de efervescencia general, en el período del derrumbamiento de la sociedad feudal, fracasaron necesariamente, tanto por el débil desarrollo del mismo proletariado como por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación, condiciones que surgen sólo como producto de la época burguesa. La literatura revolucionaria que acompaña a estos primeros movimientos del proletariado es forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconiza un ascetismo general y un burdo igualitarismo. (…)

Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político propio.

Como el desarrollo del antagonismo e clases va a la par con el desarrollo de la industria, ellos tampoco pueden encontrar las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se lanzan en busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones.

En lugar de la acción social tienen que poner la acción de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se reduce para ellos a la propaganda y ejecución práctica de sus planes sociales. (…)

El proletariado no existe para ellos sino bajo el aspecto de la clase que más padece.

Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así como su posición social, les lleva a considerarse muy por encima de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones de vida de todos los miembros de la sociedad, incluso de los más privilegiados. Por eso no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinción, e incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. (…)

Repudian, por eso, toda acción política, y en particular toda acción revolucionaria; se proponen alcanzar su objetivo por medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social, valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre. (…)

Mas estas obras socialistas comunistas encierran también elementos críticos. Atacan todas las bases de la sociedad existente. Y de este modo han proporcionado materiales de un gran valor para instruir a los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales como la supresión del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social y la transformación del Estado en una simple administración de la producción; todas estas tesis no hacen sino enunciar la eliminación del antagonismo de las clases, antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores de sistemas no conocen sino en las primeras formas indistintas y confusas”.

A pesar de sus elementos críticos, estos sistemas y sus inventores son reaccionarios, porque el proletariado va desarrollándose y ellos no. Consecuentes con su concepción, buscan embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Poco a poco, van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores. Por eso, se oponen a todo movimiento político de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega falta de fe en el nuevo evangelio. La comunidad de bienes se postulaba como corolario obligado de igualdad. Era una sociedad mitad propaganda, mitad conspiración. Con estas palabras, criticaron Marx y Engels la teoría del comunismo utópico.

Siguiendo con la historia de la Liga, París era el campo de batalla. Por eso, la Liga no era más que una rama alemana de las sociedades secretas francesas, principalmente de la Sociedad de las Estaciones dirigida por Blanqui y Barbès. Los franceses se echaron a la calle el 12 de mayo de 1839; las secciones de la Liga hicieron causa común con ellos y se vieron así arrastradas a la derrota común.

En Alemania, existían también numerosas secciones de carácter fugaz, como correspondía al estado de cosas. En 1846, la policía pudo descubrir rastros de la Liga en Berlín (sección dirigida por Mentel) y en Magdeburgo (sección dirigida por Beck), sin que le fuese posible seguirlos. El contingente central de la Liga lo formaban los sastres; también en Suiza, Londres y París, había sastres alemanes. En 1847, de las tres comunas de la Liga localizadas en París, dos estaban formadas predominantemente por sastres, y la tercera por ebanistas. Al desplazarse de París a Londres el centro de gravedad de la organización, pasó a primer plano un nuevo factor: la Liga, que era una organización alemana, se fue convirtiendo en una organización internacional.

El movimiento iba echando cada vez más raíces entre la clase obrera alemana y éstos estaban llamados a ser los abanderados de los obreros del Norte y del Este de Europa. La clase obrera alemana tenía en Weitling[2] un teórico del comunismo. La experiencia del 12 de mayo había señalado que ya era hora de renunciar a las intentonas. La doctrina social de la Liga adolecía de un defecto muy grande, pero basado en las circunstancias. Los miembros de la Liga eran casi siempre artesanos. De un lado, el explotador de estos artesanos era un pequeño maestro, y, de otro lado, todos ellos contaban con termina por convertirse en pequeños maestros. Eran un apéndice de la pequeña burguesía que se estaba pasando a las filas del proletariado. Aparte de esto, todas las montañas teóricas se vencían a fuerza de “igualdad”, “justicia” y “fraternidad”.

Entretanto, se había ido formando, junto al comunismo de La Liga y de Weitling, un segundo comunismo, distinto de aquéllos. En 1845, Marx y Engels, partiendo de que no es el estado el que condiciona y regula la sociedad civil, sino ésta la que condiciona y regula al Estado, estaban desarrollando en líneas generales su teoría materialista de la historia. Ahora, el comunismo de los franceses y de los alemanes y el cartismo[3] de los ingleses ya no aparecían como algo casual, que lo mismo habría podido no existir.

Estos movimientos se presentaban como el movimiento de la clase oprimida, del proletariado, como la mejor forma de la lucha contra la burguesía. Se distinguían de todas las luchas de clases anteriores en que la actual clase oprimida no puede emanciparse si no se emancipa al mismo tiempo a toda la sociedad de su división en clases. Ahora, el comunismo no era ya un ideal consistente en buscar lo utópico, sino en comprender el carácter, las condiciones, y, como consecuencia de ello, los objetivos generales de la lucha librada por el proletariado. Se fundó en Bruselas una asociación obrera alemana y el órgano de prensa fue la Gaceta Alemana de Bruselas. Tenía relaciones con el sector revolucionario de los cartistas ingleses. Formaba una especie de coalición con los demócratas de Bruselas y con los demócratas sociales franceses de La Réforme (diario de París publicado entre 1843 y enero de 1850): tenían relación con la Liga de los Justos. Utilizaban diversas circulares litografiadas dirigidas a sus amigos y corresponsales del mundo entero, cuando planteaban problemas internos del Partido Comunista en gestación. La Liga se iba dando cuenta de la inconsistente concepción del comunismo que venía imperando, tanto la del comunismo igualitario francés como la del weitlinguiano.

El intento de Weitling de retrotraer el comunismo al cristianismo puso en Suiza al movimiento en manos de necios como Albrecht y de charlatanes como Kuhlman. Frente a las precarias ideas teóricas anteriores y frente a las desviaciones prácticas que de ellas resultaban, os miembros de Londres se dieron cuenta de que Marx y Engels tenían razón en su teoría. Resumiendo, en la primavera de 1847, Moll les propuso ingresar en la Liga. Creían justas sus concepciones y la necesidad de librar a la Liga de las viejas tradiciones y formas conspirativas, y así, en su congreso, Marx y Engels, podrían defender su teoría y desarrollar su comunismo crítico en un manifiesto.

Contribución de Marx y Engels a la formación del Partido Comunista y su lucha contra toda desviación

Marx y Engels comprendieron que la misión histórico-universal del proletariado no se transforma espontáneamente de característica objetiva de la clase obrera en programa hecho conciencia, en lucha revolucionaria. Esa transformación un proceso difícil y de dolorosa superación de viejos criterios, de teorías, formas y métodos de conducta social, proceso que implica una lucha consciente y concreta por la afirmación, en la clase obrera, de la teoría que expresa científicamente sus intereses cardinales. Se trataba no sólo de difundir la concepción marxista del mundo mediante propaganda, sino de que el comunismo científico llegara a ser la base, hecha conciencia, de la lucha de clase del proletariado; lo cual implicaba, ante todo, fundar el Partido del proletariado como instrumento de emancipación ideológica y política e la clase obrera. Marx y Engels defendieron desde 1847 la idea de un Partido especial, aparte de todos los demás partidos, un Partido que fuera opuesto a ellos y que fuera consciente de que es un Partido de clase.

El Parido tiene que fundarse sobre una teoría científica opuesta a toda forma de ideología burguesa y pequeñoburguesa. Debe representar la vanguardia de la clase obrera, su sector más consciente y desarrollado. En las condiciones históricas concretas de aquella época, el Partido revolucionario no podía ser un Parido de masas. La falta de organizaciones revolucionarias de masas de la clase obrera a escala de países por separado determinó también el principio internacional de la construcción del Partido. Por lo cual, Marx y Engels lograron la cohesión internacional de los elementos avanzaos de la clase obrera. No podía ser un Partido de masas, pero tampoco podía enclaustrarse como secta en sus propios marcos, sino estar ligado con las grandes masas trabajadoras y ejercer influencia en su movimiento.

En lo referente al propio movimiento obrero, en su camino de formación, hubo que superar tanto el carácter sectario de las organizaciones de obreros y artesanos, como la inmadurez teórica y la falta de organización de los nacientes movimientos de masas. Entones, los puntos de vista que dominaban el movimiento obrero eran de tipo emocional, religioso, utópico, etc. Marx y Engels se opusieron rotundamente a esto.

En el invierno de 1845, en la Asociación Educacional Comunista londinense. W. Weitling y H. Kriege[4] se pronunciaron contra el punto de vista de que el principio comunista es posible solo sobre la base científica. Weitling sostenía que tenía que ser utilizado para influir en los sentimientos. Un año más tarde, algunos dirigentes de la Liga de los Justos reprocharon a Marx y Engels su teoría.

La forma inicial de lucha de Marx y Engels por la propaganda del Comunismo científico, el medio de cohesión orgánica de las fuerzas revolucionarias a nivel internacional, eran los Comités Comunistas de Corresponsales. El primero, el de Bruselas, fue formado a comienzos de 1846. Su objetivo consistía en establecer contacto permanente entre socialistas alemanes, franceses e ingleses para discutir problemas de la teoría, criticar los sistemas utópicos y elaborar una unidad de criterios. Además, esos Comités tenían funciones de organización: las de descubrir y cohesionar las fuerzas que pudiesen constituir el núcleo del Partido del proletariado internacional. Muchos de ellos trabajaban activamente en la Liga de los Comunistas y participaron en la Revolución de 1848-1849. Entre ellos estaban: W. Wolff, F. Lessner, J. Weydemeyer, G. Weerth, K. Pjunder, J. Moll, H. Bauer, K. Shapper, que encabezaban la Liga de los Justos en Londres.

Con el surgimiento de los Comités de corresponsales, Marx y Engels desarrollaron en su marco de lucha por la afirmación del Socialismo Científico, como base teórica del movimiento proletario, contra las concepciones utópicas pequeñoburguesas. Ya en marzo de 1846, se pronunciaron enérgicamente contra los llamamientos seudorrevolucionarios de W. Weitling.

Marx criticó duramente a Weitling por suscitar esperanzas fantásticas en la realización del Comunismo en un futuro cercano. Dirigirse al obrero sin una idea estrictamente científica y una doctrina positiva es como seguir el juego vano y deshonesto propio de predicadores. En el mismo cauce de la lucha contra el utopismo, por una base científica del movimiento del proletariado, Marx, Engels y sus partidarios desarrollaron la lucha contra os “socialistas verdaderos” y los proudhonistas.

Marx y Engels hacen alusión en el Manifiesto Comunista a la lucha contra los “socialistas verdaderos”. Y contra Proudhon, fue Marx quien hizo un gran trabajo en su libro Miseria de la Filosofía.

Contra los “socialistas verdaderos” hay un apartado en el Manifiesto Comunista que se titula “El socialismo alemán o socialismo ‘verdadero’” que dice:

“La literatura socialista y comunista de Francia, que nació bajo el yugo de una burguesía dominante, como expresión literaria de la lucha contra dicha dominación, fue introducida en Alemania en el momento en que la burguesía acababa de comenzar su lucha contra el absolutismo feudal.

Filósofos, semifilósofos e ingenios de salón alemanes se lanzaron ávidamente sobre esta literatura: pero olvidaron que con la importación de la literatura francesa no habían sido importados a Alemania, al mismo tiempo, las condiciones sociales de Francia. En las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió toda significación práctica inmediata y tomó un carácter puramente literario. Debía parecer más bien una especulación ociosa sobre la realización de la esencia humana. De este modo, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, las reivindicaciones de la primera revolución francesa no eran más que reivindicaciones de la ‘razón práctica’ en general, y las manifestaciones de la voluntad de la burguesía revolucionaria de Francia no expresaban a sus ojos más que las leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como debía ser, de la voluntad verdaderamente humana. Toda la labor de los literatos alemanes se redujo exclusivamente a poner de acuerdo las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o mejor dicho, a asimilar las ideas francesas partiendo de sus propias opiniones filosóficas.

Y las asimilaron como se asimila en general una lengua extranjera: por la traducción. (…)

Como ejemplo: bajo la crítica francesa de las funciones del dinero, escribían: ‘enajenación de la esencia humana’; bajo la crítica francesa del Estado burgués, decían: ‘eliminación del poder de lo universal abstracto’, y así sucesivamente.

A esta interpolación de su fraseología filosófica en la crítica francesa le dieron el nombre de ‘filosofía de la acción’, ‘socialismo verdadero’, ‘ciencia alemana del socialismo’, ‘fundamentación filosófica del socialismo’, etc.

