Las dos tácticas en la Reconstitución y las nuevas tendencias del movimiento comunista (PCR)

En este texto publicado en La Forja nº15, ya en 1997, el PCR diferenciaba entre dos tácticas que seguía el proceso de Reconstitución. A lo largo del texto se procede a analizar brevemente ambas tácticas, llevando por tanto a la comparación entre ambas. Esta situación se mantiene aún, de ahí lo interesante del texto y el por qué se procede a publicarlo en este medio. Sin más, se deja al lector con el texto.


Ver y esperar

Entre los meses de marzo y mayo de este año, han tenido lugar sendas fusiones, a distintos niveles, de organizaciones comunistas partidarias, cada una a su manera, de la tesis de Reconstrucción del Partido Comunista. Por un lado, la Organización Comunista de Asturias (OCA), la Organización Leninista (OL) y el Colectivo Marxista-Leninista de Navarra (CM-L), manteniendo sus respectivas organizaciones, han acordado la creación de un órgano único de dirección (el Comité de Organización) y la publicación de un único órgano de prensa (Estrella Roja). Por otro lado, el Partit Comunista Obrer de Catalunya (PCOC) y el Movimiento Marxista Leninista (MML), también de Cataluña, han ido más lejos completando la fusión de sus organizaciones a todos los niveles, configurándose en Reagrupamiento Comunista, con La Voz del Trabajo como órgano de propaganda.

Para el marxismo, “la práctica es el criterio de la verdad” y toda retórica o polémica teórica desarrollada sobre el papel, toda profesión de fe sobre la bondad de la palabra “Reconstitución” -que parecía ocultar un extraño sortilegio de inmunidad contra el oportunismo-, toda declaración grandilocuente contra la “unidad por las almenas” o contra “las fórmulas administrativo-burocráticas amigas de meter en la redoma del futuro partido unificado a todas las siglas y con la vara de los magos y figuras sobresalientes de cada organización en apretón de manos proceder al bautismo legal” -como increpaba con voz huera no hace mucho uno de los dirigentes de la OL-, todo se convierte en humo ante la tozudez de los hechos. Y los hechos, para ilustración de la vanguardia revolucionaria, nos informan acerca de la identidad de las distintas alternativas, vías o métodos de recuperación del Partido Comunista que diferentes grupos definen como “Reconstrucción” del Partido o como “Unidad de los Comunistas”.

Hace algunos meses, ese mismo dirigente decía que hay tres vías de recuperación del Partido Comunista: la Reconstitución, la Unidad de los Comunistas (cuyo principal representante es el FM-LE) y la Reconstrucción; que ésta es la más avanzada, la Unidad de los Comunistas la más oportunista y la más oportunista y la Reconstitución una especie de transición entre ésta y aquélla. La Forja, en cambio, siempre ha insistido en que existen sólo dos métodos, que se corresponden con las dos líneas políticas que luchan entre sí en el seno de la clase obrera, la oportunista y la revolucionaria, de las que se derivan, respectivamente, la tesis de Reconstrucción y la de Reconstitución del Partido Comunista. Para La Forja, la Unidad de los Comunistas y la Reconstrucción son, en esencia, la misma cosa, y cualquier obrero consciente que esté al tanto de las propuestas para la “unificación de los comunistas” del FM-LE podrá comprobar que, en la práctica, no existen diferencias de principio, ni en sus requisitos, ni en sus métodos y resultados, con el experimento de “reconstrucción” del Comité de Organización y de Reagrupamiento Comunista, iniciados todos sobre la base de la unidad orgánica. La vida es sabia y enseña a quien quiera aprender que en materia de política sólo hay dos caminos, el burgués y el proletario, y que en materia de política partidaria sólo hay dos vías: Reconstrucción o Reconstitución.

El núcleo sobre el que se articula la tesis de Reconstrucción, así como la de Unidad de los Comunistas, es la idea de “unidad de la vanguardia”. Por el contrario, la tesis de Reconstitución plantea la unidad de la vanguardia con el movimiento obrero. Los del Comité de Organización son tan ciegamente “ortodoxos”, tan metafísicamente partidarios de la tradición “leninista”, que sus mentes se obliteran y ofuscan cuando alguien dice que las masas tienen algo que ven la Reconstitución del Partido Comunista. Son tan “ortodoxos” que llevan el ¿Qué hacer? De Lenin como el Talmud los judíos, la Biblia los del Opus o el Corán los chiitas, y son tan poco dialécticos que la “ortodoxia” es para ellos dogma y Lenin el Verbo que es preciso aplicar al pie de la letra in tempore y doquiera. Naturalmente, quien sigue la letra olvida el espíritu y quien reza las palabras escritas no atiende a los principios que guiaron su redacción. Esto mismo les ocurre a los camaradas del Comité de Organización con el ¿Qué hacer? Nosotros nos sentiríamos satisfechos, de todos modos, si estos camaradas se hubiesen aprendido todo el ¿Qué hacer?, incluidos los pasajes donde Lenin insiste machaconamente en que el socialismo científico debe fundirse con las masas. Pero sólo se han quedado con la crítica leninista al menchevismo sobre la capacidad de las masas para crear espontáneamente el Partido, y han olvidado el papel que juega el movimiento proletario, una vez que su vanguardia consciente se acerca a él, de cara a la constitución del Partido Comunista. Como estos camaradas no hallan en las tesis de Reconstitución que defiende el PCR algo que se separe de los principios revolucionarios del proletariado, se aferran a una interpretación “menchevique” de esa tesis. Vulgo, esto es “estar a la que salta” e introducir en el debate entre comunistas elementos distorsionadores que nada tienen que ver con un honesto debate político.

Unos de los factores que han provocado tal ofuscación mental es esos camaradas es que no comprenden o se han hecho un lío al distinguir los conceptos de Partido, Clase, Masas y Vanguardia (ver La Forja nº 10), así como se embrollaron los de Reagrupamiento Comunista -cuando todavía eran PCOC- con las palabras “Reconstrucción” y “Reconstitución”. Ciertamente, en este último caso, no es de extrañar, sino para esperar, que quienes se guían por las palabras (si el P.C. Chino dice ser comunista y China socialista, para ellos es suficiente; si Castro dice que Cuba es socialista, ellos amén; si Corea, lo mismo, etc.) se desorienten en el debate teórico. No olvidemos, camaradas, lo que dijo Marx: que no se puede juzgar a un hombre o a una sociedad por lo que piensan de sí mismos.

Per retornemos a la vida, a la realidad. La tesis de Reconstrucción ha empezado a aplicarse, al igual que la de Reconstitución, que ya está siendo puesta en práctica. Esto es la importante. Las dos vías para la recuperación del Partido Comunista han pasado de la teoría, del proyecto, a la práctica. La propia vida juzgará, a la larga, cuál es la que se ajusta realmente a las necesidades de la Revolución Proletaria. Por el momento, Reagrupamiento Comunista ya ha sufrido la escisión de una parte del antiguo MML. ¿Corta experiencia!; ¿claco de aquéllas que se sucedieron en este país entre los 70 y los 80! Respecto al Comité de Organización (¡tan “ortodoxos” han sido que les han puesto el mismo nombre que los marxistas revolucionarios rusos al organismo que preparó el Congreso de constitución del POSDR!; ¿significará esto que sueñan, como el FM-LE, con un próximo “congreso de unificación”?), todavía habrá que ver si este “Comité de Organización” se parece más al de 1902 o al menchevique-trotskista de 1912. Éste fue creado por el ala oportunista de la socialdemocracia rusa para reagrupar sus distintas corrientes frente a la escisión bolchevique decidida con carácter definitivo en la Conferencia de Praga de ese año. La base del acuerdo del Comité de Organización de 1912 fue el aislamiento de la línea revolucionaria; la base del acuerdo del Comité de Organización de 1997 la desconocemos, salvo por los 6 puntos de la reunión de Pamplona (sin contenido político, salvo el acuerdo sobre la tesis de Reconstrucción), al igual que desconocemos cómo pueden unirse organizaciones con tácticas diametralmente opuestas en cuestiones como las elecciones burguesas (la OCA siempre predicó la abstención, mientras la OL el voto en blanco) o el problema nacional (la primera tiene una posición luxemburguista, mientras la segunda reclama el derecho a la autodeterminación; la síntesis no parece estar muy lograda: en el nº4 de la nueva Estrella Roja se dice, “como comunistas no podemos hacer nuestra una lucha nacionalista…”; “pero, como comunista, estamos obligados a proclamar el derecho de autodeterminación”. ¡No apoyamos la autodeterminación, pero la proclamamos!… parto conciliador, parida oportunista), sin haber hecho pública su aquiescencia o su autocrítica. No nos extraña, sin embargo, pes es práctica de algunos de estos señores el mutar políticamente sin dar más explicaciones al proletariado: por ejemplo, los de la OL han pasado de defender y practicar la “Unidad de los Comunistas” (con el FM-LE) a denigrarla, pasándose a la “Reconstrucción”, sin transición, sin la menor explicación (el trabajo que publican en el nº3 de Estrella Roja, “Un documento superado; una táctica errónea”, sólo toca la “línea sindical”, de modo que la autocrítica por la “línea sindical”, de modo que la autocrítica por la “línea partidaria” está aún pendiente). No conocemos, pues, los términos del acuerdo que se esconde tras el Comité de Organización, pero, dadas las circunstancias, mucho nos tememos que se trate de un nuevo ejemplo de oportunismo práctico ejercido por ciertas “figuras sobresalientes” que con “fórmulas administrativo-burocráticas” quieren “meter en la redoma” a la vanguardia proletaria.

Lo viejo y lo nuevo

El problema de la recuperación del Partido Comunista es el que centra en estos momentos la lucha de dos líneas dentro de la vanguardia, la lucha que, en su desarrollo, ha tomado cuerpo en el enfrentamiento entre la tesis de Reconstrucción y la de Reconstitución del Partido Comunista. Precisamente, la mejor prueba de que la cuestión del Partido es ahora la cuestión principal, en función de la cual se separan los dos campos dentro del movimiento revolucionario, es que quienes se unen sólo en virtud de un debate sobre líen política, inmediatamente se separan (PCOC y MML), y quienes se unen planteando en primer plano el tema del Partido, apenas llegan a más en cuestiones políticas (como hemos dicho, el único contenido serio de la reunión de Pamplona, salvo declaraciones de intención, es el acuerdo sobre la tesis de Reconstrucción: por su parte, la nueva Estrella Roja es, en cuanto a propuestas políticas, un compendio de sindicalismo y reformismo: nada se encuentra en ella que pueda calificarse como línea política revolucionaria, entendida ésta como algo diferente a la mera repetición o aplicación mecánica para España de los principios del Marxismo-Leninismo). El PCR y La Forja deben felicitarse porque fueron los primeros -si no contamos a la corriente maoísta, y siempre en un sentido diferente al que ésta le daba- en reivindicar la cuestión del Partido Comunista como la prioritaria para el proletariado, en proponer un Plan fundamentado para su Reconstitución y en exigir que el gran debate entre los comunistas pasa por definir la auténtica naturaleza del Partido Comunista. Poco a poco, ese debate se va dando y, poco a poco, la experiencia va demostrando que no es suficiente con la “unidad” ni con formulaciones idealistas de la política revolucionaria.

No obstante, el acercamiento de la vanguardia hacia la asunción de las verdaderas tareas políticas de la Revolución en el momento actual es algo que se va produciendo con mucha lentitud y no sin encontrar a su paso numerosos obstáculos. La causa es de tal índole que, como se sabe y como demuestran con su sola existencia los defensores de la Unidad de los Comunistas o de la Reconstrucción, no basta con reconocer la necesidad acuciante del partido revolucionario del proletariado, sino que es preciso retomar el punto de partida de nuestros planteamientos políticos.

El punto de partida de los abanderados de la Reconstrucción es el ciclo histórico que inauguró la Revolución de Octubre. Actúan políticamente como si este ciclo revolucionario no hubiese terminado, como si las condiciones históricas y políticas que lo caracterizaron perdurasen. Una de estas condiciones fue que la constitución de partidos comunistas se realizó sobre la base de un movimiento obrero ascendente (Alemania, Rusia) o de un movimiento obrero revolucionario ascendente (galvanizado por la Internacional Comunista: Francia, Italia, España, etc.). Los partidarios de la Reconstrucción operan como si esto continuase siendo así o como si todavía existiese la Internacional Comunista. La tesis de Reconstitución parte de que el ciclo de Octubre ha terminado y de que las condiciones políticas e históricas son nuevas, en primer lugar en lo que se refiere a la Reconstitución del Partido Comunista. De esta manera, mientras que quienes hablan de Reconstrucción del Partido apuestan por su recuperación cumpliendo requisitos mínimos en política y organización (unidad de la vanguardia, formulación teórica de línea, programa, etc.), y, en los hechos, depositan sus esperanzas en un futuro resurgimiento espontáneo del movimiento obrero, independientemente del movimiento comunista, sobre el que el Partido Comunista pueda actuar bajo hipotéticas condiciones revolucionaria, la tesis de Reconstitución explica que no hay revitalización del movimiento obrero sin revitalización del movimiento comunista, que ambas son uno y el mismo problema, el problema de la Reconstitución del Partido Comunista. Se trata, por tanto, de un máximun según el cual no se puede concebir aparte la creación del Partido y la revitalización del movimiento obrero y del movimiento revolucionario en general. En las nuevas condiciones, resulta del todo imposible constituir partidos comunistas como simple escisión del oportunismo o como simple escisión del partido obrero, como en los tiempos de Octubre: la Reconstitución exige algo más, pero los partidarios de la Reconstrucción no lo comprenden y se limitan a pretender crear organizaciones políticas como simplona organización del oportunismo. Esto es un error y empecinarse en él significa un crimen para la causa proletaria.

Los viejos partidos comunistas -incluido el Bolchevique- se constituyeron en un contexto de ofensiva general del proletariado, y su constitución presuponía toda una etapa de acumulación de fuerzas nucleada por los partidos obreros (o socialdemócratas). Hoy vivimos una época de retirada proletaria en todos los órdenes y es preciso intentar, de nuevo, esa acumulación de fuerzas. ¡Pero es absurdo pensar que los viejos partidos obreros o los sindicatos (el movimiento obrero espontáneo) puedan realizar esta tarea! Todo plan para la Reconstitución del Partido Comunista debe incluir ineludiblemente la asunción de la misma. Y la tesis de Reconstrucción la olvida o la elude, porque presupone algo que no se puede dar fuera del movimiento comunista (el resurgimiento del movimiento obrero). Este es el error de fondo, la causa última de que los defensores de la Reconstrucción estén desorientados a la hora de plantear el problema del Partido Comunista.

En 1916, en su trabajo El imperialismo y la escisión del socialismo, Lenin demostró que en la época de los monopolios capitalistas la escisión entre el ala oportunista y el ala revolucionaria en el movimiento obrero era inevitable. La separación del bolchevismo y, después, de los sectores izquierdistas en el resto de los países de la socialdemocracia fue la primera forma histórica que adoptó aquella impostergable escisión. El revisionismo y el oportunismo, sin embargo, volvieron posteriormente hacia atrás la rueda de la lucha de clases y transformaron a los partidos de vanguardia en simples partidos obreros con un discurso más radical. El revisionismo cayó en bancarrota, pero los posos que ha dejado en la conciencia de los comunistas supervivientes, unido al recuerdo casi romántico de aquella exitosa primera experiencia de deslindamiento antagónico con el oportunismo, se traducen en inercias inconscientes que nos tientan a repetir mecánicamente el pasado sin un serio análisis del presente. En el pasado, el partido obrero, dirigido por la sobornada aristocracia obrera, reunía a la masa de la clase; sólo había que “robársela” con una policía revolucionaria acorde con los tiempos revolucionarios. En esto consistía la táctica de masas de la Internacional Comunista. El partido obrero era, por así decirlo, la “plataforma” de lanzamiento de la revolución, en la medida en que organizaba el movimiento obrero y en la medida en que la vanguardia revolucionaria ya separada podía utilizar esa plataforma de resistencia proletaria para su transformación en movimiento revolucionario cuando el movimiento rebasase los límites en que lo encorsetaba el oportunismo reformista. Hoy, por el contrario, este desarrollo de los acontecimientos es impensable. Hoy, la escisión de las dos alas del movimiento obrero se da por supuesta, se presenta como requisito previo ya sumido por la vanguardia y, en consecuencia, se manifiesta y realiza bajo otra forma histórica, menos inmediata, más de principio, como planteamiento inicial; menos como constitución de partidos de vanguardia como subproducto de los partidos obreros, más como antagonismo de principio en el que la contradicción entre el partido obrero y el revolucionario está asumida ideológica y políticamente por la vanguardia como una conquista histórica que forma parte de su acervo y no como una conquista que haya que actualizar constantemente de manera empírica. Pues bien, este antagonismo como planteamiento inicial sólo lo tiene en cuenta de manera consecuente la tesis de Reconstitución. Para la tesis de Reconstrucción, la escisión, la ruptura con el oportunismo (sobre todo, en el plano organizativo) es el momento fundamental de la recuperación del Partido. A partir de aquí, basta con “restablecer” las bases políticas. Se trata, por tanto, una vez más, de la “reconstitución” del Partido Comunista como derivado del partido obrero.  Esta subordinación exigirá que, a la larga, la organización de vanguardia deba remitirse necesariamente a la organización obrera de masas para implementar el movimiento revolucionario. EN cambio, para la tesis de Reconstitución, la ruptura, la escisión con el oportunismo no es suficiente, es sólo el primer paso de la Reconstitución. A partir de aquí, es preciso establecer bases políticas y organizativas para generar un movimiento revolucionario, en el que participen crecientemente las masas, independiente del movimiento reformista. La Revolución, entonces, empieza a crecer con la recuperación del movimiento comunista y su futuro dependerá de que sea capaz de ganarse a las masas. El movimiento revolucionario existe, entonces, desde el principio; quienes hayan “reconstruido” su partido, en cambio, deberán esperar a que las masas se “animen” para intentar generar movimiento revolucionario.

Como hemos dicho, las nuevas condiciones históricas no son en la práctica comprendidas por todos los comunistas, y mucho menos se detecta una actitud para elaborar fórmulas políticas acordes con esas nuevas condiciones. La causa principal también la hemos señalado. Consiste en una apreciación errónea, anticuada, de las condiciones de desenvolvimiento del movimiento comunista. Pero, por qué algo tan sencillo aparentemente resulta de tan difícil comprensión para gran parte de la vanguardia en la actualidad. Somos materialistas, y como tales sabemos que la formulación de una idea o de una teoría no bastan para que se plasme en la realidad. La tesis leninista de la escisión del movimiento obrero en dos alas fue formulada hace más de 80 años, pero nunca fue asimilada en la práctica en todas sus implicaciones por los partidos comunistas. De hecho, como también hemos indicado, se reincidió en la unidad con el reformismo, y cuando éste fue a pique, el movimiento comunista en general permanecía en ese estado de adulterio político. El grado de madurez del movimiento, por tanto, no permitía la asimilación completa de aquella tesis. Sin embargo, es precisamente la bancarrota del revisionismo lo que abre de par en par la perspectiva para comprender completamente esa tesis política por parte de la vanguardia consciente del proletariado, siempre y cuando no se deje cegar por falsas ilusiones y sepa captar lo nuevo de esta situación. Pero lo viejo pervive y es difícil desasirse cuando lo nuevo no es tan notorio ante nuestros ojos. Por eso, es tan importante la propaganda de la tesis de Reconstitución.

Lo viejo, las primitivas formas del movimiento de la clase, por lo tanto, perviven y actúan como poderosas murallas de contención que obstaculizan la aparición y el desarrollo de formas nuevas. La perdurabilidad y la utilidad -en la medida que aún lo son- de esas viejas formas son la expresión objetiva del límite de lo nuevo. Mejor dicho, la espuria conciencia de que esas formas son todavía viables o útiles pone el límite para la asunción de la necesidad de nuevas formas. Con esto no queremos decir, naturalmente, que el movimiento obrero, tal como surge espontáneamente, o que los sindicatos, por muy reaccionarios que sean, no sirvan para la lucha de clases del proletariado. Queremos decir que su transformación en clave revolucionaria es algo que no está separado del problema (de la Reconstitución) del Partido. La vieja visión dice -y con ella comulgan los partidarios de la Unidad de los Comunistas y de la Reconstrucción-: “hagamos primero el Partido y después revolucionemos los sindicatos”. La nueva visión, la que defiende la tesis de Reconstitución, declara: “hagamos el Partido a la vez que revolucionamos los sindicatos y el resto de los frentes de masas, pues no hay Partido si no lo constituye lo más avanzado de esas masas, quien ejerce su dirección efectiva, guiándose por el Marxismo-Leninismo”. Esto implica la  reconstrucción del movimiento de masas desde el comunismo, que el reformismo ya no sirve de “plataforma de lanzamiento” de la Revolución, como exige de manera ineludible la tesis de Reconstrucción y la Unidad de los Comunistas -aunque se nieguen a expresarlo claramente-, pues dan por supuesta no sólo la organización de las masas, sino también su potencialidad revolucionaria espontánea independiente del comunismo (y esto, en período de repliegue, es absurdo o reaccionario), y que no existe una muralla china entre organización de la vanguardia y organización del movimiento de masas.

Pues bien, como materialistas, observamos que, a pesar de la bancarrota del revisionismo, existen esos obstáculos objetivos que impiden que la tesis leninista de la escisión del movimiento obrero en dos alas irreconciliables sea asumida por la vanguardia proletaria en todas sus consecuencias. Esa tesis leninista, su formulación y la experiencia que recoge, constituye un hito histórico y teórico para el proletariado; pero de lo que se trata es de que, en cada momento de la lucha de clases, sea un logro político bien asumido por la vanguardia de clase. Pero aún no han madurado todas las condiciones para que esa verdad teórica se traduzca en práctica política general para los comunistas.

Sin embargo, la tesis de Reconstitución del Partido ha sido formulada; en concreto, ha sido formulada; en concreto, ha sido formulada por el proletariado español. No abandonemos el punto de vista materialista y analicemos, aunque sólo sea someramente, el porqué de este hecho singular.

Experiencias diferentes para la vanguardia.

En general, podemos decir que la contracción entre el partido obrero y el partido de vanguardia ha sido tan flagrante, se ha manifestado tan notoriamente en las últimas décadas en España, que ha terminado por resultar evidente ante los ojos de los obreros más conscientes. En otros países, la lucha de clases, por diversas circunstancias históricas, no ha permitido tanta nitidez en el deslindamiento del campo de la contrarrevolución y de la revolución, no ha producido un antagonismo tan superlativo entre el reformismo y el proletariado. La escisión histórica dentro del movimiento obrero ha adquirido en España connotaciones políticas muy concretas y específicas, demasiado manifiestas para que pasen desapercibidas para la vanguardia, al contrario que en otros países con una lucha de clases históricamente desarrollada.

A finales de los 70, España era una olla a presión. Las masas estaban en efervescencia, pero sus dirigentes las traicionaron: se dedicaron al politiqueo de pasillos buscando un pacto con el franquismo y apartaron al pueblo de la participación en la trasformación política. El PCE hacía tiempo que había abandonado la vía socialista de solución de la crisis y en esta ocasión se negó a poner en tensión todas las fuerzas, de modo que sólo quedaron en pugna dos alternativas burguesas, la “ruptura” y la “reforma”. ¡Pero incluso la primera fue abandonada por los partidos obreros! Esta fue su segunda gran traición a la clase obrera. No sólo habían sido apuñaladas por la espalda las esperanzas socialistas del proletariado revolucionario, sino también las esperanzas democráticas del proletariado en su conjunto.

En los 80, tiene lugar la liquidación orgánica y la volatilización política de lo que había sido el comunismo (PCE). La socialdemocracia (PSOE) se presenta hegemónicamente como la expresión política del partido obrero. Accede al poder y demuestra con harta evidencia la bancarrota del “obrerismo político”. Mientras tanto, el sindicalismo -primero la UGT y después CC.OO.- venden, a través de un pacto tras otro con la burguesía, los intereses más elementales del proletariado a precio de saldo. Por otra parte, el “obrerismo social” de los sindicatos se alía a la socialdemocracia en el gobierno, cumple el papel de “oposición” política (en esta época hay más oposición al gobierno entre las bases sindicales que entre las filas de los partidos de derecha) y también hace gala de su bancarrota. De esta manera, tiene lugar en España una mayúscula concentración del fenómeno del oportunismo “obrerista” que facilita su localización y desenmascaramiento ante la vanguardia. El “partido obrero” gobierna y ejerce la “oposición”; el revisionismo se muestra incapaz de aglutinar el descontento de la vanguardia (la “unidad comunista” de 1984, que tenía como objetivo a medio plazo revitalizar el PCE como vía de apaciguamiento y de encuadramiento de la revolución dentro del sistema, fracasa) y el panorama se presenta de tal guisa que el obrerismo social y político se encuentra gestionando los intereses del capital (¡tercera gran traición!) mientras las masas se hallan totalmente desguarnecidas, y, lo que es más importante, sin nada ni nadie que les impida apreciar la situación. Su vanguardia, entonces, sus elementos más avanzados están en condiciones, objetivamente, de asumir la ruptura histórica del movimiento obrero, de comprobar por su experiencia el paso definitivo del partido obrero al campo burgués y, como reacción, de preparar las condiciones subjetivas (Plan de Reconstitución) para elaborar una verdadera política proletaria revolucionaria.

¿Qué ocurre en otros países, mientras tanto? En Francia, las luchas de las masas tienen resonancia sindical (funcionarios, camioneros, reforma educativa…) o complicidad política gubernamental (campesinos), lo que da una impresión de que las reivindicaciones de las masas, de alguna manera, se traducen en política, ya sea por las organizaciones sociales (sobre todo, sindicatos), ya por las propias instituciones del Estado. Las luchas en muchas ocasiones -y en ocasiones y cuestiones importantes- triunfan; el sector reformista del partido obrero las dirige, dando la impresión de que realmente representa los intereses de las masas. Esto impide sobremanera que objetivamente puedan darse las condiciones para la toma de conciencia subjetiva de la necesidad de la escisión práctica entre el campo de la reforma y el de la revolución. Por lo que respecta a la vanguardia, el PCF no ha sido liquidado; aquella alberga todavía “esperanzas” en la acción de este partido; la bancarrota orgánica del revisionismo no se halla en un estado tan avanzado como en España. De hecho, todavía la crítica al revisionismo se encuentra dentro del PCF, todavía no se ha escindido de él, todavía deposita “esperanzas” en la “continuidad revolucionaria” y en “el renacimiento leninista” del partido francés (Coordination Communiste, por ejemplo). Por decirlo de algún modo, la vanguardia proletaria francesa lleva, desde el punto de vista de la lucha de dos líneas, un retraso de más de una década con relación a la experiencia de la vanguardia en España. Los franceses aún no se han desencantado lo suficiente del revisionismo del PCF como para llegar a la escisión; tampoco han experimentado la “unidad comunista” de los distintos sectores que van renegando del revisionismo (ya hay, como en la España de finales de los 70 y principios de los 80, pequeños grupos independientes que proclaman la “reunificación” de los comunistas en una nueva organización, como Regroupement Communista Unifié), y tampoco han comprobado la inutilidad de la unidad orgánica sin el cumplimiento de un plan de Reconstitución.

En el caso portugués se mezcla un poco la experiencia histórica de España y de Francia. Por un lado, un período de esperanza, como el que abrió la Revolución de los Claveles, fue seguido por la frustración colectiva, igual que la Transición española. Sin embargo, por otro lado, el fracaso de la acción de la vanguardia, que permitió al oportunismo llevarse el gato al agua, no se tradujo en su crisis política y en una subsiguiente recomposición. Al contrario, el viejo partido revisionista, el PCP, continuó aglutinando al sector mayoritario del proletariado revolucionario, de tal manera que la vanguardia portuguesa se encentra en un estado de desarrollo político semejante al de la francesa.

En Italia, el prolongado papel de “leal oposición” al régimen burgués ejercido por el PCI a lo largo de toda la historia de la I República terminó desgastándolo y provocando la liquidación de su forma anterior y la ruptura de la organización en un partido socialdemócrata (PDS) y en un partido obrero “comunista” (Refundacione Comunista). Una situación parecida, en definitiva, a la de la España de la segunda mitad de los 80, cuando el PCPE todavía podía disputar algo al PCE. De todas formas, aunque el proceso de desintegración del oportunismo avanza en Italia -lo cual repercute en beneficio del movimiento comunista, que puede hallar nuevas formas de desarrollo-, existe allí una peligrosa tendencia, que va adquiriendo fuerza por la desorientación general que ha acarreado el fin del ciclo revolucionario de Octubre y que se remonta a la tradición gramsciana de los Comités de fábrica, que consiste en promocionar nuevas formas de organización obrera, atribuyéndoles todo el peso y el protagonismo en la transformación social. A España han llegado ecos de organizaciones italianas que levantan la consigna de “¡Abajo los sindicatos, vivan los soviets!”. Esta desviación sindicalista recoge la frustración del proletariado por la traición del oportunismo sindical, pero extrapola ese sentimiento de la clase negando absurdamente la necesidad de las organizaciones de resistencia y, lo que es más importante, pasando por alto el papel de Partido Comunista en la Revolución y, en consecuencia, negando la necesidad de su Reconstitución. Esta tendencia intuye el carácter oportunista del partido obrero, pero aún no ha comprendido que su negación revolucionaria sólo es posible a través del partido de vanguardia.

En Inglaterra, el problema es histórico: jamás existió un movimiento comunista lo suficientemente fuerte como para que ahora sirviese de base para un nuevo proyecto revolucionario que quisiese regenerarse sobre su experiencia pasada. Las Trade Unions monopolizaron siempre todo el movimiento obrero, y cuando fueron destruidas por Thatcher con motivo de la huelga de los mineros, el proletariado inglés no encontró una vía de escape en la que asirse para salir de su crisis interna. El oportunismo sindical fue derrotado, pero no existía una tradición revolucionaria (comunista) que recogiese el testigo en el relevo para encabezar la lucha de clases.

En Alemania, el PCA fue destruido por los nazis. Tras la guerra, el control imperialista y la represión de todo lo que oliera a comunista hicieron imposible que resurgiera una organización seria capaz de encabezar al proletariado en la RFA. En la RDA, se reconstituyó el partido sobre bases revisionistas, en virtud de la unión de la vanguardia con el partido obrero (comunistas y socialistas juntos). El capital germano-occidental encendió las hogueras del chovinismo e intoxicó al pueblo con la ilusión de la hegemonía sobre Europa, erigiéndose en la “locomotora” de la UE. El ilusionismo continuó cuando cayó el Muro y la burguesía alemana logró engatusar al pueblo con la empresa de la “reunificación nacional”. Ésta ya ha mostrado su verdadero cariz capitalista, depredador; pero, por una parte, la burguesía todavía rentabiliza en su beneficio el haber logrado que el pueblo alemán, por encima de las clases, cerrase filas tras sí en su proyecto nacionalista e imperialista de la Gran Alemania, y, por otra parte, todavía está muy cercano el recuerdo del “modelo” e “socialismo alemán” para el proletariado. Esto supone una lacra que resta apoyos a la vanguardia. Tendrán que pasar décadas y el advenimiento de una nueva generación que por su experiencia y sus luchas dé nueva vida al movimiento comunista.

La situación en la mayoría de los países del este de Europa -por no decir todos- puede catalogarse como similar a la de la parte oriental de Alemania. El retroceso de la posición de la vanguardia ha sido tan brutal que se necesitarán años para recuperar siquiera las bases mínimas para la recomposición del movimiento comunista revolucionario (del que está muy alejado el partido de Ziugánov).

Este pequeño repaso comparativo de la situación de la vanguardia proletaria en los principales países de Europa nos permite comprobar la tendencia objetiva, más o menos desarrollada, hacia la escisión práctica, real, de la vanguardia, del partido revolucionario, y del oportunismo, del partido obrero. Muchas circunstancias y de todo tipo obstaculizan o favorecen la implementación de esa tendencia (el repaso ha ido desde lo más avanzado a lo más atrasado en la asunción de la misma); pero cada vez está más claro que maduran las condiciones para que la vanguardia retome un nuevo punto de partida que, desde la Reconstitución de nuevos partidos comunistas, sea el primer paso del nuevo ciclo revolucionario que se avecina.

Sobre la desviación de derecha en el seno MCI

En esta ocasión presentamos un texto perteneciente a La Forja (Órgano de propaganda del Partido Comunista Revolucionario del Estado español) Número 27, que examina la línea predominante del Seminario Comunista Internacional organizado por el PTB belga, con ocasión del 13 aniversario de su publicación por parte del PCR.

Hemos considerado oportuno digitalizar este texto por dos motivos: en primer lugar, seguir divulgando la concepción proletaria sobre la estrategia oportuna para la realización de la revolución y así, ayudar a combatir a la concepción derechista de nuestro movimiento; y en segundo lugar, debido a que, incluso destacamentos o personalidades que coquetean con el término Reconstitución, se precipitan a las desviaciones que en el texto se exponen.


La desviación de derecha en el seno del movimiento comunista internacional

Aproximación a la política del Seminario Comunista Internacional de Bruselas

Entre los días 2 y 4 de este pasado mes de mayo se celebró el XII Seminario Comunista Internacional (SCI), que se reúne anualmente en Bruselas bajo el patrocinio del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), y en el que concurren organizaciones y partidos de decenas de países de los cinco continentes. Este año, los puntos a tratar y en torno a los que se abrieron los debates a lo largo de sus sesiones giraron alrededor del tema central que versaba sobre El Partido marxista-leninista y el Frente antiimperialista ante la guerra. El Seminario se clausuró con la aprobación de un borrador para una Resolución General que sería firmada por las organizaciones asistentes que lo deseasen tras su definitiva redacción después de transcurridas algunas semanas (publicado en el número 22 de Solidaire, órgano del PTB).

El Partido Comunista Revolucionario del Estado español (PCR), que envió una delegación oficial a este Seminario, no ha suscrito dicha Resolución General, intitulada, finalmente, ¡Trabajadores y pueblos del mundo, unámonos contra los preparativos americanos para una tercera guerra mundial!, por considerar, en primer lugar, que no sitúa en su plano correspondiente la cuestión principal que hoy debe centrar la atención de los comunistas, a saber, todos los problemas relacionados con la construcción del partido de nuevo tipo proletario-que son subordinados a las cuestiones relacionadas con la construcción de frentes de masas contra la guerra-, y porque, cuando se aborda, se propone una línea totalmente errónea, inspirada en la táctica oportunista de la unidad de los comunistas; y, en segundo lugar, porque en la Resolución se realiza una descripción incompleta e inexacta de la lucha de clases en el plano internacional, una valoración incorrecta de las relaciones de fuerza entre las clases en el mundo de hoy y, por lo tanto, de las tendencias que esas fuerzas abren en perspectiva, así como una propuesta política oportunista, seguidista del movimiento espontáneo de masas y de los movimientos organizados y dirigidos por la burguesía, y liquidadora del comunismo como ideología de vanguardia y como movimiento político independiente, que es tanto como movimiento revolucionario.

No pretendemos aquí, sin embargo, realizar la crítica pormenorizada de este documento, sino describir el perfil político del SCI como evento en torno al que se organiza un sector del movimiento comunista internacional, y del cual es fiel expresión aquella Resolución. Lo que no impide que en él participen, más o menos activamente, organizaciones cuya identidad política difiere de manera importante de la dominante en aquella reunión, como es el caso, en esta ocasión, de nuestro partido. Ni tampoco vamos a dirigir nuestras consideraciones hacia el primero de los elementos sustantivos que titulaban el encuentro de este año: El Partido marxista-leninista. Para dar cuenta cabal de este particular, remitimos al lector a la contribución que el PCR aportó al Seminario y que publicamos a continuación, bajo el epígrafe de El partido revolucionario del proletariado y las tareas actuales de los comunistas (digitalizado por Revolución o Barbarie y que se puede leer pinchando aquí), habida cuenta de que en ella se da cumplida noticia del contenido de nuestra intervención en aquel encuentro y de que se sitúan los elementos fundamentales de la crítica que debería aplicarse a las ideas sobre la naturaleza del partido proletario y de su construcción dominan en el SCI de Bruselas.

 

Empirismo

Nos centraremos, pues, en la segunda cuestión, en la que se refiere, de manera particular, al Frente antiimperialista contra la guerra y más en general, a la línea de masas que sostiene esta táctica; pero no abordándola desde el punto de vista de la relación entre las masas y la vanguardia-que, por cierto, es el punto de vista más adecuado para definir una correcta línea de masas marxista-leninista-, desde el punto de vista del trabajo de masas, sino que nos acercaremos a la línea de masas expuesta y propuesta de manera dominante en el SCI desde la crítica del concepto mismo de masas, es decir, desde la crítica de la visión allí imperante del objeto sobre el que debe trabajar la vanguardia, y de las consecuencias políticas que tal visión acarreará inevitablemente, consecuencias que condicionarán el carácter final de la línea de masas formulada y, a través de ella, de la visión del papel que debe jugar la vanguardia y de su modo de abordar las tareas políticas.

En primer lugar, la inmensa mayoría de los grupos asistentes al SCI, encabezados por el PTB, comparten un enfoque empirista del concepto de clase obrera. A esta posición se llega a través de la reducción conceptual de una parte de la terminología marxista, reducción que consiste en identificar la vanguardia con el Partido, por un lado, y a las Masas con la Clase, por otro lado. Desde luego que este ejercicio de simplificación tiene claros antecedentes que se remontan a la III Internacional e, incluso, a Lenin; pero un recurso que en algún momento pudo tener justificado su uso por las necesidades circunstanciales de la propaganda y de la agitación políticas, terminó generalizándose y oscureciendo el origen científico de aquellos conceptos y su estrecha relación dialéctica-que, a pesar de todo, se hallan plenamente desarrollados en la obra de Lenin-, para dar cobertura teórica a una visión de la relación del marxismo-leninismo con las masas y, a la larga, liquidadora del partido revolucionario. De ello hablamos más detenidamente en el documento que presentó nuestra organización ante el Seminario de Bruselas y que publicamos seguidamente, tras el presente artículo. Allí desarrollamos la crítica del modelo de Partido Comunista de la Internacional Comunista, modelo esencialmente organicista, que tiene su origen, precisamente, en esa reducción que como segundo paso, opta por separar al Partid de la Clase a través de la imposición de una muralla china entre la Vanguardia y las Masas. Esta muralla es la concepción organicista del Partido, que consiste en definirlo única y exclusivamente como “la organización” del destacamento de vanguardia del proletariado.

Esta deformación, dominante en el movimiento comunista internacional por lo menos desde los años 20, ha tratado de ser corregida en el plano teórico por la Tesis de Reconstitución que ha elaborado el PCR. Pero, ahora, no se trata de eso, sino de señalar el significado que para el proletariado, tiene aquel enfoque empirista del concepto de clase obrera que practica la mayoría de SCI. El empirismo es una concepción filosófica del mundo que entiende-para decirlo de forma escabrosamente resumida-que la relación del sujeto con el mundo se realiza a través de los sentidos y que no podemos adquirir conciencia de las cosas sino a través de las sensaciones que experimentamos. Esto supone  reconocer que sólo existe lo que puede ser experimentado. Lo que el empirismo niega o cuestiona es la capacidad o la posibilidad de la razón para establecer vínculos y relaciones entre esas experiencias o entre las ideas que esas experiencias generan con el fin de configurar una representación compleja que se ajuste fielmente a la realidad. El marxismo (materialismo dialéctico), en cambio, defiende la legitimidad de la cadena de procesos intelectuales que, desde las sensaciones o ideas simples hasta las abstracciones más elevadas, nos permiten reflejar el mundo en términos racionales. Engels decía que “todo conocimiento verdadero y exhaustivo consiste simplemente en elevarse, en el pensamiento, de lo singular a lo especial y de lo especial a lo universal”. La capacidad de abstraernos de la experiencia que poseemos gracias a la facultad racional de nuestro entendimiento es, pues, desde el punto de vista marxista, lo que nos permite conocer. De modo que, mientras el materialismo dialéctico la principal instancia del conocimiento es de naturaleza suprasensible, para el empirismo todo proceso que trascienda la experiencia inmediata tanto más se alejará de la realidad del objeto sensible cuanto más elaborados sean los procesos intelectuales que se apliquen en su conocimiento. El marxismo, por su parte, ha llegado a alcanzar un alto grado de refinamiento en este cometido con el fin de dar una unidad conceptual del mundo, de hallar una concepción universal sobre el mismo, con el fin de elaborar el concepto de materia. Para Engels, precisamente, “la real unidad del mundo estriba en su materialidad”. Una vez alcanzado este punto, desde luego, nos hemos situado, como marxistas, en el extremo opuesto del empirismo.

Aplicando todo esto a la política proletaria, no nos resultará extraño que la visión empirista considere que la clase obrera es el movimiento obrero en su sentido más estrecho, es decir, el proletariado en su pura fisicidad económica, en su calamitosa ubicuidad dentro del proceso directo de la producción capitalista o en su sempiterna pelea sindicalista; no existe otra instancia, otro plano de la realidad social donde podamos dirigirnos y comprobar “empíricamente” que ahí está también la clase obrera como tal. Es la localización de la clase en su pura materialidad lo que sirve de criterio de identificación y de definición, en este caso. Pero, en realidad, no nos hallamos ante un punto de vista verdaderamente materialista; se trata, llana y simplemente, del disfraz “materialista” con que se viste el empirismo. Y el empirismo es una forma de idealismo. Esta es la perspectiva que dominó entre la mayoría de las organizaciones que asistieron al SCI de Bruselas.

En la arena política, el empirismo se manifiesta como economicismo (o si se quiere, tradeunionismo, sindicalismo, obrerismo…), corriente ideológica que Lenin caracterizó y combatió sistemáticamente desde el mismísimo momento de su nacimiento en Rusia, con la aparición en 1899 del llamado Credo, y a la que dedicó una de sus obras de mayor fama (¿Qué hacer?). El economicismo penetró en Rusia por la influencia que sobre un sector de la intelectualidad socialista ejercieron la experiencia y la trayectoria de la socialdemocracia alemana (que basaba su política en la combinación de las luchas económicas de la clase obrera con la lucha parlamentaria de los socialistas), en general, y, en particular, el revisionismo de Bernstein, el mejor producto de aquella trayectoria. El economicismo acabó extendiéndose por toda Europa como fundamento último de la política de los partidos “revolucionarios”, a pesar de la guerra que le declaró el leninismo. Pero, a la larga, ganó la batalla y terminó por introducirse en el partido bolchevique y en la Internacional Comunista (IC). A partir de aquí, ha permanecido conformando la base ideológica-política primordial de la inmensa mayoría de partidos y organizaciones que han reivindicado o se han remitido a la tradición de la Revolución de Octubre.

Ciertamente, el empirismo es el economicismo político; pero, aquí, hemos querido remontarnos primeramente a la base filosófica sobre la que realmente se sostiene esta corriente del pensamiento político con el fin de atajar de raíz ya desde el principio su origen y verdadera naturaleza, de manera que quede claro que se sitúa fuera de la tradición filosófica marxista y que, por el contrario, se emplaza completamente dentro del marco de la concepción del mundo burguesa; en particular con una tradición que comienza con los empiristas ingleses, desde Hobbes y Locke hasta Hume, pasando por Kant y Mach  hasta los modernos neopositivismo y positivismo lógico.

Economicismo

El economicismo defiende que la clase obrera debe comenzar su lucha en la esfera económica en la que se encuentra y permanecer aquí (versión anarquista del economicismo) o transformar las “luchas obreras” posteriormente en “lucha política” (versión tradicional de la socialdemocracia); en último término –y en palabras de uno de los más famosos economicistas de la época de Lenin-, “imprimir a la lucha económica misma un carácter político” (Martinov), frase que sintetiza magistralmente el sentido del economicismo, del empirismo político, y cuyo descrédito persiguió Lenin sin descanso. El argumento central de éste consistió en insistir sobre la necesidad de cambiar de perspectiva en la dirección de lo que, precisamente, hace superior al materialismo frente al empirismo: la abstracción, la capacidad intelectual para configurar una composición de la realidad objetiva por medio de la razón. Se trataba de toar conciencia de que la clase obrera no es sólo algo apegado al terreno económico, de que la clase obrera no es sólo algo apegado al terreno económico, de que su movimiento no consiste sólo en su movimiento sindical. Era preciso hallar el plano social y la esfera de actividad lo suficientemente elevada desde los que la clase obrera pudiera desarrollar tanto su relación con todas las clases de la sociedad y con el Estado burgués. Este escenario es la esfera de la política, el único lugar donde se desenvuelve la forma decisiva de la confrontación entre los intereses de las clases sociales, el único lugar donde el proletariado puede desplegar su vocación de clase revolucionaria. Y se trata de un escenario, en cierto sentido, “abstracto”, porque se refiere a esferas de la sociedad que son “proyecciones” de su estructura económica, porque se refiere al plano de la superestructura que, según la doctrina marxista, “refleja”, en términos jurídicos, culturales, y, sobre todo, políticos el modo de producción sobre el que se ha instalado una determinada sociedad. Es sobre este plano superior sobre el que el proletariado debe implementar su principal lucha de clase. Y a este plano no se accede “elevando” las reivindicaciones económicas de los obreros en “política obrera”, sino directamente activando un plan de propaganda y educación de las masas en la política revolucionaria. Para expresarlo con la fórmula que Lenin hará famoso años más tarde: “La política es la expresión concentrada de la economía”; es decir, es el ámbito donde se ponen de manifiesto, de la manera más directa y clara y del modo más organizado, en su forma más sintética y “abstracta”, todos los intereses de clase con sus vinculaciones materiales en todo sistema económico. Por esta razón, la política es el lugar donde el proletariado debe plantear el combate por sus intereses radicales como clase. Sólo de este modo podrá el proletariado actuar como clase independiente. Lenin mostró el camino cuando, frente al economicismo, y en una época de auge huelguístico y de extensión de las luchas espontáneas de la clase obrera rusa por sus reivindicaciones económicas, denunció la vía de la transformación gradual de la lucha económica en lucha política y propuso un plan de acción política no relacionado directamente con ese ambiente general dominante, sino basado en una idea alejada y nada familiar a ese ambiente que invitaba a ir a los movimientos de masas a participar y organizar las huelgas y demás luchas reivindicativas, vía que escogieron los economicistas (llamados economistas en Rusia). Ese plan se articulaba en torno a la fundación de un periódico ilegal como instrumento de acción política sobre el proletariado de Rusia. Dicho de otro modo, llevar al proletariado propaganda revolucionaria y no métodos para organizar huelgas, consignas políticas contra el Estado y no reclamaciones dirigidas al patrón, ideas sobre una sociedad y un futuro nuevos, algo mucho más sutil, elevado y “abstracto” que cualquiera ilusión sobre un mejor salario o una jornada laboral menos agotadora.

El SCI y el PTB, en cambio, proponen, a pesar de esta experiencia y a pesar de autodefinirse como “leninistas”, ir a las masas como tarea inmediata, y no han encontrado en la reciente marea espontánea de masas que ha recorrido Europa y el mundo entero en contra de la agresión imperialista a Irak más que un motivo para ratificarse aún con más insistencia en esta línea economicista de aplicación del trabajo de masas. De hecho, este XII seminario ha sido el de la formulación definitiva de la táctica genera que el SCI propone al movimiento comunista internacional. Un plan elaborado a favor de la corriente, al calor del ambiente dominante del momento. ¡En completa sintonía con el espíritu leninista!

Refiriéndose a un científico empirista de su época, Engels decía: “ve la cosa, pero no pensamiento abstracto”. Lo mismo le ocurre a la mayoría del SCI, empezando por el PTB, que ve la cosa, pero no es capaz de abstraerse para hallar su conexión con el resto de las cosas, para ubicarla en un conjunto de relaciones. Como buenos empiristas, entienden que el todo no es una abstracción de todas las cosas, precisamente la “conexión” que las une a todas, sino que piensan que es la “suma” de todas las cosas. Por esta razón, como vena la Clase como “suma de masas” (recuérdese la identificación entre Clase y Masas de la que parten), el objetivo de su trabajo político consiste en dirigirse al mayor número posible de luchas espontáneas o de movimientos de masas reivindicativos. De este modo, summa summarium, dirigiendo cada vez más luchas parciales, piensan que llegarán a dirigir algún día la lucha general de la clase obrera.

Pero, ¿cuál es la “conexión” entre todas estas luchas parciales? Como el PTB y sus seguidores, debido a su concepción del desarrollo del movimiento revolucionario como un producto del desarrollo del movimiento obrero (cuando, en realidad, la operación se efectúa a la inversa-el Partido Comunista-transforma e incorpora al movimiento obrero a la Revolución), no han realizado el trabajo previo de construcción de un marco político proletario, un espacio de actividad política del proletariado independiente del marco de actividad política que ofrece el Estado burgués, entonces, cuando su labor práctica de masas deba ser traducida o “elevada” políticamente, ya porque el movimiento reivindicativo haya desbordado los cauces de la lucha de resistencia de modo que exija un nuevo cauce político, ya porque, como decía Marx, en realidad, “toda lucha económica es una lucha política” y busca espontáneamente su proyección en el plano político, no hallarán otra vía que la de situarse en los términos que les ofrece el sistema imperante, los términos de la participación en las instituciones del aparato del Estado capitalista.

Por cierto, precisamente este pasado mes de mayo se han celebrado elecciones generales en Bélgica, que el PTB ha querido aprovechar para conseguir respaldo y “legitimidad” para su estrategia de rentabilizar en forma de votos las luchas sindicales. En esta ocasión, las expectativas eran muy alentadoras, pues en los últimos tiempos la incidencia de este partido en las luchas obreras a nivel de empresa había aumentado, y, en algún caso, como en el de las movilizaciones de los trabajadores de Sabena por impedir la privatización de esta compañía aérea, estuvo en condiciones incluso de confeccionar una lista electoral con los dirigentes de esa lucha (la Lista María, en este caso).  La influencia del partido en las luchas obreras ha aumentado: debe en pura lógica-en la pura lógica economicista-, traducirse electoralmente. El fracaso, como se sabe y es natural, ha sido rotundo. Pero la lógica de los dirigentes del PTB se encuentra ahora en un atolladero, incapaz de hallar una explicación para tal descalabro político. Y es que en el PTB no se comprende, primero, que no existe un camino directo, y mucho menos un camino que pueda ser recorrido de manera directa y mecánica, entre economía y política, y, en segundo lugar, que se pretenden traducir las luchas económicas de la clase obrera en influencia política sobre la clase obrera con lenguaje burgués, con los medios que proporciona la burguesía y con las reglas del juego que impone el parlamentarismo burgués; de este modo, el corto alcance de la estrategia del PTB consiste en que sólo puede instrumentalizar la conciencia burguesa del proletariado (la conciencia en sí que le empuja a la lucha de resistencia) como apoyo para su participación en el sistema político burgués, jamás como puntal para la transformación de este sistema. Este es y será-si no cambia las bases políticas e ideológicas de las que parte- el límite que sigue actualmente este partido, línea que se dirige a toda la velocidad, a través del reformismo oportunista, hacia el cretinismo parlamentario.

Como veremos más adelante, para el economicismo no existen diferencias cualitativas en las tareas de la Revolución Proletaria, o, al menos, no existen diferencias para el contexto político donde todas esas tareas deben ser realizadas: siempre en el seno del amplio movimiento práctico de masas. Esto impide al comunismo forjarse como movimiento político revolucionario independiente. Por eso, cuando el economicismo busca una “conexión política” para toda su labor de dirección de luchas parciales de la clase obrera, no puede evitar depender de la vía burguesa de “traducción” política de todas esas luchas reivindicativas, no puede-ni quiere-rehuir la vía electoral. El carácter de la actividad política que esta línea ofrece al proletariado no puede ser, entonces, otro que la política burguesa. La esfera de la actividad política se identifica, sin alternativa posible, con el electoralismo y el parlamentarismo, y con la incapacidad para hallar una forma de hacer política revolucionaria.

El punto de vista empirista-economicista, que ve a la Clase separada del Partido, por un lado, y por otro, como una “suma de masas”, permitirá, por ejemplo, a Stalin (y el lector podrá comprobarlo mejor si es lo bastante paciente como para familiarizarse después con nuestra proposición al SCI) dividir a la Clase-dentro ya de la sociedad socialista-entre masas “con partido” (vanguardia) y masas “sin partido”. Como el punto de vista empirista-economicista, al ceñirse exclusivamente a la “materialidad pura”, enajena de la descripción de la Clase su faceta ideológica, separando de este modo materia y conciencia, puede permitirse presentárnosla como “suma de cosas” (como suma de luchas reivindicativas o, también, como un agregado de masas “con partido” y masas “sin partido”) ocultando su verdadera naturaleza dialéctica, desde la que se nos mostraría debidamente como una “unidad de contrarios”. Gran parte de la tradición de la II Internacional y, actualmente, quienes representan esa tradición en sus elementos más esclerotizados, no han podido o no han querido extraer las conclusiones lógicas de una correcta visión dialéctica del proletariado como clase social. No han querido ver que la clase obrera es una unidad de conciencia y materia (por tanto, una unidad cualitativa y no un agregado cuantitativo) que se expresa a través de la contradicción entre la vanguardia y las masas, contradicción que también puede ser interpretada como la unidad en el seno de la clase obrera entre la revolución y la contrarrevolución, entre comunismo y capitalismo. En otras palabras, que una percepción no empirista del proletariado, sino verdaderamente materialista, nos indica que se trata de una entidad política-más que económica-que económica q8e además contiene en su interior la potencia tanto para su desarrollo como movimiento revolucionario, como para su desarrollo conservador y funcional para el capitalismo, contrarrevolucionario. Que una de estas dos posibilidades prevalezca sobre la otra depende única y exclusivamente del papel que juegue la vanguardia en esa relación, o sea, del papel de la conciencia. Entonces, si la conciencia es lo principal, el sector de la clase que la porta, su vanguardia, será su legítima representante, y allí donde esta vanguardia consciente actúe, debería ser considerada su campo de actividad “natural”. De este modo, obtenemos que la lucha económica y la actividad sindical no tienen porqué ser estimadas como las formas “naturales”, ni siquiera “espontáneas” de la lucha de clase del proletariado. Puesto que la conciencia es el factor decisivo de la Clase, un proletariado consciente (con conciencia revolucionaria, con conciencia de clase par sí, se entiende) dirigirá “espontáneamente” su actividad hacia el plano político y a través de los instrumentos que le capaciten para ejercer influencia en ese plano. De este modo, si quien detenta la hegemonía del movimiento proletario es la reacción-como ocurre actualmente, a través de la obra de la socialdemocracia, el revisionismo y el sindicalismo oficial-, la política que esta clase practicará tendrá contenido burgués y empleará los medios que para su realización le preste el Estado capitalista. Pero si la vanguardia revolucionaria no permanece inerte, laborará por la capacitación política del proletariado a través de la constitución de su principal instrumento, el Partido Comunista. Tanto la burguesía y sus acólitos en el movimiento obrero como los verdaderos marxistas-leninistas saben que la batalla decisiva se plantea en estos términos: capacidad política independiente (revolucionaria) del proletariado o subordinación de este a la política burguesa. Tanto unos como otros comprenden que todo depende del carácter de clase y del contenido ideológico que conforme la conciencia dirigente de las masas proletarias. Solo los miopes, los oportunistas recalcitrantes o los ineptos pueden insistir en que, en los actuales momentos, lo decisivo son las masas de clase, su aspecto material, y no su faceta consciente. En un contexto de hegemonía de la reacción y de dominio de la ideología conservadora entre las masas de la clase obrera y de liquidación política del comunismo, de la ideología revolucionaria, poner el acento en el movimiento de masas sin haber resuelto antes el problema de “quién dirige”, el problema de que ideología hegemoniza ese movimiento, el problema de la reconquista por parte del marxismo-leninismo de esa hegemonía, como plantean de hecho los “empiristas revolucionarios” del estilo del PTB, significa ceder a la burguesía, sin lucha y de la manera más vergonzosa, la posición estratégica más importante para abordar con garantías de triunfo la larga guerra de clases que protagonizan el proletariado contra el capital.

Espontaneísmo

Si debemos centrarnos en los problemas que rodean a la conciencia de la Clase, resulta del todo obligado rechazar la consigna de ir a las masas que propone el SCI. La réplica mecánica de esta consigna de la Komintern, convertida en ley o en principio inexcusable a partir de su II Congreso (1920), sin un análisis crítico de las circunstancias que rodearon su formulación y de su validez actual, conduce a caricaturizaciones políticas absolutamente recusables. Los economistas se valen del prestigio histórico de la Internacional Comunista para utilizar sus consignas de la manera más oportunista y ocultar, así, las verdaderas tareas de los revolucionarios. Hoy en día, el análisis de las premisas necesarias para abordar la conquista de las masas amplias nos indica que no han sido cubiertas y que nos falta aún la principal de ellas, la conquista de la vanguardia para el comunismo. Y esto implica un trabajo de masas diferente al tradicionalmente practicado por los partidos comunistas desde 1920. Para el sector consciente de la Clase, para su sector marxista-leninista, el conjunto de tareas a realizar podría ser recogido bajo la consigna de ir a la vanguardia, que nos indica el carácter del trabajo de masas que debe llevar a cabo el comunismo: una línea de lucha ideológica por restituir al marxismo-leninismo como máxima referencia teórica para las masas y sus dirigentes prácticos.

Además, el modo como se entiende aquella consigna de conquista de las grandes masas resulta, igualmente, estéril. Ir a las masas significa únicamente en la práctica, “estar con ellas”, “estar junto a” ellas; no significa, en absoluto, “fusionarse” con las masas. Ir a las masas para acompañarlas en sus luchas trae como correlato la rebaja ideológica, el seguidismo de su espontaneidad  y la concepción de la lucha de clases como mera lucha de resistencia. La fusión con el movimiento de masas significa la unión de ambos elementos (vanguardia y masas) para producir algo nuevo y superior a cada uno de ellos (el Partido Comunista). Pero el PTB y las organizaciones que continúan su línea en el SCI hablan solo de “liaison”, de “ligazón” de “unión”; de la vanguardia con las masas, sin que esta “ligazón” suponga una transformación cualitativa de sus elementos constitutivos (su elevación, a través de la conciencia proletaria, hasta un estatuto revolucionario). El PTB se acerca a los movimientos de resistencia para dirigirlos en función de “sus justas reivindicaciones”, es decir, en tanto que tales movimientos de resistencia, reproduciendo sus premisas políticas (lucha espontánea de resistencia por reivindicaciones económicas), y por consiguiente, rebajando el carácter y los objetivos de la “ligazón”. Más aún, esta, al parecer, debe servir de base para el cumplimiento de todas las tareas de la Revolución. En el Seminario de Bruselas desfila todo tipo de organizaciones, desde las que pueden ser consideradas plenamente constituidas, con una larga experiencia y que se enfrentan ya ante tareas tan avanzadas como la cuestión del poder (PC de Nepal, PC de Filipinas, PC de Cuba, el mismo PTB), hasta otras incipientes que aún no han resuelto siquiera problemas relacionados con su propia identidad  política (por ejemplo, allí estuvo la Mesa para la Refundación Comunista, organización catalana que se unió al coro de los seguidores de los consejos políticos del PTB). Pues bien, a todos ellos, sin distinción, se les recomienda la táctica de ir a las masas para cualesquiera que sean sus objetivos políticos más inmediatos. De este modo, “refundar” el comunismo (novísima fórmula para designar realmente el sempiterno problema de la Reconstitución comunista) y conquistar el poder pueden y deben realizarse en un mismo contexto sociopolítico, en la lucha de resistencia de las masas, en el plano económico de la lucha de clases del proletariado. Más todavía, no solo en el mismo entorno sociopolítico, sino también de manera simultánea, como recomienda la Resolución del XII Seminario de Bruselas: unir a los comunistas (Partido) y unir a las masas (Frente) al mismo tiempo. Esta visión, naturalmente, traduce la idea de que no existen diferencias cualitativas entre las distintas tareas del comunismo, y, por lo tanto, que no hay proceso ni desarrollo, o sea, saltos cualitativos, tanto en lo que se refiere a la construcción del Partido, en particular, como en el proceso revolucionario, en general (al menos, antes de la toma del poder). Esta perspectiva, espontaneísta en definitiva, no admite la posibilidad de distinguir entre el movimiento comunista como movimiento revolucionario de la vanguardia (Reconstitución partidaria) del movimiento comunista como movimiento revolucionaria de las masas (Construcción partidaria), ni tampoco permite comprender que la transición del uno al otro solo es realizable a través del Partido Comunista, desde la Reconstitución culminada del partido de nuevo tipo proletario.

La concepción holista (realización de todas las tareas simultáneamente) del proceso revolucionario previo a la conquista del poder indica la inexistencia de un plan y, por lo tanto, la aplicación, como no podía ser de otra manera, de la bersteniana “táctica-proceso” que Lenin censuraba ya en los economistas rusos. Y el proceso tomado en sí mismo al modo economicista oculta las distintas etapas de las que se compone y, por consiguiente, el análisis y la previsión de las diferentes posiciones que en cada una de ellas ocupará la vanguardia, de los distintos materiales políticos con los que podrá trabajar y de los distintos objetivos tácticos que deberá alcanzar.

Sin mucho recato, el texto de la Resolución de Bruselas termina declarando:

“Es etapa por etapa como los comunistas de todo el mundo harán avanzar la obra comenzada en 1848 por Karl Marx, y así hasta la victoria del socialismo en el mundo entero”.

Naturalmente, se refieren a su propuesta de ir neutralizando-que no eliminando-, uno por uno, cada foco imperialista como método de acumulación de fuerzas; aunque para ello haya que aliarse con los otros tiburones del capital, como propone actualmente el PTB: unirse con los monopolios nacionales y europeos para contrarrestar “el peligro principal que amenaza el mundo”, el imperialismo yanqui. Pero en ningún momento se nos ilustra sobre cómo terminar definitivamente con esa “amenaza”, ni cómo invertir la correlación de fuerzas en el seno de la alianza para que sea el proletariado revolucionario quien la dirija. Hasta esos derroteros sin norte nos encamina el empirismo-economicismo, miope por naturaleza e incapaz de ver más allá de la situación política inmediata, y, en el fondo, desconfiado con respecto a la potencialidad revolucionaria del proletariado, que, con estos padrinos, siempre se verá sometido a la hegemonía ideológica y política de la burguesía y jamás se verá sometido a la hegemonía ideológica y política de la burguesía y jamás se encontrará en condiciones de encabezar un movimiento revolucionario propio.

Pero, al margen del contenido concreto de esta proposición de línea política, comprobamos que las “etapas” de que hablan el PTB y el SCI no pueden ser considerados como tales etapas, que se trata simplemente de maniobras tácticas dentro de una misma fase del proceso revolucionario (una vez más, la famosa “etapa antimonopolista y antiimperialista” tan común entre los partidos revisionistas “ortodoxos” que plagian su política directamente de los documentos del VII Congreso de la Komintern). En esta fase, cambiará un día el aliado y otro el enemigo, pero el objetivo fundamental –independientemente de que sea erróneo- seguirá siendo el mismo. Las maniobras tácticas no pueden ser confundidas con las etapas políticas de una revolución a no ser que adolezcamos de una comprensión tacticista, sin perspectiva estratégica de la misma, como ocurre en los salones de Bruselas. Por el contrario, una visión correcta de la marcha de la Revolución debe dejar claramente establecida la necesidad de diferenciar etapas en la misma, etapas que vienen por el contenido político de carácter estratégico que las distingue entre ellas: en primer lugar, conquistar la posición de dirección ideológica para la teoría revolucionaria, atrayendo hacia el marxismo-leninismo a los elementos conscientes de la vanguardia y neutralizando la influencia del oportunismo y del revisionismo, con el fin de reconstituirlo políticamente; en segundo lugar, conquistar la posición de dirección política para el partido marxista-leninista, encabezando la lucha de clases del proletariado contra la burguesía y atrayendo bajo su influencia a crecientes sectores de las masas con el fin de destruir el sistema político de dominación económica y cultural, hasta la completa construcción de una nueva sociedad sin ninguna de sus lacras.

Para finalizar este pequeño examen de la línea política y de la línea de masas que emanan del SCI, y después de todo lo dicho, si tuviésemos que ubicar este encuentro internacional como corriente dentro del movimiento comunista internacional, tanto por su visión del desarrollo de la Revolución, como por su percepción de la clase obrera y de las masas proletarias, así como del Partido Comunista, diríamos que forma parte del ala derecha de ese movimiento. Y, más en particular, que forma parte, desde el punto de vista de la Reconstitución del Parido, de ese sector de la vanguardia teórica que, por su influencia en un amplio sector de la vanguardia práctica y de las masas, es preciso combatir desde la lucha de dos línea, para denunciar su falso marxismo-leninismo, demostrar su posición objetivamente contrarrevolucionaria y neutralizar las ilusiones reformistas y las ideas erróneas que difunde entre ellas.

La construcción del socialismo en la URSS en tiempos de Lenin y Stalin

En esta ocasión, presentamos ante la vanguardia un artículo publicado en el número 4 de La Forja del PCR que examina someramente los principales logros de la construcción del socialismo en la URSS. Pese a que como comunistas creemos imprescindible defender los progresos y los avances que en el pasado fuimos capaces de llevar a cabo y sin menospreciar bajo ningún concepto las victorias de la experiencia soviética, opinamos que el texto tiene un espíritu, en cierto sentido, “triunfalista”.

Es por este motivo que desde nuestra organización animamos a todos los comunistas a examinar con atención y criticar con ahínco toda experiencia del pasado Ciclo con el objetivo de (re)situar al marxismo-leninismo en el lugar hegemónico que le corresponde dentro de la vanguardia. Es por este motivo que os animamos a emprender la lectura de dos documentos que realizan precisamente esta labor de crítica con miras a comenzar un nuevo Ciclo revolucionario; hablamos de Stalin: clases sociales y restauración del capitalismo de Revolución o Barbarie y Stalin, del marxismo al revisionismo del Colectivo Fénix.


 

Fragmento del Documento Político General del Partido Comunista Revolucionario

Cuando se trata de valorar una revolución, no podemos perder de vista que la “violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva” (Marx). Así fue en el tránsito de la comunidad primitiva a la propiedad privada y al régimen de esclavitud; y más tarde, al feudalismo.

En cuanto al capitalismo-como afirmó Marx resumiendo sus riquísimas investigaciones históricas- “viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza”: las primeras manufacturas, embriones del régimen burgués, se asientan en la expropiación en masa del campesinado europeo, en leyes persiguiendo a sangre y fuego el vagabundaje, en el genocidio de los pueblos de África y Asia al tiempo que los pueblos “civilizadores” y “evangelizadores” saqueaban sus riquezas; esta cruzada de 500 años nos costó la vida de 60 millones de indios americanos, la esclavización de más de 100 millones de africanos, la pérdida de millones de vidas en guerras coloniales, etc.…La Gran Revolución burguesa de 1789 en Francia implantó el terror para derrocar al Antiguo Régimen y tuvo que cortarles la cabeza a miles de contrarrevolucionarios. En el siglo XIX, el gigantesco progreso que supuso la revolución industrial se hizo a costa de estrujar hasta la última gota de la energía del proletariado y con el trabajo forzoso de mujeres y niños en agotadoras jornadas de 12 a 15 horas. ¡Y está fue la época del capitalismo progresista! Luego vino el imperialismo y sus guerras que han causado ya decenas de millones de víctimas para continuar manteniendo este caduco y putrefacto sistema. Claro que su paz no es mucho mejor como lo atestigua la realidad de los 40.000 niños que diariamente mueren a manos de la miseria capitalista.

Frente a tales hechos que confirman el papel de la violencia en proceso histórico, el primer Estado socialista en Rusia sólo podía nacer como Dictadura del Proletariado y, está, no como mera denominación teórica sino como una realidad bien palpable para los enemigos de los trabajadores que eran y son reales, poderosos y agresivos.

Lenin al frente de la primera Revolución Proletaria triunfante

Así, en 1917, el Partido Comunista (Bolchevique) de Rusia, encabezado por V.I. Lenin, dirigió a los explotados en una insurrección armada que derrocó al gobierno burgués; el viejo Estado fue sistemáticamente desmantelado y sustituido por el Estado de los Soviets (Consejos) de Obreros, Campesinos y Soldados; la tierra y los grandes medios de producción fueron nacionalizados; el usufructo de la tierra se repartió entre os campesinos y la Rusia Soviética consiguió la paz al salirse de la Primera Guerra Mundial imperialista que proseguía.

Finalizada la contienda, a los pocos meses de la insurrección victoriosa, las clases expotadoras de Rusia fueron a recabar la ayuda de 14 Estados capitalistas para agredir al joven Estado Socialista. Durante casi tres años que duró la guerra civil y la intervención imperialista, la contrarrevolución desencadenó el “terror blanco” que continuó los efectos devastadores de la Guerra Mundial e impidieron la construcción pacífica del socialismo. Casi en solitario contra el mundo entero, aunque con la solidaridad moral de millones de proletarios y explotados de todos los países, los bolcheviques consiguieron movilizar a as amplias masas campesinas en torno a la clase obrera para implantar una economía de “comunismo de guerra” (requisa de excedentes agrícolas para alimentar a los obreros y a los soldados del Ejército Rojo en el frente) y para organizar un terror de masas, el “terror rojo”, medidas con las que se repelieron la agresión militar abierta de la burguesía.

Al fin, en los comienzos de los años 20, la Rusia Soviética pudo conocer la paz, si bien en medio de un cerco capitalista hostil. La tarea principal era económica pero aún no se trataba de edificar el socialismo sino de restablecer la economía nacional atrasada y devastada; por si esto fuera poco, se trataba de un país masivamente poblado por campesinos incultos cuyas relaciones con el proletariado se volvían  tiritantes por momentos debido a la política de “comunismo de guerra”. Entonces, en su lugar, se adoptó la Nueva Política Económica (NEP) que suponía concesiones a la producción de mercantil e incluso, hasta cierto punto, al capitalismo, manteniendo la dictadura del proletariado. Los “gorbachovianos” de estos últimos años que pregonaban la NEP como la genuina concepción leninista del socialismo demostraban, en el mejor de los casos, no tener la menor idea de socialismo ni de leninismo ni de las circunstancias que motivaron tal política económica (además de pasar por alto que hacía décadas que los revisionistas habían liquidado en la URSS la dictadura del proletariado).

En 1922, se crea la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas lo que significa en particular, un gran paso en el camino de solucionar el problema nacional en base al internacionalismo proletario.

Stalin defiende y aplica el leninismo  

Lenin establece los principios esenciales de la edificación socialista pero, fallecido en 1924, sus planes son realizados en lo fundamental hasta 1953 por el Partido Bolchevique que dirige Stalin. Gracias a un heroísmo sin precedentes del pueblo y de su vanguardia comunista al frente, la URSS alcanzó en tiempos de Stalin realizaciones impresionantes; reconstruyó su economía, inició la edificación del socialismo, defendió su territorio de agresiones exteriores derrotando, en especial, a la Alemania nazi, venció a la contrarrevolución interna conjurando así la amenaza de restauración capitalista y apoyó la revolución proletaria mundial tanto con  la fuerza del ejemplo como mediante la solidaridad moral y material con la lucha de la clase obrera y de los pueblos oprimidos (durante los años 1930 a 1945, el movimiento revolucionario tuvo como principal reto el aniquilamiento del fascismo, fuerza de choque del imperialismo, que se proponía concentrar todas las fuerzas de la reacción burguesa para aniquilar las vanguardias del proletariado y la URSS). En tres décadas desde la Revolución de Octubre, la Rusia reaccionaria y semifeudal, con una economía atrasada, exportadora de materias primas y dependiente del capital extranjero fue convertida, gracias a la justa dirección del Partido Comunista, en una Unión Soviética socialista y soberana, en una gran potencia militar y económica (la segunda potencia industrial del mundo) y en la vanguardia y el baluarte de la revolución mundial. Como dijera Winston Churchill, en 20 años Stalin llevó a la URSS del arado a la energía nuclear.

Hay que destacar los siguientes jalones en este glorioso período:

10) La industrialización socialista:

Los cimientos de la industria pesada, el eslabón fundamental del proceso capaz de equiparar toda la economía nacional, se pusieron en los años 1936-29 y la clase obrera (véase el movimiento stajonovista) junto con los campesinos se movilizaron para la ejecución de los dos primeros Planes Quinquenales de construcción socialista. En ese período de 1929 a 1938, la producción industrial creció en casi 4 veces y multiplicó en 9 veces el potencial de la industria rusa de vísperas de la Primera Guerra Mundial; todo eso, mientras los países imperialistas, sumidos en la Gran Depresión de 1929, escasamente superaban su nivel de preguerra en un 30%. Aunque rezagada de estos en cuanto a la producción per cápita, la industria soviética alcanzó el primer puesto mundial en lo que refiere a renovación de la base técnica y a ritmos de crecimiento. Todo ello, que fue posible gracias al predominio del sector estatal, permitió, a su vez, liquidar los últimos vestigios de capitalismo en la industria. Quedó así forjada la base económica de la victoria sobre los ejércitos fascistas.

20) La colectivización de la agricultura:

En 1927, la evolución espontánea de la economía agraria, bajo la NEP, ha conducido a una diferenciación de clases: 7% de campesinos sin tierra, 35% de campesinos pobres, 53% de campesinos medios y 5% de campesinos ricos (kulaks). Estos últimos poseen el 20% de los cereales comercializados mientras prosigue el desmenuzamiento del resto de propiedades agrícolas en economías semi-naturales que producen cada vez menos para el mercado. Estas circunstancias apuntan claramente al desabastecimiento de las ciudades lo que despierta en los kulaks el afán de especular con el hambre para enriquecerse al tiempo que sabotean la industrialización.

La solución solo puede ser la concentración y maquinización de la agricultura. Rechazada la vía capitalista que hubiera supuesto la ruina de la gran masa de campesinos pobres y medios y la hambruna en las ciudades, se emprende la vía socialista, la colectivización, según el plan cooperativo de Lenin: el Estado soviético impone la confiscación judicial de les excedentes que los  kulaks y otros especuladores se negaban a vender a tasas fijas, pone a disposición de los campesinos pobres el 25% del trigo confiscado a los kulaks y proporcionaba ayuda a los campesinos que ingresen voluntariamente en las cooperativas (koljoses). Los kulaks reaccionaron ante estas medidas asesinando dirigentes de los Soviets y del Partido, sacrificando el ganado, incendiando haciendas colectivas y estatales, infiltrando los koljoses para sabotearos desde dentro, etc.… Los bolcheviques lograron entonces movilizar y organizar a millones de campesinos pobres en alianza con los campesinos medios para desarrollar la lucha de clases en el campo, aplastar la resistencia de los kulaks y extender con rapidez el movimiento koljosiano. En esta auténtica guerra campesina, se cometieron errores y excesos que el Partido criticó y condenó (con 200.000 militantes en el campo, el PC(b) de la URSS, aunque prestigioso, seguía siendo débil), pero que, sobre todo, eran imputables a la reacción inevitable de unos campesinos pobres que, por fin, se sacudían el  yugo de siglos de opresión (kulak, en ruso. Quiere decir “puño”).

En el plazo de una década, los koljoses se consolidaron y llegaron a agrupar a más del 90% del campesinado; la agricultura soviética se convirtió en la más mecanizada y moderna del mundo; las cosechas de cereales y otros productos pudieron finalmente sobrepasar el mejor nivel de pre-guerra (el resultado record de 1913); en 1934, se consiguió suprimir el sistema de racionamiento de productos alimenticios.

En 20 años de revolución socialista, bajo la dirección del Partido Comunista, la Unión Soviética se liberó de capitalistas y terratenientes de modo que puso fin a la explotación  del hombre por el hombre que esas clases entrañaban. Acabó con la miseria, el hambre, el paro forzoso y las crisis económicas. Con el Segundo Plan Quinquenal, por ejemplo, se implantó la jornada de 7 horas en la mayoría de las empresas industriales, el promedio anual del salario de los obreros creció en más de 2 veces y los ingresos en efectivo de los koljoses, en casi 3 veces. Comparando con los mejores años del zarismo, el número de alumnos de escuelas primarias y medias aumentó en 3’5 veces y los de enseñanza superior en casi 5 veces, forjándose así una nueva intelectualidad compuesta de científicos, artistas y cuadros que provenían, no ya de la burguesía sino de la clase obrera y del campesinado.

Estas grandiosas realizaciones solo pudieron alcanzarse bajo la dictadura del proletariado, movilizando a las masas, en medio y a través de la lucha de clases que, en esos momentos, se manifestó con extraordinaria violencia. La burguesía y la pequeña-burguesía se opusieron a la revolución, en una primera etapa, a través de los partidos de derechas, los socialistas-revolucionarios  y los mencheviques; más tarde, por medio de las tendencias del trotskismo, del bujarinismo y del nacionalismo burgués en el seno del Partido Bolchevique. Estas líneas no proletarias fueron discutidas durante largos años y quedaron sistemáticamente desenmascaradas y derrotadas políticamente en la segunda mitad de los años 20. Fue una condición absolutamente imprescindible para llevar exitosamente a cabo la política de industrialización socialista y de colectivización del campesinado. También se combatió el burocratismo, el tecnocratismo y el arribismo como expresiones de influencia burguesa en las organizaciones socialistas, aunque, en aquellos años, el perfil político de tales tendencias no estaba muy definido. En general, podemos afirmar que el PC(b) de la URSS, encabezado por Stalin, condujo correctamente la lucha de clase del proletariado; asimismo, criticó y corrigió muchas de las equivocaciones y exageraciones que fueron cometidas en el contexto extremadamente difícil, no hay que olvidarlo, de un país atrasado, campesino y pequeño-burgués, rodeado de potencias capitalistas y convertido, por los avatares de la historia, en la vanguardia de la revolución mundial y en la pionera de la construcción del socialismo.

30) La victoria sobre el fascismo en la Segunda Guerra Mundial

Durante la década de los 30, se agudizan las contradicciones interimperialistas agrupando a las potencias en dos grandes bloques, siendo el más agresivo y reaccionario el fascista, compuesto por Alemania, Italia y Japón que, desde el principio, proclaman su hostilidad hacia la URSS. Hasta1939, el otro bloque permite de hecho la expansión de la Alemania nazi (España cae en las garras del fascismo con la ayuda precisamente de ese pacifismo no intervencionista de las “democracias”) con la intención de canalizar el hegemonismo hitleriano hacia el Este, hacia el País de los Soviets. Sin embargo, el fortalecimiento económico y político de este, su prestigio internacional y la hábil política diplomática de su gobierno (véase el Pacto de No Agresión con Alemania, contra el que se desgañitan al unísono “izquierdistas” y liberales)  disuaden a la potencia germana y, así, la guerra mundial estalla entre los dos bloques imperialistas. De este modo, cuando la Unión Soviética es agredida en 1941, ya no se ha de enfrentar al eje fascista en solitario y ha podido ganar un tiempo que, aun muy escaso (eso no se podía prever entonces), resultará precioso para su preparación.

En los prolegómenos de esta agresión y tal como venían haciendo con otros países, los hitlerianos trataron de organizar una quinta columna de espías y saboteadores en la retaguardia soviética para minar la defensa del país. Para este empeño, contaron con la ayuda de los restos de las viejas clases poseedoras y de algunos miembros de la antigua oposición trotskista y bujarinista que, una vez hubieron perdido toda influencia  política pretendían apoyarse en la fuerza militar del fascismo, a cambio de concesiones territoriales, a fin de derrocar al Gobierno de la URSS. Entre 1936 y 1938, los implicados fueron arrestados, juzgados y condenados no sin antes confesar públicamente su culpa. La dirección bolchevique organizó entonces una amplia movilización de las masas para respaldar la depuración del Partido y rectificar las deviaciones tecnocráticas, la falta de atención a los problemas de la lucha de clases, el burocratismo. Gracias a estas medidas, el ejército alemán encontró en la Unión Soviética muy pocos colaboradores, y desde luego, ningún traidor del rango de Petain, el mariscal francés.

La resistencia y la victoria en 1945 de la URSS, casi sin ayuda exterior, probó la solidez de los progresos económicos, la preparación y poderío del Ejército Rojo, la capacidad y flexibilidad de la organización social soviética para responder a un cambio radical de la situación, el alto nivel de conciencia del pueblo y el apoyo de este al Partido Bolchevique como su vanguardia y dirección reconocidas. En definitiva, supuso la demostración más cabal de la superioridad del socialismo sobre el capitalismo, aun cuando se traba de un socialismo muy joven, que solo había empezado a dar los primeros pasos.

40) La reconstrucción de la URSS:

La Segunda Guerra Mundial infligió gravísimos daños al país. Murieron más de 20 millones de soviéticos, entre ellos muchos de los mejores bolcheviques, lo que sin duda facilitaría el posterior golpe contrarrevolucionario de los revisionistas Jruschov y Cía; la mitad occidental de Rusia (la más desarrollada), Ucrania y Bielorrusia quedaron destrozadas, 1710 ciudades y 70.000 aldeas destruidas, comunicaciones desorganizadas, la renta nacional cayó un 17%, la producción industrial bruta un 8% y la producción agrícola bruta un 40%.

Si bien recibió algunas indemnizaciones, la URSS fue marginada de las ayudas del Plan Marshall norteamericano y tuvo que afrontar la reconstrucción apoyándose básicamente en sus propias fuerzas. Y esto no fue todo ya que, al poco tiempo de finalizar la contienda, los imperialistas en frente unido (OTAN) desataron  la guerra fría y la carrera de armamentos contra el campo socialista, viéndose obligada la Unión Soviética a destinar grandes esfuerzos y recursos para su defensa. Superar este reto exigió nuevos sacrificios del pueblo, y en particular, de los campesinos koljosianos; además, tuvieron que soportar las consecuencias de algunos errores graves que, en estos años tan difíciles cometió el Partido. No obstante, al término del Cuarto Plan Quinquenal (1950), no solo estaba reconstruida con éxito la economía nacional, sin tener que recurrir esta vez a ninguna NEP, sino que se sobrecumplió el Plan y se superaron los niveles de antes de la guerra en la industria y se recuperó prácticamente la producción agrícola bruta; la renta nacional creció un 64% (2 veces la de 1945), la producción industrial bruta un 73% y el salario medio más de un 90%.

50) La ayuda al movimiento comunista y a la lucha de liberación de las naciones oprimidas:

Al tiempo que aplicaba la política leninista de coexistencia pacífica entre Estados de diferentes regímenes sociales, el Partido Bolchevique se atuvo firmemente al internacionalismo proletario hasta inicios de los años 50: defendió y construyó el socialismo en la URSS, experiencia que es hoy patrimonio de la clase obrera mundial y base de su lucha por la emancipación; contribuyó al desarrollo y fortalecimiento de la III Internacional y de los partidos comunistas; ayudó al movimiento descolonizador en África y Asia y a las revoluciones democrático-nacionales y socialistas en China, Corea, Vietnam y Europa Oriental; y, en el movimiento obrero internacional, combatió las desviaciones derechistas (socialdemocracia, Browder en EE.UU, Tito en Yugoslavia, …) y ultraizquierdistas (comunismo de “izquierda”, trotskismo, …). No obstante y más tras la desintegración del movimiento comunista internacional por la acción del revisionismo, debemos hacer balance de su historia y, en concreto, del período de VII Congreso de la Komintern hasta su disolución, del desarrollo del oportunismo de Togliatti, Thorez y otros y de la experiencia de la Kominform después de la Segunda Guerra Mundial; asimismo, del papel y de la responsabilidad de los soviéticos y de Stalin en tal período.

No hubo pues “instrumentalización del movimiento comunista internacional”  por parte de la URSS, como afirman algunos revisionistas sino solidaridad internacionalista proletaria. Y aunque el PCUS haya dado algún consejo equivocado, era justo apoyar a la URSS, su “modelo” de socialismo y su política exterior porque eso no se contraponía a luchar por la revolución en los países capitalistas sino que, al revés, constituía un apoyo teórico y práctico para esta lucha. Esto era y es evidente para todo comunista pero no lo es, claro está, para los revisionistas que, según sople el viento, son los mayores aduladores o los mayores “críticos”.

Los bolcheviques y la Primera Revolución rusa

En esta ocasión traemos el editorial del número 13 de La Forja: Los bolcheviques y la Primera Revolución rusa. A lo largo del texto se exponen los acontecimientos que tuvieron lugar durante este período, mostrando la evolución del POSDR y la Primera Revolución, para finalmente obtener conclusiones de esta experiencia tan importante para el Proletariado en torno a la construcción del Partido. Un paso más en el deslindamiento de las posiciones de mencheviques y bolcheviques, un paso más hacia la revolución de Octubre.


 

Como ya vimos en La Forja nº8, entre 1883 y 1905 la vanguardia revolucionaria rusa logra cumplir, en lo fundamental, los requisitos que exige la constitución del partido proletario de nuevo tipo. La lucha victoriosa contra el populismo permitió que el marxismo se convirtiera en la única guía ideológica plenamente consecuente de la revolución; la lucha contra el marxismo legal dotó al proletariado de la perspectiva estratégica correcta, al orientar todas sus acciones hacia el objetivo último del Socialismo; la lucha contra economistas y mencheviques permitió adquirir al proletariado ruso sus bases tácticas fundamentales (organización política independiente, programa, autoconciencia de su papel rector en la próxima revolución, política de alianzas, etc.), y la revolución de 1905 la experiencia de masas necesaria para que la vanguardia pudiera ponerse a la cabeza del proletariado revolucionario de una manera efectiva.

Sin embargo, la derrota que trajo consigo la Primera Revolución demostró que todo ese acervo político, recogido a lo largo de tantos años, requería ser reasumido por el proletariado como clase revolucionaria para elevarlo a una nueva dimensión política que le permitiera enfrentarse a la nueva revolución en condiciones más favorables. Este proceso de recapitulación -que abarca los años de la reacción posrevolucionaria (1906-1912)- llevado a cabo por la vanguardia proletaria y que se centrará, fundamentalmente, en torno a debates sobre problemas de táctica política, es lo que abordaremos en el presente trabajo.

El declinar de la revolución

La insurrección de Moscú, en diciembre, marcó el punto más alto del movimiento revolucionaria que se había iniciado en Rusia con el Domingo sangriento, en enero de 1905. Tras la derrota de los obreros de Moscú, el proletariado perdió la iniciativa en la lucha frente a la autocracia, y aunque se replegó combatiendo y realizando una serie de pequeñas contraofensivas (insurrecciones de Sveaborg y Kronstadt, en agosto de 1906; numerosas huelgas localizadas, etc.), y aunque las masas campesinas le tomaron el relevo a lo largo de la primera mitad del año 1906, sus acciones fueron descoordinadas y de carácter espontáneo, por lo que todo fue quedando en infructuosos intentos y la revolución no dejó de dibujar, en lo sucesivo, una línea descendente.