De esta manera fue completamente castrada la literatura socialista-comunista francesa. Y como en manos de los alemanes dejó de ser la expresión de la lucha de una clase contra otra, los alemanes se imaginaron estar muy por encima de la ‘estrechez francesa’ y haber defendido, en lugar de las verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, en lugar de los intereses del proletariado, los intereses de la esencia humana, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad y que no existe más que en el cielo brumoso de la fantasía filosófica”.

En un momento en que la lucha de la burguesía alemana contra los feudales y la monarquía absoluta iba creciendo, el “socialismo verdadero” olvidó muy a propósito que la crítica francesa (“contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la concurrencia burguesa, contra la libertad burguesa de prensa, contra el derecho burgués, contra la libertad  y la igualdad burguesas”, predicando “a las masas populares que ellas no tenía nada que ganar, y que más bien perderían todo en este movimiento burgués”) presuponía la sociedad burguesa moderna, es decir, “precisamente las premisas que todavía se trataban de conquistar en Alemania”.

“Si el ‘verdadero’ socialismo se convirtió de este modo en un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, representaba además, directamente, un interés reaccionario, el interés del pequeño burgués alemán. (…)

Mantenerla (la pequeña burguesía -N. de la R.) es conservar en Alemania el orden establecido. La supremacía industrial y policía de la burguesía le amenaza con una muerte cierta: de una parte, por la concentración de los capitales, y de otra, por el desarrollo de un proletariado revolucionario. A la pequeña burguesía le pareció que el socialismo ‘verdadero’ podía matar los dos pájaros de un tiro. Y éste se propagó como una epidemia”.

Sobre Proudhon, resumiendo (aunque lo trataremos aparte en un próximo trabajo), se puede decir que era un publicista, economista y sociólogo francés, ideólogo de la pequeña burguesía y uno de los fundadores del anarquismo. Proudhon soñaba con perpetuar la pequeña propiedad privada y criticaba, desde posiciones pequeño-burguesas, la gran propiedad capitalista. Proponía organizar el “Banco del Pueblo” que, por medio del “crédito gratuito” ayudaría a los obreros a adquirir medios de producción propios y hacerse artesanos. También fue reaccionario a la idea utópica de fundar el “Banco de cambio” que aseguraría a los trabajadores la venta “equitativa” de sus productos, sin afectar, al mismo tiempo, la propiedad capitalista de los medios e instrumentos de producción.

Proudhon no comprendía el papel del proletariado, tenía una actitud negativa ante la lucha de clases, la revolución proletaria y la dictadura del proletariado y negaba, partiendo de las posiciones anarquistas, la necesidad del Estado. En el plano teórico, las ideas de Proudhon fueron criticadas por Marx en el trabajo Miseria de la filosofía, donde mostró el significado político de la lucha económica de la clase obrera, en el curso de la cual empieza a constituirse como clase “para sí” y a tomar conciencia de que es, como clase, la antítesis de la burguesía. Ese proceso se transforma inevitablemente en una lucha política, por la creación de una sociedad nueva. En el plano práctico, en 1846-1847, Engels realiza un gran trabajo de denuncia del carácter pequeñoburgués de las ideas de Proudhon y de propaganda del socialismo científico.

Junto a todo esto, Marx y Engels censuraron los intentos de Kriege (la otra gran tendencia peligrosa) de reducir el movimiento revolucionario del proletariado a las palabras banales sobre el “humanismo”, el “género humano”, etc. Demostraron que, bajo el nombre de Comunismo, Kriege predicaba una fantasía religiosa-filosófica que está en pugna con el Comunismo.

Así, con estas críticas y este desarrollo del socialismo científico entre los obreros parisinos y miembros de la Liga de los Justos, fueron progresando las posiciones comunistas. De esta forma, en un pronunciamiento de la Cámara Popular de la Liga de los Justos (febrero de 1847), se promueve la idea de que la humanidad puede lograr su emancipación sólo con ayuda del proletariado. En estas condiciones y con estos pronunciamientos sobre el Comunismo, a comienzos de 1847, Marx y Engels sea afilian a la Liga de los Justos. Con su ingreso, el proceso de evolución de la organización hacia el marxismo se acelera notablemente, tanto en lo teórico como en lo práctico. Y así se demostró en el Congreso de la Liga, en Junio de 1847, en Londres. En este Congreso, se acordó dar a la Liga de los Justos el nombre de La Liga de los Comunistas; también se subrayó: “Nosotros no nos distinguimos por querer justicia en general, sino por estar contra el régimen social existente y la propiedad privada, por querer la comunidad de bienes, por ser comunistas”.

Los partidarios de W. Weitling fueron expulsados de la Liga. Al fundamentar la necesidad de separarse de los adeptos de K. Grun, el Comité Central de la Liga de los Comunistas subrayó que “pueden afiliarse a ella sólo comunistas”. Tuvo enorme significación la sustitución del lema “Todos los hombres son humanos” por la consigna del internacionalismo proletario: “Proletarios de todos los países, uníos”. Es, desde entonces, el lema de combate del movimiento obrero internacional. La fundación de la Liga de los Comunistas, primera organización obrera internacional que proclamó el comunismo científico como bandera ideológica, dio comienzo al proceso de entrelazar al marxismo con el movimiento obrero. Marx y Engels plantearon a las comunidades ilegales de la Liga crear en su entorno organizaciones obreras legales o establecer contacto con las existentes. Así se fundó, en Bruselas, la Sociedad Obrera Alemana dirigida por los miembros de la comunidad de Bruselas de la Liga de los Comunistas. La Sociedad estableció vínculos con varias organizaciones obreras de Bélgica. Marx escribió: “Allí donde fuese posible, se organizarían cursillos para enseñar a los obreros conocimientos elementales”. Simultáneamente, se establecían contactos con las organizaciones democráticas de varios países para la unidad de acción. Con Marx y Engels, se estipuló la abolición de la prohibición a los miembros de la Liga de ingresar en otras organizaciones, porque tal prohibición excluía la posibilidad de influir en ellas. Cuanto más se complicaba y diversificaba la actividad de la Liga de los Comunistas, más se sentía la necesidad de un órgano de prensa. Pero no se consiguió: tan sólo salió un número de Kommunistische Zeitschrift, en septiembre de 1847. En la revista, se hacía constar el deslinde manifiesto, tanto de los “socialistas verdaderos” como de los partidarios del “comunismo cuartelero”.

A partir del otoño de 1847, se publicó un periódico más extenso llamado Deutsche-Brusseler Zeitung, periódico de emigrantes alemanes demócratas.

Desarrollo interno de la Liga

El primer congreso de la Liga se inauguró en Londres, el 2 de Junio de 1847. La facción más fuerte de la Liga estaba en Londres: la libertad de palabra y de asociación facilitaban grandemente la propaganda y daban oportunidad a los miembros de la Liga de hacer valer su carácter y talento al servicio de la causa. Con este propósito, la Liga utilizó a la Sociedad Alemana de Instrucción Obrera y a su filial en White Dapel. La antigua Autoridad Central parisina comprendió que la Liga de Londres estaba en mejores condiciones que ella para asegurar la dirección central de la Liga. Así, se decidió que la Autoridad Central se quedase en Londres. Durante los últimos años, la Liga en París se había deteriorado notablemente. Desde tiempo atrás, los miembros de la autoridad regional y los de la Central ya no se ocupaban más que de disputas formales y de pretendidas violaciones de estatutos, en lugar de vigilar los intereses de la Liga. Igualmente, en las comunas, padecían de lo mismo, llegando a escisiones.

En el seno de la Liga en París, no se manifestaba el menor progreso, ni el más mínimo interés en el desarrollo del principio del movimiento del proletariado. La consecuencia fue que todos los que no estaban satisfechos con lo que la Liga les proponía buscaron completar su formación fuera de la misma. Esta necesidad de formación fue explotada por el escritor alemán Karl Grün. Este personaje se unió al comunismo cuando vio que se podía ganar dinero con escritos comunistas. Esta situación significó una escisión de la Liga: de un lado, se encontraba el partido de los weitlinguianos; del otro, los que pensaban que aún se podía aprender algo, así fuese del mismo Grün. Pronto vieron que Grün se declaraba abiertamente hostil a los comunistas, y que su teoría era incapaz de sustituir al comunismo. Y así se llegó a ver que la mayoría defendía, tras intensas discusiones, las ideas del comunismo, menos dos o tres que defendían a Grün y su sistema proudhoniano.

En resumen, la mayoría de los que habían seguido a Grün se abstienen de continuar y constituyen un nuevo seguido a Grün se abstienen de continuar y constituyen un nuevo partido en el que la intención era desarrollar otra versión del principio comunista. Esta escisión implica la desorganización de la Liga.

Los tres partidos y los tres principios eran irreconciliables. El Partido progresista logró, con la ayuda de los weitlinguianos, alejar de la Liga a los tres o cuatro partidarios de Grün, que estaban tomando abiertamente posiciones en contra del comunismo. Los dos partidos restantes tuvieron un enfrentamiento, cuando en la sesión de la autoridad de la región se quiso elegir un delegado para el Congreso. El desacuerdo se agravó; y así, en las tres comunas que dominaba, el Partido progresista acordó separar a las otras dos comunas dominadas por los weitlinguianos y éstos se vieron provisionalmente alejados de la Liga y vieron reducirse sus miembros en un tercio. Se decidió por unanimidad alejar de la Liga a los weitlinguianos de París (en la cual estaba F. Engels). Un nuevo ánimo y una energía nueva se hacían sentir: “Somos mucho menos numerosos, pero más unidos, y teneos gente capaz en Lyon, Marsella, Bélgica, Alemania; tenemos varias comunas en Berlín, que han sido súbitamente desorganizadas por la policía a principio de año, y muchos miembros dirigentes fueron detenidos, entre ellos Mentel, el cual perteneció al partido de Grün y se había destacado como un soñador sentimental aletargado; se mostró incapaz de pasar esta pequeña prueba. Él consideró a los partidarios de Grün como los verdaderos dirigentes de la Liga, y fue a ellos a quienes denunció. De esta manera, los verdaderos comunistas han quedado generalmente al abrigo de las persecuciones”.

No todos los miembros de la organización comprendieron en seguida la fundada razón de cambiar el nombre de la Liga ni la necesidad de separase de los aspectos ideológicos y orgánicos de los seguidores de Weitling y Proudhon. Así, fue necesario que Marx asistiera al Congreso para consolidar la Liga de los Comunistas. De esta forma, en Octubre de 1847, Engels prepara los Principios del Comunismo, nueva variante del Programa.

El segundo Congreso de la Liga de los Comunistas -al cual Marx y Engels llamaron Primer Congreso Internacional del proletariado– se realizó en Londres a finales de noviembre y comienzos de diciembre de 1847.

En su primer punto, se consignaban los objetivos del Partido del proletariado: “derrocar a la burguesía, establecer la dominación del proletariado, acabar con la vieja sociedad burguesa basada en el antagonismo de clases y fundar una sociedad nueva, sin clases ni propiedad privada”. Así, defendieron sus ideas en el Congreso con un manifiesto, que sería publicado como manifiesto de la Liga. Y resultaría una nueva organización más adecuada a los tiempos, una organización clandestina necesaria para la clase obrera alemana. De esta forma, Marx y Engels ingresaron en la Liga.

Algunos aspectos del Congreso y la desaparición de la Liga

En 1847, se había celebrado, en Londres, el Primer Congreso de la Liga. En este congreso, se aprobó la reorganización de la Liga. Se suprimió lo que todavía quedaba de los viejos nombres. La Liga se organizó en forma de comunas, círculos, círculos directivos, Comité Central y Congreso, denominándose a partir de ahí Liga de los Comunistas. “La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la dominación del proletariado, la supresión de la vieja sociedad burguesa, la creación de una sociedad nueva, sin clases ni propiedad privada”. En cuanto a la organización, ésta sería democrática, con comités elegidos y revocables en todo momento.

El Segundo Congreso se celebró entre noviembre y diciembre de ese mismo año. Aquí, asistió Marx, que defendió la nueva teoría. Los nuevos principios fueron aprobados por unanimidad, y Marx y Engels se encargaron de redactar el Manifiesto.

Estalló la Revolución de Febrero y el Comité Central de Londres, que estaba en estado de sitio, transfirió sus poderes al círculo directivo de Bruselas. El nuevo Comité Central acordó, a su vez, disolverse, transfiriendo todos sus poderes a Marx y autorizándole para constituir en París un nuevo Comité Central. Poco después, el 3 de Marzo de 1848, la policía irrumpió en la casa de Marx, deteniéndole y obligándole a salir para Francia. Pronto se reunieron en París y se redactó un nuevo documento. En París, había por aquel entonces la manía de las “legiones” revolucionarias. Tanto Marx como Engels se oponían a ese juego, pues hacer una incursión en otro país para importar la revolución desde fuera y a la fuerza, equivaldría a socavar la Revolución alemana y fortalecer a los gobiernos. Más tarde, al triunfar la revolución en Viena y en Bruselas, la legión ya no tenía ningún objetivo, pero siguió.