El zar pasó, entonces, a tomar la iniciativa aplicando un doble juego: por un lado, la represión sistemática, con redadas entre los obreros más destacados y pogromos entre el movimiento campesino y el movimiento de liberación nacional -que también había despertado al calor de la revolución- con el fin de diezmarlos en sus fuerzas ya debilitadas. Por otro lado, en plena revuelta de Moscú, el zar promulgó una ley electoral y convocó la Duma de Estado, con el fin de desviar los anhelos de transformación política del pueblo ruso por la «vía pacífica» del parlamentarismo.

La revolución rusa de 1905 fue un movimiento hegemonizado por el proletariado. La «peculiaridad de la revolución rusa estriba precisamente en que, por su contenido social, fue una revolución democrática burguesa, mientras que, por sus medios de lucha, fue una revolución proletaria. Fue democrática burguesa, puesto que el objetivo inmediato que se proponía, y que podía alcanzar directamente con sus propias fuerzas, era la república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los inmensos latifundios de la nobleza (…).

La revolución rusa fue a la vez revolución proletaria, no sólo por ser el proletariado su fuerza dirigente, la vanguardia del movimiento, sino también porque el medio específicamente proletario de lucha, la huelga, fue el medio principal para poner en movimiento a las masas y el fenómeno más característico del desarrollo, en oleadas creciente, de los acontecimientos decisivos.» (1)

Si la revolución democrática estaba encabezada por el proletariado, ¿qué ocurría con el partido que representaba a esta clase y cuya misión era la de dirigirla y, por lo tanto, la de dirigir todo ese movimiento revolucionario?, ¿qué pasaba con el partido socialdemócrata de Rusia (POSDR)?

El POSDR se encontraba dividido, tanto en lo ideológico como en lo político y organizativo, en 1905. Precisamente, la revolución supuso el momento de máxima contradicción entre sus dos fracciones principales -bolcheviques y mencheviques- desde 1903. De hecho, cada una de ellas había celebrado aparte sus reuniones cumbre: entre abril y mayo, los bolcheviques reunieron lo que pasaría a la historia como III Congreso del POSDR, en Londres, mientras que los mencheviques celebraban separadamente su Conferencia en Ginebra; en diciembre, los bolcheviques se volvieron a reunir en Conferencia en la ciudad finlandesa de Tammerfors, también sin los mencheviques. Desde luego, las resoluciones políticas que sobre los mismos temas aprobaron ambas fracciones justificaba plenamente su divorcio organizativo. Sin embargo, el partido obrero de Rusia no había sido capaz de ponerse al frente de la revolución. Había realizado denodados esfuerzos, sobre todo por parte de los bolcheviques, para erigirse en vanguardia efectiva del movimiento de masas, pero no lo consiguió de manera satisfactoria. De ahí una de las mayores deficiencias de ese movimiento; de ahí que no hubiese una coordinación entre sus partes, entre los obreros, los campesinos y las nacionalidades; de ahí que los golpes contra la autocracia y el feudalismo no tuvieran sincronización y fueran poco calibrados, prácticamente espontáneos; de ahí que el zar, los terratenientes y los capitalistas tuviesen tiempo y margen para maniobrar y rehacerse.

Estas insuficiencias estaban presentes en la conciencia de los obreros socialdemócratas rusos, tanto entre sus bases, que si, por un lado, asumían completamente el papel militante que exigían los acontecimientos diarios, por otro, miraban con ansiedad e incomprensión el estado de disgregación de su organización política, como entre sus dirigentes, que percibían perfectamente las debilidades de la revolución y la necesidad que ésta tenía de un partido fuerte. Esta presión se traducía, para los dirigentes socialdemócratas rusos, en la cuestión de la «unificación» del POSDR, cuestión que no pasó desapercibida: no en vano, los bolcheviques aprobaron una resolución sobre ella en el III Congreso, en la línea de adoptar «todas las medidas necesarias para preparar y elaborar las condiciones de fusión con la parte que se ha separado del POSDR» (2), y otra en Tammerfors en términos similares.

Pero fue la derrota de diciembre y el consiguiente repliegue lo que realmente creó «las condiciones de fusión» organizativa desde el punto de vista externo: si el ascenso de la revolución explicaba o, más bien, exigía la escisión entre la línea proletaria revolucionaria y la oportunista, con el fin de que ésta pudiera ser desenmascarada y de que la clase obrera pudiese mantener su independencia política y jugar su rol dirigente, la retirada exigía que fuera realizada de la manera más ordenada posible, para que los efectos de la derrota fueran lo menos dañinos posible para la clase en general y sus cuadros dirigentes en particular, de manera que se pudiesen conservar cuantos más elementos organizativos para preparar la siguiente ofensiva. Desde esta perspectiva, la unificación de las corrientes socialdemócratas se hacía imprescindible, y sus dirigentes pusieron manos a la obra para crear las condiciones internas que hicieran posible la unificación.

A finales de diciembre, los esfuerzos encaminados a la unificación -que, no obstante, se habían iniciado en la práctica a partir del otoño con acuerdos concretos de unidad de acción por la base entre comités locales de las dos corrientes en Rusia, debido, sobre todo, a la necesidad acuciante del momento político, pues la insurrección obligaba a los mencheviques a adoptar posturas claramente definidas y a acercarse a los bolcheviques en la práctica- tomaron cuerpo, a nivel de dirección, con la creación del Comité Central unificado del POSDR, quien inició la publicación de un Órgano Central común, Partíinye Izvestia (Noticias del Partido), y convocó el Congreso de Unificación.

El IV Congreso («de Unificación») del POSDR

Para este Congreso, bolcheviques y mencheviques elaboraron sendas plataformas políticas sobre las diferentes cuestiones tácticas que exigía el momento. Aunque la mayoría de las bases obreras del partido en Rusia simpatizaban con el programa bolchevique, la represión de diciembre había diezmado considerablemente sus filas y apartado a numerosos valiosos dirigentes, que no pudieron asistir como delegados al Congreso. Esto, unido a la permisiva política de adhesiones realizada por los mencheviques, que abrieron sus organizaciones a muchos intelectuales pequeñoburgueses, y a la participación de las organizaciones en el extranjero, de mayoría menchevique, configuró un Congreso con una exigua mayoría de esta fracción. También asistieron delegados de la socialdemocracia letona, polaca y judía (Bund), que formalizaron su ingreso en el POSDR en esta ocasión, aunque no pudieron sustraerse de la lucha entre sus dos corrientes principales, ni en el Congreso ni en lo sucesivo (tendiendo los dos primeros a acercarse a los bolcheviques y el Bund a los mencheviques).

El primer punto del orden del día trató sobre el programa agrario. En este asunto, el menchevique P. Máslov, apoyado por Plejánov, presentó un proyecto de municipalización de la tierra, que consistía en otorgar a los campesinos en propiedad la tierra que trabajaban y en la «enajenación» (sin especificar si se trataba de enajenación con rescato o de confiscación, es decir, enajenación sin rescate) de las tierras de los grandes terratenientes para transferirlas a los órganos de administración local (zemstvos), que las ofrecería en arrendamiento a los campesinos.

La cuestión agraria era uno de los puntos pendientes del programa político de la socialdemocracia rusa. La visión dogmática y unilateral del marxismo que sostenían los mencheviques, con Plejánov a la cabeza (3), había puesto serios obstáculos a la inclusión del problema campesino, tanto de sus reivindicaciones como de su papel como clase en la revolución rusa, en el programa de 1903. Sin embargo, Lenin, muy sensibilizado en este asunto crucial para la revolución y apoyándose en sus profundos estudios del tema, que se remontaban a la década de los 90 del siglo pasado, había conseguido que se introdujese en ese programa la demanda campesina sobre los «recortes» (tierras trabajadas por los campesinos y tierras comunales que se habían quedado los nobles con la reforma de 1861) y la devolución de los rescates, así como una resolución sobre el papel del campesinado como aliado del proletariado en la revolución. Pero la magnitud que el movimiento campesino alcanzó desde el verano de 1905 obligó a revisar el planteamiento de la cuestión a los marxistas rusos. Así, los bolcheviques trataron de «ponerse al día» en la Conferencia de Tammerfors, donde propusieron la reforma del programa agrario en el sentido de eliminar el asunto de los «recortes» y los rescates para poner el acento en la confiscación de las tierras «del fisco, de la Iglesia, de los monasterios, de la Corona, de la familia real y de propiedad privada», además de fomentar y apoyar la «organización autónoma del proletariado rural»(4) y de las acciones revolucionarias del campesinado en general.

De esta manera, la «puesta al día» del programa de los socialdemócratas rusos en este punto debía sancionarse y unificarse en el Congreso, que se reunió entre el 23 de abril y el 8 de mayo de 1906 en Estocolmo. La municipalización era la propuesta menchevique, como ya se ha indicado. Los bolcheviques se pusieron en contra; pero con dos puntos de vista diferentes. De hecho, como señalaría posteriormente Lenin, «las diferencias internas existentes en el seno de las fracciones (…) se manifestaron de manera notable en el problema agrario (una parte de los mencheviques estaba contra la municipalización, en tanto que los bolcheviques se dividieron en ´rozhkovistas`, partidarios del reparto y adeptos de la confiscación, nacionalizándose la tierra en caso de que se estableciese la república)» (5). Los rozhkovistas, los seguidores del modelo jacobino del reparto de las tierras confiscadas entre los campesinos (el denominado «reparto negro»), eran mayoritarios entre los bolcheviques (entre ellos se encontraba Stalin). Lenin, sin embargo, dirigió sus principales ataques contra la municipalización menchevique, ya que, para él, «la municipalización es errónea y nociva; el reparto como programa es erróneo, pero no pernicioso. Por esa razón estoy, desde luego, más cerca del reparto y dispuesto a votar en pro de Borísov (rozhkovistas) y en contra de Máslov (como asía haría, efectivamente, al votarse las propuestas al final del debate). El reparto no puede ser nocivo, en primer lugar, porque no es necesario hablar para ello de la consecutiva transformación del Estado (sobre lo que sí sería preciso hacer hincapié, según Lenin, contra la consigna de nacionalización de la que era partidario). ¿Por qué es erróneo? Porque enfoca el movimiento campesino de manera unilateral, sólo desde el punto de vista del pasado y del presente, sin parar mientes en el punto de vista del futuro. Los partidarios del reparto me dicen, impugnando la nacionalización: cuando el campesino habla de nacionalización no quiere exactamente lo que dice (…). El campesino no quiere la propiedad privada, el derecho a vender la tierra, y lo que dice de que ´la tierra es de Dios` y demás zarandajas son sólo un velo ideológico con el que encubre el deseo de quitar la tierra a los terratenientes».

Lenin continúa respondiendo que todas estas razones de los partidarios del reparto son certeras y que explican muy bien los verdaderos sentimientos de los campesinos. Pero que lo rozhkovistas caen en «el error del viejo materialismo, del cual dijo Marx: los viejos materialistas sabían explicar el mundo, mientras que nosotros debemos transformarlo (…). No se trata de imponer a los campesinos la nacionalización en lugar del reparto (…). Se trata de que el socialista, al desenmascarar implacablemente las ilusiones pequeñoburguesas del campesino en que ´la tierra es de Dios`, debe saber indicarle el camino adelante (…). Debemos decirles (a los campesinos): en esas expresiones de que la tierra no es de nadie, de que es de Dios o un bien público, hay una gran verdad, pero es preciso entenderla correctamente. Si la tierra es un bien público, y quien maneja el erario público es Trépov (comisario de policía centurionegrista), la tierra será de Trépov. ¿Es eso lo que quieren? ¿Quieren que la tierra vaya a parar a manos de los Ródichev y de los Petrunkévich (liberales) si, como ellos ansían, se adueñan del poder y, por consiguiente, del erario público? Por supuesto, los campesinos responderán: no, no queremos. No entregaremos a los Trépov ni a los Ródichev las tierras arrebatadas a los terratenientes. Si es así, se necesitan la electividad de todos los funcionarios por el pueblo, la supresión del ejército regular, la proclamación de la república; sólo entonces la entrega de la tierra al ´erario público`, la entrega de la tierra al ´pueblo` no será una medida perjudicial, sino beneficiosa. Y desde el punto de vista rigurosamente científico, desde el punto de vista de las condiciones del desarrollo del capitalismo en genera, debemos decir indudablemente, si no queremos discrepar del tercer tomo de El Capital, que la nacionalización de la tierra es posible en una sociedad burguesa, que contribuye al desarrollo económico, propicia la competencia y la afluencia de capital a la agricultura, hace descender los precios de los cereales, etc. Por consiguiente (…), en modo alguno podemos responder al problema de la nacionalización con una negativa escueta y general (…). Lo único que debemos hacer es explicar al campesino las premisas políticas necesarias para que la nacionalización sea una medida beneficiosa, y luego mostrar su carácter burgués» (6).

En 1924, N. Bujarin decía del método de Lenin: «lo característico es que el camarada Lenin no observaba las cosas únicamente desde el punto de vista de las perspectivas generales, sino que también en el interior de estas perspectivas generales siempre captaba, y siempre con una seguridad excepcional, el aspecto original, el pasaje de una coyuntura a otra; siempre encontraba el eslabón de la cadena del cual era necesario asirse para conducir a nuestra revolución por el rumbo justo» (7). Y, efectivamente, al defender la nacionalización para el programa agrario marxista -nacionalización que no excluía el reparto-, Lenin hacía gala de esa especial perspicacia política que se le atribuye: los campesinos quieren la tierra, de acuerdo, démosela; pero creemos también las condiciones para el paso subsiguiente, no perdamos la perspectiva del socialismo, utilicemos todos los elementos que, como marxistas, nos permitan dejar abierta la puerta de las transformaciones futuras. ¿Qué los campesinos tienen conciencia de que la tierra es un bien público? ¡Ahí está «el eslabón de la cadena del cual es necesario asirse», ahí está la puerta abierta, el «pasaje» que nos permitirá crear las condiciones para acercarnos un poco más al socialismo en el futuro! Expliquemos al campesino en qué términos la tierra puede ser verdaderamente un bien público, expliquémosle que esto sólo es posible con una república democrática que extirpe definitivamente la autocracia y lo que quede de feudalismo en Rusia y abra de par en par los canales para el desarrollo burgués y, lo que es más importante, para el desarrollo de la lucha de clases proletaria, para el socialismo. La nacionalización acompañada inseparablemente de la reivindicación de la república democrática «que garantice plenamente el poder soberano del pueblo» (8), constituye, desde el punto de vista del socialismo, el nudo gordiano de la revolución campesina y, en un país cuya inmensa mayoría son campesinos, como Rusia, el nudo gordiano de la revolución democrática.

Pero si el reparto no era del todo erróneo (pues permitía el desarrollo burgués, aunque no pensase en el socialismo), la municipalización era nociva. Lenin se empleó a fondo contra este proyecto en el IV Congreso esgrimiendo tres argumentos principalmente:

En primer lugar, la municipalización no es un proyecto revolucionario porque «en vez de confiscación (enajenación sin rescate) habla de enajenación en general; (…) porque no llama a aplicar el método revolucionario para llevar a cabo la revolución agraria (…). Cualquier otro método de revolución agraria se reducirá a una reforma burocrática liberal, a una reforma democrática constitucionalista, pero no a una revolución campesina, es decir, justamente los comités campesinos revolucionarios, se apoderen inmediatamente de la tierra en cada lugar para que los propios campesinos dispongan de estas tierras ocupadas hasta que se convoque una asamblea constituyente de todo el pueblo».

En segundo lugar: «Los campesinos no aceptarán la municipalización. La municipalización significa: quédate gratuitamente con las tierras parcelarias, pero paga una renta al zemstvo por las tierras de los terratenientes. Los campesinos revolucionarios no lo aceptarán. Dirán o bien: repartiremos todas las tierras entre nosotros, o bien: que todas las tierras sean propiedad de todo el pueblo. La consigna de municipalización jamás será la consigna del campesinado revolucionario. Si la revolución triunfa, de ningún modo se podrá detener en la municipalización. Y si no triunfa, de la ´municipalización` no resultará sino una nueva engañifa del tipo de la Reforma de 1861 para los campesinos.»

Finalmente: «Mi tercer argumento fundamental consiste en que la municipalización es perjudicial si se la condiciona a la ´democracia` en general en lugar de condicionarla especialmente a la instauración de la república y a la elección de los funcionarios por el pueblo. La municipalización es la entrega de la tierra a los órganos del poder local, a los órganos de autogobierno. Si el poder central no llega a ser plenamente democrático (régimen republicano, etc.), las autoridades locales podrán ser ´autónomas` sólo en las pequeñeces (…). Pero en los problemas importantes, sobre todo en uno tan fundamental como la propiedad terrateniente, la democracia de las autoridades locales sólo será un juguete frente a un poder central no democrático. Si no hay república ni elección de los funcionarios por el pueblo, la municipalización significa entregar las tierras de los terratenientes a las autoridades locales electivas, aun siguiendo el poder central en manos de los Trépov y los Dubásov (…). Los Trépov y los Dubásov transferirán entonces esas tierras de la ´administración` de los zemstvos a la ´administración` del Ministerio del Interior, y los campesinos serán burlados por partida triple» (9).

En la segunda votación del punto sobre el programa agrario, Lenin unió su voto a los de los partidarios del reparto, pero los bolcheviques no pudieron evitar que el Congreso aprobase el proyecto de municipalización para el programa de la socialdemocracia rusa, aunque consiguieron que se sustituyese la «enajenación» sans phrase por la mucho más elocuente «confiscación», y que se aceptase la idea de crear un fondo de tierras «propiedad de todo el pueblo» (nacionalización) y que otra parte fuera destinada al reparto. Pero, en general y en espíritu, triunfó, aunque «castrado», el principio de municipalización de la tierra.

Después del IV Congreso, Lenin no vaciló en hacer agitación contra la municipalización y el reparto, en pro de la nacionalización de la tierra. En su obra, El programa agrario de la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-1097 (publicada en 1908), profundiza sus argumentaciones contra los mencheviques y, entre otras cosas, refuta a los «municipalistas» demostrando que los propios representantes campesinos en las dos primeras Dumas (trudoviques), habían exigido, ellos mismos, la nacionalización de las tierras confiscadas (Proyecto de los 104), con lo que no habría reacción contra la nacionalización por su parte (la temida Vendée con la que amenazaban los mencheviques), dejando en evidencia a la socialdemocracia al demostrar el carácter retrógrado de su programa agrario, frente a las reivindicaciones campesinas, y al desenmascarar el apenas disimulado deseo de los mencheviques de llegar a un acuerdo con los demócratas constitucionalistas (liberales), por una parte; y, por la otra, al demostrar la bancarrota del populismo de los socialistas revolucionarios, cuyo programa de «socialización» de la tierra (Proyecto de los 33) no había atraído a la mayoría de los representantes campesinos, y pesar de que los eseristas ambicionaban dirigir a esta clase y deseaban organizar el «socialismo» en Rusia sobre la base de la comunidad agraria campesina.

Para dar una visión general del ulterior desarrollo del programa agrario de la socialdemocracia rusa, diremos que tras la separación definitiva de los socialdemócratas en dos partidos independientes (1912), Lenin consiguió convencer a los bolcheviques de la idoneidad de l nacionalización en la Conferencia de Abril de 1917, cuando la revolución había puesto en el orden del día las tareas del socialismo y cuando la nacionalización ya no se presentaba sólo como el mejor medio para luchar contra una sola forma de propiedad (la terrateniente feudal), sino contra todo tipo de propiedad privada de la tierra. Además, los bolcheviques añadieron la idea de que había que fomentar la consigna entre los braceros y semiproletarios del campo de que convirtiesen las grandes haciendas terratenientes en unidades modelo de producción colectiva. De hecho, los efectos de la reforma agraria de Stolipin (Decreto de noviembre de 1906 Sobre la adición de algunas disposiciones de la ley vigente relativas a la posesión y el usufructo de la tierra por los campesinos, que en 1910 fue promulgado como ley) habían desarrollado aún más las relaciones capitalistas en el campo y minado la preponderancia de la comunidad rural rusa (obschina), de modo que cada vez quedaba más claro ue las medidas basadas en el igualitarismo pequeñoburgués (la posesión igualitaria de la tierra de los trudoviques y rozhkovistas, o el «usufructo» igualitario de la tierra de los eseristas) eran inadecuadas o insuficientes. Sin embargo, en el campo ruso, lo que aún estaba pendiente era la revolución campesina (burguesa), por lo que, de cara a la consolidación de la alianza entre el proletariado y el campesinado, como base para el inmediato asalto al poder, los bolcheviques aceptaron, el programa de los eseristas de izquierda (cuya base eran los 242 mandatos campesinos de agosto de 1917), a quienes apoyaban la mayoría de los campesinos, en la medida que los instrumentos de transformación agraria que proponían incluían la nacionalización de toda la tierra, y en la medida que se exhortaba a la acción directa de las masas campesinas organizadas, a la ocupación de tierras y demás acciones revolucionarias. Lenin confiaba en la posterior experiencia de los propios campesinos, sobre todo de los más desfavorecidos, para superar las ideas «socialistas» de los populistas, tales como el «usufructo igualitario según la norma de trabajo o de consumo», las reparticiones periódicas de tierras, etc. (10).

Dos tácticas

El segundo punto del orden del día del IV Congreso estaba dedicado a las tareas del proletariado en relación con la situación del momento en Rusia. Aquí, naturalmente, se enfrentaron las dos visiones socialdemócratas de la experiencia revolucionaria de 105: mientras los mencheviques calificaban como un error la insurrección de Moscú y apostaban por la hegemonía de la burguesía liberal en la revolución -debiendo el proletariado limitarse a servirle de apoyo- y por el desarrollo de las relaciones políticas entre las clases en Rusia por el sendero constitucional, los bolcheviques insistían -siguiendo las tesis elaboradas por Lenin en su obra Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática y en las resoluciones del III Congreso- en la hegemonía del proletariado en la revolución, apoyándose en la pequeña burguesía y el campesinado y neutralizando a la burguesía liberal, y en la inminencia de un nuevo auge revolucionario, por lo que todo lo que fuera depositar esperanzas en la Duma como cauce para las necesarias transformaciones políticas de Rusia significaba caer en inicuas «ilusiones constitucionalistas».

Para Lenin, la actitud menchevique en el Congreso consistía en eludir las valoraciones generales sobre la situación política que atravesaba el país y limitarse a decir: «Nuestra misión es estar en la Duma cuando hay Duma» (11). La máxima demostración de oportunismo por parte de los mencheviques llegó cuando, al no ponerse de acuerdo las dos fracciones, los mencheviques decidieron retirar su propuesta de resolución, a pesar de ser mayoría, dejando al partido -pues tampoco se votó la resolución bolchevique- sin una orientación táctica clara con la que guiarse en el futuro: sólo el archioportunista espíritu de amoldarse «a lo que hay» … «en la Duma cuando hay Duma…».

La oposición entre las dos concepciones tácticas siguió manifestándose en las dos cuestiones que pasaron a discutirse a continuación: la actitud ante la Duma y la insurrección armada.

En relación con la primera de ellas, los bolcheviques proponían al Congreso el boicot a la «Duma de Witte» (la primera Duma), cuyas elecciones se estaban celebrando por aquellos días y que se inauguraría después de terminado el Congreso, el 10 de mayo de 1906. Los mencheviques, por el contrario, abogaban por la participación electoral, y, de hecho, ya habían presentado sus candidatos para la curia obrera. El principal argumento de los bolcheviques era la experiencia del boicot a la Duma de Buliguin.

El 19 de agosto de 1905, el zar publicó un Manifiesto y la ley electoral que instituía la Duma de Estado, a la que se le atribuía un limitado carácter consultivo. A. G. Buliguin, ministro del Interior, fue quien elaboró el proyecto correspondiente (de ahí la denominación de la Duma), del que quedaba fuera la mayoría de la población, pues sólo tenían derecho al sufragio los terratenientes, los capitalistas y un reducido número de campesinos hacendados. Los bolcheviques promovieron el boicot, planteando una campaña de agitación entre las masas con las consignas de insurrección amada, ejército revolucionario y gobierno provisional revolucionario. La marea revolucionaria que ascendió vertiginosamente en Rusia a partir del otoño de 1905 desbarató los planes de la autocracia: las elecciones no se realizaron y la Duma no pudo convocarse. La revolución barrió la Duma de Buliguin.

Para Lenin, «el boicot a la Duma de Buliguin fue una lucha para evitar que nuestra revolución pasara (aunque fuera transitoriamente) a los raíles de una constitución monárquica (…). La historia hacía inevitable el combate por la elección del camino que habría de seguir la lucha en un futuro inmediato. Se trataba de si habría de ser el viejo poder quien convocase la primera institución representativa de Rusia, desviando así por cierto tiempo (tal vez muy breve o tal vez relativamente largo) la revolución hacia el camino monárquico constitucional, o si habría de ser el pueblo quien con su empuje directo barriese -o hiciera vacilar, en el peor de los casos- al viejo poder, le impidiera desviar la revolución hacia el camino monárquico constitucional y asegurara (siempre por un tiempo más o menos prolongado) el camino de la lucha revolucionaria directa de las masas. Este era el problema, no advertido en su tiempo por Axelrod ni por Plejánov, que la historia había planteado en el otoño de 1905 ante las clases revolucionarias de Rusia. La propaganda del boicot activo por la socialdemocracia era precisamente una forma de plantear este problema, la forma de su planteamiento consciente por el partido del proletariado, era una consigna de combate por la elección de un camino para la lucha (12). Además, «la condición del éxito del boicot de 1905 fue el más amplio, general, vigoroso y rápido ascenso revolucionario (…). El boicot es la declaración de una guerra directa al viejo poder, un ataque directo contra él. No cabe ni hablar del éxito del boicot fuera de un amplio ascenso revolucionario, fuera de una excitación de las masas que en todas partes desborde, por así decirlo, la vieja legalidad» (13).

La derrota de la insurrección de diciembre, por otra parte, no indicaba, por sí misma, que el brío de las masas fuera a perder su empuje, premisa fundamental que sostenía la táctica del boicot. Lenin caracterizaba ese momento de la revolución de la siguiente manera: «El período de octubre a diciembre fue un período de máxima libertad, de máxima iniciativa de las masas, de máxima amplitud y rapidez del movimiento obrero en un terreno que el empuje del pueblo había desbrozado de instituciones, leyes y escollos monárquicos constitucionales, en el ´interregno`, cuando el viejo poder estaba ya quebrantado, mientras que el nuevo poder revolucionario del pueblo (los Soviets de Diputados Obreros, Campesinos, Soldados, etc.) aún no era lo bastante fuerte para reemplazar por completo al viejo poder. Los combates de diciembre decidieron la cuestión en otro sentido: venció el viejo poder, que rechazó el empuje del pueblo y conservo sus posiciones. Pero en aquel entonces, como es natural, aún no había motivos suficientes para considerar que tal victoria era decisiva. La insurrección de diciembre de 1905 tuvo su continuación en toda una serie de insurrecciones militares y huelgas dispersas y parciales durante el verano de 1906. La consigna del boicot a la Duma de Witte (que los bolcheviques había acordado en la Conferencia de Tammerfors) fue una consigna de lucha por concentrar y generalizar esas insurrecciones» (14).

Efectivamente, después de la insurrección de diciembre, a lo largo de casi todo el año de 1906, los bolcheviques albergaban la esperanza de un resurgimiento del movimiento revolucionario. En varias ocasiones, Lenin cree ver síntomas de ese renacimiento (15), por lo que continuaba defendiendo la idoneidad de la táctica de la acción directa de las masas como la forma principal de lucha. Aunque, eso sí, siempre mantuvo una postura realista a la hora de valorar esos síntomas. Así, por ejemplo, en el verano de 1906, cuando F. Jrustaliov, presidente del Soviet de diputados obreros de Petersburgo en 1905, inició una campaña para crear Soviets de diputados obreros, Lenin se opuso porque: «Construir Soviets significa constituir órganos para la lucha directa de masas del proletariado», es decir, se estaba pidiendo a la clase obrera que diese un paso más hacia adelante en su lucha, «mientras que el campesinado no ha alcanzado aún a la clase obrar en su disposición de emprender una acción revolucionaria que abarque a toda Rusia». Lo que aconseja Lenin, ante este desfase político entre las dos clases principales de la revolución, ante la inconsistente alianza entre el proletariado y el campesinado, es: «no os lancéis a la batalla, enviad antes a vuestros delegados a la retaguardia; mañana la retaguardia estará más cerca, la ofensiva contra el enemigo será más vigorosa; mañana podremos lanzar una consigna de acción más adecuada» (16).

La idea del repliegue va tomando cuerpo poco a poco, en la medida que los bolcheviques se iban dando cuenta de que las batallas que aún planteaban las masas en 1906 no eran sino escaramuzas dentro de una retirada general. Hasta que, en septiembre, Lenin planteó la necesidad de rectificar la táctica hacia la Duma (17). Como la I Duma había sido disuelta por el zar en julio, Lenin propuso el abandono del boicot y la participación de la socialdemocracia en las elecciones para la II Duma, en caso de que fuera convocada; aunque, todavía considerando posible «la inminente insurrección», todavía designándole un papel secundario en la lucha, «supeditando totalmente la lucha parlamentaria a otra forma de lucha: la huelga, la insurrección, etc.», únicamente como palestra para «hacer agitación entre las masas». Después del golpe de Estado de Stolipin, en junio de 1907, Lenin analiza el período revolucionario entre 1905 y 1907:

«Ahora aparecen ante nosotros con absoluta claridad las dos fases de la revolución rusa: la fase de ascenso (1905) y la fase de descenso (1906-1907) (…): el período de ascenso `anticonstitucional´ (…) y el período de descenso `constitucional´; el período de conquista y ejercicio por el pueblo de una libertad sin constitucionalismo policíaco (monárquico), y el período de sojuzgamiento y aplastamiento de la libertad popular mediante la `Constitución´ monárquica.

Ahora se ha perfilado plenamente ante nosotros el período de las ilusiones constitucionalistas, el período de la primera y segunda Duma, y ya no resulta difícil comprender el significado de la lucha de entonces de los socialdemócratas revolucionarios contra tales ilusiones. Pero entonces, en 1905 y a comienzos de 1906, esto no lo comprendían ni los liberales, en el campo burgués, ni los mencheviques, en el proletario» (18).

El «régimen del 3 de junio» significaba el fin del prolongado repliegue de la revolución y el paso a la ofensiva frontal de la contrarrevolución. La vía parlamentaria, la Duma, se presentaba entonces como el último reducto en el que emboscarse y desde el que servirse el punto de apoyo «para convertir el ascenso parcial en ascenso general, el movimiento sindical en un movimiento revolucionario y la defensiva frente a los lock-out en una ofensiva contra la reacción» (19).

Años más tarde (1920) y con la perspectiva que da el tiempo, Lenin valor -teniendo en cuenta el análisis del período 1905-1907 que otorga el punto de inflexión de la revolución en la derrota de diciembre de 1905- la utilización de la táctica del boicot por los bolcheviques, reconociendo que se equivocaron al proponer el boicot a la I Duma, cuando no cabían esperanzas, tras los sucesivos fracasos de los llamamientos a la insurrección (20), en un nuevo auge revolucionario en 1906 y la primera mitad de 1907:

«La experiencia rusa nos brinda una aplicación feliz y acertada (1905) y otra equivocada (1906) del boicot por los bolcheviques» (21).

Aunque la rectificación táctica llegó tarde para los bolcheviques, que se quedaron fuera de la I Duma, el IV Congreso aprobó, gracias a la mayoría menchevique, la participación parlamentaria del partido socialdemócrata, lo que obligó a aquéllos a dedicar más atención a las labores de la Duma y, a la larga, a estar en condiciones de extraer experiencias positivas para beneficio de la revolución: sobre todo, la idea de que la Duma «sirvió, aunque de manera modesta, a la revolución como tribuna de agitación para desenmascarar la verdadera `naturaleza íntima´ de los partidos políticos, etc.», cuando las circunstancias políticas, como son las de un contexto de repliegue general, «han demostrado que era imposible desarrollar la agitación de masas durante las elecciones y que, por el contrario, únicamente la Duma ofrecía cierta posibilidad para hacer agitación entre las masas» (22).

La insurrección

El último punto sobre la táctica política que se discutió con cierto detenimiento durante el IV Congreso del POSDR fue el relativo a la insurrección armada. Cuestiones como las guerrillas, la actitud hacia los partidos burgueses, los sindicatos o el movimiento campesino se despacharon con rápidos compromisos o «a título de inventario». Por ejemplo, el asunto de la actitud hacia los partidos burgueses se resolvió ratificando, simplemente, la resolución del Congreso Internacional de Ámsterdam (agosto de 1904), en la que se prohibía a los partidos socialistas atenuar las contradicciones de clase con el fin de facilitar el acercamiento a los partidos burgueses. Algo tan general no podía solucionar el problema de cuál era el límite, dentro del campo burgués, que separaba la revolución de la contrarrevolución en la Rusia de 1906.

En cuanto a la insurrección, los bolcheviques habían realizado un gran esfuerzo teórico para incorporar la experiencia de diciembre al acervo del marxismo. La principal conclusión consistía en que: «Por lo que toca a las formas precedentes de lucha, la huelga general y la insurrección son la `última palabra´ del movimiento popular de masas en Rusia» (23). Esto significaba, por un lado, que, como había dicho el propio Kautsky, era hora ya «de revisar las conclusiones de Engels, y que Moscú ha hecho aparecer una `nueva táctica de barricadas´» (24). Esta nueva táctica, añade Lenin, «es la táctica de las guerrillas» (25). Por otro lado, yendo del plano técnico al político, las luchas en las calles de Moscú habían demostrado que, «con el crecimiento posterior del movimiento, la huelga general pacífica ha resultado ser insuficiente y su empleo aparte no alcanza el propuesto y quebranta las fuerzas del proletariado», de manera que «la huelga política general debe considerarse no tanto medio autónomo de lucha cuanto medio auxiliar respecto a la insurrección; que, en consecuencia, la elección del momento para una huelga de ese carácter, la elección del lugar y de las esferas del trabajo que ha de abarcar es deseable que se subordinen al momento y las condiciones de la forma principal de lucha, la insurrección armada» (26). La experiencia de Moscú, por tanto, había dejado anticuado el método de lucha basado en la «huelga-manifestación» y había puesto en primer lugar el consistente en combinar «huelga e insurrección».

Evidentemente, el modelo insurreccional que pusieron en el orden del día los obreros de la capital religiosa del imperio zarista no se correspondía, ni mucho menos, con el modelo clásico de barricadas que predominó en la Europa del XIX, época que Engels caracterizó como «de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes» (27). Al contrario, como señaló Lenin en vísperas de la revolución de Febrero de 1917:

«La revolución rusa de 1905 justificó las palabras escritas por Kautsky en 1902 (cuando, por cierto, todavía era marxista revolucionario, y no como ahora, defensor de los socialpatriotas y oportunistas) en su libro La revolución social. He aquí la que decía Kautsky:

´… La futura revolución… se parecerá menos a una insurrección por sorpresa contra el gobierno que a una guerra civil prolongada´.

¡Así sucedió! ¡Indudablemente, así sucederá también en la futura revolución europea!» (28)

La «guerra civil prolongada» es el movimiento revolucionario ascendente de las masas que incorpora a cada vez más sectores del pueblo a la lucha, en sus diversas formas, y que utiliza la guerrilla como medio más alto (militar) de enfrentamiento para mantener la tensión de ese estado de «guerra civil» durante su ascensión, hasta alcanzar las condiciones para la insurrección armada como momento álgido en el que convergen todos los esfuerzos y todas las armas (desde la huelga general política hasta la acción militar directa) para el derrocamiento del poder de la burguesía.

La guerra civil prolongada, que iniciaron el proletariado y el campesinado en Rusia en febrero de 1917 y que culminó con la insurrección de Octubre, fue la prueba de que los bolcheviques, al erigirse en su vanguardia, habían asimilado completamente las lecciones del período de octubre a diciembre de 1905.

Pero en el Congreso de Estocolmo, la resolución sobre la insurrección no pudo llegar tan lejos. Las anteojeras burguesas impedían vera los mencheviques, en toda su profundidad el significado y el alcance de las luchas del proletariado ruso a lo largo de 1905. Así, durante los debates, en sus discursos siempre estaba presente la idea de la insurrección como conspiración. Lenin se llevaba las manos a la cabeza y exclamaba: «¡Qué afrenta para la socialdemocracia serán estos discursos sobre conspiración dedicados a un movimiento popular como la lucha de diciembre en Moscú!» (29). Subyacía entre ellos la tesis que emitió Plejánov nada más ser derrotada la insurrección: «no se debía haber tomado las armas». Desde luego, el arrepentimiento por haberse «dejado arrastrar» por lo bolcheviques en los días cruciales de la revolución pesaba de manera manifiesta entre los delegados mencheviques en el Congreso: «Larin (menchevique) decía que, al actuar a la manera bolchevique, los mencheviques se habían equivocado en el período de octubre a diciembre» (30). Consecuentemente, los mencheviques trataron de aprobar una resolución rebajada desde el punto de vista de los principios que, aunque n o negaba la insurrección, planteaba que su objetivo consistía en «arrancar los derechos por la fuerza» al gobierno autocrático, en lugar de «arrancarle el poder». Los bolcheviques ya habían cedido bastante en la comisión de resoluciones como para permitir un nuevo paso atrás en la línea política del partido, así que se sublevaron contra tanta desfachatez y la enmienda menchevique fue retirada. En definitiva, los seguidores de Plejánov (padre de la enmienda) trataron de «disuadir de la insurrección al pueblo, pero aparentando aceptarla ´en público`» (31).

Meses después, Lenin valorará el fruto de los debates en torno a la insurrección, en el IV Congreso, en los siguientes términos:

«Por desgracia, a causa de la preponderancia del ala derecha entre los socialdemócratas rusos en el momento actual, en nuestro Partido se ha descuidado el problema de las acciones combativas. El Congreso de Unificación de la socialdemocracia rusa se dejó impresionar por las victorias de los demócratas constitucionalistas, no supo apreciar la significación revolucionaria de la presente situación y desatendió la tarea de sacar todas las conclusiones de la experiencia de octubre-diciembre. Pero la necesidad de aprovechar esta experiencia se planteó al Partido con mucho mayores rapidez y agudeza de lo que pensaban tantos admiradores del parlamentarismo. La desorientación exhibida por los organismos centrales de nuestro Partido en un momento grave (se refiere a la disolución de la I Duma) era la secuela inevitable de semejante estado de cosas» (32).

La disolución de la I Duma, en efecto, demostró que la política del POSDR no estaba a la altura de las circunstancias, cuando «la situación impone de nuevo la necesidad de combinar la huelga política de masas con la insurrección armada» (33).

La unificación de los socialdemócratas en el Congreso de Estocolmo fue más bien formal. Los bolcheviques sólo consiguieron la victoria clara en una resolución, la relativa al artículo primero de los Estatutos, donde lograron la adopción de la fórmula leninista acerca de quién debía considerarse miembro del POSDR, frente a la martovista aprobada en 1903, en el II Congreso. En el resto de las resoluciones, los bolcheviques sólo pudieron, en general, llegar a conclusiones de compromiso. La línea política del POSRD adolecía, de esta manera, de una desviación oportunista de derecha. Sin embargo, las resoluciones daban un margen a los bolcheviques para intentar rectificarlas en espíritu, sin atentar contra la letra, a la hora de llevarlas a la práctica. Lenin decía a los bolcheviques que: «Las resoluciones del Congreso ofrecen amplia esfera de acción»; y que, partiendo de la más importante de ellas, la relativa a la insurrección armada -que los mencheviques no pudieron dejar de aceptar-: «Tenemos en nuestras manos el arma más poderos para combatir cualquier entusiasmo por el constitucionalismo, cualquier exageración -parta de quien fuere- del papel ´positivo` de la Duma, cualquier exhortación de la extrema derecha de la socialdemocracia a la moderación y el comedimiento» (34).

El Comité Central elegido en el IV Congreso estuvo compuesto por 3 bolcheviques y 7 mencheviques, y el Órgano Central, Sotsial-Demokrat (El Socialdemócrata), sólo por mencheviques. Desde estas posiciones hegemónicas en la dirección del partido, la nueva mayoría se dedicó a lanzar orientaciones cuasi claudicantes para la revolución a lo largo de 1906, precisamente cuando todavía el movimiento de masas se resistía a morir y resurgía mediante espasmódicas respuestas a la ofensiva de la autocracia. Ante esto, Lenin inició una campaña, dentro del POSDR, por la convocatoria de un Congreso Extraordinario, a partir de junio de 1906, cuando la dirección menchevique aplaudió abiertamente la idea de un «gobierno apoyado en la Duma», es decir, un gobierno demócrata-constitucionalista. Esto significaba renunciar a la revolución democrática a cambio de un compromiso con la autocracia y Lenin no estuvo dispuesto a tolerar tal deserción ideológica por parte de la dirección del partido obrero, Además, después de fracasar la iniciativa liberal del «gabinete responsable» y después de disuelta la I Duma, el Comité Central menchevique se dedicó a lanzar consignas que daban a entender que se reconocía a la Duma como órgano de poder y que ésta era quien debía convocar la Asamblea Constituyente. Lenin argüía que esta táctica, que negaba la insurrección como base para la instauración de un Gobierno Provisional Revolucionario, que debía -y sólo él- convocar la Constituyente, había sido desobedecida por la mayoría de las bases del partido, desautorizando a su dirección. Por otra parte, desde el punto de vista de la organización, Lenin señalaba, también que, después del Congreso de Estocolmo y gracias a la alineación con los bolcheviques de la socialdemocracia letona y polaca, y a causa de los errores mencheviques, la mayoría del partido estaba a favor de la línea política defendida por los bolcheviques. Todo esto justificaba la inmediata convocatoria de un Congreso Extraordinario.

Los amigos y los enemigos de la revolución

El POSDR volvió a quedar dividido inequívocamente cuando, desde principios de septiembre, los bolcheviques reanudaron la publicación de su Órgano Central, Proletari. Desde esta tribuna, consiguieron sensibilizar a la mayoría del partido sobre la necesidad del nuevo Congreso, que se reunió en Londres entre el 13 de mayo y el 1 de junio de 1907, esta vez, efectivamente, con mayoría bolchevique (35).

En el V Congreso, el POSDR rectificó su línea política, aunque la abigarrada resistencia menchevique, apoyándose en el Bund y el grupo de Trotski, consiguió que se eliminasen del orden del día algunos problemas generales necesarios para fundamentar la táctica del partido en la revolución democrático-burguesa. Los bolcheviques, sin embargo, consiguieron introducir, en este campo, el punto relativo a la «actitud hacia los partidos burgueses», que los mencheviques lograron apartar en el IV Congreso. En torno a esta cuestión, estrechamente unida a la referente a «la Duma de Estado», se verificó la rectificación de la táctica del partido obrero de Rusia en el Congreso de Londres.

El punto de partida de los bolcheviques, que venían defendiendo desde 1905, era la visión de la revolución rusa que tenía la socialdemocracia, a la que otorgaba un carácter democrático burgués; pero para ellos, al contrario que para los mencheviques, sólo el proletariado aliado con la democracia revolucionaria (el campesinado) y neutralizando la inestabilidad de la burguesía liberal, podía llevar a término esa revolución. «Este planteamiento de la cuestión -decía Lenin en el Congreso- hecho ya a principios de 1905- me refiero al III Congreso del POSDR, en la primavera de 1905-, fue plenamente confirmado por los acontecimientos de las más importantes etapas de la revolución rusa. Nuestras deducciones teóricas se confirmaron en los hechos en el concurso de la lucha revolucionaria. En el momento de máximo ascenso, en octubre de 1905, el proletariado marchaba a la cabeza, la burguesía vacilaba y zigzagueaba, y el campesinado destruía las fincas de los terratenientes. En los órganos embrionarios del poder revolucionario (los Soviets de diputados obreros, los Soviets de diputados campesinos y soldados, etc.) participaban principalmente los representantes del proletariado y luego los elementos avanzados del campesinado insurrecto. Durante la I Duma, el campesinado formó en seguida el democrático Grupo del `Trabajo´, más izquierdista, es decir, más revolucionario que los liberales, que los demócratas constitucionalistas. Durante las elecciones para la II Duma, los campesinos derrotaron por completo a los liberales. El proletariado marchaba delante y el campesinado se movía tras él, más o menos decididamente, contra la autocracia y contra los vacilante liberales» (36). En realidad: «La gran revolución rusa no puede terminar hasta que los campesinos obtengan tierras en proporciones un tanto suficientes y hasta que las masas populares logren la influencia principal en la administración del Estado» (37). Y los kadetes (así eran denominados los miembros del liberal Partido Demócrata Constitucionalista), mayoritarios en la I Duma, se habían negado a cuestionar la propiedad terrateniente y a promover la revolución campesina, por un lado, y se habían dio apartando de la consigna de Asamblea Constituyente, para ir reconociendo y concediendo poco a poco legitimidad a la Duma del zar, por otro.

En estas condiciones, la «actitud hacia los partidos burgueses» era una cuestión cardinal para la revolución, pues se trataba de que el proletariado tomase clara conciencia de cuál era la línea divisoria, dentro del campo burgués, que separaba la revolución de la contrarrevolución. Los mencheviques interpretando que «el motor principal de la revolución burguesa es la burguesía y que el proletariado únicamente está capacitado para actuar como ‘oposición extrema’» y que, por tanto, «no puede hacerse cargo de la realización independiente de esta revolución ni asumir su dirección» (38), eran partidarios de apoyar al Partido Demócrata Constitucionalista; es decir, planteaban la línea divisoria, dentro del campo burgués, entre los kadetes y la Unión del 17 de Octubre (octubristas), el partido de los terratenientes y los industriales que, tras el segundo Manifiesto del zar, emitido el 30 de octubre (17 de octubre, según el viejo calendario) de 1905, en pleno ascenso de la huelga general política, en el que prometían «libertades civiles» y una «Duma legislativa» (la primera), había considerado suficientes esas «concesiones» de la autocracia y se había separado de la vía liberal-constitucionalista propuesta por los kadetes (39).

Para los bolcheviques, por el contrario, una cosa eran las tareas de la revolución y otra muy diferente qué clase debía dirigirla. Deducir lo uno de lo otro, como hacían los mencheviques, «sería una vulgarización del marxismo, sería no comprender la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía», cuando el proletariado ha empezado a «tener conciencia de constituir una clase a parte y a unirse en una organización de clase, independiente», cuando el proletariado, en tales condiciones, «utiliza cada paso de la libertad para reforzar su organización de clase contra la burguesía. De ahí deriva inevitablemente la aspiración de la burguesía a suavizar las aristas de la revolución, a no permitir que sea llevada a su fin, a no dar al proletariado la posibilidad de realizar su lucha de clase con toda libertad (…). Por eso, en el mejor de los casos, en las épocas de mayor ascenso de la revolución, la burguesía constituye (…) un elemento que vacila entre la revolución y la reacción. De manera que la burguesía no puede ser el dirigente de nuestra revolución» (40).

Además, la revolución rusa presenta una peculiaridad especial: «la agudeza del problema agrario, mucho más exacerbado en Rusia de lo que fuera en cualquier otro país en condiciones similares. La llamada reforma campesina de 1861 se llevó a cabo de modo tan inconsecuente y antidemocrático que las bases fundamentales de la dominación de los terratenientes bajo el régimen de la servidumbre no fueron conmovidas. Por eso el problema agrario, o sea, la lucha de los campesinos contra los terratenientes por la tierra, resultó ser una de las piedras de toque de la actual revolución. Esta lucha por la tierra forzosamente impulsa a enormes masas campesinas a la revolución democrática, pues sólo la democracia puede darles la tierra, al darles predominio en el Estado. La condición para la victoria del campesinado es el aniquilamiento total de la propiedad de los terratenientes.

De esta correlación de las fuerzas sociales surge la inevitable conclusión de que la burguesía no puede ser el motor principal ni el dirigente de la revolución. Sólo el proletariado está en condiciones de llevarla hasta el fin, es decir, hasta la victoria completa. Pero esta victoria puede lograrse únicamente a condición de que el proletariado consiga llevar tras de sí a gran parte del campesinado. La victoria de la actual revolución es posible en Rusia Sólo como dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado» (41).

Desde este análisis, los bolcheviques establecían la línea que separaba la revolución de la contrarrevolución, en el seno de la burguesía, entre los kadetes y la democracia revolucionaria, el campesinado. Por tanto, la tarea del proletariado consistía en atraerse al campesinado alejándolo de la influencia de la burguesía liberal, que vacilaba entre la autocracia y la revolución.

Parlamentarismo y revolución

Con esta perspectiva, cuando el estado del movimiento aconsejaba la participación de los representantes del proletariado en la Duma, los marxistas revolucionarios se aprestaron a aplicar esa táctica a las condiciones del parlamentarismo.

La Duma de Witte (así llamada porque quien la convocó fuel el Presidente del Consejo de Ministros, S. Y. Witte) estuvo dominada por el Partido Demócrata Constitucionalista. Como ya se ha señalado, los bolcheviques trataron de repetir el éxito del boicot a la Duma de Buliguin también en esta ocasión, pero fracasaron; en parte, debido a las ilusiones constitucionalistas por la que se dejaron llevar los mencheviques, y, en parte, por la traición de la burguesía liberal, que quiso poner coto a la revolución. Sin embargo, la política de componenda con la autocracia desenmascaró a los kadetes de la I Duma, que fueron barridos en las elecciones para la II Duma (42). Ésta, que se inauguró el 5 de marzo de 1907, presentó un aspecto político más polarizado, con un reforzamiento de la derecha (octubristas y centurionegristas) y de la izquierda (trudoviques, populistas y socialdemócratas), a costa del «centro» liberal demócrata constitucionalista. Contra los cálculos del zar y de su Primer Ministro, Stolipin, la II Duma presentaba un aspecto más izquierdista que la primera, gracias al mejor deslindamiento entre los partidos y la presencia, por vez primera, de 18 diputados bolcheviques (entre los 65 que formaban el grupo socialdemócrata).

Uno de los fenómenos más característicos de la I Duma fue la precisa organización de la democracia pequeñoburguesa, campesina y revolucionaria, como fuerza política a través de la configuración del «Grupo de Trabajo» (los llamados trudoviques) (43). Se había producido, en consecuencia, la separación política necesaria entre la burguesía liberal y la burguesía revolucionaria. De lo que se trataba, de cara a al II Duma, era aislar a aquélla para atraerse a ésta a las filas de la revolución. Lenin explicaba que, en las elecciones y en la Duma, el partido proletario debía combinar dos principios tácticos fundamentales para preparar el triunfo definitivo sobre la autocracia:

En primer lugar, «para alcanzar sus objetivos socialistas fundamentales y también los objetivos políticos inmediatos, la socialdemocracia, como partido de clase del proletariado, debe incuestionablemente seguir siendo independiente, formar en la Duma el grupo del Partido Socialdemócrata, y en ningún caso fusionar sus consignas ni su táctica con las de ningún otro partido oposicionista o revolucionario». En segundo lugar, la socialdemocracia debía continuar la lucha fuera de la Duma «para acrecentar la conciencia de clase del proletariado, fortalecer y ampliar su organización, seguir desenmascarando ante el pueblo las ilusiones constitucionalistas y propiciar el desarrollo de la revolución»; la socialdemocracia debía «explicar al pueblo la completa ineptitud de la Duma como medio de satisfacer las reivindicaciones del proletariado y la pequeña burguesía revolucionaria, especialmente el campesinado», y, una vez en la Duma, la socialdemocracia «debe pasar a primer plano la labor crítica de propaganda, agitación y organización del grupo socialdemócrata», subordinando a estos fines la labor puramente «legislativa» y «al exponer la esencia burguesa de todos los partidos no proletarios y oponer a sus proyectos de ley, etc., los propios, la socialdemocracia debe a la vez luchar constantemente contra la hegemonía de los demócratas constitucionalistas en el movimiento emancipador, obligando a la democracia pequeñoburguesa a elegir entre el democratismo hipócrita de los demócratas constitucionalista y el democratismo consecuente del proletariado» (44).

Estos dos principios tácticos deben ser considerados como de carácter general y de obligado respeto y complimiento para todos los leninistas de ayer y hoy. El primero de ellos, el relativo a la defensa incólume de la independencia política de los principios de clase del proletariado, es el principal y el que guía toda posterior actividad electoral o parlamentaria del partido revolucionario. Naturalmente, estas normas tácticas no deben interpretarse en abstracto, sino que es preciso que sean aplicadas en lo concreto, en función de las circunstancias políticas y jurídicas específicas. En el caso de las elecciones a la II Duma -así como a las de las dos Dumas subsiguientes-, Lenin distinguía, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas políticas, la posición de éstas en relación con la revolución y el sistema elector indirecto impuesto por la autocracia, dos pasos o dos momentos en los que los principios tácticos podían reflejarse de diferente forma, desde el punto de vista de la política de alianzas del partido proletario con los partidos burgueses.

En primer lugar, la etapa de las elecciones en la curia obrera y campesina. Aquí, Lenin exige la absoluta independencia de los candidatos marxistas; mientras que, en segundo lugar, en la etapa de las elecciones de los compromisarios elegidos en las curias, los bloques con los delegados campesinos o, en su caso, con los liberales, podían ser permitidos:

«Así pues, el análisis del sistema electoral vigente prueba que los bloques en las etapas iniciales de las elecciones son particularmente inconvenientes en las ciudades y no son necesarios. En el campo, en las etapas iniciales (…) los bloques son a la vez inconvenientes y por completo innecesarios. Tienen una importancia política decisiva las asambleas distritales de delegados y las asambleas provinciales de compromisarios. Aquí, es decir, en las etapas finales, los acuerdos particulares son necesarios y posibles, sin que atenten contra los principios partidistas: ha terminado la pugna entre las masas y no se requiere defender directa o indirectamente ante ellas un apolítica apartidista (sic) (ni siquiera declarar su licitud) ni se corre el menor riesgo de velar la política de clase estrictamente independiente del proletariado» (45).

Los bloques («de izquierda») que proponía Lenin en esa fase ulterior de las elecciones debían ser propuestos, en todo caso, a los partidos de la revolución campesina, los eseristas, enesistas (escisión derechista de aquellos) y trudoviques (dirigentes campesinos sin partido). «Sólo en casos de extrema necesidad y en condiciones particularmente restrictivas es posible apartarse de esta tesis general» (46); es decir cuando el número de compromisarios socialdemócratas y campesinos no pudiera evitar, con su alianza, la victoria de la derecha (octubristas y centurionegristas), entonces, podrían concertarse bloques con el «centro» burgués, con los demócratas constitucionalistas.

El POSDR se reunió en su II Conferencia (denominada «Primera para toda Rusia», porque en ella participaron conjuntamente las dos fracciones), en noviembre de 1906, también en Tammerfors, para abordar la táctica socialdemócrata de cara a la II Duma. En esta ocasión, la mayoría menchevique rechazó la plataforma táctica de Lenin y resolvió la búsqueda de acuerdos electorales con los kadetes ya en la primera etapa de las elecciones. Lenin protestó y presentó su Opinión particular, que se adjuntó a las actas (aunque luego no fue publicada con ellas por los mencheviques), donde insistía en la necesidad de no establecer bloques al principio y, después, sólo con la democracia revolucionaria.

Finalmente, ya dentro de la Duma y siguiendo el principio de la salvaguarda de la independencia partidista del marxismo, Lenin propugnó la creación de un grupo socialdemócrata aparte, que explicase «al pueblo el carácter de clase de todos los partidos no proletarios (y en particular para denunciar la naturaleza contrarrevolucionaria y traidora del Partido Demócrata Constitucionalista)», y que, sobre la base de las reivindicaciones de «república democrática», «jornada de ocho horas» y «confiscación de todas las tierras de los terratenientes en beneficio de los campesinos» (47), buscase la formación de un «bloque de izquierda» con los partidos de la democracia campesina.

La idea de «bloque de izquierda» había surgido en el período de la I Duma, cuando las esperanzas de un nuevo auge del movimiento revolucionario inmediato se iban viendo frustradas y era preciso emplear métodos que mantuviesen abierta la expectativa revolucionaria entre las masas. Tomando el pulso de la situación entre éstas y después de observar el alineamiento de los partidos en la cámara del Palacio de Táurida, sobre todo la posición más radial de los trudoviques, Lenin lanzó la consigna, hacia junio de 1906, de creación de un «comité ejecutivo que represente a los partidos de izquierda de la Duma con el fin de coordinar las actividades de las organizaciones espontáneas del pueblo» (48). De hecho, una de las experiencias más importantes de la I Duma fue la de aprender a manejar las alianzas de clase en el foro, y a conseguirlo con mayor éxito incluso que en la calle. No cabe duda de que ésta fue una de las razonas principales que movió a Lenin a abandonar la táctica del boicot y a promover la participación en la II Duma. El caso es que, de la consigna de unidad de acción entre el partido obrero y los partidos campesinos -que era consecuencia directa de la política de alianzas de proletariado hacia el campesinado en función de la «dictadura democrática» conjunta de estas dos clases- fuera de la Duma, Lenin derivó, cuando la vía parlamentaria se iba convirtiendo en el mejor y casi único medio de agitación entre las masas, la política de bloque de izquierda entre el proletariado y el campesinado, frente a la línea oportunista de los mencheviques de «coordinación de la acción» con los representantes de la burguesía capitalista (el partido kadete).

Llegados a este punto, resulta del todo imposible eludir la cuestión de la aplicación de la táctica leninista en materia electoral y parlamentaria en un país como España en la época actual. Es preciso insistir en el carácter que adopta esa táctica en la etapa de la revolución en la que nos hallamos, en la etapa de la Reconstitución del Partido, cuando el problema no consiste tanto en salvaguardar la independencia de una táctica cuanto en elaborar esa táctica; cuando no se trata tanto de defender la independencia de la política proletaria cuanto de su ideología, cuando ésta ni siquiera ha conseguido expurgar la molicie que la contamina ni desasirse de las correas que la tienen maniatada, cuando décadas de revisionismo la han convertido en una corriente pequeñoburguesa más, cuando de lo que se trata es de que el proletariado vuelva a recuperarla depurada como su principal arma en la lucha de clases.

En estas circunstancias, lo primero y lo principal no es tanto la «independencia de la política proletaria» como la independencia de su vanguardia ideológica, la independencia de los destacamentos que perseveran por restituir al comunismo su condición teórica y política de instrumento para la lucha proletaria, la independencia y el libre desenvolvimiento de la lucha de dos líneas en el seno de esta vanguardia. Sin esto, no hay ni puede haber una correcta utilización revolucionaria de las elecciones o, llegado el caso, del parlamentarismo. Naturalmente, la piedra de toque, el prisma desde el que debe observarse cualquier maniobra en el campo de la lucha dentro de las instituciones legales de la burguesía, principalmente las elecciones y el parlamento, es el de las tareas que exige la Reconstitución, el Plan de Reconstitución del Partido Comunista.

Como en este país la mayoría de las organizaciones comunistas no comprenden o no quieren comprender la Tesis de Reconstitución, ni las tareas que impone -incluido el estudio y asimilación de la historia y de la teoría del comunismo- no llegan a captar el espíritu de los principios de la ideología proletaria, ni el de su aplicación práctica. En este sentido y en lo que se refiere a la lucha parlamentaria, hay una corriente que se empeña en «utilizar» la lucha electoral a toda costa (corriente representada, sobre todo, por el Frente Marxista-Leninista de España y por la Organización Leninista), sin reparar en el estado político en el que se encuentra la clase obrera ni su vanguardia, sin reparar que su actitud permite que el proletariado, en realidad, «sea utilizado» por la burguesía al fomentar las «ilusiones constitucionalistas» y el «cretinismo parlamentario».

Esta corriente no comprende que la primera misión de la vanguardia proletaria consiste en explicar a las masas la posición histórica del parlamentarismo frente a la Dictadura del Proletariado. Una vez realizado esto, y sólo entonces, podrá utilizarse políticamente el parlamentarismo; sólo entonces los principios ideológicos de clase estarán lo suficientemente deslindados como para garantizar la independencia de la táctica, sea o no parlamentaria.

Sin estos requisitos, y sin las circunstancias tanto objetivas como subjetivas (estado de repliegue de la lucha obrera, ideología proletaria contaminada de revisionismo, inexistencia de una política revolucionaria independiente, inexistencia de un partido de clase revolucionario, etc.) que rodean a la clase obrera actualmente, cualquier participación electoral de las masas obreras supone, inevitablemente, el apoyo del proletariado a la burguesía, su postración política ante ella (49). A los defensores de esa táctica electoralista podría aplicárseles lo que Lenin reprochaba a los mencheviques: «No se pueden abordar las tareas de la época revolucionaria en Rusia copiando unilateralmente uno de los modelos alemanes de los últimos tiempos (la participación parlamentaria como la forma principal de lucha), olvidando las enseñanzas de los años 1847-1848» (50). ¡No se pueden abordar las tareas de la revolución en España, señores del Frente, copiando unilateralmente el modelo de Frente Popular de 1936-1939, olvidando las enseñanzas de toda la historia del comunismo internacional!

Para defender su política seguidista, los defensores de la participación electoral apelan al principio de «responsabilidad política», tachan de «anarquistas» a los defensores del boicot (abstención), etc. Veamos qué dice Lenin al respecto:

«Tiene el boicot un rasgo que, de pronto y a primera vista, hace que cualquier marxista sienta hacia él una repulsa involuntaria. Boicotear unas elecciones es marginarse del parlamentarismo, es algo que no puede por menos de parecer una renuncia pasiva, una abstención, un intento de escurrir el bulto. Este era el punto de vista de Parvus (menchevique), quien sólo ha aprendido en los modelos alemanes, cuando, con tanta cólera como poca fortuna, lanzaba rayos y truenos en el otoño de 1905, tratando de demostrar que el boicot activo, pese a todo, era una mala cosa, como boicot… Tal sigue siendo el punto de vista de Mártov, un hombre que no ha aprendido nada de la revolución y se convierte cada vez más en un liberal (…).

Ahora bien, ese rasgo del boicot, el más antipático, por decirlo así, para un marxista, se explica perfectamente por las particularidades de la época que engendro ese medio de lucha. La primera Duma de Buliguin, fue una trampa destinada a apartar al pueblo de la revolución. El señuelo era un muñeco vestido con las galas del constitucionalismo. Todo el mundo estuvo dispuesto a tragarse el anzuelo. Unos por intereses egoístas de clase y otros por sus pocos alcances, el caso es que todos estaban dispuestos a agarrarse al muñeco de la Duma de Buliguin y, posteriormente, al de la Duma de Witte. Todos estaban entusiasmados, todos creían sinceramente. La participación en las elecciones no era un simple y habitual cumplimento de unos corrientes deberes cívicos. Era la solemne inauguración de la Constitución monárquica. Era el paso del camino directamente revolucionario al constitucional monárquico.

En tales momentos, la socialdemocracia debía desplegar con toda energía y con toda ostensibilidad su bandera de protesta y advertencia, lo cual significaba justamente renunciara a la participación, no acudir ella misma a las elecciones y disuadir al pueblo de hacerlo (…)» (51).

Desde el punto de vista del comunismo, por tanto, la cuestión de la participación electoral no debe decidirse de manera dogmática, «copiando unilateralmente uno de los modelos de los últimos tiempos», el del frentepopulismo o el del eurocomunismo, sino después de un análisis concienzudo de la situación general de las clases y de la situación particular del proletariado en ella y en relación con sus objetivos revolucionarios. Es preciso adaptar la táctica política de la clase obrera al resto de su movimiento, no al revés. La participación electoral no tiene sentido por sí misma; tampoco el boicot a las elecciones. Cuando la clase obrera sufre un período de liquidacionismo, tanto en lo organizativo como en lo político e ideológico, no se puede lanzar a las masas la consigna de la participación electoral, porque esto equivale a «apoyar tácitamente» a los partidos de la burguesía, ni se puede proponer la opción del «voto en blanco», porque, en el mejor de los casos, se está llamando, exclusivamente, al «cumplimiento de unos corrientes deberes cívicos», se está apelando a la «responsabilidad» burguesa del ciudadano y no a la «conciencia de clase» del proletariado.

Para aplacar la «repulsa involuntaria» de quienes no comprenden la necesidad actual del boicot electoral en España, diremos que la consigna de boicot que defiende el PCR no implica ninguna «renuncia pasiva» a la actividad política. Sólo así pueden pensar quienes no ven otra forma de actividad política que la que en marca la legalidad burguesa. El boicot que propugna el PCR es un boicot activo (52). SI los bolcheviques, en el período 1905-1906, entendían el boicot como la suma de la abstención más la agitación revolucionaria de las masas, nosotros lo vemos, en las circunstancias actuales, como la suma de la abstención más la lucha de la vanguardia por la Reconstitución del PCE. Toda la propaganda y toda la agitación, en período electoral y fuera de él, debe orientarse en función de este último objetivo. Los comunistas españoles de hoy tienen planteado un dilema o una cuestión a la que deben responder insoslayablemente:

«(…) la lista común (que es el mejor de los casos, es decir, cuando algún verdadero comunista pueda ir en un alista electoral no comunista) estará en flagrante contradicción con toda la política independiente, de clase, del Partido Socialdemócrata (Comunismo). Al aconsejar a las masas una lista común de demócratas constitucionalistas (léase, «progresistas» de IU, «comunistas» del PCPE y PCC o las «candidaturas progresistas» que apoya el FM-LE en las localidades pequeñas) y socialdemócratas, inevitablemente confundimos al extremo la claridad en cuanto a las divisiones de clase y políticas. ¡Minamos la significación de principios y revolucionaria general de nuestra campaña, para asegurar a un liberal un escaño en la Duma! Supeditamos la política de clase al parlamentarismo, en lugar de supeditar el parlamentarismo a la política de clase. Nos privamos de la posibilidad de hacer el cálculo de nuestras fuerzas. Perdemos lo que hay de permanente y firme en toda elección: el desarrollo de la conciencia y la cohesión del proletariado socialista. Ganamos lo que es transitorio, relativo e inseguro: la superioridad del demócrata constitucionalista sobre el octubrista.

¿Por qué motivo hemos de arriesgar la consecuente labor de educación socialista? ¿Por el peligro de los candidatos centurionegristas?» (53).

¿Por qué, señores del Frente y de la OL, hemos de arriesgar la consecuente labor de educación comunista entre los obreros avanzados (esa «pugna por las masas» que nos propone Lenin) en los períodos electorales, pues es lo que ustedes arriesgan cuando piden el voto en blanco (en las generales) o el apoyo a la campaña y a la candidatura «más progresista» (municipales)? ¿Para «que no gane la derecha»?, ¿por «el peligro del fascismo»?; ¿o para declarar la «neutralidad» del comunismo en la pugna electoral, como si los comunistas fuésemos modélicos ciudadanos burgueses?

La política del oportunismo se caracteriza por que toda ella tiende a cercenar la independencia de la política proletaria y a convertirla en mero apéndice de la burguesa. En el terreno parlamentario, esto se manifiesta, en la actual etapa de la revolución, en la propaganda por la participación de las masas en las elecciones, postura que les da a entender que sus problemas pueden ser plateados y solucionados en términos parlamentarios, postura que cultiva en ellas la ilusión de que su situación socioeconómica y su posición política pueden verse reflejadas en el parlamento. Esta postura significa, objetivamente, deslizar la política proletaria al campo de la burguesía, significa renunciar a elaborar una política proletaria propia e independiente, renunciar a la «punga entre las masas» levantando la bandera del comunismo, significa hacer creer que la lucha entre intereses dentro del marco constitucional refleja o expresa la lucha entre intereses antagónicos de la burguesía y el proletariado, significa que los comunistas no debemos ir a la clase explicando el problema del Partido Comunista y la necesidad de su Reconstitución, sino con patrañas sobre la idoneidad de un parlamento «más a la izquierda», o sobre el «peligro del fascismo», etc. Significa, en resumidas cuentas, supeditar «la política de clase al parlamentarismo, en lugar de supeditar el parlamentarismo a la política de clase».

La campaña electoral es un momento de apertura política que los comunistas deben aprovechar para desenmascarar a los partidos de la burguesía y del oportunismo ante los ojos de la clase obrera, y para presentar ante ésta una política proletaria independiente, con tareas propias, principalmente la Reconstitución del PCE.

Por estas razones, ante la propagación de las ilusiones constitucionalistas -a costa de la propaganda por la Dictadura del Proletariado- y del cretinismo parlamentario -a costa de la agitación de la lucha de clases- que los oportunistas practican en los períodos de campaña electoral, los comunistas deben «desplegar con toda energía y con toda ostensibilidad su bandera de protesta y advertencia, lo cual significa justamente renunciar a la participación, no acudir ellos mismos a las elecciones y disuadir al pueblo de hacerlo».

La prédica de las ilusiones parlamentarias como expresión y ejemplo del oportunismo, sin embargo, no puede evitar que los oportunistas consecuentes nos muestren, para gloria del proletariado y su causa revolucionaria, adónde llega inevitablemente su renuncia a los principios de la clase. Así, por ejemplo, el FM-LE ha encontrado la horma de su zapato en el affaire Manzanero. Y es que no puede esperarse otra cosa, predicando el «peligro del fascismo» y el fetichismo del voto, que éste adopte, a la larga, un valor en sí mismo, que vaya, poco a poco, pasando de ser instrumento de una política para sustantivarse y ordenar toda la política en su torno (electoralismo). Como «votar por votar», en realidad, no tiene sentido en sí mismo, se pasa a la doctrina de la «economía del voto», cuyo principal principio es el «voto útil», y de pedir el voto en blanco o para «las candidaturas progresistas», se pasa a solicitarlo para el PSOE, como hizo el frentista Manzanero en las últimas elecciones generales. Y por mucho que se rasguen las vestiduras sus colegas del Frente (54), sepan que el caso Manzanero expresa consecuentemente el fruto de sus posiciones oportunistas en materia de táctica electoral, por un lado, y que, por otro, no es más que el corolario de una práctica de mercadeo político sin el menor pudor ni respeto por la integridad de los principios ideológicos del comunismo.

El señor Antonio de Miguel, dirigente del FM-LE dice (¡fíjense!), criticando la consigna de abstención electoral:

«Lenin nos enseñó que: el Parlamento tenía y tiene una gran importancia como la arena de la lucha política que permite a las masas realizar su educación» (55).

¡Toda la experiencia bolchevique por la borda! La tesis leninista de que la lucha directa de las masas es lo principal y de que el parlamentarismo, aunque necesario a veces, es secundario en la lucha de clases proletaria (56) se va al garete con este «genial» resumen de la táctica de los bolcheviques en relación con el parlamento (permítasenos ponerlo con minúscula). ¡La educación de las masas se realiza a través del parlamentarismo! No merece la pena ser comentada tal abjuración de la doctrina revolucionaria. Esperamos que el lector encuentre en este trabajo, tal vez demasiado extenso, pero necesario visto cómo algunos «resumen» la historia del bolchevismo, elementos suficientes para juzgar por sí mismo cuál es la línea justa a la hora de esclarecer la táctica del partido revolucionario en materia electoral en la etapa actual de nuestra revolución.

La defensa del Partido

La retirada ideológica que iniciaron los mencheviques a partir de la insurrección fracasada de diciembre de 1905 y que expresaron en su plataforma política en la primavera de 1906, en el IV Congreso del POSDR, tuvo su prolongación más inmediata cuando, en agosto de este año, el menchevique Axelrod inició una campaña por la convocatoria de un «congreso obrero».

La idea de «congreso obrero» consistía en reunir un congreso de representantes de diferentes organizaciones obreras y fundar en él un «amplio partido obrero» legal que estaría integrado por socialdemócratas, eseristas y anarquistas. Esta propuesta -tal como rezaba la resolución que el V Congreso aprobó al respecto- iba «dirigida a destruir el Partido Obrero Socialdemócrata y a sustituirlo por una organización política apartidista del proletariado» (57). Naturalmente, este proyecto significaba la liquidación del POSDR, sobre todo en lo referente a su organización clandestina; significaba la liquidación de décadas de trabajo de la vanguardia revolucionaria rusa, pues la parte ilegal del partido era la que constituía su núcleo principal y donde se hallaba su centro dirigente.

Lenin circunscribe el surgimiento de esta corriente liquidacionista, dentro de la socialdemocracia rusa, en el marco de un contexto general de desánimo en las filas de la revolución en su fase de repliegue general:

«Después de la derrota de la insurrección de diciembre, la expresión más destacada de los ánimos contrarrevolucionarios en la democracia fue el viraje de los demócratas constitucionalistas, quienes, echando por la borda la consigna de la asamblea constituyente (…), lanzaron toda suerte de insultos y difamaciones contra los participantes y los ideólogos de la insurrección armada. Después de la disolución de la Duma y del fracaso de los movimientos populares de julio, lo nuevo -en el estado de ánimo contrarrevolucionario entre los demócratas- ha sido la definitiva separación del ala derecha de los eseristas y la formación del Partido ´Socialista Popular` (enesista) semidemócrata constitucionalista. Después del primero y gran ascenso de octubre-diciembre, los demócratas constitucionalistas salieron de las filas de la democracia militante, combatiente. Después del segundo y pequeño ascenso de mayo-junio empezaron a salir de ella los enesistas» (58).

En las filas de la socialdemocracia, por su parte:

«Elementos de tipo filisteo, pequeñoburgués, están cansados de la revolución. Vale más una legalidad pequeña, gris, pobre, pero tranquila, que una turbulenta sucesión de impulsos revolucionarios y de ferocidad contrarrevolucionaria. En los partidos revolucionarios esta aspiración se manifestaba en el deseo de reformarlos. Dejemos que el núcleo fundamental del partido sean los filisteos: ´el partido debe ser un partido de masas`. ¡Abajo la ilegalidad, abajo la clandestinidad, que entorpece el ´progreso` constitucional! Los viejos partidos revolucionarios deben ser legalizados. Para ello se necesita una reforma a fondo de sus programas en dos direcciones principales: política y económica. Hay que echar por la borda la reivindicación de la república y de la confiscación de la tierra, dejar a un lado la exposición claramente definida, intransigentemente delineada y asequible de la meta socialista y presentar el socialismo como una ´perspectiva lejana` (…)» (59). La «reforma» del partido socialdemócrata, según Axelrod y su grupo, y según otro de sus ideólogos mencheviques, Y. Larin, pasaba por el congreso obrero».

«La cosa está clara. Los dirigentes veteranos tienen vergüenza de confesar abiertamente que desean modificar el programa del Partido para pasar a la legalidad. En fin, digamos, arrojar por la borda la república, la asamblea constituyente y la mención de la dictadura socialista del proletariado, añadir que el Partido lucha solamente por medios legales (como se decía en el programa de los socialdemócratas alemanes antes de la Ley de excepción), etc. ´Entonces el Partido saldrá de su existencia clandestina` -eso se imaginan los ´dirigentes veteranos`-, entonces se dará cima a la transición de la ilegalidad ´conservadora`, de la actuación revolucionaria, de la existencia clandestina, a la legalidad constitucional ´progresista`. Tal es, en efecto, la esencia pudorosamente oculta del congreso obrero. EL congreso obrero es el cloroformo que los dirigentes veteranos prescriben a los socialdemócratas ´conservadores` para poder someterlos sin dolor a la operación que los señores Peshejónov (enesista) han practicado ya sobre el Partido Socialista Revolucionario» (60).

Las causas de la enfermedad de la enfermedad liquidacionista que asolaba al POSDR eran, para Lenin, de tres tipos:

«1) el cansancio intelectualoide-filisteo ante la revolución» (61).

«2) la peculiaridad del oportunismo socialdemócrata ruso, cuyo desarrollo histórico tiende a subordinar el movimiento ´netamente obrero` a la influencia de la burguesía (…). Tomen la primera forma histórica del oportunismo socialdemócrata ruso. Los comienzos del movimiento obrero de masas (segunda mitad de la década del 90 del siglo pasado) engendraron este oportunismo en forma de ´economismo` y ´struvismo` (…). El famoso Credo del Prokopóvich y Kuskova (1899.1900) la expresó con mucha claridad: que la intelectualidad y los liberales se hagan cargo de la lucha política, y los obreros, de la económica. El partido político obrero es un invento del intelectual revolucionario (…).

Actualmente, en un nivel superior de desarrollo, observamos lo mismo. Los bloques con los demócratas constitucionalistas -en general la política de apoyo a los demócratas constitucionalistas- y el congreso obrero apartidista son las dos caras de una misma medalla, vinculadas entre sí como lo están el liberalismo y el movimiento netamente obrero en el Credo. En la práctica, el congreso obrero apartidista expresa la misma tendencia capitalista de debilitar la independencia de clase del proletariado y subordinarlo a la burguesía. Esta tendencia aparece con toda nitidez en los planes de sustituir la socialdemocracia por una organización obrera apartidista o someterla a esta última» (62). Efectivamente: «Bloques con los demócratas constitucionalistas y congreso obrero apartidista: no es otra cosa que el Credo de 1899, reeditado en 1906-1907» (63).

«3) las tradiciones no digeridas de la revolución de octubre de Rusia (…). La revolución burguesa creó en Rusia unas peculiares organizaciones de masas del proletariado, que no se parecen a las habituales en Europa (sindicatos obreros y partidos socialdemócratas). Son los Soviets de diputados obreros.

Desarrollando esquemáticamente tales instituciones en un sistema (como lo haría Trotski), o simpatizando en general con el ascenso revolucionario del proletariado y apasionándose por la frase ´de moda` del ´sindicalismo revolucionario` (como algunos partidarios moscovitas del congreso obrero), es fácil llegar por un camino no oportunista, sino revolucionario, a la idea de congreso obrero.

Pero eso sería una actitud acrítica ante la grande y gloriosa tradición revolucionaria.

En la práctica, los Soviets de diputados obreros e instituciones similares fueron órganos de la insurrección. Su fuerza y su éxito dependían enteramente de la fuerza y el éxito de la insurrección. Su surgimiento no fue una comedia, sino una hazaña del proletariado, sólo entonces cuando la insurrección se estaba desarrollando. En un nuevo ascenso de la lucha, en la transición de ella a esta fase, dichas instituciones son, por supuesto inevitables y convenientes. Pero su desarrollo histórico no debe expresarse en un desarrollo esquemático de los Soviets locales de diputados obreros hasta llegar al congreso obrero de toda Rusia, sino en la transformación de los órganos embrionarios del poder revolucionario (y los Soviets de diputados obreros fueron eso precisamente) en órganos centrales del poder revolucionario victorioso, en Gobierno Provisional Revolucionario. Los Soviets de diputados obreros y su unión son necesarios para la victoria de la insurrección. La insurrección victoriosa creará inevitablemente otros órganos» (64).

El V Congreso del POSDR calificó a los defensores de «congreso obrero» como «corriente anarcosindicalista en el proletariado». Pero uno de los aspectos más interesantes de la polémica en torno al «congreso obrero» fue que los bolcheviques hubieron de afinar al máximo su concepción del partido proletario revolucionario para enfrentarla a la de los mencheviques antipartido. Tanto más interesante por cuanto que tienen plena vigencia y tocan puntos candentes del actual debate sobre la Reconstitución del Partido en España. Veamos algunos de ellos.

En primer lugar, Lenin hace hincapié en dos de los principios básicos que deben regir la construcción del Partido desde el punto de vista de la organización. Por un lado, cuando los partidarios del «congreso obrero» proponían «la unión de las fuerzas de la socialdemocracia rusa con los elementos políticamente conscientes del proletariado», Lenin les preguntaba: «¿Acaso puede el proletariado ´políticamente consciente` ser no socialdemócrata`? (…). Tomemos las sociedades de consumo. Representan sin duda una unión de los obreros. Son bastante modestas en el plano político. Pero ¿¿son organizaciones ´independientes`?? Eso depende según se mire. Para los socialdemócratas sólo son realmente independientes las asociaciones obreras impregnadas de espíritu socialdemócrata; que además de impregnadas de su ´espíritu` están también vinculadas táctica y políticamente con la socialdemocracia, por su incorporación al partido socialdemócrata o por su afinidad con él» (65).

Queda claro que, desde el punto de vista de la organización, Lenin no establece una «muralla de China» entre la organización de la vanguardia revolucionaria (el partido socialdemócrata) y los organismos de masas revolucionarios, que lo son no porque todos sus miembros sean socialdemócratas (o comunistas), sino porque su política, su línea de actuación es afín a la de la socialdemocracia (o a la del comunismo), porque constituyen parte del movimiento revolucionario y, por lo tanto, puede considerarse que forman parte del Partido como organización de ese movimiento Esto va en contra de las modernas desviaciones acerca de la naturaleza del Partido: la de derecha, representada principalmente por el FM-LE, que defiende  la idea de que el «Partido es el destacamento organizado de la clase y de las fuerzas del trabajo» (66), negándole todo carácter de vanguardia (Desde luego, lo más parecido a la idea de «congreso obrero», en la actualidad, es la amalgama de «Unidad Comunista» y de «Frente Único de la izquierda» que define la línea política del FM-LE); y la de «izquierda», expresada mayormente por la OCA y la OL, para quienes el Partido es, única y exclusivamente, la organización de la vanguardia de la clase, sin vínculos con las masas, sin organizaciones de masas afines a la política de la vanguardia. La justa concepción del Partido, que defiende el PCR y que defendió Lenin frente al «congreso obrero», es la que lo ve como la suma de la vanguardia organizada más sus correas de transmisión entre las masas.

Por otro lado, Lenin hace referencia a los criterios de organización:

«El final del punto: la idea de convocar el congreso obrero ´aportará un principio unificador a la construcción organizativa de las masas obreras y pondrá ante ellas en primer plano los intereses comunes a la clase obrera y sus tareas…` ¡Primero, construcción organizativa y, después, las tareas, es decir, el programa y la táctica! ¿No habría que razonar a la inversa, camaradas ´literatos y militantes prácticos`? Piensen un poco: ¿es posible unificar la construcción organizativa si no se unificó la comprensión de los intereses y las tareas de clase? Reflexionen y verán que no es posible» (67).

Piensen un poco, camaradas del Frente: ¿es posible la «unidad de los comunistas» en una organización antes que la unidad en la comprensión de las tareas de la clase?; ¿es posible, les preguntamos, organizar un Partido Comunista sin antes haber cumplido las tareas que exige la Reconstitución?

En segundo lugar, Lenin toca la cuestión del método para la constitución (o, en su caso, Reconstitución) del Partido. Recomendamos especial atención a los camaradas del FM-LE y a todos los partidarios de la «unidad de los comunistas» -que son quienes plantean el método oportunista de Reconstitución de la manera más directa, pero también nos dirigimos a quienes quieren lo mismo, pero dando un pequeño rodeo, los partidarios de la «Reconstrucción»- a las siguientes palabras:

«Desde luego, se podría argumentar que la lucha de los diversos partidos en el congreso obrero permitirá a los socialdemócratas actuar en un terreno más amplio y les daría la victoria. Si es así como consideran el congreso obrero, hay que decirlo claramente (y los del Frente, como los mencheviques, no lo dicen respecto a su «Congreso de unificación», pues como les horroriza la «lucha de dos líneas» y no creen en la omnipotencia de la ideología proletaria, no plantean ese «Congreso» como un campo de batalla contra el revisionismo), sin prometer el milagro del ´principio unificador` (del que son fervorosos devotos nuestros camaradas del FM-LE). Sin decirlo claramente, se arriesgan a que los obreros, confundidos y deslumbrados por las promesas, lleguen al congreso para unificar la política, adviertan la realidad de las grandes e inconciliables divergencias políticas, vean que es imposible la inmediata unión de los eseristas, socialdemócratas y otros (de los revisionistas y de los comunistas, diríamos nosotros hoy), y se vayan decepcionados, maldiciendo a los intelectuales que los han engañado, maldiciendo a ´la política` en general, al socialismo en general. Fruto inevitable de tal decepción será el grito: ¡abajo la política!, ¡abajo el socialismo!, ¡ellos dividen a los obreros, en lugar de unirlos! Lo cual fortalecerá algunas formas primitivas de neto tradeunionismo o de sindicalismo» (68).

¿Valdría la pena comentar estas palabras en relación con la experiencia del «Congreso de Unidad» de 1984?; ¿querrían entenderlas nuestros camaradas del Frente, que quieren reeditarlo una vez más?; ¿no es, acaso, culpable en gran medida el decepcionante método de Reconstitución de 1984 de los largos años de dominio del tradeunionismo en la política comunista de este país? ¿Por qué os empeñáis en repetirlo, camaradas del Frente?

Contrarrevolución y apostasía

El 3 de junio (16 en el calendario moderno) de 1907, el Primer Ministro Stolipin, escudándose en una supuesta «conspiración» de los diputados obreros contra el zar, disolvió la II Duma y arrestó a los representantes socialdemócratas. El golpe de Estado del 3 de junio puso fin, definitivamente, al ciclo revolucionario de 1905-1907 en Rusia e inauguró un ominoso período de contrarrevolución abierta y de represión desenfrenada contra el movimiento democrático y contra el socialismo rusos. El plan de Stolipin, sin embargo, no consistía en la defensa a la ultranza de la vieja autocracia feudal. Al contrario, su objetivo era el de transforma la autocracia en una monarquía burguesa; y para conseguirlo, fijó su mirada en el campo, con el propósito de crear una capa de burguesía agraria capitalista (kulaks) que sirviera de firme puntal conservador de la monarquía zarista. Con este fin, promulgó su reforma agraria. De otro lado, Stolipin quiso dar a la base sociológica de su proyecto reflejo político en la Duma, a través de la hegemonía octubrista-centurionegrista y del apoyo kadete. Para ello, rectificó la ley electoral reduciendo al máximo la representación de los campesinos y de los obreros en favor de los terratenientes y la burguesía industrial y comercial.

El «reformismo stolipiniano» no dio grandes frutos, pero delimitó las tendencias ideológicas y políticas de las clases de la sociedad rusa entre 1907 y 1910. La ofensiva de la reacción creó un ambiente de apostasía general entre los elementos vacilantes de la revolución. El liberalismo burgués accedió al juego de componenda con la autocracia que le proponía Stolipin y se desvió definitivamente de la lucha por la reforma política (a la revolución política ya había renunciado en 1906-1907). La valoración de la revolución que emitió la burguesía kadete en 1909, a través de una antología de trabajos realizados por intelectuales demócratas constitucionalistas titulada Veji (Jalones), daba buena cuenta de ello. No en vano, «los kadetes escribían sin recato que había que ´dar gracias a este gobierno, el único Poder que con sus bayonetas y sus cárceles nos protege (es decir, protege a la burguesía liberal) de la furia popular` (69).