Se fundó un club alemán, en el que se aconsejaba a los obreros que se mantuvieran al margen de la legión y retornaran individualmente a su país, para ponerse allí al servicio del movimiento. La Liga no pudo contener a las masas populares, y tres cuartas partes de los afiliados no volvieron a la Liga, no volvieron: habían cambiado de residencia y así sus comunas quedaban disueltas. Otra parte fue por su cuenta y organizó en su localidad movimientos separados. Pese a todo, la Liga había demostrado que había sido una excelente escuela de actuación revolucionaria, en Rin, en Nassau, en Hessen, etc. Eran siempre afiliados a la Liga los que aparecían a la cabeza del ala extrema del movimiento democrático. El cajista Stephan Born, militante activo de la Liga en Bruselas y París, funda en Berlín una “Hermandad obrera” que adquirió considerable extensión y duró hasta 1850. Se organizaban huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, pero olvidándose de que lo más importante era conquistar mediante victorias políticas, el terreno sin el cual todas esas cosas no podrían sostenerse a la larga. Así, las masas iban dejando en la estacada a la Hermandad.

La Hermandad Obrera era una especie de Liga particular y en gran parte existía sólo sobre el papel y tenía una importancia secundaria, de tal forma que la reacción no consideró necesario suprimirla hasta 1850. El 13 de Junio de 1849 en París, la derrota de las insurrecciones de Mayo en Alemania y el aplastamiento de la revolución húngara por los rusos pusieron fin a todo el período de la revolución de 1848. Se imponía la reorganización de las fuerzas revolucionarias dispersas y de la Liga Había que organizarse otra vez secretamente. En el otoño de 1849, volvieron a reunirse, en Londres, la mayoría de los miembros de los antiguos comités centrales y congresos. Apareció en escena Willich que tenía cierta hostilidad secreta instintiva contra la tendencia crítica de Marx y Engels. Era partidario de una dictadura política. Así, junto al comunismo basado en el cristianismo primitivo, predicado por Weitling, surgió una especie de Islam comunista, pero no obtuvo éxito. En mayo de 1850, el zapatillero Heinrich Bauer volvió a incorporar a la organización activa a los antiguos miembros dirigentes de la Hermandad Obrera. Y la Liga empezó a desempeñar un papel predominante en las asociaciones obreras, campesinas y gimnásticas, en proporciones mayores a las de 1848. Ésta fue la única organización revolucionaria alemana de importancia.

La crisis industrial de 1847, que preparó la revolución de 1848, había sido superada; había comenzado un nuevo periodo de prosperidad industrial; la tormenta revolucionaria de 1848 se iba disipando poco a poco. Bajo esta prosperidad general en el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, no se puede hablar de realizar una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos periodos en que los dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción, incurren en mutua contradicción. Pero esta forma de ver las cosas parecía una herejía para los aventureros revolucionarios como Luis Blanc, Mazzini, Kossuth, Ruge, Kinkel, Gögg, que se reunían para formar los gobiernos provisionales del porvenir, para llevar la revolución a Europa en un abrir y cerrar de ojos. Así arrastraron a muchos obreros al campo de los fabricantes democrático-burgueses de revoluciones. Como Marx y Engels se negaron al deporte e la revolución, vino la escisión. Luego, vino la detención en Hamburgo, primero de Nothjung y después de Haupt, quien traicionó a sus compañeros denunciando los nombres del Comité Central de Colonia.

Con el proceso de Colonia, termina el primer período del movimiento obrero comunista en Alemania. Inmediatamente después de la condena, se disolvió la liga; pocos meses después fenecía la Liga escisionista de Willich-Schapper.

Conclusión

La crítica que hacen Marx y Engels al comunismo critico-utópico se puede trasladar, hasta cierto punto, al tiempo presente. Pues, al igual que entonces, el PCE, el PCPE, Liberación, etc., no tienen en cuenta al proletariado; también buscan, como antes, cambiar las cosas con leyes defendidas dentro del parlamento, con pactos con la burguesía, la patronal, etc., lo cual, como se ve, resulta totalmente antirrevolucionario. No realizan acciones políticas a lo sumo económicas, o convocan a las masas a la calle sin orientación. Tampoco organizan al proletariado, todo lo contrario, lo desorganizan, bien parando las huelgas o despolitizándolas. Se conforman con pequeños parches, como son el 0,7%, la rebaja de la jornada de trabajo a 35h, etc., sin tener en cuenta la precariedad de los contratos y la explotación del empresario, situaciones irremediables dentro del sistema capitalista.

No creen en la lucha de clases, sólo en la reconciliación, dejando de lado al proletariado y haciendo políticamente burguesa con la propia burguesía y, así, como antes, se hacen cada vez más reaccionarios: léase UGT, CCOO, etc.

Ahora, tenemos la obligación de extender el socialismo científico como hicieron Marx y Engels y hemos comprobado, no ya por una teoría sino también por una práctica, que el único camino para la victoria final del proletariado es el marxismo-leninismo adaptado a nuestros tiempos. Pero hay que tener en cuenta que muchas cosas están igual que antes: ahora mismo, hay que luchar contra toda desviación, por la integridad del socialismo científico, como lo hicieron Marx y Engels. Y para ello, tenemos que reconstituir el Partido Comunista, como vanguardia de la clase obrera.

Al igual que antes, no podemos tener un partido de masas, pues sería un fracaso, como ocurrió con el PC “punto” (ahora, PCPE) de 1984. Y, por supuesto, también podemos caer en el sectarismo, pues, cuando consigamos recuperar el Marxismo-Leninismo, hay que aplicarlo y eso implica estar ligado con las masas.

Tenemos que ir por delante de las masas, trabajar con y dentro de ellas, guiarlas. No fusionarse entre organizaciones, llamadas de izquierda, sin una teoría ni una práctica consecuentemente comunistas. Pero sí podría ser preciso, en un futuro, aliarnos con algún partido burgués o pequeñoburgués para destrozar a otro más peligroso, para luego lanzarse contra la burguesía, como clase, y derrotarla con más facilidad: como ocurrió en la propia Liga de los Comunistas, cuando la rama progresista se alió con los weitlinguianos de la propia Liga. Nunca podemos olvidarnos de la lucha de líneas dentro del Partido, pues fue así como nosotros derrotamos en nuestra organización a los que más tarde se constituirían en un grupúsculo pequeñoburgués, llamado la OCA (hoy, Comité de Organización Marxista-Leninista).

En las condiciones actuales, tenemos que seguir luchando no sólo contra los revisionistas, sino también contra los anarquistas, que vuelen a estar de moda. Siguen igual que antes, pues niegan la revolución proletaria, la dictadura del proletariado y también la necesidad del Estado para acabar con lo viejo y crear la nueva sociedad. Así, en la línea del marxismo-leninismo, poco a poco, nos iremos ganado al proletariado, como se hizo antes. La experiencia de la Liga de los Comunistas nos tiene que servir de guía, pues hemos visto cómo Marx y Engels iban acertados en su camino y la historia les ha dado la razón. A esto tenemos que unir nuestra propia experiencia que ha sido muy extensa y rica, y que además confirma lo correcta que es la línea política actual del PCR: recuperar el marxismo-leninismo; la lucha de clases como fundamental; derrotar al capital e implantar la nueva sociedad a través del Partido Comunista, como vanguardia del proletariado; guiar al proletariado, única clase interesada en la Revolución Socialista; y, una vez tomado el poder, implantar la dictadura del proletariado, hasta alcanzar el Comunismo.

 

Notas:

 

 

 

[1] Babeuf, Francisco Noël (Alias Graco) (1760-1797): revolucionario francés, destacado representante del comunismo utópico. Organizó una sociedad secreta que preparaba la insurrección armada con el fin de establecer la dictadura revolucionaria para defender los intereses de las masas populares. La confabulación fue descubierta y el 27 de mayo de 1797 Babeuf fue ejecutado.

[2] Weitling, Guillermo (1808-1871): destacada personalidad del movimiento obrero de Alemania en el periodo de su surgimiento, uno de los teóricos del comunismo “igualitario” utópico. Los criterios de Weitling desempeñaron, según Engels, un papel positivo “como primer movimiento teórico independiente del proletariado alemán”; mas cuando apareció el comunismo científico, empezaron a frenar el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado.

[3] Cartismo: movimiento revolucionario de masas de los obreros ingleses, motivado por la dura situación económica y la falta de derechos políticos. El movimiento se inició a fines de la década del 30 del siglo pasado con grandiosas manifestaciones y mítines, y continuó con intervalos hasta comienzos de los años 50. Sus fracasos se debieron principalmente a la falta de un programa claro y de una dirección consecuentemente revolucionaria.

[4] Kriege fue uno de los predicadores de las ideas del “socialismo verdadero” en América.

La Segunda República, el Frente Popular y la política del PCE durante 1931-36 (PCR)

Artículo publicado originariamente en el número 6 de La Forja, órgano central del PCR, de mayo de 1995, entre las páginas 21 y 28.


 

La necesidad de recuperar la vanguardia revolucionaria proletaria en España obliga a un sistemático trabajo de investigación y documentación sobre la Historia del Movimiento Obrero y Comunista, sin ninguna pretensión de erudición, destinado a esclarecer a todos los trabajadores avanzados nuestro pasado histórico, con la clara intención de establecer unas bases ideológicas, políticas y tácticas correctas para llevar a buen puerto el objetivo de Reconstitución del Partido Comunista.

Existe una “glorificación” acrítica del período histórico que abarca la II República española y la experiencia del Frente Popular. El revisionismo del PCE y de otras organizaciones autotituladas como comunistas y que incluso aspiraron a recuperar a la vanguardia de nuestro país (PCE(m-l), PCE(r), PCPE, FM-L(P.E.)), han contribuido a exagerar los logros de los gobiernos republicanos burgueses y a mitificar los supuestos éxitos de la política de “concentración popular anti-fascista” propugnada por el PCE, al menos desde 1935, que, lejos de impedir el triunfo de un golpe militar, arrastró a las fuerzas obreras a la cola de la socialdemocracia (PSOE-UGT) y de las fuerzas políticas de la pequeña burguesía democrático liberal (Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Republicana de Catalunya), lo cual conllevó la derrota político-militar de las clases revolucionarias (proletariado y campesinado pobre) durante la guerra civil 19136-39.

Pero el análisis de estos acontecimientos traspasa el límite de la Historia de España, pues el “frentepopulismo” fue toda una nueva táctica (o mucho más) adoptada por la Internacional Comunista en el verano de 1935, durante su VII Congreso.

El significado del 14 de Abril

El fin del sexenio revolucionario (1868-74), trajo consigo la liquidación de las veleidades revolucionarias de una parte de la burguesía española y, en economía, el fin del periodo librecambista. A partir de ahora se impone una férrea alianza de clase entre la alta burguesía industrial y financiera y la aristocracia terrateniente, mientras el desarrollo capitalista en España se va definiendo por su carácter periférico y dependiente de la división internacional del trabajo. Así, la época de la Restauración (1875-1931) está dominada por el proteccionismo económico, consecuencia del pacto entre los industriales textiles de Cataluña, la gran empresa siderúrgica vasca y los grandes cerealistas castellanos para proteger a ultranza el mercado interior frente a una competencia extranjera muy superior en calidad. El sexenio vio también nacer políticamente a la clase obrera española. Fue entonces cuando el proletariado empezó a superar su marco de acción espontáneo dentro de luchas exclusivamente económicas.

El subdesarrollo agrario constituyó la espina del desnivel o atraso total del país hasta por lo menos el último decenio del Siglo XIX, siendo ésta la causa principal de la permanencia de un sistema social en el que se imponían los elementos arcaicos a pesar de la aparición y desarrollo de cada vez más importantes factores renovadores de progreso social, y de la todavía valiosa, aunque lamentable, utilización de los residuales recursos proporcionados por las colonias.

“Los primitivos y casi elementales trazos de estratificación clasista liberal-burguesa se han mutado hacia 1916-17 en premisas expansivas de una sociedad semiindustrial que acorta distancias respecto de las líneas avanzadas marcadas por las naciones de la por entonces decaída Europa en guerra”[1]

La Restauración se apoyaba en la oligarquía que dirigía el gobierno a través del turno entre liberales y conservadores: “¿Qué fueron, que significaron, en realidad, esos dos partidos? Únicamente el elemento integrador de una oligarquía, partida en dos, no por gala, sino por las necesidades del turno ministerial en las tareas desgastadoras del gobierno. La plana mayor liberal, como la conservadora, estaban formadas indistintamente por generales de los Ejércitos, grandes de España, títulos del reino, terratenientes, capitalistas.”[2]

Al finalizar la centuria la fuerza del conglomerado oligárquico no tenía rival. Era clase dirigente, dueña del territorio, soberana de las grandes empresas subvencionadas por el Estado y asesorada y defendida por liberales y conservadores, aliada íntimamente a la Iglesia y al Ejército. La flaca burguesía revolucionaria (la industrial y mediana) había claudicado. El proletariado seguía protestando, pero eso era todo. Esta oligarquía dominante ejercía su poder mediante el control del Estado gracias a la élite política liberal-conservadora. Utilizaba las asociaciones profesionales con objeto de enfrentarse a las reivindicaciones laborales de los obreros. Protegía sus intereses de la competencia capitalista exterior recurriendo a toda clase de tarifas y aranceles. A pesar de su hegemonía incontestable, la clase oligárquica debió afrontar el crecimiento de las organizaciones obreras. Las realidades de la lucha de clases terminaron imponiendo una reacción patronal cuya etapa más conocida fue la de 1919-23, durante la que los patronos catalanes y propietarios agrarios andaluces libraron una guerra sin cuartel contra el creciente poder organizativo de la clase obrera y el campesinado pobre.

Para comprender la historia española del primer tercio del siglo presente, se ha de tener muy en cuenta el hecho de que España seguía siendo un país de agricultores, con un desarrollo industrial incipiente todavía, con sólo tres zonas donde las relaciones capitalistas de producción, y sus consiguientes estructuras sociales, estaban plenamente desarrolladas: País Vasco, Cataluña y Madrid. Por lo tanto, la España de entonces era una nación de pequeños-burgueses, donde las clases intermedias entre la burguesía y el proletariado tenían un enorme peso. En 1931 un 45% de la población activa era agrícola[3]. “Esta gran masa buscaba su destino en la pura ilusión inalcanzable del bienestar global de su clase, navegaba perdida en el inmenso mar de la lucha de clases, ciñendo de hecho sus posibilidades de acción a las de las clases dominantes y a las capas burguesas; y solo individual, sectorial o localmente, de modo casi siempre circunstancial, a la causa revolucionaria de los grandes idearios obreros”[4].

El posible ascenso de la pequeña burguesía había fracasado en la experiencia republicana fenecida en 1874. La inmensa avalancha de pequeños campesinos semi-proletarios de las zonas rurales, artesanos y oficios varios, se había contenido desde entonces, arrastrando una existencia de críptica clase media hasta las explosiones sociales que han puesto en marcha los años 1909-19, desde la Semana Trágica de Barcelona pasando por la Huelga General Revolucionaria de Agosto del 17.

El gran éxito político de la oligarquía española durante el período de la Restauración es haberse atraído a la mayoría de las masas pequeñoburguesas. Aunque durante los grandes conflictos sociales, la participación de la población pequeño-burguesa junto al proletariado en revueltas de carácter espontáneo, hacía temblar los mismos cimientos del sistema. El proletariado español, aun con conciencia de clase y un alto espíritu de combatividad, no era una clase coherente ni totalmente formada por aquel entonces, entre otras razones porque no estaba implantado como ahora por todo el territorio estatal español y principalmente porque en su desarrollo histórico aún no había generado aparato político. La potente organización sindical de aquellos años no debe hacernos creer que estamos ante un movimiento revolucionario con objetivos claramente definidos. Las luchas que emprende la clase obrera eran manifestaciones radicales del descontento por la sobreexplotación a la que estaba sometida por la oligarquía burguesa del Estado. Pero la organización puramente sindical (UGT, CNT) del proletariado español le impedía desarrollar acciones de más largo alcance que las huelgas o en casos extremos las insurrecciones. Faltaba teoría revolucionaria, madurez política como clase revolucionaria. Tanto la UGT como la CNT tenían una organización y unos planteamientos marcadamente economicistas. Aquellos sindicatos desde luego eran combativos y en comparación con los decrépitos sindicatos actuales, poseían unas estructuras participativas y democráticas. Pero eran organizaciones de pura resistencia al capital y de defensa de las condiciones de vida y del trabajo de los obreros. La clase obrera aún no había comprendido la necesidad no sólo de resistir al capitalismo, sino de destruirlo a través de su propio dominio político. Mientras la UGT derivaba cada vez más hacia la corriente oportunista, mayoritaria por aquel entonces en la socialdemocracia internacional, creando un partido reformista, el PSOE. Por su parte, durante casi veinte años las organizaciones anarquistas se relegan a mantener conferencias y reuniones. El anarquismo, con importante implantación en el campo andaluz y en el proletariado catalán, será capaz de encauzar, ante la ausencia de un partido marxista y la presencia del reformismo colaboracionista del PSOE, las energías luchadoras de parte del movimiento obrero. El resultado será estéril, pues los grupos anarquistas, incapaces de articular alternativa de Poder, sólo ofrecían una salida desesperada para los explotados: el terrorismo individual.

Los años decisivos de 1916 a 1923 definen el máximo de la lucha de clases en la sociedad española y preludian los enfrentamientos que se desarrollarán durante la 2ª República y la guerra civil de 1936-39.

La agitación tan extraordinaria de los años posteriores a 1917, el llamado “trienio bolchevique” en las zonas agrarias, especialmente en las meridionales, y el nuevo carácter de las luchas de clases en las zonas urbanas por las condiciones que se exigen a los obreros, unido a la crisis económica de 1919-21, por merma de la demanda exterior, producen como consecuencia la convulsión del régimen político.

Frente a la contundencia de la respuesta de la burguesía al ascenso de las luchas obreras y campesinas, implantando el fascismo en 1923 (Dictadura de Primo de Rivera), contrasta el carácter pacífico y el contenido esencialmente reformista que las direcciones de la UGT y de la CNT dieron a la Huelga de Agosto del 17, que fue reprimida sin contemplaciones. Las máximas aspiraciones de los dirigentes sindicales son como rezaba la pretendida proclama revolucionaria: “un gobierno provisional que asumiese los poderes ejecutivos y moderador y preparase unas elecciones libres para Cortes Constituyentes, la cuales abordarían en plena libertad los problemas fundamentales para la Constitución política del país”[5].

La Revolución soviética y el pavor a su posible rebrote en países como España, hace pasar a la acción a todas las burguesías y clases medias. Ante el golpe de Estado del 13 de septiembre de 1923, los republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas, recurren a los limitados medios de la huelga o los manifiestos y declaraciones contra la dictadura militar, pero ceden sucesivamente, guardando silencio por repliegue táctico o por la persecución a que son sometidos. Se suspendían las garantías constitucionales democrático-burguesas, declarándose el estado de guerra, quedaban disueltas las Cortes. EL Ejército asumía directamente el gobierno, mientras se disolvían gobiernos civiles, diputaciones y ayuntamientos. La dictadura primorriverista creaba una milicia civil con el nombre de Somatén, se beneficiaba del periodo de recuperación económica y general en toda Europa, preparando el terreno laboral del régimen hacia un sistema corporativista, influido por el fascismo italiano y encíclicas papales. Por lo tanto, el fascismo primo-riverista fue un régimen de excepción de la burguesía española ante una coyuntura revolucionaria y de extraordinaria agitación social. Para su éxito, garantizado desde el momento en que el proletariado y las clases populares carecen de una alternativa de Poder propia y de dirección política correcta, e sistema corporativista, esencia del fascismo, contó con la inapreciable ayuda del oportunismo del conglomerado reformista del PSOE-UGT (los ugetistas, con Pablo Iglesias y Largo Caballero a la cabeza, participaron activamente en la creación y mantenimiento de los comités paritarios, organismos de arbitraje de las relaciones laborales entre patronos y obreros, que negaban los conflictos de lucha de clases).

El PCE durante la II República: entre el insurreccionalismo y el reformismo

“.. la II República (1931-39), último intento de la débil burguesía industrial y de la burguesía media, apoyada por el proletariado y la pequeña burguesía, de trastocar las condiciones del modelo de hegemonía de clase impuesto (proyecto que, si bien no trató en principio de sobrepasar el marco burgués-capitalista, pronto puso al orden del día la necesidad de la revolución dirigida por el proletariado y la transformación de la lucha de clases en guerra civil revolucionaria 1936-39)”[6]

Si bien el Partido Comunista nace en 1920 como vanguardia organizada del proletariado español, parece ser que no es hasta el período republicano cuando se forma organización política moderna. Debemos señalar tres rasgos constitutivos del PCE: 1º) el gran peso que tienen entre su militancia, durante la década de los veinte, los sectores sociales pequeño-burgueses; 2º) la mayoría de la militancia comunista proviene de escisiones del PSOE y la CNT, y 3º) la ausencia, tanto entre las bases como en la dirección, de una sólida formación ideológica marxista-leninista. Si a estos tres rasgos constitutivos del PCE en los años veinte, añadimos la dura represión policial soportada durante la Dictadura de Primo de Rivera, que impidió la consolidación organizativa del partido, comprenderemos la falta de táctica política revolucionaria con que el PCE abordó la nueva situación política en que entraba España a partir del 14 de Abril de 1931.

Las incapacidades del PCE saltaban a la vista de los delegados en España de la Internacional Comunista (Komintern).

Durante los dos-tres primeros años de la República, asistimos a una dura lucha ideológica entre dos posiciones en el seno del PCE. Por una parte, la dirección del PCE con Bullejos, Adame y Trilla a la cabeza. De otra los representantes de la Komintern en España. ¿Cuál era la esencia y el alcance de la disputa? La historiografía burguesa es bastante parca a la hora de analizar en profundidad lo ocurrido. Pero intuimos que la lucha entre estas dos posiciones no era sólo una cuestión táctica de la política a seguir con respecto al nuevo gobierno republicano. Todo estaba en relación con la actitud del PCE ante el régimen republicano. En el fondo de la cuestión subyace el tema de las tareas de la Revolución en la España del 31. Parce ser, porque en esto hay bastante confusión y sólo un estudio de los archivos del PCE y del Komintern podrá aclarar del todo el asunto, que la Internacional reprochaba la falta de iniciativa al PCE, en concreto a su dirección, ante los acontecimientos del 14 de Abril. Para la Internacional, el PCE se había limitado a condenas verbales de la República, sin analizar su contenido de clase y el viraje político que significaban dentro del modelo de dominación burgués, sin comprender las diferentes tareas de la Revolución en España, tanto en su etapa democrático-burguesa como en la socialista. El 14 de Abril “Era revolución por ser iniciativa popular y contrarrevolución por estar dirigida por la burguesía y sus agentes”[7].

Según el análisis de la Komintern, la monarquía era el poder de los grandes terratenientes y la gran burguesía, con la hegemonía de los primeros, significando la República el cambio de hegemonía en el bloque dominante que favorecía a la burguesía. Tanto en el viejo como en el nuevo régimen eran más importantes los restos feudales que las características capitalistas. Lo cual, para la Internacional, no rebajaba el papel dirigente del proletariado en la evolución española, aunque esta debía desarrollarse en dos etapas, siendo la primera, por las tareas a abordar, de significación democrático-burguesa para así lograr su posterior trasformación en Revolución Socialista. Por lo tanto, el nuevo gobierno republicano era esencialmente contrarrevolucionario y demagógico, no debiendo en ningún caso el PCE sostenerlo.

Así, si bien es cierto que la prensa comunista del momento criticó las instituciones y reformas republicanas, no lo es menos que la dirección del PCE se movía en un calculado confusionismo y en la ambigüedad sobre las tareas revolucionarias que había de acometer. El PCE de Bullejos se limitaba a contraponer mecánicamente Gobierno Obrero y Campesino a la República burguesa, pero sin dar pasos prácticos hacia el logro de aquel objetivo y sin popularizar entre las masas oprimidas el concepto de Dictadura del Proletariado, concepto suplantado durante toda la época de la República por el de Gobierno obrero campesino que, si bien pudiera pensarse que es sinónimo del anterior, como veremos no lo era en la táctica del PCE. Más bien tal gobierno “popular” sería una especie de fase intermedia “democráticamente” entre el capitalismo y el socialismo.

En Marzo de 1932 se celebró en Sevilla el IV Congreso del PCE. Los debates giraron sobre tres temas fundamentalmente: la insistencia de la Internacional en la “bolchevización” del PCE, la táctica política a seguir frente al gobierno republicano-socialista y, por último, el relanzamiento del trabajo de masas comunista, a través de la conferencia de unidad sindical y el llamamiento para la “reconstrucción” de la CNT. Analicemos cada uno de estos tres puntos.