Pero el espíritu de Veji afectó también a las filas de la socialdemocracia rusa en la forma de una casi general desbandada de las posiciones del marxismo revolucionario a todos los niveles: en filosofía, en la política general y en las cuestiones de táctica. Lenin describe los fenómenos que acompañan el paso de la situación política y social en Rusia del período revolucionario al de la contrarrevolución en los siguientes términos:

«Ante nosotros resaltan en seguida los dos trienios en que se divide este período: uno termina por el verano de 1907; el otro acaba en el verano de 1910. El primer trienio se distingue, desde el punto de vista puramente teórico, por rápidos cambios en los rasgos fundamentales del régimen estatal de Rusia (…). La base económica y social de estos cambios de la ´superestructura` fue la acción de todas las clases de la sociedad rusa en los terrenos más diversos (actividad dentro y fuera de la Duma, prensa, sindicatos, reuniones, etc.), una acción tan abierta, imponente y masiva como pocas veces registra la historia.

Por el contrario, el segundo trienio se distingue (…) por una evolución tan lenta que casi equivale al estancamiento. Ningún cambio más o menos apreciable en el régimen estatal. Ninguna o casi ninguna acción abierta y amplia de las clases en la mayoría de los ´campos` en que durante el período precedente se desarrollaron esas acciones (…).

Así pues, la época del trienio pasado (1905-1907) colocó en el primer plano del marxismo, y no por casualidad, sino por fuerza, las cuestiones que suelen ser denominadas de táctica (…).

En el segundo trienio no estaba planteado a la orden del día el choque de las tendencias dispares del desarrollo burgués de Rusia, ya que los ultrarreaccionarios habían aplastado, pospuesto, arrinconado y amortiguado por cierto tiempo ambas tendencias. Los ultrarreaccionarios medievales no sólo han invadido por completo el proscenio, sino que han llenado de ánimos de Veji, de abatimiento y apostasía los corazones de los más amplios sectores de la sociedad burguesa. En vez del choque de los dos métodos de transformación de lo viejo, han quedado en la superficie la pérdida de la fe en toda transformación (…).

La época anterior había agitado tan profundamente a sectores de la población apartados de los problemas políticos (…), que se hizo natural e inevitable ´revisar todos los valores`, estudiar de nuevo los problemas fundamentales y mostrar un nuevo interés por la teoría, por su abecé, por su estudio desde las primeras letras. Los millones de seres, despertados de pronto de un largo sueño y colocados de improviso ante problemas importantísimos, no podían sostenerse mucho tiempo a esa altura ni avanzar sin detenerse, sin retomar a las cuestiones elementales sin una nueva preparación que les ayudara a ´digerir` las enseñanzas de valor inaudito y a poner a una masa incomparablemente mayor y de manera mucho más consecuente.

La dialéctica del desarrollo histórico ha sido tal que, en el primer período, se planteaba a la orden del día realizar transformaciones inmediatas en todos los ámbitos de la vida del país, y, en segundo lugar, que los más vastos sectores estudiaran, asimilaran la experiencia adquirida y que ésta penetrara, si es lícito expresarse así, en el subsuelo, en las filas atrasadas de las diferentes clases».

En relación con la ideología de vanguardia: «El reflejo de este cambio ha sido una profunda disgregación, una gran dispersión, vacilaciones de todo género, en suma, una gravísima crisis interna del marxismo. La enérgica resistencia ofrecida a esa disgregación, la lucha resulta y tenaz en pro de los fundamentos del marxismo, se ha puesto de nuevo a la orden del día» (70).

Igualmente, hoy en día, a finales del siglo XX, ha vuelto a ponerse a la orden del día, tras la bancarrota del revisionismo y tras años y años de liquidacionismo, la lucha «resulta y tenaz en pro de los fundamentos del marxismo». El estudio, la asimilación de estos fundamentos en la época contemporánea constituyen una parte consustancial en esa lucha. Hay, sin embargo, quienes se empeñan en poner en el orden del día las cuestiones tácticas; hay quienes no comprenden «la dialéctica del desarrollo histórico» ni las tareas que implica; hay quienes insisten en que los comunistas actúen políticamente como si nos halásemos en vísperas de una nueva revolución, quienes no comprenden que la tarea inmediata del comunismo consiste en «digerir», precisamente, la experiencia del primer gran ciclo de la Revolución Proletaria Mundial, para incorporarlo posteriormente a la táctica, a la práctica política revolucionaria.

Hasta aquí, hemos sido testigos de la lucha de dos líneas en torno a la táctica de la revolución democrática en Rusia, dentro del ciclo de lo que Lenin denominó «ensayo general» de la revolución rusa, con las masas como protagonistas en el escenario y con la vanguardia poniendo a prueba su valor y su política. A partir de aquí, pasa a primer plano la «digestión» de esa experiencia, pasa a primer plano la recapitulación teórica, la asimilación de los observado en el movimiento revolucionario para incorporarlo de nuevo a la táctica revolucionaria. Nosotros aplazaremos, sin embargo, el estudio de las cuestiones más abstractas, más «filosóficas», de esa recapitulación teórica general y continuaremos centrándonos en los problemas más «prácticos», más relacionados con la táctica política en el «segundo trienio» que señala Lenin: «trienio» que, en realidad, se alargará hasta 1911-1912.

Diremos, a pesar de todo y a título de información general, que, como indica Lenin, el véjovstvo, el espíritu de Veji, envolvió también a los mencheviques, quienes, bajo la supervisión de A. Potrésov, L. Mártov y P. Máslov, publicaron una obra titulada El movimiento social en Rusia a principios del siglo XIX, a modo de síntesis de la época revolucionaria recién transcurrida, en la que calificaban las acciones de los obreros y de los campesinos de motines espontáneos, insistían en la necesaria hegemonía burguesa en la revolución y valoraban el período posrevolucionario como de «crisis constitucional» (mientras que, para Lenin, se trataba más bien de una «crisis revolucionaria»). Por otro lado, varios dirigentes marxistas, incluidos entre ellos algunos bolcheviques, iniciaron una revisión filosófica del marxismo, apoyándose en el positivismo y el neokantismo de Mach y Avenarius, y negando el sustrato materialista y dialéctico del marxismo. Lenin los combatió con su libro Materialismo y empiriocriticismo. Finalmente, algunos llegaron a aventuras como la de intentar crear una nueva religión (los «constructores de Dios», entre quienes se encontraba el bolchevique Lunacharski).

En este contexto de apostasía general, surgieron, dentro de la socialdemocracia rusa, dos nuevas visiones de la línea política y organizativa que debía seguir el POSDR: el liquidacionismo y el otzovismo.

El liquidacionismo surgió como corriente en 1908. Su propósito era la extinción de la organización ilegal del partido obrero ruso y su sustitución por un partido legal. Se trataba, en resumidas cuentas, de una prolongación en el tiempo de los mismos síntomas degenerativos que habían incubado la idea del «congreso obrero». Los bolcheviques declararon la guerra abierta al liquidacionismo a partir del verano de 1908, y a ellos se sumaron los mencheviques «partidistas», encabezados por Plejánov, quien, en diciembre, abandonó la redacción del principal vocero del liquidacionismo, Golos Sotsial-Demokrata (La Voz del Socialdemócrata). Para combatir esta corriente, Lenin propuso la unidad de acción con los mencheviques partidistas desde «un acuerdo sobre la base de la lucha por el Partido y por el partidismo contra el liquidacionismo, sin ninguna clase de compromisos ideológicos, sin ningún ocultamiento de las divergencias tácticas u otras dentro de los límites de la línea del Partido» (71).

El principal instrumento empleado en ese combate fue, precisamente, la propia organización del POSDR. De esta manera, la convocatoria de la Conferencia del partido se presentaba como una prueba que debía medir su vitalidad. Lenin, consciente de ello, invirtió denodados esfuerzos para que pudiese ser celebrada, y, gracias a la alianza fáctica con los plejanovistas pro-partido (pues, desde el punto de vista formal, esta alianza no se realizó hasta el Pleno del Comité Central de enero de 1910, llamado «de unificación»), lo consiguió. La V Conferencia («de toda Rusia») del POSDR se reunió en diciembre de 1908, y, en su resolución sobre el liquidacionismo, lo definió como: «intentos de cierta parte de la intelectualidad del Partido de liquidar la organización existente del POSRD y reemplazarla por una asociación amorfa que sea legal a cualquier precio, aun al de la renuncia total al programa, la táctica y las tradiciones del Partido» (72). Esta definición fue ampliada en el Pleno del Comité Central de enero de 1910, cuando se reconoció al liquidacionismo como una «manifestación de la influencia burguesa sobre el proletariado» (73).

El otzovismo y lo que era una derivación exagerada del mismo, el ultimatismo, planteaban la cosa exactamente al revés: declarando que, en las condiciones de la reacción stolipiniana, el POSDR sólo podría realizar trabajo ilegal, exigían que el partido se dedicase única y exclusivamente a la clandestinidad, que cesasen todas sus actividades en las organizaciones de masas legales y en la III Duma, para lo cual proponía revocar a sus diputados (de ahí su denominación, de la palabra otozvat, «revocar»). Los otzovistas, que se organizaron en torno al periódico Vperiod, era el sector que ponía de manifiesto las vacilaciones que acarreaba la contraofensiva reaccionaria entre los bolcheviques, lo mismo que los liquidadores lo hacían entre los mencheviques.

Para Lenin, el otzovismo era el liquidacionismo «al revés», el «menchevismo al revés, con su prédica del ´congreso obrero`», «el embrión del liquidacionismo ideológico desde la izquierda», «la peor caricatura política del bolchevismo» (75). En la Conferencia de la Redacción Ampliada de Proletari (junio de 1909), se aprobó oficialmente la postura del bolchevismo leninista hacia el otzovismo y el ultimatismo:

«Nuestra tarea inmediata es conservar y consolidar el POSDR. El propio cumplimiento de esta gran tarea implica un elemento de extraordinario importancia: la lucha contra el liquidacionismo de ambos matices, el liquidacionismo de la derecha y el liquidacionismo de la izquierda. Los liquidadores de la derecha dicen que no hace falta POSDR ilegal, que la actividad socialdemócrata debe concentrarse exclusivamente en las posibilidades legales. Los liquidadores de la izquierda vuelven las cosas del revés: para ellos, las posibilidades legales en la actividad del Partido no existen; para ellos la ilegalidad a toda costa lo es todo. Tanto unos como otros son liquidadores del POSDR en igual medida, aproximadamente, pues sin una combinación metódica y racional del trabajo legal e ilegal en la situación que actualmente nos ha impuesto la historia es inconcebible ´conservar y consolidar el POSDR`» (76).

En la Conferencia de Proletari se planteó la cuestión de la realización de un Congreso o Conferencia bolchevique al margen del resto del partido. Esto suponía declarar abiertamente la escisión del POSDR y Lenin se opuso. Todavía estaban enfrente las posibilidades de la unidad de acción con los mencheviques partidistas de cara al aislamiento y derrota de los liquidadores de todo género. En 1910, como ya hemos señalado, se formalizó esa alianza. Este año, con el partido obrero dividido y dispersado como no lo había estado desde 1903, antes del II Congreso, se puso en primer plano, una vez más, la cuestión de la unificación como medio para «conservar y consolidar» el POSDR. E igual que en los años inmediatamente anteriores al Congreso de 1903, Lenin, al hablar de «unidad de los socialdemócratas», exige el previo y preciso deslinde de los campos ideológicos y políticos; al contrario que otros que, como Trotski, ponían por encima de todo la «conciliación» entre las diferentes corrientes.

«¿Se ´trata` acaso de ´determinadas personas, grupos e instituciones` a los que debemos ´conciliar` prescindiendo de su línea, del contenido de su labor, de su actitud hacia el liquidacionismo y el otzovismo?

¿O se trata de la línea partidista, la orientación ideológica y política y el contenido de toda nuestra labor, de la tare de depurar esta labor de liquidacionismo y otzovismo, tarea que debe realizarse independientemente de las ´personas, grupos e instituciones` y a pesar de la resistencia de las ´personas, grupos e instituciones` que no estén de acuerdo con esta línea o que no la apliquen?» (77).

Naturalmente, Lenin se inclinaba por la segunda opción, sobre cuyo planteamiento, por cierto, deberían reflexionar nuestros conciliadores de hoy, tan deseosos de «unificar personas, grupos e instituciones».

La propuesta de unificación para «conservar y consolidar el POSDR» iba dirigida a los mencheviques partidistas, pues éstos, junto a los «bolcheviques ortodoxos», tenían «conciencia del peligro que representaban estas dos desviaciones, de su naturaleza no socialdemócrata y del daño que causan al movimiento obrero». Esto es lo que «provoca el acercamiento de los elementos de las diferentes fracciones y abre el camino para la unificación del Partido ´a través de todos los obstáculos`» (78).

Pero la táctica de «unidad de acción contra el oportunismo» no podía dar los mismos frutos en 1910-1911 que en 1900-1903. En este período, los socialistas marxistas rusos dotaban de organización al movimiento obrero que emergía con potencia por esos años. Apenas se contaba con experiencia revolucionaria práctica; la línea política era tan general (el Programa aprobado en el II Congreso) que en ella cabían distintas interpretaciones. La revolución de 1905-1907, sin embargo, señaló los caminos del desenvolvimiento de las transformaciones de la Rusia autocrática de una manera práctica, real; deslindó tanto la vía revolucionaria de la vía reformista, o sencillamente de la contrarrevolución, diferenció tanto y puso de manifiesto la oposición entre la táctica revolucionaria y la táctica oportunista, que, hacia 1910-1911, el problema de la continuidad de la línea revolucionaria y de la organización partidista capaz de llevarla a cabo no podía ser resuelto al viejo modo. De hecho, cuando a finales de 1911 Plejánov rompe con los bolcheviques leninistas so pretexto de luchar contra el «fraccionismo», quedaba meridianamente claro que la «crisis de unificación» que atravesaba el partido revolucionario ruso no sería superada mediante la «unidad de acción dentro de la misma organización» -como hasta ahora-, sino a través de la escisión orgánica y definitiva entre las dos líneas de desarrollo del movimiento obrero. A partir de aquí, la lucha por la reconstitución del partido revolucionario del proletariado ruso se presenta como la tarea principal e inmediata para Lenin y lso bolcheviques. Esta tarea se realiza en torno a la VI Conferencia, celebrada en Praga, en enero de 1912, a la que sólo asistió la corriente bolchevique «ortodoxa» y donde ésta expulsó del viejo POSDR a todas las corrientes oportunistas.

A modo de conclusión

El período entre 1906 y 1912 de la revolución rusa es un período de transición entre la revolución de 1905 y la de 1917. Desde el punto de vista del Partido, es una etapa de asimilación y de desarrollo de los principios marxistas y de la política proletaria bajo condiciones nuevas, las de una nueva era de revoluciones; es un paréntesis de releión y de disgregación, cuya resolución exigía una recomposición de la vanguardia sobre bases diferentes: una táctica única, una organización única, diferenciada de los elementos vacilantes y conservadores que se negaban a aprender de las masas revolucionarias.

Los bolcheviques necesitaban elaborar y aplicar, de manera independiente, esas lecciones a través de una organización que reflejara fielmente, y no sólo en apariencia, los principios del centralismo democrático aprobados por la socialdemocracia rusa en sus Congresos. Para ello, llegaron a la conclusión de que la escisión orgánica entre las dos líneas antagónicas de la política proletaria era inevitable en el marco de la revolución rusa. Cuando, en 1914, el socialreformismo se transforme en socialchovinismo, la escisión entre esas dos líneas se tornará inevitablemente en el marco de la revolución mundial. Esta es una lección de la revolución rusa que el desarrollo de la Revolución Proletaria Mundial ha sancionado y convertido en un principio de preservación de la independencia política del proletariado revolucionario vigente hasta hoy, y que hay que tener en cuenta sean las que sean las tareas que impone la revolución, incluida la Reconstitución.

El período 1906-1912 es la última etapa de convivencia de la vanguardia revolucionaria con el reformismo en la revolución rusa. A partir de aquí, el partido obrero y el partido revolucionario se separarán, y como ha sucedido en todos y cada uno de los ciclos de desarrollo de los diferentes destacamentos nacionales del proletariado mundial, cada uno jugará su papel en la siguiente revolución: los mencheviques defendiendo la revolución burguesa, los bolcheviques la proletaria.

A partir de 1912, el partido de vanguardia ruso se reconstituirá sobre bases superiores a las de su constitución primera, en 1903-1905, y estará en condiciones, una vez preparada la vanguardia, para preparar a las masas para el triunfo de la revolución.

La historia del partido ruso, entre 1900 y 1917, nos enseña que su desarrollo no es lineal, que experimenta altibajos, avances y fases de estancamiento, caídas y sobresaltos. 1906-1912 es un período de caída, previo y necesario para el subsiguiente salto hacia adelante. Sobre todo, la historia del partido ruso, entre 1900 y 1917, se nos muestra como la expresión «concentrada» de la historia de casi todos los partidos comunistas a lo largo de espacios de tiempo más prolongados: todos han sido constituidos, han experimentado una etapa de crecimiento y de crisis hasta llegar a la más apabullante liquidación. Pero, igual que los bolcheviques, los comunistas lograrán sobreponerse y reconstituir sus partidos sobre una base superior a la que sirvió a su primera fundación.

Notas:

  1. LENIN, V. I.: Obras Completas. Progreso. Moscú, 1985. Tomo 30, p. 318.
  2. LENIN, V. I.: OC., t. 10, p. 184.
  3. Plejánov, sin embargo, sí había planteado la cuestión agraria en los años 80 del siglo XIX, cuando dirigía el grupo Emancipación del Trabajo, en su “proyecto de programa de los socialdemócratas rusos” (1884) y en otros trabajos posteriores, donde señalaba la necesidad de la revolución campesina como parte de la revolución democrática y de la liquidación de las relaciones feudales en Rusia, y del reparto de las tierras como base para el futura desarrollo del capitalismo en ese país (Ver, LENIN, V. I.: , t. 12, p. 243 y ss.). Pero Plejánov estaba convencido del carácter reaccionario de la clase campesina, y esta idea lo puso en contra de cualquier tesis política que reconociera un aporte progresista del campesinado a la revolución. Por eso, en 1906, apostaba por la burguesía liberal (que controlaba los zemstvos) para que dirigiera las transformaciones agrarias, por encima de los propios campesinos, ya fueran pobres o medianos.
  4. LENIN, V. I.: OC., t. 12, p. 150.
  5. LENIN, V. I.: OC., t. 13, p. 5.
  6. Ibídem, págs. 29-31.
  7. N. L.: “Acerca de la teoría de la revolución permanente”; en VV. AA.: El gran debate (19241926). Ed. Siglo XXI. Madrid, 1976. Vol. 1, p. 100.
  8. LENIN, V. I.: OC., t. 13, p. 31.
  9. Ibídem, págs. 12-14.
  10. Ver, LENIN, V. I.: OC., t. 35, págs. 23-28.
  11. LENIN, V. I.: OC., t. 13, p. 40.
  12. LENIN, V. I.: OC., t. 16, págs. 5-7.
  13. Ibídem, págs. 11 y 12.
  14. Ibíd., págs. 7 y 8.
  15. Ver, LENIN, V. I.: OC., t. 13, págs. 185 y ss.; 222 y 223; 231 y 232; 302-305.
  16. Ibídem, págs. 361-371.
  17. Ibíd., págs. 361-371.
  18. LENIN, V. I.: OC., t. 16, págs. 16 y 17.
  19. Ibídem, p. 38.
  20. “Ahora nos hallamos en un período de pausa de la revolución, en que toda una serie de llamamientos han quedado sistemáticamente sin encontrar eco entre las masas. Así ocurrió con el llamamiento a barrer la Duma de Witte (comienzos de 1906), con el llamamiento a la insurrección después de la disolución de la primera Duma (verano de 1906) y con el llamamiento a la lucha en respuesta de la disolución de la segunda Duma y al golpe de Estado del 3 de junio de 1907” (Ibíd., p. 23).
  21. LENIN, V. I.: OC., t. 41, p. 48.
  22. LENIN, V. I.: OC., t. 13, págs. 366-368.
  23. Ibídem, p. 337.
  24. Kautsky se refiere, sin duda, a las “conclusiones” de Engels en su Prólogo de 1895 a la obra de Marx La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, donde, tras analizar la experiencia de las insurrecciones europeas del ciclo 1848-1871, recomienda a los partidos socialistas utilizar la lucha parlamentaria como medio principal durante algún tiempo, hasta que el trabajo de masas de los revolucionarios consiga incorporarlas de una manera consciente a la “transformación completa de la organización social”. Los oportunistas y los revisionistas, empezando por Bernstein, utilizaron esa recomendación coyuntural de Engels para encauzar el movimiento proletario por el camino del cretinismo parlamentario, dándole un carácter absoluto. Pero Engels, sencillamente, lo que hace en su Prólogo es analizar las circunstancias técnicas y tácticas que en ese momento dejaban en inferioridad al método revolucionario de barricadas empleado hasta entonces. Y su verdadera conclusión no es otra que la siguiente: “Por tanto, una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables” (MARX, K. y ENGELS, F.: Obras Escogidas. Ed. Akal. Madrid, 1975. Tomo 1, p. 128). Y precisamente estas conclusiones son las que ratificó la insurrección de Moscú.
  25. LENIN, V. I.: OC., t. 13, p. 401.
  26. LENIN, V. I.: OC., t. 12, págs. 228 y 229.
  27. MARX y ENGELS: cit., p. 129.
  28. LENIN, V. I.: OC., t. 30, p. 330.
  29. LENIN, V. I.: OC., t.13, p. 53.
  30. Ibídem, p. 57.
  31. Ibíd., p. 53.
  32. Ibíd., p. 339.
  33. Ibíd.
  34. Ibíd., p. 70.
  35. La convocatoria del V Congreso fue acordada por la II Conferencia del POSDR (“Primera para toda Rusia”), celebrada en Tammerfors, en noviembre de 1906, en la que bolcheviques y mencheviques se reunieron para resolver la táctica a seguir para las elecciones a la II Duma. El Congreso se convocó como congreso ordinario. A pesar de que las dos fracciones del POSDR actuaban, en la práctica, como dos organizaciones diferentes, la unidad jurídica del partido todavía no era cuestionada.
  36. LENIN, V. I.: OC., t. 15, págs. 351 y 352.
  37. LENIN, V. I.: OC., t. 16, págs 187 y 188.
  38. LENIN, V. I.: OC., t. 15, p. 349.
  39. “Estos hechos (…), demuestran a todos aquellos para quienes algo signifique la realidad histórica que los octubristas y los demócratas constitucionalistas son dos alas de una misma clase, dos alas del centro burgués, que oscila entre el Gobierno y los terratenientes, por un lado, y la democracia (los obreros y los campesinos), por otro” (LENIN, V. I.: OC., t. 21, p. 186).
  40. LENIN, V. I.: OC., t. 15, págs. 350 y 351.
  41. Ibídem.
  42. El sistema de representación de la Duma de Estado de la época de la autocracia zarista no tenía nada que ver con el de los Estados burgueses de Europa occidental. En lugar del sufragio universal, el voto individual y secreto y la representación directa, las elecciones a la Duma se realizaban indirectamente, a través de los “compromisarios” a las diferentes curias, que eran una especie de “Estados Generales” de representación estamental. La Duma, así, se parecía más a las Cortes Generales medievales que a los modernos parlamentos burgueses. El reglamento electoral reconocía una curia agraria (terratenientes), una urbana (burguesía), una campesina y una obrar, designando arbitrariamente el número de cada una de ellas para garantizar el predominio en l cámara de las primeras sobre las últimas.
  43. “El desenmascaramiento de los demócratas constitucionalistas y la consolidación de los trudoviques: he ahí algunas de las conquistas más importantes del período de la Duma (…). El ignorante mujik ruso ha dejado de ser una esfinge política. Pese a todas las violaciones de la libertad electoral, ha sabido manifestarse y forjar un nuevo tipo político: el trudovique. Desde ahora, los manifiestos revolucionarios llevarán en pie, junto a la firma de organizaciones y partidos constituidos en el curso de decenios, la firma del Grupo del Trabajo, formado en el curso de pocas semanas. Las filas de la democracia revolucionaria se han fortalecido con una nueva organización, que comparte por supuesto, no pocas de las ilusiones típicas del pequeño productor, pero en la revolución actual expresa, sin duda alguna, las tendencias hacia una implacable lucha de las masas contra el despotismo asiático y el régimen feudal terrateniente” (LENIN, V. I.: OC., t. 13, p. 361).
  44. LENIN, V. I.: OC., t. 15, págs. 7 y 8.
  45. LENIN, V. I.: OC., t. 14, p. 92.
  46. Ibídem, p. 98.
  47. LENIN, V. I.: OC., t. 21, p. 154.
  48. LENIN, V. I.: OC., t. 13, p 310.
  49. “El proletariado debía hacer cuanto pudiese por conservar la independencia de su táctica en nuestra revolución, a saber: junto al campesinado consciente, contra la burguesía monárquica liberal, vacilante y traidora. Pero era imposible emplear esa táctica durante las elecciones a la Duma de Witte, debido a una serie de condiciones, tanto objetivas como subjetivas, para las que participar en las elecciones hubiera equivalido, en la inmensa mayoría de las localidades de Rusia, a que el partido obrero apoyara tácitamente a los demócratas constitucionalistas” (Ibídem, págs. 365 y 366).
  50. Ibíd., p. 364.
  51. LENIN, V. I.: OC., t. 16, p. 19.
  52. “(…) nuestro planteamiento del problema del boicot no tiene nada que ver con el planteamiento liberal, de una mezquindad filistea y desprovisto de todo contenido revolucionario” (Ibídem, p. 35).
  53. LENIN, V. I.: OC., t. 14, págs. 86 y 87. La negrita es nuestra (N. de la R.).
  54. Ver, Nuestra Lucha, nº 5 de 1996, donde José Manzanero publica una carta de apoyo a Felipe González, y la respuesta de sus camaradas del FM-LE en el nº6, criticando su “confusión”:
  55. Nuestra Lucha, nº7 de 1996, p. 12.
  56. “A esta lucha (a la lucha de clase del proletariado) debemos subordinar en su integridad todas sus formas aisladas y particulares, entre ellas también la parlamentaria. Para nosotros la lucha extraparlamentaria del proletariado es la decisiva. No bastará con afirmar que tenemos en cuenta las necesidades y los intereses económicos de las masas, etc. Semejantes frases (…) son imprecisas, y cualquier liberal puede hacerlas suyas. Todo liberal está dispuesto a hablar en general de las necesidades económicas del pueblo. Pero ninguno va a subordinar la actividad en la Duma a la lucha de clases, idea esta que nosotros, los socialdemócratas (los comunistas), debemos expresar con toda claridad. Sólo este principio nos distingue realmente de todas las posibles variedades de democracia burguesa” (LENIN, V. I.: OC., t. 15, págs. 380 y 381).
  57. Ibídem, p. 10.
  58. LENIN, V. I.: OC., t. 14, págs. 45 y 46.
  59. Ibídem, p. 49.
  60. Ibíd., p. 51.
  61. LENIN, V. I.: OC., t. 15, p. 195.
  62. Ibídem, págs. 195 y 196.
  63. LENIN, V. I.: OC., t. 14, p. 247.
  64. LENIN, V. I.: OC., t. 15, p. 195 y 197. Como se ve, en 1907, Lenin tenía ya prácticamente asumida la experiencia soviética de 1905. Cuando en 1917, esos “otros órganos” volvieron a ser los Soviets; cuando ya no había peligro de desviación sindicalista dentro del partido en la interpretación de su papel revolucionario, y cuando las tareas de la revolución imponían la realización del socialismo, Lenin pudo proclamar, sin reparo, la famosa consigna de “¡Todo el poder a los Soviets!”.
  65. Ibídem, págs. 182 y 183. La negrita es nuestra (N. de la R.).
  66. Nuestra Lucha, nº10 de 1996, p. 18.
  67. LENIN, V. I.: OC., t. 15, p. 188.
  68. Ibídem, p. 18.
  69. STALIN, J.: Ed. Vanguardia Obrera. Madrid, 1984. Tomo XIV, p. 123.
  70. LENIN, V. I.: OC., t. 20, págs. 90-93.
  71. LENIN, V. I.: OC., t. 19, p. 154.
  72. LENIN, V. I.: OC., t. 21, p. 141.
  73. Ibídem.
  74. LENIN, V. I.: OC., t. 25, p. 393.
  75. LENIN, V. I.: OC., t. 17, págs. 378 y 379.
  76. LENIN, V. I.: OC., t. 19, p. 9.
  77. Ibídem, págs. 266 y 267.
  78. Ibíd., p. 269.

La Emancipación de la Mujer y la Revolución Proletaria (PCR)

En un momento en el que la vanguardia, tanto en el Estado español como en el plano internacional, salvo escasas excepciones, parece haber renunciado a cualquier principio marxista en la cuestión de la mujer, urge desarrollar la lucha ideológica en este terreno a fin de comenzar a cimentar una política revolucionaria coherente al respecto que sitúe la contradicción clasista en el eje central de cualquier análisis.

Así las cosas, el lector tiene ante sí el Editorial número 5 de La Forja (órgano de propaganda del PCR) en el que se establece una aproximación al origen del problema y su superación.


 

Durante 1994, La Forja publicó en sus páginas los términos de un debate que estaba teniendo lugar en el seno de nuestro partido acerca de la cuestión de la emancipación de la mujer. Aunque la materia de esta discusión no entra en el plan de estudios a corto plazo se ha fijado nuestra organización, pues la polémica surgió promovida por inquietudes especiales de determinados camaradas, y aunque consideramos que el desarrollo de la Línea política revolucionaria debe primeramente formular y consolidar cuestiones de principio más cercanas a la doctrina marxista-leninista en su aspecto más teórico, para poder, después, pasar a abordar problemas más específicos, más cercanos a la práctica guiados y orientados por una teoría revolucionaria firmemente asumida por nuestras conciencias y claramente puesta en práctica por nuestro estilo de trabajo; a pesar de todo esto, el Comité Central del PCR y la Redacción de La Forja consideran que aquella discusión fue fecunda y aportó valiosos elementos políticos en consonancia con los principios revolucionarios del marxismo-leninismo, de manera que, aprovechando la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, quieren ofrecer a toda la vanguardia proletaria una síntesis que, por un lado, recoja los elementos correctos de nuestra polémica interna sobre el tema y, por otro lado, establezca las bases científicas fundamentales de cara a un futuro desarrollo de la Línea política revolucionaria en el Frente de la Mujer.

Planteamiento  del problema

El materialismo dialéctico nos enseña que la materia es una y se desarrolla eternamente a través de fases sucesivas cada vez más complejas. Engels esbozó el esquema genera del desarrollo de la materia en su Dialéctica de la Naturaleza, señalando que a la etapa física de la misma le seguía la biológica y a esta la social, en la que se encuentra ahora.

La materia se desarrolla según el principio de la contradicción, tocándole a la ciencia la tarea de desvelar cuáles son las contradicciones que promueven ese desarrollo en cada una de esas fases.  Karl Marx descubrió que, en la etapa social de la materia, el principio de contradicción lo establecen las clases y que la lucha entre ellas es lo que garantiza el desarrollo social, y por tanto, la continuidad del eterno desenvolvimiento de la materia  en esta fase (materialismo histórico).

Pero antes de que existiesen configuraciones sociales superiores, tal como hoy las entendemos, es decir, aquellas asociaciones más o menos complejas protagonizadas por el género homo, la materia había resuelto, igualmente, el principio de contradicción en sus formas inferiores. Efectivamente, en el siglo XIX, Charles Darwin y Alfred R. Wallace establecieron los principios de Evolución y Selección natural, por una parte, y Gregor Mendel descubrió las leyes de la Genética, por otra. Este conjunto de normas es lo que hoy se reconoce, en general, como el motor de la materia biológica, siendo la genética el factor interno principal y la selección natural el factor externo o ambiental subsidiario que explican la existencia y el desarrollo de las especies naturales.

El sexo aparece en este contexto biológico como el método de reproducción más avanzado, al que la selección natural ha dado la hegemonía en la reproducción de las especies biológicas, frente a otros métodos más antiguos como la mitosis, la gemación o la partenogénesis, porque la estrategia de la reproducción sexual permite una mayor combinación genética y, en consecuencia, una mayor capacidad de adaptación natural, y por tanto de supervivencia y progreso de la especie.

La reproducción sexual presupone la unión de dos individuos diploides de la misma especie de distinto sexo y, por extensión, la división de toda la especie en dos sexos. Esta división y su finalidad biológica reproductiva separan a toda una especie en “contrarios” cuya unidad se halla en la reproducción. Esta es la esencia de la contradicción entre los sexos en el campo biológico, contradicción que, como vemos, es sólo un instrumento natural de la materia orgánica para la lucha por su existencia que está sometido a las leyes de la genética y de la selección natural.

La especie de los homínidos, de la que procede el homo sapiens actual, heredó de sus ancestros, de manera evidente, la estrategia sexual de reproducción que la partió en dos, dejando a un lado los individuos con gametos o células sexuales masculinas (espermatozoides) y al otro individuo con gametos femeninos (óvulos). Cuando en los grupos de evolución humana aún no se han dado un grado de socialización suficiente como para que surjan las contradicciones propias del desarrollo social (las clases), ni siquiera las condiciones para ese surgimiento, la contradicción sexual aparece como una de las contradicciones principales (junto a la que enfrenta a la especie con su entorno natural y que se soluciona a través del trabajo o, en términos sociales, a través del desarrollo de las fuerzas productivas) para fundamentar el progreso del grupo; y así es, efectivamente, en la medida en que la humanidad, como especie superior, está dando todavía el paso, desde un pasado en el que se encontraba a parecido nivel en el árbol de la Evolución que el resto de las especies biológicas más evolucionadas, a un presente en que representa no solo una forma de organización nueva (social) avanzada.

Un error muy común en política consiste en trasplantar mecánicamente el carácter principal de esa contradicción sexual, propia de los homínidos en su etapa biológica, a la etapa social, para suplantar y esconder, así, la contradicción principal en esta última: las clases. En esto radica el error genérico del feminismo con sus dos desviaciones principales, según sea la “solución” que da a un planteamiento, falso de principio, del asunto: o el dogmatismo, propio del feminismo “radical”, al entender esa contradicción como antagónica, a sus dos elementos como excluyentes y valorar sólo a uno de ellos (la mujer); o bien, el eclecticismo del feminismo moderado “oficial”, que trata de conciliar dos contrarios fuera de sus naturales cauces biológicos, en clave social (igualdad jurídica, reparto de las tareas domésticas, etc.), independientemente de las condiciones sociales que han transformado una contradicción o diferenciación biológica en manifestaciones subsidiarias de la explotación y de la opresión entre las clases y, en concreto, independientemente del cuestionamiento de aquellas instituciones socio-políticas que sancionan y perpetuán esos fenómenos de opresión y explotación (la propiedad privada, las clases, el Estado y, en particular, la familia).

Por otra parte, sin embargo, aunque la determinación biológica del “hombre viviendo en sociedad”, como veremos seguidamente, acarreará, fundamentalmente en estadios con un desarrollo de las fuerzas productivas inferior, una división funcional o natural del trabajo según las características fisiológicas diferenciadas de ambos sexos, determinación que está, precisamente, en relación inversa con el desarrollo de esas fuerzas productivas (y esto es una ley del desarrollo social y, a la vez, una premisa para la verdadera emancipación en el terreno del género), las características sexuales propias de los homínidos crean ya, desde el punto de vista biológico, condiciones objetivas materiales para esa emancipación (aunque ésta sólo pueda realizarse a partir del futuro desarrollo social).

Efectivamente, a diferencia del resto de los mamíferos y, en particular, de los primates, la hembra del ser humano no exterioriza sus períodos de receptividad reproductiva, no hay en la mujer signos claros que indiquen el período de máxima fertilidad (ovulación), de manera que las relaciones sexuales humanas no tienen por qué se esporádicas ni circunscribirse a un período de celo. Esta característica peculiar es la premisa biológica para una asociación varón-mujer de larga duración sobre la base de la sexualidad, independientemente de la reproducción. En la etapa social, esta asociación se implanta tempranamente, pero de forma inestable, en la medida en que las exigencias de la reproducción física de la especie, unas veces, y la ansiedad de la propiedad patrimonial de pervivir a través de la herencia, otras, han reducido y reconducido, en la mayoría de los casos, la condición femenina por el sendero de la maternidad. La premisa material para la disociación de la sexualidad de la reproducción, sin embargo, pervive latente entre los resquicios de la sociedad en que la división del trabajo y los intereses de clase constriñen las potencialidades cooperativas humanas en los estrechos horizontes de la propiedad privada y el beneficio. Las condiciones biológicas para una libre asociación desde el amor sexual están ahí; solo falta cumplir con las condiciones sociales para que esa libre asociación se pueda hacer patente.

Orígenes del problema

El punto de partida lo expuso Engels en su “prefacio” de 1884 a El origen de la familia, la propiedad privada y el estado:

“Según la teoría materialista, el factor decisivo en la historia es, a fin de cuentas, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Pero esta producción y reproducción de la vida inmediata son de dos clases. De una parte, la producción de medios de existencia, de productos alimenticios, de ropa, de vivienda y de los instrumentos que para producir todo eso se necesitan; de otra parte, la producción del hombre mismo, la continuación de la especie. El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados, está condicionado por esas dos especies de producción: por el grado de desarrollo del trabajo, de una parte, y de la familia, de la otra. Cuanto menos desarrollado está el trabajo, más restringida es la cantidad de sus productos y, por consiguiente, la riqueza de la sociedad, con tanta mayor fuerza se manifiesta la influencia dominante de los lazos de parentesco sobre el régimen social” (1)

Efectivamente, aquí Engels nos señala dos ideas fundamentales que habíamos esbozado más  arriba: 1) que el desarrollo social presenta dos variables sustanciales: el desarrollo de las fuerzas productivas a través de la relación entre el hombre y la naturaleza, y el desarrollo biológico de la especie, a través de la relación entre los sexos enmarcada en la familia; 2) que, a su vez, ambos tienen una correlación dialéctica de mutuo condicionamiento, según la cual, en la medida en que el hombre va “conquistando” su entorno (desarrollo de las fuerzas productivas), las relaciones de la comunidad, fundamentalmente “internas” (en función del parentesco, la consanguinidad, etc.), van perdiendo su carácter principal hasta disolverse entre las relaciones sociales políticas que son la esencia de estadios de desarrollo social superiores (de clase).

Así sucede, de manera clara, con los pueblos cazadores-recolectores organizándose en bandas nómadas de base gentilicia donde las relaciones “políticas” entre los individuos estaban dictadas por las relaciones de parentesco, ya fueran de orden matrilineal o patrilineal, y que comparados con la sociedad burguesa moderna, que goza de un elevado desarrollo económico y donde el individuo se somete y guía en sus relaciones políticas por su posición de clase, expresan los dos polos opuestos del desarrollo de esa contradicción.

Pero abandonemos, de momento, esta contradicción principal (entre fuerzas productivas y reproducción de la especie) que recorre todo el devenir de la historia de la humanidad, y centrémonos en su aspecto principal, en la dialéctica entre el hombre y la naturaleza, con el fin de situar el papel que juega la determinación biológica de los sexos en esa lucha entre el género humano y su entorno y, por ende, observar qué papel empieza a adoptar cada uno de ellos.

Cuando, en un estado primitivo de civilización, los grupos humanos hubieron de enfrentarse ante la tarea de organizar la producción y reproducción de sus condiciones de vida, aplicaron esa estrategia que luego han heredado todas las comunidades posteriores mientras el hombre ha observado su entorno como algo hostil,  mientras ha sido controlado por las leyes de la naturaleza (y, más adelante, también por las leyes de la sociedad) y no ha estado en condiciones de controlarlas él (hasta cierto punto, las leyes de la naturaleza empiezan a ser controladas por el hombre en el capitalismo; el control de las leyes de la sociedad comienza a lograrse en el Socialismo y se cumple completamente en el Comunismo). Esa estrategia es la de la economía en la asignación de los recursos. El primer principio de esta ley es el de la división del trabajo entre los hombres para cumplir mejor con todas las funciones materiales para la reproducción de las condiciones de existencia. Y el primer factor que configuró esa división del trabajo fue la diferenciación biológica de la humanidad en sexos, en tanto que la diferenciación fisiológica de cada uno de ellos permitía una asignación de tareas distintas que favorecía el principio de la economía de recursos (2). Así surge la división natural del trabajo, que se distingue esencialmente de la división social trabajo. Igual que para la reproducción biológica de la especie la división sexual es una división funcional dirigida a un mismo fin, para la reproducción material o económica de la misma, la división del trabajo es, también, una división funcional que no comporta, de por sí, jerarquización, que no subordina ni coloca en una posición preeminente a nadie por el mero hecho de realizar uno u otro trabajo. Antes al contrario, se acentúa, en el campo social, el otro aspecto que ya se daba en el biológico y que complementaba a la separación o diferenciación sexual: la cooperación.

Como la diferenciación fisiológica por el género es universal, es natural que la división natural del trabajo en los umbrales de la historia de la humanidad haya sido también universal y que haya supuesto una asignación de funciones para cada sexo similar en la mayoría de las culturas. La Antropología ha conseguido generalizar esta cuestión en los siguientes términos:

En la mayoría de las economías de caza y en las economías agrícolas simples, los varones cazan grandes animales, pescan, recolectan miel y queman y talan los bosques, mientras que las mujeres se encargan de recoger marisco, plantas y pequeños animales, y escardan, cosechan y elaboran el grano y los tallos. Los varones realizan la mayor parte del trabajo artesanal sobre materiales duros como la piedra, la madera y los metales, y las mujeres hilan,  tejen la ropa y realizan las labores de cerámica y cestería. En economías más avanzadas, los varones suelen encargarse del arado, así como del pastoreo de los animales grandes. Prácticamente en todas estas sociedades son las mujeres quienes se ocupan de la preparación de los alimentos vegetales, el transporte del agua, la limpieza y otras tareas domésticas, además de cuidar de los bebés y de los niños pequeños. En resumen, puede decirse que a los varones corresponden los trabajos que requieren mayor esfuerzo físico bruto y los más especializados que están en relación con la obtención de riqueza, con el bienestar de la familia y con la defensa de ésta, mientras que a las mujeres corresponden las tareas más relacionadas con trabajos especializados menores y con la provisión de comodidades caseras (3).

Ciertamente, la mayor fuerza muscular del varón (entre un 20 y 30% de media) hace que sea más ventajoso el uso de las rudimentarias armas en sus manos para la caza y, por extensión, para la guerra; así como es de esperar mayores utilidades en la roturación de bosques y tierras. Pero en ningún momento esto conllevó al dominio sobre las mujeres, por parte de los varones, “por la fuerza”. Al contrario, solo era considerado como un elemento más, aportado por uno de ellos, en la cooperación entre los sexos. La idea de un ancestral dominio masculino sobre la base de su mayor vigor físico es una mistificación burguesa que ya censuró Engels:

“Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la época de la Ilustración del siglo XVIII es la opinión de que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre.” (4)

Esta idea, a pesar de todo, aún perdura en la mente filistea del patriarca burgués, sintetizada bajo la denominación de “sexo débil” cuando se refiere al género femenino. Pero es absurda, incluso desde el punto de vista físico o, al menos, relativa. De hecho, un varón difícilmente resistiría, por ejemplo, los dolores de un parto, algo que algunas mujeres (sobre todo si ya tienen experiencia) realizan con pasmosa facilidad.