Primero, la Internacional exigía unas condiciones estrictas para el ingreso de secciones nacionales en aquel Partido Mundial. La “bolchevización” se hacía tanto más necesaria, si tenemos en cuenta el contexto histórico del momento. Frente al PC(b) de la URSS, que se había formado durante dos décadas de aguda lucha de dos líneas contra todo tipo de revisionismo y reformismo, dirigido excepcionalmente por el gran Lenin, cuya obra intelectual y su plasmación práctica organizativa se basaban en la recuperación de los principios revolucionarios del marxismo y su elevación a una nueva y superior fase, lo cual permitirá a los distintos destacamentos proletarios comprender que nos hayamos en la fase decadente del capitalismo (imperialismo), la totalidad o casi el resto de organizaciones comunistas se forman ante el extraordinario ejemplo de la Revolución Socialista triunfante en Rusia. Las alas izquierdas de los caducos y oportunistas partidos socialdemócratas, presionadas también por la radicalización del movimiento obrero europeo, que no olvidemos acaba de sufrir en sus carnes la dura experiencia de la matanza de la 1ª Guerra Imperialista Mundial, abandonan la II Internacional socialdemócrata, en plena bancarrota, pasándose a la III. Pero ¿en realidad habían roto amarras totalmente estos nuevos partidos revolucionarios? Si para la constitución de Partidos Comunistas hay que poner al mando la ideología científica proletaria, al marxismo-leninismo ¿cómo es posible que se asumieran tan rápidamente los principios revolucionarios en el corto espacio de tiempo que media entre la guerra y la constitución de la III Internacional (1918-19)? La experiencia histórica del movimiento comunista nos enseña que hace falta un período relativamente largo para formar un colectivo dirigente revolucionario, que no es otro que el PC. Así sucedió en Rusia con el P. Bolchevique, empeñado desde la década de los noventa del siglo pasado en una lucha sin cuartel contra todo tipo de oportunismo. Además de recuperar el marxismo revolucionario, enterrado durante toda una época de predominio oportunista en el movimiento obrero que coincide con un período de desarrollo pacífico del capitalismo, los bolcheviques se bregaron en la lucha y trabajo de masas, pasando por la gran escuela revolucionaria de los acontecimientos de 1905, ensayo general de la posterior y triunfante Revolución de Octubre. Es por ello que Lenin hizo tanto hincapié, en los años siguientes al triunfo del 17 (1919-22), en la necesidad de asumir y comprender correctamente lo que significaba la creación del partido de nuevo tipo del proletariado, en la imperiosa obligación de preparar las nuevas tareas que el imperialismo había y ha puesto al día, que no son otras que las de la preparación de las masas trabajadoras para la toma de Poder y la construcción del Socialismo. De ahí que el Partido Comunista Revolucionario defina tres etapas en el proceso revolucionario: 1a) (re)constituir la vanguardia proletaria, el PC, ganando para el Comunismo en principio a lo más avanzado de la clase obrera y personas de otras clases que hagan suyos los objetivos del proletariado; 2ª), intenso trabajo de masas destinado a la captura del Poder por parte e la clase obrera, y 3ª), construcción del Socialismo, a través de la Dictadura del Proletariado, hacia la consecución a nivel mundial del Comunismo.

De hecho, Lenin y los comunistas rusos dedican especial atención a la formación del Partido Mundial del Proletariado (la Internacional comunista, IC), celebrándose en Moscú cuatro congresos de la IC, en años sucesivos hasta 1922. Pues había una profunda preocupación por deslindar campos con el oportunismo socialdemócrata, ya que era esencial que la nueva Internacional no heredara ninguno de los vicios reformistas del período anterior, ya que, si no ¿cómo iba a abordar la IC la inmensa tarea de dirigir la Revolución Proletaria Mundial teniendo en la retaguardia, en los propios PCs, elementos y corrientes seudoreformistas? Por eso Lenin advierte de la necesidad de excluir a los elementos “centristas”, que han asumido de palabra la teoría revolucionaria pero que siguen obrando como oportunistas de hecho, de no caer en una comprensión superficial del marxismo (“izquierdismo”), de aprender de los errores, destacando aquí la experiencia de la Revolución húngara, donde la unificación de comunistas y reformistas tuvo como consecuencia la derrota del proletariado húngaro y sus aliados.

Por lo tanto ¿no es razonable pensar que hubo mucho de voluntarismo, de buenas intenciones si se quiere, en la formación de buena parte de los PCs en Europa? Sin duda, la coyuntura histórica, la fuerte repercusión de los acontecimientos en Rusia, influyeron en la ruptura de los mejores elementos del movimiento obrero con las tradiciones de la socialdemocracia reformista, pero no fue una ruptura cabal, ya que, a la hora de constituir los PCs, éstos se saltaron una etapa, la de recuperación y la asunción de los principios del marxismo-leninismo. Y tan importante es esta etapa que su errónea culminación puede poner en entredicho todo el proceso revolucionario. De hecho, la falta de una correcta y completa recuperación de los principios es lo que ha hecho fracasar todos y cada uno de los intentos de recuperar el PCE en el Estado Español (PCE m-l, PCEr, MC, PCPE…), e incluso permite a oportunismo, al revisionismo, destruir con mucha más facilidad al verdadero Partido Comunista, al desviarlo de sus objetivos revolucionarios. Esa es también la historia del PCE durante los primeros 15 años de su existencia. Durante ese período, el PCE no realizó ¡ni una! Escuela de formación ideológica ni para la militancia de base ni para los cuadros dirigentes del C.C. El PCE, lejos de asumir y aplicar las directrices de la IC en cuanto organización clandestina y militarización del partido, se movió siempre en una especie de semilegalidad, más bien producto de las alternancias represivas del régimen burgués español quede una actitud meditada por parte del PCE. De esta manera, la policía no tuvo mucha dificultad en desmantelar una y otra vez tanto los órganos superiores del partido como sus medios de prensa.

Durante la República, la actividad del PCE se vio tremendamente dificultada por los sucesivos golpes represivos del Estado republicano-burgués (hubo casi más números de prensa comunista confiscados que distribuidos), apreciándose que el PCE marchaba a remolque de los acontecimientos, sin un plan serio de organización revolucionaria, más preocupado de salir de su “aislamiento” procurando adaptarse al legalismo republicano que le permitía realizar actos públicos, abrir locales, etc., siempre y cuando los comunistas se mostrasen respetuosos con el orden vigente. Esto nos lleva al segundo punto.

“El 10 de Agosto (de 1932), día de la intentona del General Sanjurjo, el Comité ejecutivo del PCE publicó un primer manifiesto lanzando la consigna de defensa de la República (…) Bullejos justificó la consigna como una medida justa con el fin de no desligarse de las masas”[8]. Ahora, lo justo para la dirección del PCE, era crear ilusiones sobre el carácter “democrático” de la República. ¿No es esto rancio reformismo? ¿Qué tiene que ver esto con la experiencia histórica de los bolcheviques en Rusia? Allí los comunistas no crearon falsas expectativas entre las masas oprimidas respecto al nuevo gobierno “democrático” que sustituía a la autocracia zarista. Más bien con una táctica política flexible e inteligente, supieron aprovechar hasta el último resquicio de la legalidad burguesa para desenmascarar ante la clase y el pueblo a mencheviques y socialistas-revolucionarios, mostrar a través de las propias contradicciones del sistema la verdadera cara conciliadora procapitalista y anti-obrera de esos partidos reformistas, y una vez acumuladas las fuerzas necesarias, sabiendo en todo momento resguardar la organización revolucionaria y Asus mejores líderes de los inevitables ataques represivos de la burguesía, pasar a la ofensiva sin vacilar en adoptar la consigna de insurrección armada (aunque todo esto se diera en medio y a través de una aguda lucha de líneas en el seno del partido del proletariado, como no puede dejar de ser).

Como estamos observando, la falta de desarrollo y aplicación correcta de los principios del marxismo-leninismo por parte del PCE, su obsesiva preocupación en los años iniciales de la República por salir de su pretendido “aislamiento social”, que la dirección achaca a la falta de apoyo comunista a la República frente a la ¿reacción? De lo cual deriva su táctica de centrarse en el crecimiento organizativo, en acumular militancia, pero abandonando todo intento de formación política, es decir relegando a un segundo plano la tarea principal de todo Partido Comunista, la de elevar a las masas hacia la conciencia de clase revolucionaria, no podía producir sino confusión entre los comunistas españoles y tuvo como consecuencia más visible y espectacular la desviación de muchos dirigentes y cuadros del PCE hacia el oportunismo reformista, primero en el plano ideológico y posteriormente en el organizativo (Bullejos expulsado del PCE a raíz de los acontecimientos del verano del 32, acabó en las filas del PSOE ya en 1936).

A pesar de la expulsión del grupo dirigente del PCE y de la promoción de un nuevo grupo de dirigentes con el apoyo de la IC (Hurtado, Díaz, Hernández, Ibárruri…) que había criticado y censurado el reformismo de Bullejos y Cía., los acontecimientos venideros demostrarían que no se había logrado la tan buscada y necesaria “bolchevización” del PCE.

“El XII pleno del Comité Ejecutivo de la IC, celebrado en Septiembre de 1932, establecía para su sección española la necesidad de orientarse hacia la dictadura del proletariado y de los campesinos bajo la forma de soviets”[9]. El mismo Mundo Obrero¸ del 12 al 32, ratificaba “Nos es preciso, sin perder un minuto, reforzar y activar el trabajo bolchevista de masas para conquistar la mayoría de la clase obrera, la hegemonía de la revolución democrática que se transformará en el curso de la lucha en revolución socialista”[10]. Dentro de esta reorientación del PCE tras su IV Congreso hay que tener en cuenta la resistencia opuesta hasta ese momento, por la dirección española, a la labor de los delegados y propuestas de la IC, el que la prensa comunista española sigue insistiendo en la lejanía de la dictadura del proletariado y continúa difundiendo la consigna de Gobierno Obrero y Campesino, pero sin profundizar en su caracterización como dictadura democrática-revolucionaria del proletariado y el campesinado pobre, junto a la aparición del fenómeno del fascismo.

En un principio, el PCE identificaba fascismo y contrarrevolución burguesa. “Los elementos centrales de la contrarrevolución eran la pequeña burguesía republican y los socialistas en el gobierno (Mundo Obrero, 3-3-33) que, cada vez con más ahínco, hacen toda la clase de esfuerzos por encontrar la base común con otras fuerzas para aplastar la revolución”[11]. El fascismo era pues la fuerza de choque de la burguesía. El origen del fascismo estaba en el capitalismo a secas, en su continuada y profunda crisis que provocaba la radicalización de la pequeña burguesía por los dos extremos, la más derechista se dirigía al campo de la reacción y la menos favorecida económicamente, se izquierdizaba. Desde 1933-35 el PCE se atiene a las consignas de la IC sobre el fascismo, señalando la vinculación de la burguesía republicana y de la socialdemocracia (PSOE) al auge del fascismo en España. El PCE afirmaba que el éxito de la lucha antifascista dependía del grado en que se consiguiera desenmascarar ante las masas obreras el papel de traición del Partido Socialista y del anarquismo. En correspondencia con esta política, el PCE descartaba la colaboración tanto con la dirección del PSOE como con la de la CNT, practicando la táctica de frente único por la base, creando un sindicato revolucionario (la CGTU, bien acogido por la clase obrera dado el ingreso casi inmediato en sus filas de decenas de miles de trabajadores), es decir, atrayéndose a las masas hegemonizadas por el reformismo y el anarquismo. Pero esto era en 1933, cuando la IC seguía pensando que el fascismo representaba la última etapa de la descomposición del régimen burgués, y anuncio de la próxima victoria del socialismo. Aunque era esencialmente correcto valorar al fascismo como una respuesta contrarrevolucionaria de la burguesía, la IC pudo minusvalorar el hecho de que la burguesía a través de la política fascista (consistente en la exaltación ultranacionalista, en la difusión de conceptos racistas y xenófobos entre las masas, mezclando todo con un refinado populismo teñido de “socialista”, utilizando abundantemente la demagogia y una fraseología “cuasi revolucionaria”) estaba consiguiendo atraerse a partes importantes de las masas trabajadoras, fundamentalmente de la pequeña burguesía pero también de sectores proletarios, para organizarlos en bandas armadas (Camisas Negras, SA, SS) contra el proletariado revolucionario.

A partir de 1934, el peligro fascista, con Hitler en Alemania, aparece como una de las preocupaciones principales, por no decir la única, en las elaboraciones políticas tácticas de la IC. El cambio de la IC, visible desde 1934, se concretará en Agosto de 1935 durante el VII congreso del Komintern. Su influencia en partidos como el español o el francés será tal que, a lo largo del proceso de Reconstitución, deberemos detenernos especialmente en analizar sus resoluciones y la aplicación de las mismas por parte de los partidos comunistas europeos y, en particular, por el PCE.

Respecto a España, a la falta de una clara línea revolucionaria, el PCE asumió las conclusiones del VII Congreso de la Komintern, conclusiones avaladas por las direcciones comunistas en Francia e Italia, con sus primeros secretarios a la cabeza (Thorez y Togliatti). El PCE abandonaba la política de Frente Único y abrazaba con ardor una nueva táctica de acercamiento al PSOE. El PSOE mostraba entonces una cara izquierdista de la mano de Largo Caballero, consecuencia de la profunda y continuada radicalización de la clase obrera en general y de las bases ugetistas en particular. Si los reformistas no querían perder audiencia entre las masas explotadas, debían al menos radicalizar su discurso en una maniobra demagógica más a las que nos tiene acostumbrado desde hace tiempo el PSOE. Por lo tanto, Largo Caballero no pasaría de ser un Alfonso Guerra de los años 30. De esta forma, el PCE ingresa sin condiciones en las Alianzas Obreras del PSOE.

Los acontecimientos de la Revolución de Asturias de 1934 son significativos en dos direcciones. De una parte, demuestran que en aquellos momentos sectores importantes del proletariado tenían ya una auténtica disposición de combate, que llegaba incluso a la insurrección armada. Por lo tanto, se revela como incorrecta la apreciación del PCE sobre el aislamiento de las posiciones revolucionarias. El PCE debería haber explicado el verdadero contenido de clase del fascismo en general y del ascenso de la CEDA en particular.

Por otra parte, el fracaso de la insurrección minera asturiana da las claves sobre la ausencia de una línea militar proletaria en el PCE. Este no entendía el trabajo militar que había que desarrollar en aquellas circunstancias, no veía el PCE más allá del insurreccionalismo espontáneo de las masas. Una vez más, el PCE no actuaba como una vanguardia proletaria consciente.

En junio de 1935, José Díaz, máximo dirigente del PCE, en un mitin celebrado en el Monumental Cinema de Madrid explica los puntos del programa del Frente Popular que los comunistas proponen al PSOE y a las organizaciones republicanas burguesas. Son cuatro puntos:

1º) Confiscación de la tierra sin indemnización a los grandes terratenientes y a la Iglesia;

2º) Reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas por el Estado español;

3º) Mejora general de las condiciones de vida de la clase obrera y

4º) Amnistía total de los presos políticos.

En las negociaciones posteriores con los partidos republicanos, donde el PCE no tuvo representación propia, sino que delegó en el PSOE el último punto (la amnistía) fue admitido como base del programa electoral del Frente Popular en las elecciones de Febrero del 36. ¡Los republicanos ni siquiera estuvieron de acuerdo en otorgar un seguro de desempleo!

El resto de la historia es conocido por todos. A lo largo de la primavera de 1936, el PCE siguió basculando hacia la derecha y el abandono de los objetivos revolucionarios. De no haber estallado la guerra, lo más seguro es que el PCE hubiera dejado de existir como organización política independiente, como lo demuestran las evidencias de la unificación de las juventudes comunistas y socialistas, la incorporación del sindicato comunista CGTU a la central reformista UGT y la fundación del PSUC, previa unidad de las ramas catalanas del PSOE y PCE.

Ya iniciada la guerra civil, el PCE renunció a la lucha por la Revolución Proletaria, al abandonar y no hacer ningún tipo de propaganda de los objetivos de Socialismo y Dictadura del Proletariado. La guinda de la claudicación sin paliativos del PCE se produjo con la subordinación de las fuerzas armadas revolucionarias (el 5o Regimiento) al Estado republicano-burgués.

Contraponer al reformismo del PCE una supuesta actitud revolucionaria de la CNT o el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, trotskista), como han venido haciendo la LCR y el MC, es, aparte de una tomadura de pelo hacia los trabajadores avanzados de este país, una estafa política. Tanto la CNT como el POUM carecían de una estrategia revolucionaria mínimamente coherente, y se caracterizaron durante la guerra civil por su política aventurerista, amén de que ambas organizaciones demostraron su profundo carácter contrarrevolucionario en las críticas sin fundamento -reproduciendo lo que la burguesía y el imperialismo decían- que realizaban al primer Estado proletario del mundo, la URSS. La triste realidad fue que el proletariado español y el conjunto de masas oprimidas carecieron de su propia alternativa política durante la II República y la Guerra Civil.

Conclusiones

Para el Partido Comunista Revolucionario, la política de alianzas del proletariado se define: “como táctica para decidir una correlación de fuerzas favorable para el proletariado, aprovechando las contradicciones en el campo enemigo, para conseguir reformas que refuercen la lucha de la clase obrera y debilitar al Estado burgués para facilitar su derrocamiento”[12].

“Enfocar alianzas desde el tacticismo es, sin embargo, algo enclenque y pobre que no puede siquiera llamarse dignamente política de alianzas del proletariado con un objetivo estratégico, porque esa etapa previa al socialismo no es más que un recurso oportunista para evitar el abordaje de la gran tarea que hoy está en el orden del día de la Revolución en España: el Socialismo; no es más que un intento por imponer la idea del gradualismo frente a la de los saltos revolucionarios en el desarrollo social; no es más que el deseo liquidacionista de cambiar la Revolución por la Reforma”.

    

[1] Martínez Cuadrado, M.: La burguesía conservadora (1874-1931). En Historia de España, Alfaguara, Tomo VI. Ed. Alianza Universidad, pág. 344.

[2] Duque de Maura-Fernández Almagro: ¿Por qué cayó Alfonso XIII? Pág. 6.

[3] Portuondo, E.: La 2a República… Ed. Revolución

[4] Martínez Cuadrado, M., obra citada, pág. 335

[5] Documento recogido en Martínez Cuadrado, M., obra citada, pág. 377.

[6] Documento Político General del PCR, pág. 31

[7] Cruz, R.: El Partido Comunista de España en la II Repúbica Ed. Alianza Universidad pág. 138.

[8] Ibidem, pág. 148 y 149

[9] Ibidem

[10] Ibidem

[11] Ibidem

[12] Documento Político General del PCR, pág. 41.

Las dos tácticas en la Reconstitución y las nuevas tendencias del movimiento comunista (PCR)

En este texto publicado en La Forja nº15, ya en 1997, el PCR diferenciaba entre dos tácticas para la recuperación del Partido Comunista. A lo largo del texto se procede a analizar brevemente ambas tácticas, llevando por tanto a la comparación entre ambas. Esta situación se mantiene aún, de ahí lo interesante del documento y el por qué se procede a publicarlo en este medio.


Ver y esperar

Entre los meses de marzo y mayo de este año, han tenido lugar sendas fusiones, a distintos niveles, de organizaciones comunistas partidarias, cada una a su manera, de la tesis de Reconstrucción del Partido Comunista. Por un lado, la Organización Comunista de Asturias (OCA), la Organización Leninista (OL) y el Colectivo Marxista-Leninista de Navarra (CM-L), manteniendo sus respectivas organizaciones, han acordado la creación de un órgano único de dirección (el Comité de Organización) y la publicación de un único órgano de prensa (Estrella Roja). Por otro lado, el Partit Comunista Obrer de Catalunya (PCOC) y el Movimiento Marxista Leninista (MML), también de Cataluña, han ido más lejos completando la fusión de sus organizaciones a todos los niveles, configurándose en Reagrupamiento Comunista, con La Voz del Trabajo como órgano de propaganda.

Para el marxismo, “la práctica es el criterio de la verdad” y toda retórica o polémica teórica desarrollada sobre el papel, toda profesión de fe sobre la bondad de la palabra “Reconstitución” -que parecía ocultar un extraño sortilegio de inmunidad contra el oportunismo-, toda declaración grandilocuente contra la “unidad por las almenas” o contra “las fórmulas administrativo-burocráticas amigas de meter en la redoma del futuro partido unificado a todas las siglas y con la vara de los magos y figuras sobresalientes de cada organización en apretón de manos proceder al bautismo legal” -como increpaba con voz huera no hace mucho uno de los dirigentes de la OL-, todo se convierte en humo ante la tozudez de los hechos. Y los hechos, para ilustración de la vanguardia revolucionaria, nos informan acerca de la identidad de las distintas alternativas, vías o métodos de recuperación del Partido Comunista que diferentes grupos definen como “Reconstrucción” del Partido o como “Unidad de los Comunistas”.

Hace algunos meses, ese mismo dirigente decía que hay tres vías de recuperación del Partido Comunista: la Reconstitución, la Unidad de los Comunistas (cuyo principal representante es el FM-LE) y la Reconstrucción; que ésta es la más avanzada, la Unidad de los Comunistas la más oportunista y la Reconstitución una especie de transición entre ésta y aquélla. La Forja, en cambio, siempre ha insistido en que existen sólo dos métodos, que se corresponden con las dos líneas políticas que luchan entre sí en el seno de la clase obrera, la oportunista y la revolucionaria, de las que se derivan, respectivamente, la tesis de Reconstrucción y la de Reconstitución del Partido Comunista. Para La Forja, la Unidad de los Comunistas y la Reconstrucción son, en esencia, la misma cosa, y cualquier obrero consciente que esté al tanto de las propuestas para la “unificación de los comunistas” del FM-LE podrá comprobar que, en la práctica, no existen diferencias de principio, ni en sus requisitos, ni en sus métodos y resultados, con el experimento de “reconstrucción” del Comité de Organización y de Reagrupamiento Comunista, iniciados todos sobre la base de la unidad orgánica. La vida es sabia y enseña a quien quiera aprender que en materia de política sólo hay dos caminos, el burgués y el proletario, y que en materia de política partidaria sólo hay dos vías: Reconstrucción o Reconstitución.

El núcleo sobre el que se articula la tesis de Reconstrucción, así como la de Unidad de los Comunistas, es la idea de “unidad de la vanguardia”. Por el contrario, la tesis de Reconstitución plantea la unidad de la vanguardia con el movimiento obrero. Los del Comité de Organización son tan ciegamente “ortodoxos”, tan metafísicamente partidarios de la tradición “leninista”, que sus mentes se obliteran y ofuscan cuando alguien dice que las masas tienen algo que ver en la Reconstitución del Partido Comunista. Son tan “ortodoxos” que llevan el ¿Qué hacer? de Lenin como el Talmud los judíos, la Biblia los del Opus o el Corán los chiitas, y son tan poco dialécticos que la “ortodoxia” es para ellos dogma y Lenin el Verbo que es preciso aplicar al pie de la letra in tempore y doquiera. Naturalmente, quien sigue la letra olvida el espíritu y quien reza las palabras escritas no atiende a los principios que guiaron su redacción. Esto mismo les ocurre a los camaradas del Comité de Organización con el ¿Qué hacer? Nosotros nos sentiríamos satisfechos, de todos modos, si estos camaradas se hubiesen aprendido todo el ¿Qué hacer?, incluidos los pasajes donde Lenin insiste machaconamente en que el socialismo científico debe fundirse con las masas. Pero sólo se han quedado con la crítica leninista al menchevismo sobre la capacidad de las masas para crear espontáneamente el Partido, y han olvidado el papel que juega el movimiento proletario, una vez que su vanguardia consciente se acerca a él, de cara a la constitución del Partido Comunista. Como estos camaradas no hallan en las tesis de Reconstitución que defiende el PCR algo que se separe de los principios revolucionarios del proletariado, se aferran a una interpretación “menchevique” de esa tesis. Vulgo, esto es “estar a la que salta” e introducir en el debate entre comunistas elementos distorsionadores que nada tienen que ver con un honesto debate político.

Uno de los factores que han provocado tal ofuscación mental en esos camaradas es que no comprenden o se han hecho un lío al distinguir los conceptos de Partido, Clase, Masas y Vanguardia (ver La Forja nº 10), así como se embrollaron los de Reagrupamiento Comunista -cuando todavía eran PCOC- con las palabras “Reconstrucción” y “Reconstitución”. Ciertamente, en este último caso, no es de extrañar, sino para esperar, que quienes se guían por las palabras (si el P.C. Chino dice ser comunista y China socialista, para ellos es suficiente; si Castro dice que Cuba es socialista, ellos amén; si Corea, lo mismo, etc.) se desorienten en el debate teórico. No olvidemos, camaradas, lo que dijo Marx: que no se puede juzgar a un hombre o a una sociedad por lo que piensan de sí mismos.