Pero lo importante es constatar que la división natural y cooperativa del trabajo implica una especialización relativa para cada uno de los sexos, así, vemos que la mujer se centra en la realización de aquellas funciones que atañen más directamente a la economía doméstica. Cuando en una etapa primaria del desarrollo de las fuerzas productivas en que la organización de las comunidades humanas se constituye alrededor de las relaciones de parentesco y de consanguinidad, es decir, en torno a relaciones familiares, y cuando la distribución de los productos, es decir, en torno a las relaciones familiares, y cuando la distribución de los productos se realiza en el seno de la familia, en muchos casos en función de la relación matrilineal del parentesco, la economía doméstica  juega un papel, por lo menos tan importante como el aporte masculino a la reproducción de la economía natural de las comunidades primitivas; y a esa importancia similar acompañaba evidentemente, una estima social de la mujer muy superior a la que tiene el burgués actual (5). Si bien es cierto que, a veces, en los orígenes de la Antropología científica, esa estima de las mujeres se exageró hasta el punto de llegar a hablarse equivocadamente de un predominio del matriarcado en los albores de la historia de la humanidad (Bachofen), o de imputar a las mujeres una potestad política equiparable o superior a la de los varones en la tribu (Lewis H. Morgan, que cometió el error de generalizar el estatuto político de las mujeres de la gens matrilineal de los iroqueses  de Norteamérica, que constituye la fuente de sus estudios principales, a todas las culturas de la historia en una determinada etapa de su desarrollo, cuando está demostrado que la gens iroquesa, en este asunto constituye más la excepción que la regla), hoy es incuestionable la alta consideración de las mujeres entre los pueblos primitivos. Por otro lado, hay que decir que aunque las principales decisiones políticas (que eran las que atañían fundamentalmente a las relaciones exteriores de la tribu o de la gens, pues las relaciones internas, salvo la elección de jefes, etc., estaban prefijadas por la estructura del parentesco) eran responsabilidad de varones, estas no comportaban opresión o explotación en función del sexo.

Desde un punto de vista materialista, esto es lógico. Toda economía tiene dos aspectos, la producción y la distribución; hemos visto que, en la especialización económica por géneros, la mujer se mueve más en la esfera de la distribución, mientras que el varón está más vinculado a la de la producción (efectivamente, los varones aportan un porcentaje mayor de la energía necesaria para la reproducción del grupo). Como en la unidad producción-distribución que caracteriza a toda economía el aspecto principal es el de la producción, es normal que los varones ejerzan un papel más relevante en aquellas esferas de decisión que no están normalizadas de antemano por el sistema de relaciones de parentesco (y que, por tanto, son esferas de decisión secundarias en comparación con este sistema). Pero hay que dejar claro que cuando el factor productivo es de una escala tan reducida que solo garantiza la subsistencia del grupo, cuando la capacidad productiva no crea un remanente o excedente sobre las necesidades mínimas del colectivo, el aspecto distributivo del producto en el interior del grupo puede tener más importancia que el acopio mismo de ese producto.

Como podemos observar, mientras existía un escaso desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones humanas estaban guiadas por el parentesco, el centro de la comunidad era la familia y la economía doméstica jugaba un papel importante en la reproducción de las condiciones de vida de la colectividad, se da un cierto equilibrio entre los sexos; ciertamente, un equilibrio precario, en tanto que estaba a expensas del despliegue de las potencias económicas que el género humano escondía en su seno y, sobre todo, a expensas de la forma privada de apropiación de esas potencias económicas.

Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas pasó a ser el primer y principal factor del desenvolvimiento económico y social, sobrepasando los límites de la economía doméstica, cuando como condición, y a la vez consecuencia de ello, empieza a surgir la división social del trabajo y, con ella, las clases, la división natural del trabajo comienza a languidecer y, como resultado, se rompe el precario equilibrio entre los sexos, pasando la mujer a una situación de subordinación y opresión que hoy todavía sufre.

Sin embargo, ese mismo desarrollo de las fuerzas productivas que, como decimos, elimina la determinación biológica o natural en las funciones laborales, crea, gracias a esto mismo, las mejores condiciones para la plena incorporación de la mujer a los asuntos públicos, no ya como mujer, ni mucho menos como “madre”, sino como trabajadora. LA maquinización, la socialización de la producción y el progreso técnico han borrado de la faz del escenario económico toda determinación fisiológica, hasta el punto (punto contemplado por el Derecho burgués, aunque solo sobre el papel de sus gruesos volúmenes de jurisprudencia) que el regular funcionamiento de la economía puede ser garantizado contemplando a los productores únicamente como individuos, independientemente de su sexo. Las condiciones para la plena igualdad están dadas; el gigantesco desarrollo de las fuerzas productivas conseguido por la sociedad organizada en clases así lo ha procurado; la mujer ha tenido que pagar un precio muy alto en términos de subordinación, humillación y opresión secular, y ya lo ha pagado. Las condiciones de su emancipación están ahí, solo queda romper la última barrera: la sociedad de clases.

La propiedad privada, las clases, la familia y la mujer

Como hemos visto, la economía doméstica era el centro de la vida en las primitivas comunidades humanas, pues a través de ellas se redistribuía la riqueza y puesto que en torno a ella se organizaba el grupo. Esta organización estaba definida por las relaciones de tipo familiar, según el parentesco entre los individuos. Engels siguiendo a Morgan, explicó el desarrollo histórico de la familia en sus distintas fases. Hoy en día, sin embargo, la Antropología ha puesto en cuarentena la clasificación de Morgan, negando la existencia universal de la familia punalúa y de la sindiásmica. A pesar de ello, se acepta lo principal de la argumentación morganiana que utilizó Engels, a saber, que la principal organización organización social de la humanidad, antes del surgimiento de las clases, fue la familia, entendida esta in extenso, y que su desarrollo consiste en una limitación cada vez mayor de sus miembros hasta llegar a la actual familia monogámica (también denominada familia nuclear) formada por un individuo adulto de cada sexo y sus hijos (6).

El elemento celular básico de todo tipo de familia sería la pareja; sin embargo, se acepta que, en todas las épocas anteriores a la monogamia estricta, junto a la pareja básica coexistieron otras formas de relación sexual (poliginia, poliandria, levirato y sororato) que se entrecruzan y mezclan con la relación monógama principal, gracias a la existencia de sistemas morales más abiertos en este campo que estaban muy vinculados con la estructura de parentesco que, como sabemos, no sólo guiaba las relaciones sociales y económicas entre los individuos, sino también sus relaciones maritales; y, sobre todo, gracias a la inexistencia de aquellos factores que encerrarán las relaciones sexuales entre los barrotes del matrimonio monogámico.

En cualquier caso, por otra parte, esta cuestión de la convivencia de prácticas sexuales secundarias junto a una principal básica, que ha podido confundir a los antropólogos a la hora de establecer la tipología y la historia de la familiar, no perturba para nada el planteamiento crítico de Engels sobre esta institución, desde el momento en que, para él, encontramos a la pareja firmemente asentada ya como núcleo básico de la familia en la gens (7).

La gens es la forma superior consolidada de organización de las comunidades tribales:

“(…) Una serie de hermanas carnales y más o menos lejanas (es decir, descendientes de hermanas carnales en primero, segundo y otros grados), con sus hijos y sus hermanos carnales y más o menos lejanos por la línea materna (los cuales, con arreglo a nuestra premisa, no son sus maridos), obtendremos el círculo de los individuos que más adelante aparecerán como miembros de una gens” (8).

Matizando que la gens no eran sólo matrilineales sino también patrilineales, ahí tenemos descrito, sumándole los esposos o esposas de cada miembro gentilicio respectivo, el organismo básico de las sociedades preclasistas, la gens o, si se quiere, “la familia extensa”. Su destrucción, que acompaña al desarrollo social, es paralelo al sometimiento de la mujer. Efectivamente:

“(…) La economía doméstica (organizada desde y entorno a la gens) significa el predominio de la mujer en la casa, lo mismo que el reconocimiento exclusivo de una madre propia, en la imposibilidad de conocer con certidumbre al verdadero padre, significa profunda estimación de las mujeres, es decir, de las madres” (9).

Entendiendo ese “predominio de la mujer” en términos de matrilinealidad (es decir, que los parientes naturales y políticos se reúnen y conviven según la línea de descendencia materna) y no de matriarcado, tenemos en la gens la institución social en la que la mujer alcanza su máximo prestigio; y, por otra parte, en la medida en que la gens familiar es la principal institución social, hasta el punto de que se puede decir que familia y sociedad son la misma cosa, la organización económica de la familia es un asunto público que incumbe a todos los miembros de la comunidad. El desarrollo de las fuerzas de trabajo, que trajo de la mano la propiedad privada y a las clases (y con estas, el Estado), a la vez que destruía las formas tribales de organización, rebajó paulatinamente ese estatuto social femenino hasta la nada, a la vez que fue constriñendo la economía doméstica hasta separarla totalmente del ámbito general de la producción social y reducirla a la esfera privada, y con ella, el papel social de la mujer fue recluído a las labores domésticas, tal y como hoy las entendemos, o sea como algo ajeno a la marcha general de la sociedad.

¿Cómo se dio este proceso?

Como ya se ha dicho, la división natural del trabajo comporta cierta especialización en las funciones de cada sexo, de manera que:

 “(…) a la división del trabajo en la familia de entonces correspondía al hombre procurar la alimentación y los instrumentos de trabajo necesarios para ello; consiguientemente, era, por derecho, propietario de dichos instrumentos y en caso de separación se los llevaba consigo de igual manera que la mujer conservaba sus enseres domésticos” (10).

Según este principio, cuando el hombre aprendió a domesticar animales y se hizo pastor, surgiendo la primera división social del trabajo (entre pueblos cazadores y pastores, entre caza y pastoreo), los rebaños eran, por naturaleza, de incumbencia del varón, aunque todavía no de su propiedad (sino de la familia). La ganadería procuró un caudal de riquezas antes nunca conocido y permitió el disfrute de excedentes en productos que la comunidad no podía consumir inmediatamente y que sirvieron de base para el intercambio intertribal. Cuando, más adelante, el hombre aprendió a cultivar la tierra, los excedentes aumentaron y la división del trabajo empezó a recorrer el interior de las comunidades: ya no hacía falta que todos trabajasen la tierra o con el ganado, algunos podían especializarse en otros oficios; surge, entonces, la segunda división social del trabajo (entre agricultura y artesanía, entre campo y ciudad). Finalmente, el cada vez mayor remanente de productos de cada grupo o comunidad convirtió los intercambios, antes esporádicos o limitados al interior de la tribu, en algo regular y permanente; aparece, entonces el mercader y, con él, la tercera división social del trabajo (entre productores y no productores).

A la par que se da este desarrollo de las fuerzas productivas, surge su acompañante ineludible, las clases. En un primer momento, los pueblos pastores experimentan la necesidad de ampliar su fuerza de trabajo ante las crecientes exigencias que solicitaba el crecimiento, superior al de la población, del ganado. Así, lo que en los tiempos en que las correrías guerreras de las tribus de cazadores era la parte más desechable del botín, el prisionero de guerra (que, como mucho, era adoptado por la tribu, si no ejecutado o servido en bandeja para ritos antropófagos), fue transformado en esclavo. A la primera división social del trabajo siguió, pues, la primera división en clases de la sociedad entre libres y esclavos.

Cuando la mayoría de los pueblos empezó a vivir principalmente de la agricultura y de los oficios y cuando el caudal de riquezas regularizó el comercio en un grado elevado, empezaron a diferenciarse los pueblos por su riqueza, y dentro de éstos, como la tierra cultivable pasó, poco a poco, de ser una propiedad común a distribuirse entre las familias, primero temporal y después definitivamente, empezó a destruirse el principio de distribución equitativa de la familia comunista y, con él, empezó a destruirse la igualdad económica de la vieja comunidad doméstica, introduciéndose una nueva escisión clasista en la sociedad, que empezó a subdividirse entre ricos y pobres. El posterior desarrollo de las economías agrícolas concretó mucho más esta escisión: el feudalismo es su forma clásica, donde el rico aparece como señor y el pobre como siervo; por su parte, en la ciudad, se van creando grupos dirigentes de patricios que se elevan por encima de los plebeyos, etc. El capitalismo es la forma social donde la división entre ricos (burguesía) y pobres (proletariado) alcanza la forma más extrema, donde la contradicción entre las clases adquiere su manifestación más aguda, y donde se crean precisamente, las condiciones objetivas y materiales para terminar definitivamente no solo con la separación de los hombres entre ricos y pobres, sino con todas las causas y efectos de la organización clasista de la sociedad, incluída la división social del trabajo.

Lo importante es que todos los campos de desarrollo económico se sitúan en las esferas de la producción en que el varón participó siempre de manera preeminente, por lo que:

“Todo excedente que dejaba ahora la producción pertenecía al hombre; la mujer participaba en su consumo, pero no tenía ninguna participación en su propiedad.”(11)

Ciertamente, ante el despliegue económico dirigido por un carril que no tenía nada que ver con la vieja economía doméstica, la mujer vio cercenado poco a poco su papel social, los asuntos domésticos pasaron a ser cada vez más una cuestión privada y no, como antes, algo de interés público, y la mujer fue relegada, precisamente, a esos asuntos domésticos; el varón ya no solo controlaba la esfera de la producción sino que también quiso, en tanto que los intercambios y el crecimiento demográfico que alimentaban los crecientes excedentes rompían los límites de la gens como único y principal ámbito político para el individuo, el varón quiso controlar también su distribución. Y lo hizo, en la medida en que las reglas comunistas sobre las que se asentaba la gens se disolvían, imponiendo jurídicamente la propiedad privada sobre los medios de producción que, de hecho, ya le pertenecían. La nueva base económica hizo que los lazos que unían a los individuos ya no fueran los del parentesco, sino lazos económicos que interrelacionaban a unas familias (reducidas a su mínima expresión) con otras. Puesto que dirigía la producción y distribución, el varón era el jefe de la familia, el amo del esclavo y el señor del siervo, el propietario del rebaño y de la tierra. Solo faltaba poder conservar su patrimonio in tempore. Lo consiguió instituyendo la herencia filial (12) y apropiándose del único ser capaz de producir herederos: la mujer. Así quedo constituida la familia monogámica.

“Fue la primera forma de familia que no se basaba en condiciones naturales, sino económicas, y concretamente en el triunfo de la propiedad privada sobre la propiedad privada primitiva.” (13)

Efectivamente, si anteriormente, en muchos casos, los matrimonios estaban previamente dictados por la estructura del parentesco o eran concertados entre las familias antes incluso de que se conociesen los futuros cónyuges, con el fin de mantener o elevar el prestigio de las familias interesadas dentro de la jerarquía de parentesco de la tribu, o bien para acrecentar los medios de subsistencia de ambas parentelas, en última instancia el matrimonio podía ser disuelto en cualquier momento por uno o ambos esposos. La introducción de las reglas de la familia monogámica rompen con esta última posibilidad y unen a la pareja “hasta que la muerte los separe”, puesto que “su fin expreso es el de procurar hijos cuya paternidad sea indiscutible; y esa paternidad indiscutible se exige porque los hijos, en calidad de herederos directos, han de entrar un día en posesión de los bienes de su padre” (14). En otras palabras, la monogamia se asienta sobre la sujeción de la mujer al marido.

Pero esta sujeción no debe interpretarse como el contenido esencial de la sociedad; este no es otro que su escisión en clases. El proceso de apartamiento y sometimiento de la mujer está subordinado al de la formación de las clases y, como hemos visto, forma parte de él, pero la mujer no constituye una clase aparte. La mujer está sometida al marco de la familia monogámica, en tanto que es una institución que expresa las relaciones de opresión propias de la sociedad clasista en un ámbito particular, en el de la reproducción de la especie. Cuando la sociedad de clases se vertebra completamente, no divide a la humanidad entre varones y mujeres, sino entre explotadores y explotados, entre clases, en as que entran a formar parte tanto en uno como el otro sexo, indistintamente.

En resumen, la división social del trabajo se desarrolla sobre la primera división natural del mismo, pero a la vez la excluye, la va eliminando hasta el punto de que la división de las funciones productivas se extiende por un ámbito (el de los varones) mientras se va comprimiendo por el otro (el de las mujeres) hasta anularlo, relegando y reduciendo a la mujer a simple “ama de casa” y “madre de familia”. Pero, con ello, la determinación natural, sexual, en la distribución de las funciones sociales va desapareciendo paulatinamente con el desarrollo de la sociedad de clases hasta ser eliminada totalmente en el capitalismo, para crear, así, las mejores condiciones objetivas para la incorporación de la mujer al ámbito de la producción social, primero, y para que alcance su emancipación, la igualdad real, después. Pero éstos son dos pasos necesarios cuyo recorrido desborda el estrecho territorio del modo de producción capitalista.

Las condiciones económicas para la emancipación de la mujer  

Hemos dicho que la historia del desarrollo social, cuya esencia son las clases, la propiedad privada sobre los medios de producción y la familia (y el Estado), desde el punto de vista de la mujer, es la historia de su opresión; pero que, simultáneamente las condiciones de opresión de la mujer van creando las que necesita para su emancipación. En términos generales, esas condiciones son las del destierro definitivo de la economía doméstica, por un lado, y las del progreso social que permite el paso de la mujer de la economía doméstica a la economía social, por otra. Pero, aunque las condiciones van madurando, es preciso romper las últimas barreras que impiden ese paso, que son las que todavía imponen la sociedad de clases, en general, y el capitalismo, en tanto que última forma particular de la sociedad de clases, en particular. Veamos esto más de cerca.

Como hemos visto, el desarrollo económico provoca una profundización, a través de la historia, de la división social del trabajo. Desde el punto de vista individual, esta división de las funciones productivas pone el acento en el aspecto cualitativo del productor. En este sentido, ha quedado demostrado que el primer elemento de este tipo es de orden natural, biológico, está en función del sexo; y aunque está diferenciación cualitativa natural pierde importancia con el desarrollo social, en la medida en que la distribución funcional del trabajo se establece según otros criterios, la determina y la presupone en última instancia. En otras palabras, el trabajo se divide teniendo en cuenta otras determinaciones, sí, pero entre varones.

Contando con este punto de partida, la división social del trabajo se organiza en función de la calidad y de la especialización que vienen dadas por multitud de factores. De este modo, por ejemplo, un campesino nacido en un entorno de economía de subsistencia, aprenderá a cultivar la tierra y se convertirá en agricultor para toda su vida; un aprendiz de una ciudad medieval aprenderá su oficio durante toda su vida hasta llegar a ser oficial o maestro de un gremio, etc. La cualificación del productor es lo principal para reproducir (que no producir, pues ya hemos visto que las fuentes de la división social del trabajo son de otra naturaleza) la división del trabajo de una sociedad y, lo que es más importante, para que esa división del trabajo garantice su desenvolvimiento económico.

Pero alcanzado un grado determinado de desarrollo económico y social, esa división del trabajo que se ha ido apoderando de toda la producción social, sobre todo al calor de los intercambios comerciales entre los distintos grupos humanos, y que se ha ido realizando en extensión, cuantitativamente, en la medida que el comercio permitía y procuraba la especialización del trabajo en cada vez más ramas económicas, hasta el punto que:

“(…) En las formas precedentes (al capitalismo) de sociedad, en las que la separación de los oficios se desarrolla espontáneamente, cristalizando luego y, por fin, consolidándose legalmente, ofrecen, por un lado, la imagen de una organización planificada y autoritaria del trabajo social, mientras que, por otro, excluyen por completo la división del trabajo dentro del taller, o la efectúan tan solo a una escala diminuta, o esporádica y casualmente.” (15)

La división extensiva del trabajo ha alcanzado un grado cuantitativo superior, de modo que:

“El organismo productivo simple de estas comunidades autosuficientes (…) constantemente se reproducen en la misma forma y, caso de ser destruidas, se vuelven a construir en el mismo lugar y con el mismo nombre.” (16)

Cuando se ha alcanzado este grado cuantitativo de la división social del trabajo, tiene lugar un salto cualitativo y la división social del trabajo, tiene lugar un salto cualitativo y la división del trabajo ya no se realiza “en extensión”, sino intensamente, dentro del taller. Esto tiene lugar, históricamente, cuando, después de las revoluciones burguesas, el capitalismo se consolidó como modo de producción, es decir, cuando desencadenó los procesos de industrialización de la economía, cuando, para ello introdujo el maquinismo en la producción y cuando la máquina (el capital fijo) pasó a ser el eje central de toda la economía.

Cuando la herramienta, de ser un mero apéndice del trabajador para producir objetos (como así era en manos del viejo artesano gremial) convierte al obrero en apéndice suyo (máquina), pues el maquinismo consiste en convertir al obrero en simple auxiliar de la máquina (que es quien concentra cada vez más fases de la producción de un determinado producto), y cuando esto sucede a escala social, de manera que la mayor parte de la riqueza es creada por la industria maquinizada, el trabajador deja de ser sujeto productivo y ve perder su cualificación como característica sustantiva del proceso de producción. Esto se ve claramente en el paso de la manufactura a la gran industria. (17)

En la producción manufacturera, la calidad del productor es, todavía, lo principal: sus aptitudes, que pueden llegar a ser virtuosismo, definen todo el proceso productivo (y la relación de clase entre patrón y obrero). En la gran industria, las cualidades del obrero pasan a la máquina, y esta se convierte en el centro de todo el proceso productivo. Cuando el capitalismo es cada vez más industria maquinizada, se generaliza el paso de la cualificación del hombre a la máquina y, en consecuencia, la necesaria y progresiva diferenciación de esta, mientras el obrero homogeniza y uniformiza sus aptitudes: pasa a ser, cada vez más, simple fuerza  de trabajo al servicio de una máquina.

Esta uniformización de las aptitudes necesarias para participar en la producción social, uniformización que también implica reducción de las mismas, elimina la cualificación del productor como factor determinante para la reproducción económica de la sociedad, de manera que la industria moderna no solo enajena al obrero la cualificación necesaria para ejercer un determinado oficio, sino también la “necesidad” de que ese obrero sea varón. A la máquina le es indiferente enfrentarse a un varón, una mujer o un niño (18); la industrialización de las economías capitalistas así lo ha demostrado en los hechos cuando, para su nacimiento, sacrificó ejércitos de mujeres y niños explotándolos brutalmente en condiciones infrahumanas de trabajo.

En resumen, vemos que si la división social del trabajo desbancó a su forma natural y, con ella, a la mujer del proceso productivo, su intensificación a través del taller y la fábrica que tiene lugar en el capitalismo, intensificación que se caracteriza por la transferencia de todas las cualidades (técnicas o profesionales y naturales) del productor a la máquina, rompe las condiciones que la división social impuso a la división natural del trabajo y, por tanto, rompe con las condiciones que habían privilegiado al varón en el campo de la producción social y pone en cuestionamiento, en consecuencia, su hegemonía económica; paralelamente, crea las condiciones objetivas de la emancipación de la mujer en la medida en que esas condiciones permiten su reincorporación al campo de la producción social. (19)

Como es en el capitalismo cuando se dan las condiciones materiales para la emancipación de la mujer, no es una casualidad que se también en el capitalismo cuando surge la conciencia de la necesidad de esa emancipación. Efectivamente, el primer movimiento que reivindica un cambio en las condiciones sociales de la mujer, el sufragismo, nace a finales del siglo XIX, cuando la industria maquinizada había copada ya las esferas más importantes de la economía. Naturalmente, se trata de un movimiento burgués cuyo objetivo no se salía de los cauces del orden burgués, pero es la primera forma política (mistificada, eso sí) en que se manifestaba un hecho objetivo: la incorporación, más o menos limitada pero incorporación a fin de cuentas, de la mujer al mundo de mano del capital. De hecho, cuando las sufragistas comenzaron a reivindicar el derecho al voto de la mujer burguesa, las obreras ya llevaban años produciendo plusvalía para sus maridos. No podemos, sin embargo y desde un punto de vista general, obviar la correlación existente entre estos dos hechos. La expresión mistificada del mismo (que las damas burguesas encaben la lucha política cuando la mujer obrera ya participaba en la lucha económica) no debe extrañarnos si tenemos en cuenta, por un lado, que en general, la lucha económica o sindical de la clase obrera se expresa políticamente en términos burgueses y sus representantes son políticos burgueses, aunque vistan como los obreros (oportunismo), cuando esa lucha no va dirigida por un partido comunista hacia objetivos revolucionarios; y por otro lado, si tenemos en cuenta que la lucha por los derechos democráticos en general, y por la igualdad jurídica de la mujer respecto al varón en particular, si hace abstracción del contenido clasista de todos los enfrentamientos políticos, si aísla y parcializa una reivindicación del contexto de la lucha de clases, se transforma en reformismo burgués y es natural que no atraiga en masa, en este caso, a las obreras.

Porque, como hemos visto, el primer paso para la emancipación de la mujer consiste en su incorporación a la producción, y este paso la mujer no lo da, ni lo puede dar, como mujer en abstracto, sino como obrera, como trabajadora. Y esta es la principal contradicción del primer feminismo, del sufragismo, que ha heredado todo el movimiento feminista posterior y actual: que hace abstracción de la mujer y la enajena de su condición de clase. Si el primer paso para su emancipación, paso que el capitalismo permite hasta cierto punto dar, es la incorporación  de la mujer al proceso social de producción, y si ese paso solo puede darlo como obrera, convirtiéndose en trabajadora, es absurdo separar la lucha por la emancipación de la mujer de la lucha de clases general, que es la esencia de la sociedad, y de la lucha de clase del proletariado, en particular. La cuestión de la emancipación de la mujer está atravesada por la lucha de clases y, en tanto que obrera, está subordinada a la lucha por la autoemancipación de su clase, del proletariado. La mujer que empieza a liberarse de siglos de opresión, la mujer que ha dado el primer paso hacia su emancipación iniciando su participación en la producción social, es una proletaria, no es la mujer desnuda de toda determinación social, no es la Venus que ha moldeado la lujuriosa mente del burgués cuya proyección idealizada su esposa acepta como modelo de si misma. La mujer obrera debe tomar conciencia de que su lucha como mujer no puede estar separada de su lucha como trabajadora; la mujer obrera debe participar en las organizaciones de resistencia de clase del proletariado, debe forjarse para adquirir la conciencia política revolucionaria de su clase. Sólo así romperá el espejo que el oportunismo le pone delante para que se vea reflejada como mujer sin más o como mujer con aspiraciones pequeñoburguesas; solo así romperá el hechizo mistificador que permite que ambiciosas señoras de la burguesía se permitan el lujo de erigirse en sus representantes legítimas.

Democracia burguesa y Revolución Proletaria

Las condiciones para la emancipación de la mujer se dan, pues, bajo el capitalismo, precisamente la época y el modo de producción que crean, igualmente, los resortes para la emancipación de la humanidad del yugo que la sujeta y la obliga a organizarse en clases antagónicas. Esta coincidencia no es una casualidad, pues el capital convierte a la mayoría de los hombres en proletarios y los coloca en una posición en el proceso productivo tal que, por primera vez en la historia, una clase está en condiciones de liberar a la humanidad de la explotación y de la opresión liberándose a sí misma como clase, apropiándose de sus condiciones para extinguirse como clase y terminar con toda la historia de la lucha de clases; paralelamente, la mujer se incorpora a la producción social, como primer paso para su liberación, como proletaria y acompaña al resto de su clase en su camino de autoemancipación. La emancipación de la mujer no está separada de la de la clase obrera en general, de manera que la lucha por la emancipación de la mujer atañe a todos los proletarios, varones incluidos, porque su esencia es de clase, no de género, porque las instituciones que oprimen a la mujer no son instituciones creadas por las clases explotadoras a lo largo de los siglos. Destruir esas instituciones significa destruir la sociedad de clases, y esta misión no estará completamente cumplida sin terminar con las instituciones que particularmente oprimen a la mujer. Es un trabajo que requiere la unidad de toda la clase, que no puede ser terminado pretendiendo que las mujeres luchen por su lado contra lo que especialmente las humilla, y los varones, por el suyo, contra todas las demás manifestaciones de la explotación y la opresión. Esta perspectiva vacía el verdadero contenido clasista de todas y cada una de esas manifestaciones, y esta perspectiva es, por cierto, la que ha propagado el oportunismo y el revisionismo dentro de la clase.

La burguesía sabe que estará en peligro cuando toda la clase se una, y sabe que estará sentenciada a muerte cuando esa unidad tenga una dirección revolucionaria que la dirija contra ella. Por eso, utiliza todos los recursos que tiene para dividir a la clase obrera, por eso soborna a las direcciones de los sindicatos para corporativizar las reivindicaciones de la clase y atomizar sus luchas; por eso introduce la xenofobia y el racismo entre las masas para confundirlas y desviar su atención de su verdadero enemigo; por eso habla de la mujer en general y trata de convencer a la mujer obrera de que su problema es su marido y de que debe luchar por la “igualdad de derechos” y no contra la explotación contra su clase.

El oportunismo y el revisionismo, como correas de transmisión de los intereses de  clase de la burguesía en el seno de la clase obrera, ha utilizado siempre este discurso, y ha organizado, cuanto ha podido, a las mujeres solo en función de la lucha por sus derechos y por la igualdad jurídica, separándolas de la lucha general de la clase. Esto ha conducido al desarrollo de la conciencia feminista entre las obreras y su alejamiento de la conciencia proletaria revolucionaria. Las organizaciones de mujeres obreras deben llenar de contenido revolucionario las consignas de igualdad y deben enfrentarse al feminismo en la medida que este quiera convencerlas de que la lucha se agota en la consecución de esas consignas (reformismo).

Hemos dicho que la incorporación de la mujer al trabajo social es el primer paso para su emancipación, y que este primer paso crea las condiciones para la toma de conciencia de su situación y para el inicio de la lucha por sus derechos y por la igualdad respecto al varón. Esto es correcto y es justo, pero es insuficiente. La mujer proletaria debe ver en estos objetivos democráticos la conquista de mejores condiciones para continuar la lucha, la conquista de mayores y mejores parcelas en la vida pública para obtener mejores posiciones para los combates decisivos por su liberación y por su contribución a la liberación proletaria, debe ver en ellos la conquista del derecho a participar en los combates de su clase, del derecho a aprender a organizar esos combates y a adquirir la experiencia necesaria para el combate final.

Igual que la participación de la mujer en el mundo de la producción social no la libera completamente (pues se trata únicamente de una premisa necesaria para esa liberación), la conquista de derechos, la igualdad jurídica, mientras sea el capital quien los concede, tampoco significa igualdad real con el varón, aunque la igualdad formal burguesa, concedida a la mujer, también represente una premisa necesaria para su verdadera emancipación.

De hecho, es el capital quien abre la Caja de Pandora y quien, como hemos señalado, despierta a la mujer de su letargo secular. Esta es una tendencia objetiva; sin embargo, el capitalismo también pone en acción fuerzas opuestas que obstaculizan en último término la emancipación definitiva de la mujer, hasta el punto de que esta debe tomar conciencia de que su plena liberación es solo posible fuera del capitalismo, sin el capitalismo y contra el capitalismo. Ciertamente, si, por un lado, el capital crea las condiciones económicas para la emancipación de la mujer, por otro, expresa la forma social en que la mujer no solo no deja de estar oprimida, sino que pasa a ser explotada. A la vez que la convierte en trabajadora, el capital convierte a la mujer en fuerza de trabajo que utiliza para valorizarse, y en creadora de plusvalía, de trabajo no pagado, que utiliza para su acumulación; y, como contrapartida, el capital, en tanto que relación social de clase, no destruye las instituciones que originaron el sometimiento de la mujer (la propiedad privada y la familia), sino que las reproduce y las utiliza para su beneficio. Por eso la lucha de la mujer es la lucha contra el capital, y las tareas políticas de la mujer son las que la Revolución Proletaria pone en orden del día (hoy, las de la Reconstitución del Partido Comunista).

El organismo en el que se concentran, desde el punto de vista de la mujer, todas las contradicciones de la sociedad capitalista y, de manera particular, las dos tendencias opuestas que representa el capital (que permite que la mujer dé el primer paso de su emancipación, a la vez que le cierra el camino en ese objetivo) es la familia, y, en concreto, la familia proletaria como forma derivada de la familia monogámica burguesa, en la que conviven tanto elementos de su disolución como aquellos que la impiden definitivamente.

La familia de la época de dominio del capital, la familia burguesa, aquella donde son entronizados los principios de la monogamia (la propiedad privada, la herencia, la hegemonía del varón y el sometimiento de la mujer), encuentra su contrapunto en la familia proletaria, la cual, a la vez que recibe inevitablemente la impronta de la monogamia en clave burguesa, comienza a desarrollar los elementos internos de su disolución que ya incubaba la familia burguesa en su seno: el amor sexual individual. Efectivamente, la burguesía, históricamente la clase que mejor ha oscurecido y borrado de la superficie del mundo de las apariencias la esencia de las relaciones de explotación y opresión sobre las que se sostiene, ha establecido en su sistema jurídico privado la presunción del amor entre los cónyuges para el matrimonio (20), pero también en este caso:

“(…) el matrimonio se funda en la posición social de los contrayentes y, por tanto, siempre es un matrimonio de conveniencia. (…) este matrimonio se convierte a menudo en la más vil de las prostituciones, a veces por ambas partes, pero mucho más habitualmente en la mujer; esta solo se diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos como una asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre, como una esclava.” (21)

De modo que:

“En las relaciones con la mujer, el amor sexual no es ni puede ser, de hecho, una regla más que en las clases oprimidas, es decir, en nuestros días en el proletariado, estén o no estén autorizadas oficialmente esas relaciones. Pero también desaparecen en estos casos todos los fundamentos de la monogamia clásica. Aquí falta por completo la propiedad, para cuya conservación y transmisión por herencia fueron instituidos precisamente la monogamia y el dominio del hombre, y, por ello, aquí también falta todo motivo para establecer la supremacía masculina. Además, sobre todo desde que la gran industria ha arrancado del hogar a la mujer para arrojarla al mercado del trabajo y a la fábrica, convirtiéndola bastante a menudo en el sostén de la casa, han quedado desprovistos de toda base los últimos restos de la supremacía del hombre en el hogar del proletario, excepto, quizás, cierta brutalidad para con las mujeres, muy arraigada desde el establecimiento de la monogamia. Así, pues, la familia del proletario ya no es monogámica en el sentido estricto de la palabra, ni aún con el amor más apasionado y la más absoluta fidelidad de los cónyuges y a pesar de todas las bendiciones espirituales y temporales posibles (…); la mujer ha reconquistado prácticamente el derecho de divorcio; y cuando ya no pueden entenderse, los esposos prefieren separarse. En resumen: el matrimonio proletario es monógamo en el sentido etimológico de la palabra, pero de ningún modo lo es en el sentido histórico.” (22)

Esta es la tendencia que representa la familia proletaria en relación con la burguesa, tendencia que se ve acentuada por la fuerza del número, en la medida en que la ley general de la acumulación capitalista va proletarizando progresivamente a la población, va convirtiéndola cada vez más en población asalariada y, como resultado, va siendo cada vez mayor el número de familias obreras; mientras que, por su parte, el capital y la propiedad privada van concentrándose en cada vez menos manos y va reduciéndose así el número de familias burguesas.

Pero todo esto se muestra únicamente como tendencia bajo el capitalismo. Este todavía está en condiciones de sellar con su impronta de fuego a la familia proletaria, de conseguir que la forma monogámica burguesa de familia constriña en su estrecho marco los nuevos contenidos que la familia proletaria aporta en la relación entre los sexos, de impedir que esta nueva relación haga saltar por los aires su envoltorio burgués. Con este fin, el capital tiene a su servicio un ingente ejército de curas, ideólogos, moralistas, artistas, prejuicios, costumbres y no pocas feministas que sacian sus ambiciones burguesas fundando “institutos de la mujer´´ o reclamando cuotas de poder y porcentajes de representatividad para la mujer (¿o para ellas?). No nos detendremos en esto, pues son innumerables los medios con que lo burgués aprisiona el amor sexual proletario, preferimos centrarnos en su causa última y fundamental; y para ello debemos sumergirnos hasta dar con la esencia del capital, con lo que veremos que está estrechamente ligada a la familia monogámica y particularmente interesada en su continuidad.

La esencia del capital es la explotación capitalista a través de la extracción de una plusvalía, de un remanente de trabajo no pagado al obrero. Este remanente es la diferencia en valor entre el tiempo necesario para la producción de una mercancía y el tiempo necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo.

“¿Qué es, pues, el valor de la fuerza de trabajo?

Al igual que el de toda otra mercancía, este valor se determina por la cantidad de trabajo necesaria para su producción. La fuerza de trabajo de un hombre existe, pura y exclusivamente, en su individualidad viva. Para poder desarrollarse y sostenerse, un hombre tiene que consumir determinada cantidad de artículos de primera necesidad. Pero el hombre, al igual que la máquina, se desgasta y tiene que ser remplazado por otro. Además de la cantidad de artículos de primera necesidad para su propio sustento, el hombre necesita otra cantidad para criar determinado número de hijos, llamados a remplazarle a él en el mercado de trabajo y a perpetuar la raza obrera.” (23)

En otras palabras, aunque el Derecho burgués nos muestra el contrato de trabajo como fruto de un concierto entre dos individuos de iguales derechos (el capitalista y el obrero) y el salario como el pago por el valor de un trabajo realizado, en realidad lo que se esta pagando es el valor de la fuerza de trabajo del obrero y los costos de su reproducción, es decir, su familia. Por eso el capital parte, aunque lo oculte en su sistema jurídico, no del individuo, sino de la familia como unidad celular básica de la sociedad; no solo porque le interesa la reproducción biológica de la especie en general, y de la burguesía en particular, sino porque le interesa la reproducción física de la clase obrera como tal clase. Desde luego, el fondo salarial de la sociedad es mucho menor si partimos de la familia y no del individuo, es decir, si conseguimos organizar a todos los individuos de la sociedad en grupos familiares, de modo que su reproducción requiera menos costes. El capital hereda esta forma de organización de la historia, solo tiene que conservarla, y, a ser posible, en su forma monogámica clásica, en su forma patriarcal manteniendo el dominio del varón en la familia como medio para continuar teniendo a la mujer sometida a las improductivas labores domésticas.

Pero también es cierto, y así lo hemos señalado, que el capital tiende a expulsar a la mujer del hogar y a incorporarla, hasta cierto punto, a la producción; pero al hacerlo:

“El valor de la fuerza de trabajo no se determinaba ya por el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero adulto individual, sino por el requerido para mantener a la familia obrera. Al lanzar la maquinaria a todos los miembros de la familia obrera sobre el mercado de trabajo, reparte el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre toda su familia. De ahí que desvalorice su fuerza de trabajo. La compra de la familia fraccionada, por ejemplo, en 4 fuerzas de trabajo tal vez cueste más que costaba antes la adquisición de la fuerza de trabajo del cabeza de familia, pero en cambio se tienen 4 jornadas de trabajo en lugar de una, y su precio disminuye en proporción al excedente de plustrabajo de los cuatro sobre el plustrabajo de uno. Los cuatro tienen que suministrar no solo trabajo, sino también plustrabajo para el capital, a fin de que la familia viva. De esta manera, la maquinaria amplía desde un principio junto con el material de explotación humano, el verdadero campo de explotación del capital, también el grado de explotación.” (24)

Es decir, bajo las condiciones del capital, la incorporación de la mujer al trabajo no solo no niega la forma monogámica, sino que la presupone y la exige como premisa. La organización del proletariado en familias obreras amplía el campo de explotación del capital y reduce proporcionalmente el fondo salarial de la clase obrera (por no hablar del papel que cumple la familia como amortiguador de conflictos sociales provocados por el paro y demás agresiones del capital). Por esto mismo decimos que si bien es cierto que el desarrollo de las fuerzas productivas durante la historia de la sociedad en clases, ha puesto en la picota la economía doméstica y que el capital, gracias al maquinismo, ha utilizado esto para empezar a incorporar a la mujer al mundo del trabajo, y que todo esto significa el primer paso para su emancipación, también decimos que es insuficiente y que es necesario dar el segundo paso, que consiste en destruir la familia monogámica. Como la familia proletaria expresa un nuevo contenido en las relaciones sexuales, contenido que porta ya los elementos de ese tipo familiar, solo resta terminar con lo que aun lo mantiene: el capitalismo.

Por todo esto, los comunistas decimos que la plena emancipación de la mujer no se conseguirá sin dar el segundo paso, no se conseguirá hasta la completa destrucción del capitalismo, que es el sistema que opone las últimas barreras a esa emancipación a través de la familia. Por eso los comunistas decimos que no hay plena emancipación de la mujer sin Revolución Proletaria, y por eso debemos denunciar y desenmascarar el reformismo y al revisionismo, porque reducen las condiciones de la liberación de la mujer al primer paso, exagerando su significado real y conformándose con completar el “gran logro” de la incorporación de la mujer al trabajo (que, en realidad, es una concesión del capital) con el señuelo de la igualdad jurídica de derechos entre los sexos. Por eso debemos luchar contra esta manifestación del oportunismo en el Frente de la Mujer, porque la emancipación de la mujer sobrepasa los límites de la democracia burguesa y solo puede ser realizada plenamente desde la Revolución Proletaria.

La Revolución Proletaria y la Mujer

Hay que añadir, por otro lado, que la emancipación de la mujer exige de la Revolución Proletaria no solo para cumplir con el segundo paso de ese proceso emancipador, sino incluso, para completar y consolidar el primero, para la reincorporación de la mujer a la producción social pase de ser solo una tendencia, como así sucede bajo el capitalismo, a ser una realidad. Esto únicamente puede realizarse bajo el Socialismo.

Efectivamente, el capital inaugura la entrada de la mujer en el mundo del trabajo pero simultáneamente la restringe en función de sus oscilaciones económicas, en función de sus ciclos, de sus crisis y de sus necesidades de acumulación. Con toda probabilidad, un estudio histórico sobre el ingreso de la mujer en el mundo laboral durante la época del capitalismo nos revelaría que ese ingreso no es paulatino y progresivo, sino fluctuante, de manera que, a períodos de incorporación relativamente masiva, seguirían períodos de retroceso y de vuelta de la mujer a la reclusión del hogar. Probablemente, también esas fluctuaciones estarían determinadas por los ciclos del capital y por sus crisis. Esta hipótesis se cumple para la primera gran reestructuración económica del capitalismo, cuando el factory system o la maquinización de la industria, entre finales del siglo XVIII y gran parte del XIX para la mayoría de los países europeos y de Norteamérica, cambió completamente su base de acumulación, y cuando, como ya hemos visto, la mujer fue incorporada como fuerza de trabajo en una escala importante. Pero se sabe que, posteriormente, una vez que el capital hubo acumulado lo suficiente como para realizar eso que se ha dado en llamar take off (“despegue´´) de la industrialización, la mujer no continuó participando en la producción social en igual o superior escala sino todo lo contrario.

En la actualidad vivimos fenómenos parecidos: está teniendo lugar una reestructuración global del capitalismo y la mujer está siendo incorporada al trabajo. Esto ha creado un ambiente de “euforia´´ entre los sectores más cercanos al poder del feminismo, que lanzan las campanas al vuelo y engañan a las mujeres con este espejismo, haciéndoles creer que se trata de una gran conquista “definitiva” de la democracia y del capitalismo. Será mejor sugerirles que no se pongan nerviosas y advertir a las mujeres trabajadoras que cuando el capital termine su período de acumulación sobre la base de la plusvalía absoluta (es decir, a base de incorporar más y más fuerza de trabajo para extraer más plusvalía, más cantidad de tiempo de trabajo no pagado) y esté en condiciones de dar el salto cualitativo necesario para crear una base productiva nueva sobre la que vuelva a reinar la explotación desde la plusvalía relativa (es decir, mayor intensidad o mayor productividad en el trabajo), sus “conquistas´´ y sus “derechos´´ serán nuevamente pisoteados.

Solamente cuando la Revolución Proletaria (cuyo principal instrumento, que hay que construir, es el partido de la vanguardia de la clase obrera) termine con la propiedad privada sobre los medios de producción, con el modo de producción capitalista y sus ciclos, la mujer podrá incorporarse en masa a la producción y podrá hacer valer sus derechos, no solo en la forma jurídica de su reconocimiento, sino sobre todo porque participará de igual a igual con el varón en la reproducción de la sociedad.

En cuanto a la familia, “el matrimonio no se concertará con toda libertad sino cuando, suprimiéndose la producción capitalista y las condiciones de propiedad creadas por ella, se aparten las consideraciones económicas accesorias que aun ejercen tan poderosa influencia sobre la elección de los esposos. Entonces el matrimonio ya no tendrá más causa determinante que la inclinación recíproca.” (25)

Ciertamente, en el capitalismo, incuso entre los proletarios, las consideraciones económicas influyen en el matrimonio (26). Con el Socialismo, a la vez que se incorpora en masa a la mujer al trabajo, se inicia la lucha por disolver los organismos que articulan la sociedad de forma clasista, incluida la familia; hasta que, en el Comunismo, desaparezca toda mediación entre los individuos y pueda reinar la asociación y la cooperación  libe entre ellos. Solo en el Comunismo, la libre asociación entre un varón y una mujer, que el desarrollo biológico de la especie humana había preparado en el puro terreno de la fisiología sexual, podrá complementarse, una vez cumplidos los requisitos sociales necesarios, con la librea asociación entre ambos desde el amor sexual individual. En el Comunismo no pervivirá la familia, al menos como hoy la entendemos, porque en el Comunismo la familia será toda la sociedad.

Notas:

  1. Engels, F: El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Ed. Sarpe. Madrid, 1983; p.28
  2. Como dice Engels, citando a Marx: “La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos” (Ibidem, p.124). Efectivamente, si entendemos que una de las esferas de reproducción de las condiciones de existencia es la reproducción biológica de la especie como tal especie, la división sexual que procura la naturaleza para tal fin es el punto de partida para toda posterior división del trabajo en función del sexo que, por estar determinada biológicamente, es la primera forma y la más cercana a la etapa biológica de la evolución humana en que se manifiesta la división natural del trabajo.
  3. Vemos por tanto, que tiene razón Engels cuando dice: “La división del trabajo entre los dos sexos depende de otras causas que nada tienen que ver con la posición de la mujer en la sociedad.” (Ibidem, p.98). Efectivamente, la principal causa de la división sexual del trabajo es de índole biológica o natural. En todo caso, habría que decir, invirtiendo los términos, que la posición de la mujer en la sociedad depende de las funciones que ejerza en la división del trabajo: cuando esta era natural su posición era elevada, cuando entraron a jugar factores sociales la mujer fue denostada. Hasta que no vuelva a recuperar su posición en el proceso de la producción social, no podrá recuperar la dignidad que perdió.
  4. Ibid., p.97
  5. “Pueblos (primitivos) en los cuales las mujeres se ven obligadas a trabajar mucho más de lo que, según nuestras ideas les corresponde, tienen a menudo mucha más consideración real hacia ellas que nuestros europeos. La señora de la civilización, rodeada de aparentes homenajes, extraña a todo trabajo efectivo, tiene una posición social muy inferior a la de la mujer de la barbarie, que trabaja de firme, se ve en su pueblo conceptuada como una verdadera dama (…) y lo es efectivamente por su propia posición” (Ibid., págs. 98 y 99).
  6. “La exclusión progresiva, primero de los parientes cercanos, después de los lejano y, finalmente, de las personas meramente vinculadas por alianza, hace imposible en la práctica todo matrimonio por grupos; en último término no queda sino la pareja, unida por vínculos frágiles aún, esa molécula con cuya disociación concluye el matrimonio general” (Ibid., p.95)
  7. “En la familia sindiásmica (que para Morgan y Engels son la base de la gens) el grupo había quedado ya reducido a su última unidad, a su molécula biatómica: a un hombre y una mujer” (Ibid., p.105)
  8. Ibid., p.87
  9. Ibid., p.97
  10. Ibid., p.108
  11. Ibid., p.276
  12. La institución de la herencia existió de siempre y estaba sometida a las reglas del parentesco, de manera que las propiedades del difunto (casi siempre de poca importancia) pasaban primero a la gens como colectivo, y después, cuando los lazos gentilicios iban cediendo, a los hermanos o hermanas o a los hijos de estos últimos, que eran los representantes de la gens de origen del fenecido. Sus hijos, al pertenecer a la gens de la madre se veían desheredados.
  13. Ibid., p.123
  14. Ibid., p.118
  15. Marx, K: El Capital. Ed. Akal. Madrid, 1976, Libro I, tomo II; p. 61
  16. Ibidem, p.63
  17. Aconsejamos al lector que, para una cabal comprensión de este problema, estudié el capítulo 13 del primer libro de El Capital.
  18. “En cuanto la maquinaria permite prescindir de la fuerza muscular se convierte en medio para emplear obreros sin fuerza muscular o desarrollo incompleto, pero con mayor agilidad de miembros. Por eso, el trabajo de las mujeres y de los niños fue la primera palabra de la aplicación capitalista de la maquinaria. Este proceso sustituto de trabajo y de obreros se transformó inmediatamente en un medio para aumentar el número de asalariados, colocando a todos los miembros de la familia obrera sin distinción de sexo ni edad, bajo el dominio inmediato del capital. El trabajo forzado al servicio del capitalista usurpó no solo el lugar de los juegos infantiles, sino también el trabajo libre dentro de la esfera doméstica, dentro de los límites morales, para la propia familia” (Marx. K.: Op.cit., p.110)
  19. Engels sintetiza así las condiciones históricas de opresión y de liberación del sexo femenino: “La división del trabajo en la familia había sido la base para distribuir la propiedad entre el hombre y la mujer. Esta división del trabajo continuaba siendo la misma, pero ahora trastornaba por completo las relaciones domésticas existentes por la mera razón de que la división del trabajo fuera de la familia había cambiado. La misma causa que había asegurado a la mujer su anterior supremacía en la casa (su ocupación exclusiva en las labores domésticas), aseguraba ahora la preponderancia del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer perdía ahora su importancia comparado con el trabajo productivo del hombre; este trabajo lo era todo; aquel, un accesorio insignificante. Esto demuestra ya que la emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado. La emancipación de la mujer no se hace posible sino cuando esta puede participar en gran escala, en escala social, en la producción y el trabajo doméstico no le ocupa sino un tiempo insignificante. Esta condición solo puede realizarse con la gran industria moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más a transformar el trabajo doméstico privado en una industria pública” (Engels. F: Op. Cit., págs. 276y 277)
  20. “Según el concepto burgués, el matrimonio era un contrato, una cuestión de Derecho, y, por cierto, la más importante de todas, pues disponía del cuerpo y del alma de dos seres humanos para toda su vida. Verdad es que (…) el matrimonio era el concierto formal de dos voluntades; sin el `sí´ de los interesados no se hacía nada. Pero harto bien se sabía cómo se obtenía el `sí´ y cuáles eran los verdaderos autores del matrimonio. Sin embargo, puesto que para todos los demás contratos se exigía la libertad real para decidirse, ¿por qué no era exigida es éste? Los jóvenes que debían ser unidos, ¿no tenían también el derecho de disponer libremente de sí mismos, de su cuerpo y de sus órganos? (…) Pero si el deber de los esposos era amarse recíprocamente, ¿no era tan deber de los amantes no casarse sino entre sí y con ninguna otra persona? Y este derecho de los amantes, ¿no era superior al derecho del padre y de la madre, de los parientes y demás casamenteros y apareadores tradicionales? (…) Así sucedió que la burguesía naciente, sobre todo en los países protestantes (…), fue reconociendo cada vez más la libertad del contrato para el matrimonio (…) El matrimonio continuó siendo matrimonio de clase, pero en el seno de la clase concediéndose a los interesados cierta libertad de elección. Y en el papel, tanto en la teoría moral como en las narraciones poéticas, nada quedó tan inquebrantablemente asentado como la inmoralidad de todo matrimonio no fundado en un amor sexual recíproco y en un contrato de los esposos efectivamente libre. En resumen: quedaba proclamado como un derecho del ser humano el matrimonio por amor” (ENGELS, F.: Op.cit., págs. 147-149)
  21. Ibidem, p. 131
  22. Ibid., págs. 133-135
  23. Marx. K.: “Salario, precio y ganancia”; en Marx, K. y Engels, F.: Obras escogidas. Ed. Akal. Madrid, 1975. Tomo 1, p.441
  24. Marx, K: El Capital, p.111
  25. Engels, F.: Op. Cit., p.150. A esta condición hay que añadir, evidentemente, el siguiente correlato: “Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, solo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste. Pero la duración del acceso al amor sexual es muy variable según los individuos, particularmente entre los hombres, en virtud de ello, cuando el afecto desaparezca o sea reemplazado por un nuevo amor apasionado, el divorcio será un beneficio lo mismo para ambas partes que para la sociedad” (Ibidem, págs. 151 y 152)
  26. “En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía doméstica se onvertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos también. La sociedad cuidará con el mismo esmero a todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a las “consecuencias´´, que es hoy el más importante motivo social (tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico) que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre al que ama” (Ibid., p.141)

 

 

 

 

 

Enseñanzas de la Experiencia Mundial de la Revolución Socialista (PCR)

En esta ocasión traemos el editorial del número 4 de La Forja (órgano de propaganda del PCR), en el que, a la vez que se valora el Programa del Partido Bolchevique de la URSS (PCBUS), se evalúa una parte importante de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria.


 

Tras la publicación, en los dos números anteriores de La Forja, del Programa del Partido Comunista de los Bolcheviques de la URSS, exponemos a continuación nuestra valoración crítica del mismo.

Hasta los sociólogos oficiales reconocen que nuestra sociedad se halla inmersa en una profunda crisis y que la mayoría de la gente simplemente trata de sobrevivir sin perspectiva, sin esperanza, sin una meta social que perseguir. Claro que la reaccionaria burguesía de hoy no puede ya ofrecer ningún proyecto progresista y, detrás de los que presenta como tales, siempre se acaban descubriendo, tarde o temprano, los designios oscurantistas y explotadores de esta clase (por ejemplo, la Comunidad Europea). La pequeña burguesía en sus más variadas propuestas -anarquismo, utopismo humanista, nacionalismo trasnochado y fascismo, revisionismo socialdemócrata, trotskista o jruschovista- sin excepción, termina llevando el agua al molino de la clase capitalista. Sólo el proletariado, guiándose por la doctrina científica del marxismo-leninismo, puede dar solución a la crisis social que vivimos: esto es, realizando por medio de la Revolución Socialista su misión histórica universal como constructor del nuevo sistema social, el Comunismo.

Sí, pero el “socialismo” que se edificaba en la URSS y otros países durante las últimas décadas y, sobre todo, el derrumbe reciente de esos regímenes han quebrado la esperanza, han desarmado ideológica, política y moralmente no sólo a las masas sino a la mayoría de los obreros más avanzados, a millones de honestos comunistas. Aprovechando y potenciando este desconcierto, la caduca burguesía pretende alimentar y dar nueva vida al cadáver hediondo del sistema imperialista. Procura apurar esta “luna de miel” para reforzar su régimen opresor y explotador y, como esto ni siquiera le sería suficiente, se reestructura con vistas a nuevas guerras de rapiña que, si la Revolución Proletaria Mundial no lo remedia, terminarán en una devastador y genocida Tercera Guerra Mundial.

La experiencia histórica ha demostrado que el proletariado ya está en condiciones de conquistar el poder mediante la revolución y de iniciar la construcción del socialismo. Es más, el balance de todas las revoluciones de este siglo permite enriquecer la teoría y por tanto elevar la capacidad de nuestra clase en el cumplimiento de dichas tareas.

El problema, sin embargo empieza ahí para la mayoría de los obreros de vanguardia: ¿Por qué no hemos podido continuar la Revolución Socialista en la URSS y otros países? ¿Por qué, llegados a cierto punto, se produce la restauración del capitalismo y de la dictadura burguesa? La revolución proletaria se parece al tormento de Sísifo (1).

Los plumíferos a sueldo de los capitalistas, los oportunistas y los revisionistas de toda ralea aprovechan estos hechos para, dando volteretas y hasta algún que otro salto mortal, argumentando con mentiras descaradas o medias verdades, cuestionar los veredictos inapelables de la historia del movimiento obrero revolucionaria: los revisionistas modernos a lo Jruschov para renegar de las enseñanzas principales de la construcción del socialismo concentrando el ataque en la figura del camarada Stalin; los trotskistas, bordiguistas y “comunistas” ultra-izquierdistas para arremeter contra el leninismo; los socialdemócratas, anarquistas y otros para reanimar su vocería contra los más elementales principios marxistas.

Si todo eso está claro -podrían decirnos muchos de los proletarios más conscientes- pero no responde a las preguntas formuladas más arriba.

VIVIMOS EN LA ERA DE LA TRANSICIÓN AL COMUNISMO

Históricamente, la clase obrera se ha desarrollado políticamente y pasó de su fase de aprendizaje en el siglo pasado a su fase de madurez en el presente, cuando el capitalismo ha degenerado en imperialismo y hemos entrado en la época de transición del régimen burgués al Comunismo, en la era de la Revolución Proletaria Mundial. Como explica Lenin:

“El excepcional grado de desarrollo que el capitalismo mundial ha alcanzado en general; la sustitución de la libre competencia por el capitalismo monopolista; el hecho de que los bancos y consorcios capitalistas hayan preparado el aparato para la regulación social del proceso de producción y distribución de los productos; el alza del costo de la vida y el aumento de la opresión de la clase obrera por los consorcios; con motivo del crecimiento de los monopolios capitalistas, los tremendos obstáculos que se interponen en las luchas económicas y políticas del proletariado; los horrores, las calamidades, la ruina y la barbarie provocados por la guerra imperialista: todos estos factores transforman la etapa actual del desarrollo capitalista en la era de la revolución socialista proletaria.

Esta era ha comenzado ya.

Sólo una revolución socialista proletaria puede sacar a la humanidad del atolladero al que ha sido conducida por el imperialismo y las guerras imperialistas. Por grandes que sean las dificultades que encuentre la revolución, cualesquiera que sean los posibles fracasos pasajeros o los vaivenes contrarrevolucionarios que tenga que enfrentar, el triunfo definitivo del proletariado es inevitable”. (2)

…” el proceso de la revolución socialista… no debe considerarse un acto único, sino una época de violentas conmociones políticas y económicas, de lucha de clases enconada hasta el extremo, de guerra civil, de revoluciones y contrarrevoluciones”. (3)

“En realidad, ¿puede encontrarse en la historia un solo ejemplo de un modo de producción nuevo que se haya establecido de un golpe, sin una larga serie de fracasos, de equivocaciones, de caídas y recaídas?” (4)

La revolución proletaria mundial transcurre pues mediante sucesivas oleadas, con avances y retrocesos: se ha cerrado ya un primer ciclo que, a su vez, constó de dos ofensivas situadas en torno de las dos guerras mundiales: la primera en Rusia principalmente y la segunda en China, Europa centro-oriental, … La apertura de una segunda ola de revoluciones depende, por supuesto, de la agudización de las contradicciones objetivas del sistema imperialista, cosa inevitable y que ya se está produciendo. Pero depende asimismo de que el proletariado como clase, y en primer lugar, su vanguardia recoja las enseñanzas del ciclo anterior y, desarrollando la concepción del mundo marxista-leninista y el Programa del Partido Comunista, resuelva el principal problema ideológico, político y moral que afronta el movimiento obrero: cómo conjurar la restauración capitalista y continuar la revolución en los países socialistas hasta alcanzar el Comunismo.

Este acuciante problema no se soluciona recurriendo a ideas o frases ocurrentes sacadas del arsenal de la ideología burguesa (sobre la dictadura y la democracia en general, el Estado y la burocracia por encima de las clases, etc…)

“La dialéctica -nos enseña Lenin- exige un análisis completo del fenómeno social en su desarrollo, exige que lo exterior y aparente sea reducido a las fuerzas motrices esenciales, al desarrollo de las fuerzas productivas y a la lucha de clases”. (6)

Este modo, de abordar la cuestión, que es el único serio y riguroso, sin duda, es condición indispensable para reconstituir los Partidos Comunistas en todos los países y la Internacional Comunista. Aquí, vamos a exponer un primer análisis de la experiencia socialista en la URSS -que se constituyó en modelo para las revoluciones proletarias de este siglo- en base al desarrollo del a Línea Internacional hasta hoy alcanzado por el PCR.

Somos conscientes de que no tiene un carácter exhaustivo ni definitivo y que aún queda por delante mucho trabajo de investigación científica “…iluminado por una profunda concepción filosófica del mundo” (7); esto es, el marxismo-leninismo. Además sólo podrá abrirse paso, en medio y a través de la lucha de dos líneas en el movimiento comunista internacional; es la única forma en que se forja el Partido y todas las organizaciones proletarias. Expondremos nuestro punto de vista en contraste con el Programa del CPBUS del que haremos una valoración crítica, procurando sea correcta: es decir, con criterio de clase proletario, desde la ideología marxista-leninista y a través del método del materialismo dialéctico.

Para comprender algunos motivos de los errores e insuficiencias de tal Programa, hay que tener en cuenta que:

  • Su aprobación se remonta a finales de 1991 y no contempla lógicamente los esclarecedores acontecimiento acaecidos con posteridad.
  • Por necesidades tácticas, es posible que estos camaradas no quisiesen profundizar más allá en el análisis digamos que para no ahuyentar a muchos comunistas honestos, pero equivocados, que sólo pueden “digerir” un proceso paulatino y lento de clarificación.

Captura

LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO EN LA URSS BAJO LA DIRECCIÓN DE LENIN Y STALIN

Hechas estas consideraciones previas, pasemos a valorar el mencionado Programa.

Como atestigua el correspondiente capítulo del Documento Político General del PCR que publicamos a continuación, coincidimos aquí en lo fundamental, con el punto de vista de PCBUS. Esta Organización menciona aquí algunos detalles que no estamos en condiciones de corroborar, mas parecen encajar en la lógica de los hechos históricos comprobados.

En relación con las fuentes de la contrarrevolución ocurrida en los años 50, se mencionan tres ideas correctas:

  1. La Segunda Guerra Mundial, aparte del desenlace feliz de la Victoria sobre el fascismo y la creación del campo socialista, trajo también sus frutos amargos: grandes pérdidas materiales y humanas (entre ellas, muchos de los mejores y más conscientes comunistas); retraso en “la solución de cuestiones esenciales en el desarrollo del socialismo”; reestructuración y reagrupamiento del imperialismo tras la guerra, imponiendo al socialismo la guerra fría y la ruinosa carrera de armamentos.
  2. “El socialismo, construido en las condiciones de una fortaleza asediada” estaba “impregnado de vestigios de la burguesía y de la pequeña burguesía en la economía, la política y la cultura”. Es decir que la URSS, tanto por sus condiciones externas como internas, estaba atravesada por la contradicción fundamental entre el proletariado y la burguesía, y su destino dependía pues del resultado de la lucha entre ambas clases.
  3. “En el orden del día figuraba… la liberación de las múltiples consecuencias del capitalismo por medios de la solución de las contradicciones surgidas…” Pero hubo “falta de decisión y retraso en la solución de los problemas”. Estos son problemas de índole subjetiva: el proletariado y su Partido tenían una conciencia limitada y retrasada de la nueva realidad y de los nuevos problemas.

Desgraciadamente, el PCBUS no desarrolla esta última idea y, en el balance del período histórico en cuestión, falta el análisis de los errores cometidos por el Partido Bolchevique y Stalin, los cuales facilitaron el fortalecimiento de la burguesía hasta el punto que se muestra capaz de arrancar el poder de manos del proletariado a los pocos años de la muerte de este gran dirigente proletario.

La opinión del PCR es la siguiente:

“El socialismo es toda la sociedad de transición desde el capitalismo (a partir de la conquista del poder político por la clase obrera) hasta el comunismo pleno. El socialismo es una unidad de contrarios, de lo viejo y lo nuevo, de lo capitalista y lo comunista, de tal manera que lo segundo va reemplazando lo primero en el curso de la revolución hasta que se impone totalmente. Por lo tanto, en el socialismo, la cuestión de ¿quién vencerá a quién? No puede resolverse definitivamente sino cuando se alcanza el comunismo. Mientras, la sociedad se debate, por fuerza, entre la vía socialista y la vía capitalista, entre revolución y contrarrevolución. La época histórica de transición del capitalismo al comunismo significa, como ya observara Lenin, que deberemos reiniciar varias veces la construcción del socialismo, que alcanzaremos el comunismo a través de un largo proceso de restauraciones y contrarrestauraciones. Y esta cuestión se decidirá en cada caso y en última instancia en el terreno de la lucha de clases puesto que, en la sociedad, las fuerzas que intervienen son las masas y los individuos agrupados en clases (salvo en el comunismo donde ya no habrá clase).

Desde el triunfo de la industrialización socialista y de la colectivización del campesinado, y con la formación de una intelectualidad de extracción obrera y campesina, se estrechó la unidad del pueblo soviético: éste quedó conformado por la clase obrera, el campesinado koljosiano y la intelectualidad socialista, cuyos intereses coincidían en la defensa del régimen construido. Fue un gran paso en el fortalecimiento del socialismo, en el camino hacia el comunismo. Esto es verdad pero toda verdad es relativo y si se exagera, se absolutiza, entonces se comete un grave error. Eso es lo que ocurre con los que no ven que, entre esas tres clases y capes, existen diferencias sustanciales de cara a continuar la edificación de la sociedad comunista; asimismo, con los que deducen que ya no existe lucha de clases”. (8)

Gracias a todas estas trasformaciones, el desarrollo de la URSS se asentó en las modernas fuerzas productivas de carácter social. En esas condiciones, las viejas clases sociales forzosamente tenían que ceder su lugar a las dos principales clases de nuestra época: la burguesía y el proletariado. Tal grado de desarrollo de las fuerzas productivas dicta ese tipo de estructura social: o domina el proletariado o domina la burguesía. No cabe término medio ni tercera vía.

Por eso, las expresiones de “unidad moral y política de la sociedad socialista” y “ascenso de la conciencia nacional” empleadas por el PCBUS sólo son ciertas en un sentido:

“Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder político, elevarse a la condición de clase nacional (de clase dirigente de la nación), constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués”. (9)

Pero son concepciones peligrosas si no se clarifica al mismo tiempo que la nación, mientras exista, es una unidad de dos clases antagónicas y que el objetivo fundamental del proletariado de ningún modo se logrará ocultando ese antagonismo, ni tampoco tiene carácter nacional sino mundial; es posible la construcción del socialismo en un solo país (por mucho que trotskistas e izquierdistas vociferen contra tal “herejía”, la práctica así lo acredita), pero, al Comunismo, o entramos todos los países o no entra ninguno.

La tesis de que “La base económica del socialismo quedaba establecida” en la URSS de Stalin, tampoco es del todo correcta y, sobre todo, puede desviar la atención de lo que es el problema principal: a saber, el carácter concreto de la lucha de clases en aquel momento. Estas tres afirmaciones unilaterales provienen de un mismo error, probablemente benévolo pero de nefastas consecuencias, cual es la exageración de los éxitos alcanzados en la edificación socialista. Examinemos más detenidamente la última:

El marxismo-leninismo -como puede leerse en La Crítica del Programa de Gotha de Marx- define el socialismo o primera fase de la sociedad comunista por el hecho de que la población entera, a través del Estado proletario, ha tomado posesión de todos los medios de producción pero la distribución de los bienes de consumo aún se establece en función del trabajo aportado por cada uno y no según las necesidades. Pues bien, en la URSS de Stalin una parte de los medios de producción (en la agricultura) no pertenecían al conjunto de la sociedad y eso motivaba la existencia de una determinada clase: los campesinos cooperativistas o koljosianos. ¿Quiere decir eso que en la URSS no había socialismo? No, aquella es una definición general que no atiende al problema secundario de persistencia de la pequeña producción agropecuaria: los koljosianos no eran simples campesinos sino campesinos cooperativistas en alianza con el Estado obrero y eso era un paso en el desarrollo del socialismo. Por socialismo, debemos entender todo el período de transición, todo el régimen de la dictadura proletaria (claro que, cuanto más atrasado sea el punto de partida, con más facilidad penetrará el elemento pequeño-burgués en el Estado socialista, favoreciendo con ello a la contrarrevolución). Podemos decir que, en la URSS hasta los años 50, se habían dado los primeros pasos en la edificación del socialismo.

Pero examinamos en general el problema de la lucha de clases en la sociedad socialista.

La lucha de clases en la sociedad socialista: planteamiento general.

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista transcurre el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, en el cual el Estado no puede ser más que la dictadura revolucionaria del proletariado”. (10)

“La dictadura del proletariado, si traducimos esta expresión latina, científica, histórico-filosófica, a un lenguaje más sencillo, significa lo siguiente:

Sólo una clase determinada -los obreros urbanos y, en general, los obreros fabriles, los obreros industriales- está en condiciones de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados en la lucha por derrocar el yugo del capital, en el proceso mismo de su derrocamiento, en la lucha por mantener y consolidar el triunfo, en la creación del nuevo régimen social, del régimen socialista, en toda la lucha por la supresión completa de las clases”. (11)

“La teoría de la lucha de clases, aplicada por Marx al problema del Estado y de la revolución socialista, conduce necesariamente a reconocer la dominación política del proletariado, de su dictadura… capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada de la burguesía y de organizar para el nuevo sistema económico a todos los trabajadores y explotados”. (11)

“El socialismo es la abolición de las clases. La dictadura del proletariado ha hecho en este sentido todo lo que estaba a su alcance. Pero no se pueden abolir de golpe las clases.

Y las clases han quedado y quedarán durante la época de la dictadura del proletariado. La dictadura dejará de ser necesaria cuando desaparezcan las clases. Y sin dictadura del proletariado las clases no desaparecerán.

Las clases han quedado, pero cada una de ellas se ha modificado en la época de la dictadura del proletariado; han variado igualmente las relaciones entre ellas. La lucha de las clases no desaparece bajo la dictadura del proletariado, lo que hace es adoptar otras formas”. (12)

“La abolición de las clases es obra de una larga, difícil y tenaz lucha de clases que no desaparece -como se imaginan los vulgares personajes del viejo socialismo y de la vieja socialdemocracia- después del derrocamiento del poder del capital, después de la destrucción del Estado burgués, después de la implantación de la dictadura del proletariado, sino que se limita a cambiar de forma, haciéndose en muchos aspectos más encarnizada todavía”. (13)

“El período de transición del capitalismo al comunismo es, inevitablemente, un período de lucha de clases de una violencia sin precedentes en que ésta reviste formas de una agudeza sin precedentes y, por consiguiente, durante ese período el Estado debe ser inevitablemente un Estado democrático de nuevo tipo (contra la burguesía)”. (7)

“El Estado, entonces, no ha existido desde la eternidad. Hubo sociedades que se las arreglaron sin él, que no tenían la menor idea del estado ni del poder. En una cierta etapa del desarrollo económico, necesariamente ligada con la división de la sociedad en clases, el Estado se convierte en una necesidad debido a esa división. Ahora nos aproximamos con rapidez a una etapa en el desarrollo de la producción en la cual la existencia de esas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino que se convierte en un verdadero obstáculo para la producción. Las clases desaparecerán tan inevitablemente como surgieron en una etapa anterior. Con ellas, el Estado desaparecerá inevitablemente. La sociedad, que reorganizará la producción sobre la base de una asociación libre e igual de productores, pondrá todo el aparato del Estado donde entonces le corresponda: en un museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce”. (14)

En resumidas cuentas 1º) las clases subsisten en el socialismo hasta que la sociedad entra en la etapa superior: el Comunismo (esa es precisamente la diferencia entre ambas etapas). Así que, mientras existan clases, podrá haber socialismo pero no comunismo. 2º) El Estado es producto de la división social en clases. Si ésta desaparece, el Estado también y, por consiguiente, en el Comunismo no habrá Estado. 3º) Sólo la lucha de clase del proletariado en las condiciones de su dictadura puede acabar con la división de la sociedad en clases. De otro modo, se produce la restauración del capitalismo, como desgraciadamente hemos comprobado.

Las concepciones unilaterales y excesivamente idílicas del PCBUS acerca del socialismo construido en la URSS, las encontramos también, por momentos, en el pensamiento de Stalin contradiciendo otras afirmaciones suyas mucho más correctas.

Contradicciones de Stalin sobre la lucha de clases en el socialismo.

“La explotación del hombre por el hombre había sido destruida para siempre” -dice Stalin en 1936- “había cambiado también la composición de clase de la población de la URSS. Lacase de los terratenientes y la gran burguesía imperialista de los viejos tiempos habían sido liquidadas ya durante el período de la guerra civil. Durante los años de la edificación socialista, habían sido suprimidos todos lo elementos explotadores; los capitalistas, los comerciantes, los kulaks y los especuladores. Quedaban solamente algunos vestigios insignificantes de las clases explotadoras suprimidas, cuya total liquidación era cuestión de muy poco tiempo… De este modo, se van borrando las fronteras de clase entre los trabajadores de la URSS, va desapareciendo el antiguo exclusivismo de clase. Ceden y se borran las contradicciones económicas y políticas entre los obreros, los campesinos y los intelectuales. Se ha creado la base para la unidad moral y política de la sociedad” … Con arreglo a la Constitución de 1936, …”la sociedad soviética está formada por dos clases hermanas, los obreros y los campesinos, entre los cuales existen aún ciertas diferencias de clase. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas es un Estado socialista de obreros y campesinos”. (15)

Sin embargo, en 1937, cuando el PC(b) de la URSS tiene que hacer frente a la conspiración contrarrevolucionaria trotskista-zinovievista, Stalin afirma:

“Hay que demoler y tirar por la borda, la teoría podrida según la cual, la lucha de clases se extinguiría a medida de nuestros pasos hacia adelante, que el enemigo de clase se domesticaría a medida de nuestros éxitos.

No es solamente una teoría podrida sino también una teoría peligrosa, pues ella adormece a nuestros hombres, los hace caer en la trampa y permite al enemigo de clase restablecerse, para la lucha contra el poder de los soviets”. (16)

En 1939, con su Informe ante el XVIII Congreso del Partido, Stalin reincide en los mismos errores:

“La peculiaridad de la sociedad soviética del período actual, a diferencia de cualquier sociedad capitalista, estriba en que en ella no existen ya clases antagónicas, hostiles; las clases explotadoras han sido liquidadas, y los obreros, campesinos e intelectuales, que constituyen la sociedad soviética, viven y trabajan sobre la base de los principios de la colaboración fraternal. Mientras que a la sociedad capitalista al desagarran las contradicciones irreconciliables entre los obreros y los capitalistas, entre los campesinos y los terratenientes, lo cual conduce a la inestabilidad e su situación interior, la sociedad soviética, liberada del yugo de la explotación, no conoce estas contracciones, está libre de choques de clases y ofrece el cuadro de colaboración fraternal de los obreros, campesinos e intelectuales”. (17)

Insiste en que ya ha triunfado completamente el sistema socialista de la economía y señala:

“Congruentemente con esto, han cambiado también las funciones de nuestro Estado socialista. Ha desaparecido, se ha extinguido la función de represión, surgió la función, para el Estado, de salvaguardar la propiedad socialista contra los ladrones y dilapidadores de los bienes del pueblo. Se ha mantenido plenamente la función de la defensa militar de nuestro país contra los ataques del exterior… En lo que se refiere a nuestro Ejército, a los organismos de sanción y de contraespionaje, éstos van dirigidos, no ya contra el interior del país, sino contra el exterior, contra los enemigos exteriores”. (17)

“Como veis, tenemos ahora en Estado completamente nuevo, socialista, sin precedentes en la historia, y que se distingue considerablemente, por su forma y sus funciones, del Estado socialista de la primera fase. (…) ¿Se mantendrá en nuestro país el Estado también durante el período del comunismo?

Sí, se mantendrá, si no se liquida el cerco capitalista, si no se suprime el peligro de un ataque armado del exterior”. (17)

Aun con esas concepciones equivocadas, el PC(b) de la URSS encabezado por Stalin siguió resistiendo y luchado contra elementos burgueses durante los años 1936 a 1953. Eso sí, se les consideraba como “restos de las viejas clases explotadoras, ya liquidadas en lo fundamental, apoyadas por el cerco imperialista impuesto al país y luego al campo socialista”. Esa apreciación era justa, en parte, pero resultaba insuficiente.

La Línea Internacional del PCR señala:

“Si existe lucha de clases proletariado-burguesía y si queremos dirigirla correctamente hacia el comunismo, tenemos que saber responder a esta pregunta: ¿Dónde está la burguesía? Antes de la industrialización socialista y la colectivización de la agricultura estaba claro y así lo señalaban Lenin y Stalin: eran los capitalistas del campo y de la ciudad (los kulaks y los nepmen) y la pequeña producción que va engendrando capitalismo día a día. Pero ¿y después?”.

La lucha de clases en la URSS hasta los años 1930-35.

En efecto, durante esa primera etapa de la construcción del socialismo, Stalin, se ajusta al análisis legado por Lenin:

“La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se decuplica con su derrocamiento (aunque no sea más que unsolo país) y cuyo poderío consiste, no sólo en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y solidez de las relaciones internacionales de la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Pues, por desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha y mucha pequeña producción, y la pequeña producción engendra burguesía y capitalismo constantemente, cada día, cada hora, de modo espontáneo y en masa. Por todos estos motivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria sobre la burguesía es imposible sin una guerra prolongada, tenaz, encarnizada, a muerte, una guerra que exige serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y una voluntad única”. (18)

“La clase de los explotadores, los terratenientes y capitalistas no ha desaparecido ni puede desaparecer en seguida bajo la dictadura del proletariado. Los explotadores han sido derrotados, pero no aniquilados. Conservan una base internacional, el capital internacional, del cual son parte integrante. Conservan, en parte, algunos medios de producción, conservan el dinero, conservan enormes relaciones sociales. Y como consecuencia precisamente de su derrota se ha multiplicado en cien y en mil veces su fuerza de resistencia. El “arte” de dirigir el Estado, el ejército y la economía les da una enorme superioridad, y en consecuencia su importancia es muchísimo mayor que su proporción numérica dentro de la cifra global de la población. La lucha de clase de los explotadores derrocados contra la vanguardia victoriosa de los explotados, es decir, contra el proletariado, se ha hecho encarnizada en grado considerable. Y no puede ser de otro modo, si en realidad nos referimos a la revolución y no suplantamos este concepto (como lo hacen los héroes de la II Internacional) por ilusiones reformistas”.(12)

Los errores fundamentales del PC(b) de la URSS no están aquí, no son los que pretenden los oportunistas derechistas y trotskistas que reprochan a Stalin el haber desarrollado la lucha de clase del proletariado.

Pero, ¿y después de esa primera etapa?

Como veremos, Stalin na sabe abordar las tareas de la segunda etapa porque exagera la dimensión de los logros alcanzados y eso le impide responder cabalmente a la pregunta de ¿Dónde está la burguesía?

Stalin, en sus últimos trabajos, trata de plantear las nuevas tareas. Está probablemente preocupado por el crecimiento del revisionismo. Sin embargo, aunque advierte que los errores que se comentan debilitarán al socialismo y fortalecerán a los partidarios de la restauración capitalista, no plantea esas tareas en clave de lucha de clases.

La lucha de clases en la sociedad socialista soviética tras la construcción de la industria estatalizada y la colectivización agrícola.

Mientras vivió Stalin, la burguesía de la URSS fracasó en sus tentativas de usurpar el poder, pero tras su muerte en 1953, no tardó en producirse su exitoso golpe de estado: como veremos, puede señalarse como momento decisivo el triunfo de la burocracia revisionista en el XX Congreso del PCUS (1956).

Después de nacionalizar la industria en manos del Estado proletario y de limitar la propiedad privada en el campo, ¿de dónde pudo salir esta nueva burguesía tan pujante?

“El concepto de burguesía no es tan simple como referirse a los propietarios privados formales de medios de producción. La burguesía, como todo en la vida, tiene su origen, su desarrollo y su madurez. La agrupación de individuos como clase burguesa es producto de unas determinadas condiciones que se dan en la sociedad. En el socialismo aún se dan algunas de esas condiciones como herencia del capitalismo. El problema de saber dónde está la burguesía (o dónde puede volver a brotar) equivale, por lo tanto, al de saber cuáles son esas “semillas” capitalistas y en qué grupos sociales pueden “prender””. (8)

Veamos pues cuál era la herencia del capitalismo que quedaba en pie en la URSS de entonces (en la Unión Soviética y en cualquier otro país que haya llevado o lleve, en el futuro, hasta ese punto la construcción del socialismo, partiendo del predominio de la pequeña producción en la agricultura).

Veamos pues cuál era la herencia del capitalismo que quedaba en pie en la URSS de entonces (en la Unión Soviética y en cualquier otro país que haya llevado o lleve, en el futuro, hasta ese punto la construcción del socialismo, partiendo del predominio de la pequeña producción en la agricultura).

A) ”Para animar a los dirigentes de la Unión Soviética a emprender el camino de la “evolución pacífica” hacia el capitalismo, las potencias occidentales ha recurrido a las amenazas y al soborno. Mientras haya imperialismo esto será posible, aunque no es la cuestión fundamental puesto que las causas externas actúan a través de las internas o, dicho de otro modo, nadie puede comprar a quien no puede ni quiere venderse”. (8)

Por lo tanto, la lucha de clases a escala internacional, aun siendo muy influyente, no es el factor determinante, sino que lo es la lucha de clases dentro de cada país.

B) “La existencia, al lado de la propiedad de todo el pueblo, de una clase de campesinos cooperativistas (que, en parte, se debe a que no se superó la contradicción campo-ciudad) implicaba la persistencia de relaciones monetario-mercantiles que, aunque muy limitadas, siempre posibilitan escapar del control social y obtener ingresos de fuente distinta que el trabajo propio. Los revisionistas no sólo se dedicaron a esos menesteres sino que aprovecharon la base mercantil de la sociedad para poder restaurar fácilmente el capitalismo. A su vez, dicha base se refleja en la conciencia como espíritu de propiedad privada, de competencia, egoísmo, fetichismo de la mercancía y del dinero, … en definitiva, cuestiones que presionan en el sentido de reforzar la ideología burguesa en las gentes y, por ende, el revisionismo”. (8)

Está claro que la elevación de la propiedad campesina-cooperativa a propiedad de todo el pueblo no es un problema fácil. Como materialistas, comprendemos que, para ello, se deben desarrollar las condiciones materiales que hagan posible suprimir la división del trabajo que opone el campo a la ciudad, heredada del capitalismo (véase el planteamiento de F. Engels en Anti-Dühring, citado en el Cuadernillo Central de este mismo número). Pero también sabemos que sólo avanzaremos en esta dirección con la lucha independiente del proletariado contra las fuerzas reaccionarias burguesas y pequeñoburguesas que vayan surgiendo en cada momento.

En primer lugar, el PC(b) de la URSS y Stalin reconocen esa necesidad de elevar la propiedad cooperativo-koljosiana a propiedad de todo el pueblo y ven acertadamente en la maquinaria agrícola la base técnico-material para lograrlo. Los koljosianos no poseían ni la tierra, ni los tractores, cosechadores, etc. que pertenecían al Estado obrero; pero, sí poseían otros medios de producción -las herramientas básicas, las materias primas y auxiliares- así como los productos. Aunque se trata de propiedad colectiva entre los miembros de la cooperativa, no deja de ser propiedad privada frente al resto de la sociedad: este hecho pasa inadvertido, sin embargo, para los dirigentes de la Unión Soviética.

En segundo lugar, en la cuestión de la supresión de la oposición campo-ciudad, el punto de vista de Stalin es muy diferente del de Engels y, a nuestro juicio, profundamente erróneo:

Se proponen mantener las grandes ciudades.

En tercer lugar, la persistencia de esa propiedad privada en el campo (koljoses) es el obstáculo fundamental que encuentra la revolución proletaria para suprimir el carácter mercantil de la producción y el dinero. Con respecto a este complicado pero importantísimo problema, Stalin y sus camaradas parecen conscientes de la necesidad de avanzar pero manifiestan opiniones confusas y contradictorias que dan pie a desviaciones como la que expresa el Programa del PCBUS: “… relaciones financieras y comerciales de “mercado”…” que se correspondían “con la socialización de los medios de producción”, o la necesidad actual de “restaurar el modelo de mercado socialista”; pero lo peor es que aquellas opiniones también sirvieron para introducir las tesis revisionistas de Jruschov, Brézhnev y Gorbachov acerca de que el desarrollo de las relaciones monetario-mercantiles es compatible con el progreso del socialismo.

C) “La subsistencia de la división social del trabajo que opone a trabajadores manuales y trabajadores intelectuales. Significa esto que, en el socialismo, no ha sido erradicada la base gnoseológica del oportunismo la cual conlleva la posibilidad de que una parte de la intelectualidad engañe a los obreros y campesinos “en nombre del marxismo”, como hizo Jruschov. En la URSS se creó, eso sí, una nueva intelectualidad que procedía de las clases trabajadoras; tal cosa estaba muy bien pero no era suficiente y, así, un sector de la misma se separó de las masas adoptando un estilo de vida elitista y burgués, fue asumiendo intereses y actitudes corporativistas que le llevaron a luchar por el poder desplazando del mismo al proletariado y a su verdadera vanguardia, la línea marxista-leninista dentro del PCUS (…)

En definitiva, al oponerse a la perspectiva de la superación de la división social del trabajo, esa franja de la intelectualidad actuaba como clase contra la continuación de la revolución. He aquí una prueba más de que el proletariado es la única clase revolucionaria hasta el fin. Stalin contempla correctamente la necesidad de formar culturalmente a los trabajadores manuales, habla de elevar la productividad del trabajo para que la liberación de horas de trabajo en beneficio del estudio no interrumpa el desarrollo de las fuerzas productivas; sin embargo él no ve ningún peligro por parte de la nueva intelectualidad y se puede decir que no trata como es debido la contradicción trabajo manual-trabajo intelectual”. (8)

Y eso que Engels había demostrado ya muchos años antes que la ley de la división del trabajo constituye la base de la división en clases (véase el Cuadernillo Central de este número). Más de un siglo después de Engels y teniendo a la vista las desastrosas consecuencias de este fatal error del PC(b) de la URSS, resulta sorprendente que el Programa del PCBUS se limite, sobre este particular, a reseñar que “… se constituyó una intelectualidad de origen obrero y campesino”.