Pero retornemos a la vida, a la realidad. La tesis de Reconstrucción ha empezado a aplicarse, al igual que la de Reconstitución, que ya está siendo puesta en práctica. Esto es lo importante. Las dos vías para la recuperación del Partido Comunista han pasado de la teoría, del proyecto, a la práctica. La propia vida juzgará, a la larga, cuál es la que se ajusta realmente a las necesidades de la Revolución Proletaria. Por el momento, Reagrupamiento Comunista ya ha sufrido la escisión de una parte del antiguo MML. ¡Corta experiencia!; ¡calco de aquéllas que se sucedieron en este país entre los 70 y los 80! Respecto al Comité de Organización (¡tan “ortodoxos” han sido que les han puesto el mismo nombre que los marxistas revolucionarios rusos al organismo que preparó el Congreso de constitución del POSDR!; ¿significará esto que sueñan, como el FM-LE, con un próximo “congreso de unificación”?), todavía habrá que ver si este “Comité de Organización” se parece más al de 1902 o al menchevique-trotskista de 1912. Éste fue creado por el ala oportunista de la socialdemocracia rusa para reagrupar sus distintas corrientes frente a la escisión bolchevique decidida con carácter definitivo en la Conferencia de Praga de ese año. La base del acuerdo del Comité de Organización de 1912 fue el aislamiento de la línea revolucionaria; la base del acuerdo del Comité de Organización de 1997 la desconocemos, salvo por los 6 puntos de la reunión de Pamplona (sin contenido político, salvo el acuerdo sobre la tesis de Reconstrucción), al igual que desconocemos cómo pueden unirse organizaciones con tácticas diametralmente opuestas en cuestiones como las elecciones burguesas (la OCA siempre predicó la abstención, mientras la OL el voto en blanco) o el problema nacional (la primera tiene una posición luxemburguista, mientras la segunda reclama el derecho a la autodeterminación; la síntesis no parece estar muy lograda: en el nº4 de la nueva Estrella Roja se dice, “como comunistas no podemos hacer nuestra una lucha nacionalista…”; “pero, como comunista, estamos obligados a proclamar el derecho de autodeterminación”. ¡No apoyamos la autodeterminación, pero la proclamamos!… parto conciliador, parida oportunista), sin haber hecho pública su aquiescencia o su autocrítica. No nos extraña, sin embargo, pues es práctica de algunos de estos señores el mutar políticamente sin dar más explicaciones al proletariado: por ejemplo, los de la OL han pasado de defender y practicar la “Unidad de los Comunistas” (con el FM-LE) a denigrarla, pasándose a la “Reconstrucción”, sin transición, sin la menor explicación (el trabajo que publican en el nº3 de Estrella Roja, “Un documento superado; una táctica errónea”, sólo toca la “línea sindical”, de modo que la autocrítica por la “línea sindical”, de modo que la autocrítica por la “línea partidaria” está aún pendiente). No conocemos, pues, los términos del acuerdo que se esconde tras el Comité de Organización, pero, dadas las circunstancias, mucho nos tememos que se trate de un nuevo ejemplo de oportunismo práctico ejercido por ciertas “figuras sobresalientes” que con “fórmulas administrativo-burocráticas” quieren “meter en la redoma” a la vanguardia proletaria.

Lo viejo y lo nuevo

El problema de la recuperación del Partido Comunista es el que centra en estos momentos la lucha de dos líneas dentro de la vanguardia, la lucha que, en su desarrollo, ha tomado cuerpo en el enfrentamiento entre la tesis de Reconstrucción y la de Reconstitución del Partido Comunista. Precisamente, la mejor prueba de que la cuestión del Partido es ahora la cuestión principal, en función de la cual se separan los dos campos dentro del movimiento revolucionario, es que quienes se unen sólo en virtud de un debate sobre línea política, inmediatamente se separan (PCOC y MML), y quienes se unen planteando en primer plano el tema del Partido, apenas llegan a más en cuestiones políticas (como hemos dicho, el único contenido serio de la reunión de Pamplona, salvo declaraciones de intención, es el acuerdo sobre la tesis de Reconstrucción: por su parte, la nueva Estrella Roja es, en cuanto a propuestas políticas, un compendio de sindicalismo y reformismo: nada se encuentra en ella que pueda calificarse como línea política revolucionaria, entendida ésta como algo diferente a la mera repetición o aplicación mecánica para España de los principios del Marxismo-Leninismo). El PCR y La Forja deben felicitarse porque fueron los primeros -si no contamos a la corriente maoísta, y siempre en un sentido diferente al que ésta le daba- en reivindicar la cuestión del Partido Comunista como la prioritaria para el proletariado, en proponer un Plan fundamentado para su Reconstitución y en exigir que el gran debate entre los comunistas pasa por definir la auténtica naturaleza del Partido Comunista. Poco a poco, ese debate se va dando y, poco a poco, la experiencia va demostrando que no es suficiente con la “unidad” ni con formulaciones idealistas de la política revolucionaria.

No obstante, el acercamiento de la vanguardia hacia la asunción de las verdaderas tareas políticas de la Revolución en el momento actual es algo que se va produciendo con mucha lentitud y no sin encontrar a su paso numerosos obstáculos. La causa es de tal índole que, como se sabe y como demuestran con su sola existencia los defensores de la Unidad de los Comunistas o de la Reconstrucción, no basta con reconocer la necesidad acuciante del partido revolucionario del proletariado, sino que es preciso retomar el punto de partida de nuestros planteamientos políticos.

El punto de partida de los abanderados de la Reconstrucción es el ciclo histórico que inauguró la Revolución de Octubre. Actúan políticamente como si este ciclo revolucionario no hubiese terminado, como si las condiciones históricas y políticas que lo caracterizaron perdurasen. Una de estas condiciones fue que la constitución de partidos comunistas se realizó sobre la base de un movimiento obrero ascendente (Alemania, Rusia) o de un movimiento obrero revolucionario ascendente (galvanizado por la Internacional Comunista: Francia, Italia, España, etc.). Los partidarios de la Reconstrucción operan como si esto continuase siendo así o como si todavía existiese la Internacional Comunista. La tesis de Reconstitución parte de que el ciclo de Octubre ha terminado y de que las condiciones políticas e históricas son nuevas, en primer lugar en lo que se refiere a la Reconstitución del Partido Comunista. De esta manera, mientras que quienes hablan de Reconstrucción del Partido apuestan por su recuperación cumpliendo requisitos mínimos en política y organización (unidad de la vanguardia, formulación teórica de línea, programa, etc.), y, en los hechos, depositan sus esperanzas en un futuro resurgimiento espontáneo del movimiento obrero, independientemente del movimiento comunista, sobre el que el Partido Comunista pueda actuar bajo hipotéticas condiciones revolucionaria, la tesis de Reconstitución explica que no hay revitalización del movimiento obrero sin revitalización del movimiento comunista, que ambas son uno y el mismo problema, el problema de la Reconstitución del Partido Comunista. Se trata, por tanto, de un máximun según el cual no se puede concebir aparte la creación del Partido y la revitalización del movimiento obrero y del movimiento revolucionario en general. En las nuevas condiciones, resulta del todo imposible constituir partidos comunistas como simple escisión del oportunismo o como simple escisión del partido obrero, como en los tiempos de Octubre: la Reconstitución exige algo más, pero los partidarios de la Reconstrucción no lo comprenden y se limitan a pretender crear organizaciones políticas como simplona organización del oportunismo. Esto es un error y empecinarse en él significa un crimen para la causa proletaria.

Los viejos partidos comunistas -incluido el Bolchevique- se constituyeron en un contexto de ofensiva general del proletariado, y su constitución presuponía toda una etapa de acumulación de fuerzas nucleada por los partidos obreros (o socialdemócratas). Hoy vivimos una época de retirada proletaria en todos los órdenes y es preciso intentar, de nuevo, esa acumulación de fuerzas. ¡Pero es absurdo pensar que los viejos partidos obreros o los sindicatos (el movimiento obrero espontáneo) puedan realizar esta tarea! Todo plan para la Reconstitución del Partido Comunista debe incluir ineludiblemente la asunción de la misma. Y la tesis de Reconstrucción la olvida o la elude, porque presupone algo que no se puede dar fuera del movimiento comunista (el resurgimiento del movimiento obrero). Este es el error de fondo, la causa última de que los defensores de la Reconstrucción estén desorientados a la hora de plantear el problema del Partido Comunista.

En 1916, en su trabajo El imperialismo y la escisión del socialismo, Lenin demostró que en la época de los monopolios capitalistas la escisión entre el ala oportunista y el ala revolucionaria en el movimiento obrero era inevitable. La separación del bolchevismo y, después, de los sectores izquierdistas en el resto de los países de la socialdemocracia fue la primera forma histórica que adoptó aquella impostergable escisión. El revisionismo y el oportunismo, sin embargo, volvieron posteriormente hacia atrás la rueda de la lucha de clases y transformaron a los partidos de vanguardia en simples partidos obreros con un discurso más radical. El revisionismo cayó en bancarrota, pero los posos que ha dejado en la conciencia de los comunistas supervivientes, unido al recuerdo casi romántico de aquella exitosa primera experiencia de deslindamiento antagónico con el oportunismo, se traducen en inercias inconscientes que nos tientan a repetir mecánicamente el pasado sin un serio análisis del presente. En el pasado, el partido obrero, dirigido por la sobornada aristocracia obrera, reunía a la masa de la clase; sólo había que “robársela” con una policía revolucionaria acorde con los tiempos revolucionarios. En esto consistía la táctica de masas de la Internacional Comunista. El partido obrero era, por así decirlo, la “plataforma” de lanzamiento de la revolución, en la medida en que organizaba el movimiento obrero y en la medida en que la vanguardia revolucionaria ya separada podía utilizar esa plataforma de resistencia proletaria para su transformación en movimiento revolucionario cuando el movimiento rebasase los límites en que lo encorsetaba el oportunismo reformista. Hoy, por el contrario, este desarrollo de los acontecimientos es impensable. Hoy, la escisión de las dos alas del movimiento obrero se da por supuesta, se presenta como requisito previo ya asumido por la vanguardia y, en consecuencia, se manifiesta y realiza bajo otra forma histórica, menos inmediata, más de principio, como planteamiento inicial; menos como constitución de partidos de vanguardia como subproducto de los partidos obreros, más como antagonismo de principio en el que la contradicción entre el partido obrero y el revolucionario está asumida ideológica y políticamente por la vanguardia como una conquista histórica que forma parte de su acervo y no como una conquista que haya que actualizar constantemente de manera empírica. Pues bien, este antagonismo como planteamiento inicial sólo lo tiene en cuenta de manera consecuente la tesis de Reconstitución. Para la tesis de Reconstrucción, la escisión, la ruptura con el oportunismo (sobre todo, en el plano organizativo) es el momento fundamental de la recuperación del Partido. A partir de aquí, basta con “restablecer” las bases políticas. Se trata, por tanto, una vez más, de la “reconstitución” del Partido Comunista como derivado del partido obrero.  Esta subordinación exigirá que, a la larga, la organización de vanguardia deba remitirse necesariamente a la organización obrera de masas para implementar el movimiento revolucionario. En cambio, para la tesis de Reconstitución, la ruptura, la escisión con el oportunismo no es suficiente, es sólo el primer paso de la Reconstitución. A partir de aquí, es preciso establecer bases políticas y organizativas para generar un movimiento revolucionario, en el que participen crecientemente las masas, independiente del movimiento reformista. La Revolución, entonces, empieza a crecer con la recuperación del movimiento comunista y su futuro dependerá de que sea capaz de ganarse a las masas. El movimiento revolucionario existe, entonces, desde el principio; quienes hayan “reconstruido” su partido, en cambio, deberán esperar a que las masas se “animen” para intentar generar movimiento revolucionario.

Como hemos dicho, las nuevas condiciones históricas no son en la práctica comprendidas por todos los comunistas, y mucho menos se detecta una actitud para elaborar fórmulas políticas acordes con esas nuevas condiciones. La causa principal también la hemos señalado. Consiste en una apreciación errónea, anticuada, de las condiciones de desenvolvimiento del movimiento comunista. Pero, por qué algo tan sencillo aparentemente resulta de tan difícil comprensión para gran parte de la vanguardia en la actualidad. Somos materialistas, y como tales sabemos que la formulación de una idea o de una teoría no bastan para que se plasme en la realidad. La tesis leninista de la escisión del movimiento obrero en dos alas fue formulada hace más de 80 años, pero nunca fue asimilada en la práctica en todas sus implicaciones por los partidos comunistas. De hecho, como también hemos indicado, se reincidió en la unidad con el reformismo, y cuando éste fue a pique, el movimiento comunista en general permanecía en ese estado de adulterio político. El grado de madurez del movimiento, por tanto, no permitía la asimilación completa de aquella tesis. Sin embargo, es precisamente la bancarrota del revisionismo lo que abre de par en par la perspectiva para comprender completamente esa tesis política por parte de la vanguardia consciente del proletariado, siempre y cuando no se deje cegar por falsas ilusiones y sepa captar lo nuevo de esta situación. Pero lo viejo pervive y es difícil desasirse cuando lo nuevo no es tan notorio ante nuestros ojos. Por eso, es tan importante la propaganda de la tesis de Reconstitución.

Lo viejo, las primitivas formas del movimiento de la clase, por lo tanto, perviven y actúan como poderosas murallas de contención que obstaculizan la aparición y el desarrollo de formas nuevas. La perdurabilidad y la utilidad -en la medida que aún lo son- de esas viejas formas son la expresión objetiva del límite de lo nuevo. Mejor dicho, la espuria conciencia de que esas formas son todavía viables o útiles pone el límite para la asunción de la necesidad de nuevas formas. Con esto no queremos decir, naturalmente, que el movimiento obrero, tal como surge espontáneamente, o que los sindicatos, por muy reaccionarios que sean, no sirvan para la lucha de clases del proletariado. Queremos decir que su transformación en clave revolucionaria es algo que no está separado del problema (de la Reconstitución) del Partido. La vieja visión dice -y con ella comulgan los partidarios de la Unidad de los Comunistas y de la Reconstrucción-: “hagamos primero el Partido y después revolucionemos los sindicatos”. La nueva visión, la que defiende la tesis de Reconstitución, declara: “hagamos el Partido a la vez que revolucionamos los sindicatos y el resto de los frentes de masas, pues no hay Partido si no lo constituye lo más avanzado de esas masas, quien ejerce su dirección efectiva, guiándose por el Marxismo-Leninismo”. Esto implica la  reconstrucción del movimiento de masas desde el comunismo, que el reformismo ya no sirve de “plataforma de lanzamiento” de la Revolución, como exige de manera ineludible la tesis de Reconstrucción y la Unidad de los Comunistas -aunque se nieguen a expresarlo claramente-, pues dan por supuesta no sólo la organización de las masas, sino también su potencialidad revolucionaria espontánea independiente del comunismo (y esto, en período de repliegue, es absurdo o reaccionario), y que no existe una muralla china entre organización de la vanguardia y organización del movimiento de masas.

Pues bien, como materialistas, observamos que, a pesar de la bancarrota del revisionismo, existen esos obstáculos objetivos que impiden que la tesis leninista de la escisión del movimiento obrero en dos alas irreconciliables sea asumida por la vanguardia proletaria en todas sus consecuencias. Esa tesis leninista, su formulación y la experiencia que recoge, constituye un hito histórico y teórico para el proletariado; pero de lo que se trata es de que, en cada momento de la lucha de clases, sea un logro político bien asumido por la vanguardia de clase. Pero aún no han madurado todas las condiciones para que esa verdad teórica se traduzca en práctica política general para los comunistas.

Sin embargo, la tesis de Reconstitución del Partido ha sido formulada; en concreto, ha sido formulada por el proletariado español. No abandonemos el punto de vista materialista y analicemos, aunque sólo sea someramente, el porqué de este hecho singular.

Experiencias diferentes para la vanguardia

En general, podemos decir que la contracción entre el partido obrero y el partido de vanguardia ha sido tan flagrante, se ha manifestado tan notoriamente en las últimas décadas en España, que ha terminado por resultar evidente ante los ojos de los obreros más conscientes. En otros países, la lucha de clases, por diversas circunstancias históricas, no ha permitido tanta nitidez en el deslindamiento del campo de la contrarrevolución y de la revolución, no ha producido un antagonismo tan superlativo entre el reformismo y el proletariado. La escisión histórica dentro del movimiento obrero ha adquirido en España connotaciones políticas muy concretas y específicas, demasiado manifiestas para que pasen desapercibidas para la vanguardia, al contrario que en otros países con una lucha de clases históricamente desarrollada.

A finales de los 70, España era una olla a presión. Las masas estaban en efervescencia, pero sus dirigentes las traicionaron: se dedicaron al politiqueo de pasillos buscando un pacto con el franquismo y apartaron al pueblo de la participación en la trasformación política. El PCE hacía tiempo que había abandonado la vía socialista de solución de la crisis y en esta ocasión se negó a poner en tensión todas las fuerzas, de modo que sólo quedaron en pugna dos alternativas burguesas, la “ruptura” y la “reforma”. ¡Pero incluso la primera fue abandonada por los partidos obreros! Esta fue su segunda gran traición a la clase obrera. No sólo habían sido apuñaladas por la espalda las esperanzas socialistas del proletariado revolucionario, sino también las esperanzas democráticas del proletariado en su conjunto.

En los 80, tiene lugar la liquidación orgánica y la volatilización política de lo que había sido el comunismo (PCE). La socialdemocracia (PSOE) se presenta hegemónicamente como la expresión política del partido obrero. Accede al poder y demuestra con harta evidencia la bancarrota del “obrerismo político”. Mientras tanto, el sindicalismo -primero la UGT y después CC.OO.- venden, a través de un pacto tras otro con la burguesía, los intereses más elementales del proletariado a precio de saldo. Por otra parte, el “obrerismo social” de los sindicatos se alía a la socialdemocracia en el gobierno, cumple el papel de “oposición” política (en esta época hay más oposición al gobierno entre las bases sindicales que entre las filas de los partidos de derecha) y también hace gala de su bancarrota. De esta manera, tiene lugar en España una mayúscula concentración del fenómeno del oportunismo “obrerista” que facilita su localización y desenmascaramiento ante la vanguardia. El “partido obrero” gobierna y ejerce la “oposición”; el revisionismo se muestra incapaz de aglutinar el descontento de la vanguardia (la “unidad comunista” de 1984, que tenía como objetivo a medio plazo revitalizar el PCE como vía de apaciguamiento y de encuadramiento de la revolución dentro del sistema, fracasa) y el panorama se presenta de tal guisa que el obrerismo social y político se encuentra gestionando los intereses del capital (¡tercera gran traición!) mientras las masas se hallan totalmente desguarnecidas, y, lo que es más importante, sin nada ni nadie que les impida apreciar la situación. Su vanguardia, entonces, sus elementos más avanzados están en condiciones, objetivamente, de asumir la ruptura histórica del movimiento obrero, de comprobar por su experiencia el paso definitivo del partido obrero al campo burgués y, como reacción, de preparar las condiciones subjetivas (Plan de Reconstitución) para elaborar una verdadera política proletaria revolucionaria.

¿Qué ocurre en otros países, mientras tanto? En Francia, las luchas de las masas tienen resonancia sindical (funcionarios, camioneros, reforma educativa…) o complicidad política gubernamental (campesinos), lo que da una impresión de que las reivindicaciones de las masas, de alguna manera, se traducen en política, ya sea por las organizaciones sociales (sobre todo, sindicatos), ya por las propias instituciones del Estado. Las luchas en muchas ocasiones -y en ocasiones y cuestiones importantes- triunfan; el sector reformista del partido obrero las dirige, dando la impresión de que realmente representa los intereses de las masas. Esto impide sobremanera que objetivamente puedan darse las condiciones para la toma de conciencia subjetiva de la necesidad de la escisión práctica entre el campo de la reforma y el de la revolución. Por lo que respecta a la vanguardia, el PCF no ha sido liquidado; aquella alberga todavía “esperanzas” en la acción de este partido; la bancarrota orgánica del revisionismo no se halla en un estado tan avanzado como en España. De hecho, todavía la crítica al revisionismo se encuentra dentro del PCF, todavía no se ha escindido de él, todavía deposita “esperanzas” en la “continuidad revolucionaria” y en “el renacimiento leninista” del partido francés (Coordination Communiste, por ejemplo). Por decirlo de algún modo, la vanguardia proletaria francesa lleva, desde el punto de vista de la lucha de dos líneas, un retraso de más de una década con relación a la experiencia de la vanguardia en España. Los franceses aún no se han desencantado lo suficiente del revisionismo del PCF como para llegar a la escisión; tampoco han experimentado la “unidad comunista” de los distintos sectores que van renegando del revisionismo (ya hay, como en la España de finales de los 70 y principios de los 80, pequeños grupos independientes que proclaman la “reunificación” de los comunistas en una nueva organización, como Regroupement Communista Unifié), y tampoco han comprobado la inutilidad de la unidad orgánica sin el cumplimiento de un plan de Reconstitución.

En el caso portugués se mezcla un poco la experiencia histórica de España y de Francia. Por un lado, un período de esperanza, como el que abrió la Revolución de los Claveles, fue seguido por la frustración colectiva, igual que la Transición española. Sin embargo, por otro lado, el fracaso de la acción de la vanguardia, que permitió al oportunismo llevarse el gato al agua, no se tradujo en su crisis política y en una subsiguiente recomposición. Al contrario, el viejo partido revisionista, el PCP, continuó aglutinando al sector mayoritario del proletariado revolucionario, de tal manera que la vanguardia portuguesa se encuentra en un estado de desarrollo político semejante al de la francesa.

En Italia, el prolongado papel de “leal oposición” al régimen burgués ejercido por el PCI a lo largo de toda la historia de la I República terminó desgastándolo y provocando la liquidación de su forma anterior y la ruptura de la organización en un partido socialdemócrata (PDS) y en un partido obrero “comunista” (Refundacione Comunista). Una situación parecida, en definitiva, a la de la España de la segunda mitad de los 80, cuando el PCPE todavía podía disputar algo al PCE. De todas formas, aunque el proceso de desintegración del oportunismo avanza en Italia -lo cual repercute en beneficio del movimiento comunista, que puede hallar nuevas formas de desarrollo-, existe allí una peligrosa tendencia, que va adquiriendo fuerza por la desorientación general que ha acarreado el fin del ciclo revolucionario de Octubre y que se remonta a la tradición gramsciana de los Comités de fábrica, que consiste en promocionar nuevas formas de organización obrera, atribuyéndoles todo el peso y el protagonismo en la transformación social. A España han llegado ecos de organizaciones italianas que levantan la consigna de “¡Abajo los sindicatos, vivan los soviets!”. Esta desviación sindicalista recoge la frustración del proletariado por la traición del oportunismo sindical, pero extrapola ese sentimiento de la clase negando absurdamente la necesidad de las organizaciones de resistencia y, lo que es más importante, pasando por alto el papel de Partido Comunista en la Revolución y, en consecuencia, negando la necesidad de su Reconstitución. Esta tendencia intuye el carácter oportunista del partido obrero, pero aún no ha comprendido que su negación revolucionaria sólo es posible a través del partido de vanguardia.

En Inglaterra, el problema es histórico: jamás existió un movimiento comunista lo suficientemente fuerte como para que ahora sirviese de base para un nuevo proyecto revolucionario que quisiese regenerarse sobre su experiencia pasada. Las Trade Unions monopolizaron siempre todo el movimiento obrero, y cuando fueron destruidas por Thatcher con motivo de la huelga de los mineros, el proletariado inglés no encontró una vía de escape en la que asirse para salir de su crisis interna. El oportunismo sindical fue derrotado, pero no existía una tradición revolucionaria (comunista) que recogiese el testigo en el relevo para encabezar la lucha de clases.

En Alemania, el PCA fue destruido por los nazis. Tras la guerra, el control imperialista y la represión de todo lo que oliera a comunista hicieron imposible que resurgiera una organización seria capaz de encabezar al proletariado en la RFA. En la RDA, se reconstituyó el partido sobre bases revisionistas, en virtud de la unión de la vanguardia con el partido obrero (comunistas y socialistas juntos). El capital germano-occidental encendió las hogueras del chovinismo e intoxicó al pueblo con la ilusión de la hegemonía sobre Europa, erigiéndose en la “locomotora” de la UE. El ilusionismo continuó cuando cayó el Muro y la burguesía alemana logró engatusar al pueblo con la empresa de la “reunificación nacional”. Ésta ya ha mostrado su verdadero cariz capitalista, depredador; pero, por una parte, la burguesía todavía rentabiliza en su beneficio el haber logrado que el pueblo alemán, por encima de las clases, cerrase filas tras sí en su proyecto nacionalista e imperialista de la Gran Alemania, y, por otra parte, todavía está muy cercano el recuerdo del “modelo” de “socialismo alemán” para el proletariado. Esto supone una lacra que resta apoyos a la vanguardia. Tendrán que pasar décadas y el advenimiento de una nueva generación que por su experiencia y sus luchas dé nueva vida al movimiento comunista.

La situación en la mayoría de los países del este de Europa -por no decir todos- puede catalogarse como similar a la de la parte oriental de Alemania. El retroceso de la posición de la vanguardia ha sido tan brutal que se necesitarán años para recuperar siquiera las bases mínimas para la recomposición del movimiento comunista revolucionario (del que está muy alejado el partido de Ziugánov).

Este pequeño repaso comparativo de la situación de la vanguardia proletaria en los principales países de Europa nos permite comprobar la tendencia objetiva, más o menos desarrollada, hacia la escisión práctica, real, de la vanguardia, del partido revolucionario, y del oportunismo, del partido obrero. Muchas circunstancias y de todo tipo obstaculizan o favorecen la implementación de esa tendencia (el repaso ha ido desde lo más avanzado a lo más atrasado en la asunción de la misma); pero cada vez está más claro que maduran las condiciones para que la vanguardia retome un nuevo punto de partida que, desde la Reconstitución de nuevos partidos comunistas, sea el primer paso del nuevo ciclo revolucionario que se avecina.