“La persistencia de la división social del trabajo es justamente la que determina la necesidad de un aparato de funcionarios del Estado y también del Partido Comunista. El corporativismo de estos trabajadores intelectuales se conoce como burocratismo. Por su función en los órganos de poder, representan un peligro extremo para la dictadura del proletariado si se burocratizan. Marx y Lenin propusieron, en base a la experiencia revolucionaria, unas medidas democráticas preventivas (electividad, revocabilidad, sueldos de obreros, control obrero, …) pero en un país como la Rusia atrasada, analfabeta y pequeño-burguesa tales medidas no siempre se pudieron aplicar y, dada la debilidad numérica del proletariado, el Partido se vio obligado a dotarse de un enorme aparato de funcionarios para poder dirigir el país. De todos modos, Stalin combatió la burocracia pero no contemplaba la posibilidad de que pudiera usurpar el poder para restablecer el capitalismo. De hecho, se fue fortaleciendo durante su mandato y, ya entonces, causó daños al socialismo aunque no es hasta los años 50 que pasa a la ofensiva contra la dictadura del proletariado y combate abiertamente la línea marxista-leninista que, hasta ese momento había prevalecido en el Partido Bolchevique”. (8)

D) “En el socialismo, la remuneración se establece según el trabajo aportado y no según las necesidades. Se trata, como observa Marx, de una supervivencia del derecho burgués necesaria mientras el desarrollo de las fuerzas productivas sea insuficiente para alcanzar la abundancia y el triunfo de la conciencia comunista en los trabajadores. Es por tanto, una premisa evidente para el florecimiento de ideas revisionistas burguesas o pequeño-burguesas (igualitarismo). Pero entonces, como advierte Lenin, si hay derecho burgués, se necesita un aparato coercitivo que asegura su cumplimiento castigando a los que lo infrinjan; así, el Estado socialista es, en cierto sentido, un Estado burgués sin burguesía ¿sin burguesía? En la URSS, los cuadros burocratizados fueron los mayores responsables del desprecio igualitarista (en el sentido de no remunerar con arreglo al trabajo realizado) hacia los trabajadores; cuando la burocracia revisionista usurpó el poder, por la cuenta que le tenía, se pasó al extremo contrario enterrando la labor ideológica comunista y tergiversando el principio de la remuneración según el trabajo al que convirtieron en “interés material individual” para estimular … sobre todo la iniciativa de los dirigentes. No sólo esto reforzaba la ideología burguesa en la sociedad sino que constituía el paso necesario para el enriquecimiento de de la burocracia revisionista, su conversión en burguesía burocrática y la transformación del Estado socialista en Estado burgués sin más”. (8)

A esta lista de reminiscencias del capitalismo dentro de la sociedad soviética, habría que añadir toda una serie de manifestaciones de la ideología burguesa que es preciso combatir con un buen trabajo político de agitación y propaganda. Sin embargo, para eliminar por completo la ideología burguesa, es preciso extirpar sus raíces objetivas, materiales, que son las que acabamos de explicar. A la luz de la experiencia histórica, no podemos sino apreciar con asombro y admiración la profunda comprensión que, sobre este problema, tenía Carlos Marx:

“Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado.

En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!”. (10)

Marx condensa aquí de un modo magistral las tareas de la revolución socialista para que, a través de la dictadura del proletariado, la humanidad pueda llegar al Comunismo. Y, al mismo tiempo, pone al descubierto los límites reales que convierten a la revolución proletaria en un proceso objetivo y no en un acto sencillo y único donde todo cambia por la mera voluntad del partido de vanguardia.

¿Cómo evitar la restauración del capitalismo?

El PCR concluye su primer balance sobre la historia de la construcción del socialismo, tal como sigue:

“A la luz de la experiencia soviética, podemos ir señalando algunas medidas que, bajo el socialismo, el proletariado revolucionario debe tomar para conjurar el peligro de restauración capitalista:

Combatir políticamente el revisionismo educando a las masas en esta lucha para que puedan defender el socialismo gracias a una más profunda comprensión del marxismo-leninismo. Hacerlo tanto en el interior del país como en todo el movimiento comunista internacional lo cual ayudará al progreso de la revolución mundial y, por lo mismo, reducirá la presión imperialista sobre los Estados socialistas. Si, en algún momento, se conforma una burocracia que toma posiciones decisivas en el Partido y en el Estado poniendo en peligro la dictadura del proletariado, será necesario movilizar a éste y a las masas para expulsar a dicha burocracia de sus trincheras (entiéndase, continuar la lucha de clases). Pero esto no basta sino que hay que

Avanzar en la erradicación de las bases del revisionismo:

*elevar la propiedad cooperativa campesina al nivel de propiedad de todo el pueblo a medida que se resuelva el contrate campo-ciudad para estar en disposición de liquidar las relaciones mercantiles y de continuar hacia la sociedad sin clases.

*ir superando la división social del trabajo que opone a trabajadores manuales y trabajadores intelectuales, a obreros, técnicos y directivos: no sólo hay que elevar culturalmente a los primeros sino, al mismo tiempo, incorporar a los otros al trabajo productivo. Esto requiere incrementar la producción, desarrollar los vínculos de ésta con la ciencia y la técnica y luchar contra los prejuicios tecnocráticos y elitistas de la intelectualidad (lucha de clases).

En relación con esto, hay que democratizar cada vez más el Estado (también el Partido) en el sentido proletario y soviético, incorporando progresivamente a los obreros y campesinos a funciones dirigentes y reduciendo el aparato de funcionarios.

*con el desarrollo de las fuerzas productivas unido al trabajo político-ideológico comunista, superar las reminiscencias del derecho burgués.

En síntesis, para conjurar el peligro de restauración capitalista en preciso continuar la revolución en todos los frentes a través de la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado.

Por último, surge la pregunta: ¿Cómo continuar la revolución?

Sólo será posible con movimiento comunista de masas en torno al proletariado; cada paso adelante hacia el comunismo se tendrá queda movilizando, no podrá ser a golpe de decreto. Cuando los trabajadores conquistan el poder, no están preparados para pasar directamente a la sociedad comunista, porque la conciencia nunca puede ser superior a las condiciones sociales existentes; el imperialismo encierra las condiciones para el socialismo pero no para el comunismo. Por eso, los trabajadores que inician la revolución son capaces de llevar a cabo transformaciones socialistas ¿Cómo continuar después? Realizadas esas transformaciones socialistas, las condiciones sociales existentes ya no son las mismas que antes de la revolución y, por ello, los trabajadores pueden asumir una conciencia superior, movilizándose para continuar la revolución. Pero la posibilidad de asumir una conciencia superior no se convierte en realidad de forma automática: bajo el imperialismo, tampoco los es, puesto que hace falta la acción educadora y organizadora de la vanguardia del proletariado, el Partido Comunista, en lucha contra la ideología burguesa y oportunista; en el socialismo, los requisitos son los mismos. Cada salto a un nivel superior de conciencia requiere conducir la lucha de clases en el plano teórico para alcanzar una mayor comprensión y asunción de la concepción proletaria del mundo desechando concepciones burguesas: esto es, para conjurar la restauración del capitalismo y continuar la revolución, hacen falta sucesivas revoluciones culturales proletarias. Así las masas trabajadoras conscientes de sus nuevas tareas son ya capaces de movilizarse para continuar la revolución.

A este respecto, lógicamente, una cuestión de capital importancia es la de preservar el carácter del Partido Comunista como vanguardia del proletariado (dificultad seria tratándose de un partido gobernante) y eso sólo puede lograrse desarrollando el marxismo-leninismo en medio y a través de la lucha de dos líneas en el seno del Partido”. (8)

La manifestación más desarrollada -y, por lo mismo, la más eficaz- de la burguesía, en su lucha como clase reaccionaria contra el progreso social, es la línea oportunista-reaccionaria contra el progreso social, es la línea oportunista-revisionista (en sus más diversas expresiones) dentro del Partido Comunista, puesto que éste es la vanguardia de la clase revolucionaria, o sea del proletariado. Por eso, sólo la lucha contra esta línea negra, si se resuelve con éxito en cada momento, permite desarrollar la Línea Roja, marxista-leninista, dentro del Partido y, por consiguiente, continuar la revolución proletaria. La lucha de dos líneas en el movimiento obrero y, principalmente, en el Partido Comunista, es pues, como expresión condensada de la lucha de clases, el motor de la revolución proletaria, tanto en el capitalismo como en el socialismo.

LA RESTAURACIÓN DEL CAPITALISMO EN LA URSS DESDE JRUSCHOV.

El Partido Comunista Revolucionario coincide, en buena parte, con el Programa del PCBUS en la caracterización del Nuevo Curso que adopta el PCUS durante los años 50:

“Después de la muerte de Stalin en 1953, se abre un período de aguda lucha de clases concentrada principalmente como lucha de dos líneas en el seno de PCUS y que se salda con la victoria en 1956 (XX Congreso del PCUS) del “partido” de la burocracia revisionista liderado por Jruschov. Con hábiles maniobras, apoyándose en sectores burocratizados del aparato y aprovechando errores de la etapa anterior que se aderezan oportunamente con infundios sacados del arsenal de la CIA y de los trotskistas, el grupo de Jruschov logra destruir poco a poco toda oposición a su poder: destituye a la mayoría de los miembros del Presidium del Comité Central, expulsa al llamado grupo anti-partido de Molótov, Malenkov y Kaganóvich y “depura” al Partido de una buena parte de sus mejores cuadros bolcheviques por defender éstos la política del período del “culto de la personalidad”.

Una vez más, no podemos juzgar estos hechos desde el punto de vista de la democracia en general, al margen o por encima de la lucha de clases, condenando por principio toda purga o represión, como hacen los reformistas y los liberales. Tal actitud sólo nos conduciría a no comprender nada y a repetir sermones moralizantes estériles, lo que equivale objetivamente a ayudar al enemigo, a allanarle el camino. Aquellos sucesos deben valorarse desde el punto de vista de ¿a qué clase sirven? Hemos visto más arriba que el Partido Comunista de URSS había mantenido globalmente una línea marxista-leninista y había servido a la clase obrera de su país y del mundo hasta los años 50. El Nuevo Curso que se impuso después en el PCUS bien podía haber sido, tal como se declaraba entonces, para corregir y mejorar las cosas desde la misma perspectiva de clase, desde el leninismo, aunque ya a primera vista resulta sospechoso que las descalificaciones del período anterior fueran tan globales, maniqueas e histéricas. La realidad es que, tras el estudio del nuevo Programa del PCUS que se aprueba en su XXII Congreso (1961) y que sintetiza las concepciones y planes de la nueva dirección, ya no se puede dudar de su línea: 1) es ideológicamente revisionista, 2) sirve políticamente a la burguesía y 3) conduce objetivamente a la restauración del capitalismo, más allá de la promesa de desembarcar en el comunismo en 20 años.

Habrá que estudiar si realmente Stalin manejó mal la contradicción masas-jefes pero, en cualquier caso, parece que sus sucesores que tanto le criticaron este extremo, obsequiaron al pueblo con su propio “culto de la personalidad”, con el agravante de que carecían de la autoridad moral de Stalin; además, y esto es lo más importante, los ataques de que éste fue objeto fueron un mero pretexto para liquidar el marxismo-leninismo en el PCUS. He aquí una muestra de la origina “vuelta a leninismo verdadero” que supuso el Nuevo Curso:

a) Política internacional del PCUS: El sano rechazo de la guerra nuclear se vuelve pánico irracional, abandonando el terreno científico del materialismo dialéctico e histórico para caer en el voluntarismo. Resulta que la guerra ya no es consustancial al imperialismo y se puede evitar aun existiendo éste. Las guerras revolucionarias del proletariado y de los pueblos oprimidos son factores de desestabilización, focos que pueden provocar el estallido de una nueva guerra mundial. Se olvida el otro aspecto de la cuestión, que es el principal, y es que las guerras justas socavan y van destruyendo al imperialismo, al causante de las guerras más terribles. Tal concepción de la “coexistencia pacífica” nada tiene que ver con Lenin, conduce al abandono del internacionalismo proletario que es sustituido por la confianza en los imperialistas como clase y la colaboración con ellos en aras de la paz sólida y duradera y el desarme general y completo (¿bajo el capitalismo!).

Lógicamente, la lucha de clases en las sociedades burguesas “se transforma” en vía pacífica y parlamentaria al socialismo apoya da en la emulación pacífica de los dos sistemas sociales que demostraría a todos (!) la superioridad del socialismo. En consecuencia con esto, el PCUS pasa a respaldar al reformismo dentro del movimiento comunista internacional: propugna el gradualismo y las etapas intermedias para llegar al socialismo (democracia antimonopolista, nacionalizaciones sin destruir el Estado burgués, …), la alianza con la burguesía y la unidad con el oportunismo.

b) Política interior del PCUS: Exagerando el alcance de los logros obtenidos en la construcción del socialismo, se niega la existencia de antagonismos y de lucha de clases en la URSS”. (8)

Y eso se afirmaba precisamente cuando la propia prensa soviética relataba continuos casos de corrupción en ellos que se manifestaba abiertamente la lucha de clase de la burguesía contra el proletariado. Veamos algún ejemplo:

-Los dirigentes de una fábrica de materiales militares de Leningrado colocaron a su propia gente en “todos los puestos clave”, “convirtiendo la empresa estatal en empresa privada”. Se dedicaron a la producción privada de artículos no militares, obteniendo una ganancia de 1 millón 200 mil rublos viejos en tres años. (19)

-En Uzbekia, los dirigentes de una tejeduría de seda estatal compraron viscosa y seda cruda a través de canales ilegales y esos “nuevos empresarios· no registraban en los libros su producción. Contrataron asimismo obreros sin cumplir las formalidades necesarias e “implantaron la jornada de doce horas” (20) de paso, vemos aquí cómo la restauración del trabajo asalariado no es obra de la perestroika, como afirma el PCBUS, sino que es anterior; de todos modos, por mucho que la mayoría de la población soviética fuese empleada por el Estado, al haberse convertido éste en Estado burgués, el proletariado había perdido la propiedad real sobre los medios de producción y se convirtió en una clase de trabajadores asalariados, explotados no por una pluralidad de capitalistas individuales sino por un único capitalista colectivo.

-Unos dirigentes de un dispensario psiconeurológico de Moscú sobornaron a funcionarios del Departamento para Combatir el Robo de la Propiedad Socialista y la especulación y se dedicaron a la fabricación textil. Mantenían relaciones con “cincuenta y dos fábricas, cooperativas artesanales y koljoses” y ganaron tres millones de rublos en unos años. (21)

-En Kirguizia, una banda de malversadores y desfalcadores, entre los que se encontraban varios altos cargos de la República, colocó bajo su control dos fábricas en las que organizaron producción clandestina, robando más de 30 millones de rublos en bienes del Estado. (22)

-El presidente de un koljós de Bielorrusia se consideraba “un príncipe feudal en el koljón” y “personalmente” dirigía todos los asuntos. Vivía en la ciudad o en su propia “espléndida villa”. Siempre estaba ocupado en “diversas maquinaciones comerciales” y “negocios ilegales”. Compraba animales en otros lugares y los hacía pasa por productos de su koljón etc. (23)

Continuemos; así pues según Jruschov y compañía, en la URSS: “Ya no hay contradicción en clase obrera y campesinado koljosiano, entre campo y ciudad, entre trabajadores manuales y trabajadores intelectuales, entre las nacionalidades del país, etc… La restauración del capitalismo es imposible. La dictadura del proletariado ya no es necesaria y se transforma en Estado de todo el pueblo. La clase obrera deja de ser la única clase revolucionaria hasta el fin con lo que el PCUS se convierte en Partido de todo el pueblo, monolítico para siempre y sin contradicciones, sin lucha de dos líneas en su seno. El problema de construir el comunismo se reduce a crear la base material y técnica necesaria. Este “programa de construcción del comunismo” resulta ser, en sus medidas concretas, un plan de destrucción del socialismo y de restauración del capitalismo: mayor independencia de los koljoses que pasan a ser propietarios de los modernos medios de producción (maquinaria, centrales eléctricas y empresas industriales), en lugar de progresar hacia la propiedad de todo el pueblo; basarse en el interés material individual y no en el trabajo político-ideológico comunista; ampliar la autonomía de las empresas en detrimento del perfeccionamiento de la planificación centralizada; en relación con esto último, ampliar la esfera de acción de las relaciones monetario-mercantiles en lugar de avanzar hacia su supresión; centrar el objetivo económico en el beneficio empresarial y no en el crecimiento de la producción global para mejorar el bienestar material de todo el pueblo; etc…

Por consiguiente, en filosofía, sustituir la dialéctica por la metafísica y el dogmatismo, convirtiendo el marxismo-leninismo en una teoría muerta y fosilizada; en política, negar la lucha de clases y la dictadura del proletariado; en economía, basarse en mecanismo capitalistas. Todo esto exuda desconfianza hacia la clase obrera como creadora del comunismo. Las concepciones y la práctica del PCUS, de este modo, se iban divorciando más y más de la realidad y de las masas y se imponía el estilo de trabajo burocrático y tecnocrático. El Nuevo Curso no tenía nada que ver con los intereses reales del proletariado sino todo lo contrario: expresaba el ascenso al poder de una nueva burguesía en formación que procedía de los sectores burocratizados de aparato partidario y estatal. Fue una auténtica contrarrevolución burguesa, aunque no pudo ser culminada hasta el pleno restablecimiento de la propiedad privada capitalista, tres décadas más tarde.

A escala internacional, la contrarrevolución en la URSS fortalece políticamente al imperialismo, marca negativamente el curso de la lucha de clases en los jóvenes Estados socialistas, de Europa Oriental principalmente, y provoca la escisión del movimiento comunista internacional, imponiéndose su ala derechista en la mayoría de los partidos.

Brezhnev: la consolidación de la burguesía.

Después del cese de Jruschov en 1964, el PCUS encabezado por Brézhnev no corrige ni una de las tesis fundamentales formuladas en el Nuevo Programa sino más bien profundiza la degeneración revisionista: la reforma económica de 1965 da un paso más hacia el capitalismo al permitir relaciones mercantiles directas entre las empresas (al margen del plan) lo que, junto con la ampliación de la autonomía de las empresas, serviría de caldo de cultivo para el florecimiento del mercado negro, el enriquecimiento de directivos empresariales y burócratas y el surgimiento de un sector de capitalistas “informales”; al mismo tiempo, las modernas fuerzas productivas existentes obligan a que el camino hacia la propiedad privada capitalista se recorra constituyendo verdaderos monopolios semi-privados (muchas empresas renuncian a su autonomía en beneficio de los “complejos de producción” en los que se integran); se teoriza que la URSS se encuentra en la etapa del socialismo desarrollado lo que es falso puesto que, al subsistir las clases y las relaciones mercantiles (ya estamos viendo que lejos de desaparecer se reforzaban), quedaba aún mucho socialismo que desarrollar; etc…” (8)

De Jruschov a Brézhnev, la política de la URSS sufrió un brusco cambio que algunos camaradas honestos, pero muy desinformados, interpretaron como una “rectificación”. En realidad, sólo se trataba de una nueva táctica de la burguesía soviética después de consolidar su poder, controlar la situación y eliminar los peligros que pudiesen venir de los sectores proletarios más conscientes, de los comunistas marxista-leninistas. En este período, se gestó el más grave daño jamás causado al comunismo por los revisionistas. Esta camarilla burguesa:

1º) Pasó de la colaboración con los imperialistas occidentales a la confrontación. Esta pugna interimperialista la encubrió con consignas como la defensa del campo socialista, el internacionalismo proletario, etc…

2º) En lugar de dirigirse hacia una democracia liberal pluripartidista aprovechó la estructura política heredada del socialismo y la empleó para sus fines reaccionarios, transformándola así en su contrario. De ese modo, dio a su acción represiva la apariencia de una defensa decidida del Estado “socialista”, de su dirección por el partido “comunista”, de la ideología “marxista-leninista”, etc.

Con esta nueva táctica, la burguesía soviética pudo desarrollarse y reordenar el proceso de restauración plena del capitalismo, ganándose el apoyo de: a) sectores intermedios de la sociedad soviética, nostálgicos de los logros del período de Stalin, pero temerosos de la acción de la dictadura del proletariado contra sus aspiraciones pequeño-burguesas.

b) Importantes fracciones de las clases explotadoras de las naciones oprimidas que se beneficiaban de la competencia que la URSS imponía a Estados Unidos para negociar, ora con una ora con otra superpotencia, una mayor participación en la explotación de sus pueblos.

c) y, por último, aprovechó el prestigio de la URSS socialista para instrumentalizar la mayoría revisionista del que fue “Movimiento Comunista Internacional”. Y esto lo consiguió tanto en cuanto a sus dirigentes, oportunistas hasta la médula, como a sus bases desconocedoras del marxismo-leninismo y manipuladas (excepción hecha de los “eurocomunistas” que se vendían directamente a gobiernos imperialistas de sus respectivas naciones).

Por consiguiente, la contrarrevolución en la URSS no se inicia en los años 80 con Gorbachov sino en los años 50 con Jruschov. Este Nuevo Curso revisionista supone la liquidación de la dictadura del proletariado y fomenta los intereses de los nuevos elementos burgueses. Siendo aso así, quizá las preguntas que vamos a hacernos a continuación son de Perogrullo pero resulta que todavía hay muchos comunistas honestos que se empeñan en negar la evidencia; por muy doloroso que pueda ser, hay que reconocer las cosas como son:

-¿Cuál fue el carácter de clase del Estado soviético desde Jruschov en adelante? El verdadero Estado soviético, encarnación de la dictadura del proletariado, fue destruido y sustituido por un Estado que encarnaba la dictadura de la burguesía, más concretamente de una nueva burguesía burocrático-revisionista; aunque conservara el nombre, la bandera, algunos funcionarios honrados y más o menos comunistas), algunas leyes socialistas, etc. Como bien dice el Programa del PCBUS, este nuevo Estado reaccionario se lanzó a “persecuciones” contra los verdaderos comunistas, que levantaron la bandera de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado. El revisionismo en el poder es la burguesía en el poder, como también podemos comprobarlo aquí con esas consagradas organizaciones “obreras”: PSOE, PCE, IU, CC.OO., UGT, etc. Por supuesto que en todas ellas militan obreros -podrían incluso ser mayoría- pero eso no determina el carácter de clase de esas organizaciones: por la misma lógica cuantitativa, el régimen burgués nunca podría ser tal y habría que considerar la España actual como un país socialista-proletario.

“(…) En segundo lugar -y esto es lo principal-, no se trata tanto del número de miembros de una organización, como del sentido real, objetivo, de su política: de si esa política representa a las masas, sirve a las masas, es decir, sirve para libertarlas del capitalismo, o representa los intereses de una minoría, su conciliación con el capitalismo”. (24)

-¿Cuál era el régimen social en la URSS desde Jruschov en adelante? Desde mediados de los años 50, la URSS deja de edificar el socialismo y se convierte en un país capitalista, más concretamente de capitalismo monopolista de Estado (imperialista). ¡Claro que pervivían vestigios del socialismo anteriormente construido! ¿Por qué no fueron liquidados de golpe sino progresivamente? Por las mismas razones por las que, en los países capitalistas occidentales, la burguesía no ataca simultáneamente sino por partes las conquistas históricas del movimiento obrero:

1) Por la resistencia que opone el proletariado.

2) Porque son las crisis del capitalismo las que obligan a la burguesía a lanzar sus periódicas ofensivas reaccionarias, aun a sabiendas de que, con ellas, acrecientan la rebeldía de las masas oprimidas. Y ese fue precisamente el motivo real de emprender la política conocida como “perestroika”: las crisis económicas, cada vez más profundas, al cabo de 30 años de restauración capitalista, exigían la destrucción franca y en masa de fuerzas productivas, solución que, sin embargo, tropezaba con los últimos restos del socialismo y la nueva burguesía soviética necesitaba deshacerse de ellos.

Veamos algunos indicadores económicos de esa crisis: “(…) así, la producción industrial había tardado 25 años (desde la época de Jruschov) en alcanzar la tase de crecimiento de los 10 primeros años de industrialización (en la época de Stalin); después de la primera reforma económica, los ritmos de incremento de la producción fueron reduciéndose: 8% en 1960, 7% en 1961,  6% en 1962 y  4% en 1963; después de la segunda reforma, la tasa de aumento del producto per cápita continuó cayendo: 33% en el quinquenio 1966-70, 24% en el quinquenio 1971-75, 18% en el quinquenio 1976-80 y 11% en el quinquenio 1981-85. Este era el amargo fruto del restablecimiento de mecanismos capitalistas. Este era el fracaso económico del revisionismo y no del socialismo, como afirman las mentes biempensantes de derechas y de “izquierdas” para confundir y desmoralizar al proletariado”. (8)

La perestroika: culminación de la contrarrevolución.

A partir de 1985, Gorbachov es elegido Secretario General del PCUS e inicia la política de perestroika que se aprueba al año siguiente en el XXVII Congreso del partido. En su informe reconoce la existencia de fenómenos negativos sobre todo en la economía. Este líder de la burguesía maneja con habilidad, durante los primeros años, el estado de ánimo de las masas trabajadoras: de una parte, por nostalgia, éstas sienten apego por el discurso revolucionario socialista, al mismo tiempo que ven al PCUS y al Estado como una  camarilla de nuevos explotadores; de otra parte, se encuentran descabezadas, sin un verdadero Partido Comunista que las oriente, mientras la propaganda del imperialismo occidental gana cada vez  más adeptos con sus insulsas frases sobre la democracia en general. Gorbachov a la cabeza del PCUS, lejos de responsabilizar de los problemas del pueblo al revisionismo opresor y al capitalismo restaurado, continúa desarrollando la tendencia de sus predecesores hacia la propiedad privada capitalista y la política burguesa. Se vale para ello de una abrumadora demagogia sobre la propiedad de los trabajadores, la autogestión de las empresas, la democracia socialista y el retorno de los soviets originales, etc.

Sin embargo, la crisis de la URSS se agudizó y no pudo ya frenarla ni la distensión con el imperialismo norteamericano, ni menos aún aquellas formas de transición para “consumo” del pueblo soviético. Ante la necesidad de una reestructuración más profunda del capitalismo monopolista de Estado, las contradicciones en el seno de la burguesía soviética se enconaron, dividiéndose en dos fracciones enfrentadas -la liberal pro-occidental (reformistas) y la burocrática (conservadores)-, al tiempo que se fragmentó en las distintas nacionalidades que componen la URSS. Esta pugna se saldó con la victoria de la fracción “reformista” y no, como sostiene el Programa del PCBUS, con el triunfo de la “burguesía nacional”: la fracción que sostiene posiciones más nacionalistas y chovinistas (gran-rusas) es la otra, la que ostentaba el poder anteriormente. La consecuencia de este desenlace fue la desintegración de la Unión Soviética, incluyendo sus símbolos y algunas garantías sociales que habían resistido el paso de 30 años de contrarrevolución. No obstante la correlación de fuerzas en la burguesía rusa es muy cambiante y se aprecian recientemente indicios de que Rusia trata de recuperar ciertas posiciones como superpotencia imperialista (por ejemplo, la actitud hostil hacia la Alianza para la Paz propuesta por la OTAN a los países del centro-este de Europa, la guerra en Bosnia, la solución militar en Chechenia, etc.).

El PCBUS apunta acertadamente al XX Congreso del PCUS como origen de la contrarrevolución con sus ataques revisionistas al camarada Stalin y también aprecia correctamente el significado reaccionario de la perestroika (contradiciendo su afirmación inicial de que “finalmente ha fracasado”). Sin embargo se empeña en creer que el sistema económico y político de la URSS siguió siendo socialista hasta que la perestroika lo liquidó:

  • Nos dice que el Estado “fue enteramente puesto al servicio de la restauración de las relaciones capitalistas”, cuando eso fue así desde mucho antes, desde que se presentó como Estado de todo el pueblo. Desde entonces, no sólo “se alejó del pueblo” sino que se enfrentó a la clase obrera como un aparato de opresión.
  • Nos dice que el Estado fue “cortado de la economía”, como si la mayor o menor intervención estatal en la economía (antes o después de la perestroika, respectivamente) fuera garantía de socialismo. En realidad, el problema es: Estado ¿de qué clase? Y, por lo tanto, ¿en aras de qué tipo de propiedad?, ¿propiedad social, de todo el pueblo, o propiedad del Estado burgués como capitalista colectivo? Y esas privatizaciones -por lo demás comunes hoy a todos los países burgueses- no son en absoluto un regreso al “capitalismo anterior a la formación de los monopolios”.
  • Nos dice que, después del XXVII Congreso hubo “capitalización del socialismo” (?), lo cual es absurdo puesto que ya no había socialismo desde muchos años atrás.
  • Nos dice que la industria de defensa, las fuerzas armadas y los órganos de seguridad (KGB) están, desde Yeltsin, bajo el mando de elementos contrarrevolucionarios. En verdad, ¿sólo desde Yeltsin? Si es así, ¿cómo es posible que Jruschov, Brézhnev y Gorbachov hayan podido restaurar el capitalismo, cuando la “columna vertebral” armada del Estado, supuestamente, seguía bajo el mando de gentes fieles a los ideales de la revolución y del socialismo? No se entiende.
  • Por último, están todas esas referencias al patriotismo: “Estado que necesita de patriotas”, la perestroika “puso fin a los vestigios de la potencia soviética”, produjo “tendencias antipatrióticas en la política exterior”, convirtió a Rusia en “peón subordinado, subdesarrollado y explotado”; hay que defender “el honor y la dignidad de la patria”, convertirla de nuevo en “gran potencia mundial”, agrupar en las filas del partido “a todas las fuerzas… patrióticas”, etc.

Antes de la Revolución de Octubre, Rusia era un país imperialista y semi-feudal en descomposición. El socialismo convirtió a la URSS en una potencia socialista que, junto con el proletariado y los pueblos oprimidos, formaba un Frente Anti-Imperialista Mundial. En esas condiciones, como planteaba Lenin, se vuelve justa la consigna de “defensa de la patria”; el patriotismo socialista y el internacionalismo proletario forman un todo indivisible. Ahora bien, desde que se produjo el golpe de Estado revisionista y se inició la evolución pacífica hacia el capitalismo, la URSS siguió siendo una potencia pero no ya socialista sino imperialista. Desde entonces, el patriotismo “soviético” o ruso se ha vuelto tan reaccionario como el patriotismo español o norteamericano. Las potencias imperialistas se unen o luchan entre sí, según su mutua conveniencia que varía de unos momentos a otros. Propagar, en esas condiciones, el “patriotismo” en el movimiento obrero significa ayudar a la oligarquía financiera monopolista a destruirlo y a convertir a los trabajadores en carne de cañón para sus guerras de rapiña. Y es cierto que Rusia, tras su grave crisis, ha tenido que retroceder, que ceder posiciones, pero sigue siendo una potencia y no puede hablarse, en justicia de “yugo extranjero” (aunque puede decirse que no es ay una “superpotencia). En cada país imperialista, Rusia incluida, la consigna que los comunistas debemos difundir no es en absoluto el patriotismo, sin ola lucha de clases y la oposición a toda opresión nacional, principalmente, por parte de “nuestra patria”.

En resumidas cuentas (y por no entrar a examinar otros errores, el PCBUS parece confundir sus deseos con la realidad y se empeña en no ver el carácter burgués del Estado y la sociedad soviéticas desde hace tres décadas. De ahí el nombre de “Programa de movilización para el período de transición”, como si la restauración del capitalismo en la URSS fuese un hecho reciente. Esto le da pie para plantearse el restablecimiento del socialismo a través de reformas y apoyándose en las fuerzas sanas que, supuestamente, seguirían constituyendo la mayoría dentro de los órganos del Estado (por ejemplo, el llamamiento a “no permitir” que transformen a las fuerzas de seguridad del Estado “en una institución represiva contra el pueblo”, a “apoyarlas” y a “castigar por ley” todos los ataques contra ellas). Este grave error de apreciación, lejos de ayudar a restablecer el socialismo, fortalece en las masas las ilusiones reformistas y la conciliación con el Estado burgués opresor. Tanto en Rusia como en cualquier otro país capitalista, la conquista del socialismo sólo es posible por medio de la revolución violenta, la destrucción del Estado burgués y la instauración de la dictadura del proletariado.

A partir de aquí, el programa del PCBUS, se convierte en una retahíla de intenciones ingenuas, tal como suelen encontrarse en los programas de esos partidos pequeñoburgueses que se hacen llamar “comunistas” o “de izquierdas”.

El Partido Comunista de los Bolcheviques de la Unión Soviética, por consiguiente, rompe ciertamente con muchas de las posiciones revisionistas que sostenía el PCUS de Jruschov, de Brézhnev y, no digamos, de Gorbachov. Sin embargo, aún debe continuar desarrollándose en él la línea proletaria para alcanzar a reconstituir el verdadero Partido Comunista de Rusia.

 


 

(1) Hijo mortal de Eolo, condenado a empujar eternamente una enorme piedra desde la falda hasta la cima de una montaña, la cual, cuando está en la cumbre, rueda de nuevo hasta la falda.

(2) Materiales para la revisión del Programa del Partido. Lenin.

(3) Las consignas de las EE. UU. de Europa de Lenin.

(4) Una gran iniciativa. Lenin.

(5) El dieciocho burmario de Luis Bonaparte. Marx.

(6) La bacarrota de la II Internacional. Lenin.

(7) El Estado y la revolución. Lenin.

(8) Documento Político General

(9) Manifiesto del Partido Comunista

(10) Crítica del Programa de Gotha. Marx.

(11) Una gran iniciativa. Lenin.

(12) Economía y política en la época de la Dictadura del Proletariado. Lenin.

(13) Un saludo a los obreros húngaros. Lenin.

(14) El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. F. Engels.

(15) Historia del PC(b) de la URSS. Obras T.14. Stalin. Ed. Vosa.

(16) Sobre los efectos del trabajo del Partido y las medidas para la liquidación de los trotskistas y otros fariseos. Obras. T. 15. Stalin. Ed. Vosa.

(17) Informe ante el XVIII Congreso del Partido. Obras T.15 Stalin.

(18) La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo. Lenin.

(19) Krasnaya Zvezda. (URSS) 19 mayo 1962.

(20) Pravda Vostoka (URSS) 8 octubre 1963.

(21) Ivestia (URSS) 20 octubre 1963 y el suplemento del domingo de Izvestia núm. 12, 1964.

(22) Sovietskaya Kirguizia (URSS) 9 enero 1962.

(23) Pravda. 6 febrero 1961.

(24) El imperialismo y la escisión del socialismo. Lenin.

¡Abajo el imperialismo. Viva la Revolución Proletaria Mundial! (PCR)

El lector tiene ante sus ojos el editorial del número 2 de La Forja, órgano de propaganda del Partido Comunista Revolucionario. Dentro de los objetivos de nuestro colectivo se encuentra la difusión de la teoría revolucionaria, por lo que, siendo conscientes de la existencia de algunos textos del destacamento fundacional de nuestra línea (Línea de Reconstitución) que únicamente se encuentran en el formato original de La Forja, hemos decidido compartirlos para posibilitar al resto de la vanguardia la lectura de los mismos y de este modo proseguir con el avance de la línea proletaria.    .

 


 

Pasadas las elecciones europeas y finalizada la orgia callejera de insultos, mentiras, frases vacías y arengas mitinescas ante masas crédulas que la burguesía se permite una vez cada 4 años, y retornadas las aguas al cauce normal del “rigor”, “seriedad” y “respeto” parlamentario, las cosas siguen tal y como quedaron hace 5 años, aunque el PSOE haya sufrido una derrota “histórica” que puede parecer esencial pero que, en realidad, no cambia para nada el estado de las cosas anterior al 12-J.

El hecho de que lo único resaltable de los resultados electorales en España sea la derrota del PSOE y de que las únicas expectativas abiertas vayan encaminadas a ver cuánto dura este gobierno o a ver si se convocan elecciones anticipadas, etc., prueba que el único punto de vista con que se puede contemplar unas elecciones de este tipo es el punto de vista doméstico, ése con el que, como mucho, podemos especular sobre hasta qué punto incidirán los resultados en la política nacional; lo cual, a su vez, para los trabajadores, sólo se traduce en el interés, que tiene saber si los que van a dirigir su explotación diaria y cotidiana serán los mismos que la dirigen desde hace 12 años o serán otros. Y todo esto se debe no sólo al hecho en sí de que la política que hace la burguesía es para la burguesía sin los trabajadores y contra los trabajadores, aunque para ello emplee sistemas aparentemente “democráticos ” (sufragio universal, etc.), sino también al hecho de que el diseño de Europa, esté establecido, desde el punto de vista estratégico, desde hace 40 años por la burguesía monopolista y financiera que dirige cada uno de los Estados que forman la Unión Europea (UE) : los partidos y los políticos burgueses que durante años han engañado a generaciones y generaciones de trabajadores ofreciéndoles otros “modelos” de Europa más “sociales”, no han hecho otra cosa que engañarles porque ellos no deciden nada, ellos son la careta que muestra la burguesía financiera para embaucar a los trabajadores y a los pueblos con discursos altisonantes y mentiras piadosas.

La naturaleza de clase de la Unión Europea

En el Estado burgués, la política no la hacen los políticos. Estos mercenarios sólo ejecutan las órdenes de la clase o fracción de clase dominante o más fuerte en cada momento. A lo largo de la historia de las sociedades de clase ha sido así: el Estado, con todas sus instituciones, ha sido siempre el instrumento político y militar que unas clases han utilizado para explotar, oprimir y reprimir a otras. En la época moderna, en la época del capitalismo, el Estado sirve  a la burguesía para garantizar la explotación y el dominio sobre el proletariado. La “democracia” es siempre para la clase dominante, nunca para la clase oprimida. En estas condiciones, es de cretinos pensar o hacer pensar a los trabajadores que pueden elaborar  y aplicar su política dentro del Estado que se ha construido, precisamente, para oprimirles. Los trabajadores sólo podrán hacer política, participar directamente en la política, cuando destruyan el Estado de los explotadores y construyan su Estado a través de una revolución social, cuando  tomen con sus propias manos su propio destino y se lo arrebaten a su enemigo de clase, a la burguesía.

Y  en  lo  referente  al  “proyecto  europeo”  como objetivo  concreto  de  la  política  de  todos  los  Estados (capitalistas)  de  la Europa  occidental,  ¿a  qué intereses objetivos obedece?, ¿de quién o de qué clase es ese proyecto? La introducción y el dominio creciente de las relaciones capitalistas en las economías europeas desde hace más de 200 años supuso el desarrollo creciente de la producción según las leyes del modo de producción capitalista. Estas leyes implicaban un acelerado proceso de acumulación de capital, de socialización de las fuerzas productivas y de aumento galopante de la productividad del trabajo. Marx señaló esta tendencia inherente al capital y adelantó sus consecuencias:

”Todo capital individual es una concentración mayor o menor de medios de producción con el mando correspondiente sobre un ejército mayor o menor de obreros. Toda acumulación se convierte en medio de una nueva acumulación. Al aumentar la masa de la riqueza que funciona como capital amplía su concentración en manos de los capitalistas  individuales  y,  por  tanto,  la base  de  la producción a gran escala y de los métodos específicamente capitalistas de producción. El crecimiento del capital social se efectúa en el aumento de los muchos capitales individuales. Suponiendo que todas las demás circunstancias permanecen iguales, los capitales individuales aumentan, y con ellos la concentración de los medios de producción, en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, se separan de los capitales originales porciones que funcionan como capitales nuevos  autónomos”.                                                                                                                                                    “(…) Por tanto, si la acumulación se presenta, de un lado como concentración creciente de los medios de producción y del mando sobre el trabajo, por otro lado se presenta como repulsión recíproca de muchos capitales individuales”.

Pero de las dos tendencias contrarias del capital, la concentración y la dispersión, Marx nos indicó cuál es la tendencia dominante o principal:

“Contra esta dispersión del capital social global en muchos capitales individuales o contra la repulsión recíproca de sus fracciones actúa su atracción. No se trata ya de concentración simple, idéntica a la acumulación, de medios de producción y mando sobre el trabajo. Se trata de concentración de capitales ya formados, eliminación de su autonomía individual, expropiación de un capitalista por otro, conversión de muchos capitales pequeños en pocos grandes. Este proceso se distingue del primero en que sólo presupone una distribución modificada de los capitales ya existentes y en funcionamiento, o sea, en que su campo de acción no está restringido por el crecimiento absoluto de la riqueza social o los límites absolutos de la acumulación. El capital adquiere aquí, en una mano, grandes proporciones porque allí se pierde en muchas manos. Se trata de la centralización propiamente dicha a diferencia de la acumulación  y concentración”.

E, igualmente, nos anticipó los elementos emergentes que la concentración y centralización iban a revalorizar como instrumentos de acumulación capitalista:

”Aparte de esto, en la producción capitalista se crea una potencia enteramente nueva, el sistema de crédito, que en sus comienzos se insinúa recatadamente, como tímido auxiliar de la acumulación,   atrayendo  en manos de capitalistas individuales  o asociados,  por medio de hilos invisibles, los medios dinerarios diseminados en grandes o pequeñas masas por la superficie de la sociedad, pero  pronto se convierte  en  un  arma  nueva y  terrible  en  la  lucha competitiva, y finalmente, se transforma en un gigantesco mecanismo social para la centralización de los capitales”.

Pues bien, en Europa (y también en Estados Unidos y Japón), el capitalismo fue desarrollándose según esas tendencias hasta que, a finales del siglo XIX, la socialización de la producción y la concentración y centralización cuantitativa de capital fueron tan altas que provocaron un salto cualitativo en el modo de producción: el capitalismo había alcanzado su fase más avanzada, superior, el imperialismo. Lenin estudió en 1916, en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, los cambios cualitativos del capitalismo, ratificó en la realidad y de modo concreto las tendencias indicadas por Marx y señaló las características de la nueva etapa:

“El colosal incremento de la industria y el proceso rapidísimo de concentración de la producción en empresas cada vez más grandes son una de las peculiaridades más características  del capitalismo”.

“(…) la concentración, al llegar a u n grado determinado de su desarrollo, puede afirmarse que conduce por sí misma de lleno al monopolio, ya que a unas cuantas decenas de empresas gigantescas les resulta fácil ponerse de acuerdo entre sí y, por otra parte, la competencia, que se hace cada vez más difícil, o sea, la tendencia al monopolio, nacen precisamente de las grandes proporciones de las empresas. Esta transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes (por no decir el más importante) de la economía del capitalismo de los últimos tiempos”(…)

A la par que se da la centralización industrial, también tiene lugar la centralización bancaria:

”A medida que van aumentando las operaciones bancarias y que se concentran en un número reducido de establecimientos, los bancos se convierten, de modestos intermediarios que eran antes, en monopolistas omnipotentes que disponen de casi todo el capital monetario de todos los capitalistas y pequeños patronos, así como de la mayor parte de los medios de producción y de las fuentes de materias primas de uno o de muchos países”.

De ello resulta una fusión cada día mayor o (…) el engarce de los capitales bancario e industrial. Es decir, la acumulación capitalista produce, a la larga, la alianza entre el capital industrial y el capital bancario, su fusión en capital financiero, que de ser consecuencia o producto de la centralización, pasa inmediatamente a reproducirla y extenderla en una escala cada vez mayor. De ahí que:

”Lo que caracteriza al viejo capitalismo, en el cual dominaba por completo la libre competencia, era la exportación de mercancías. Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la exportación de capital”.

De esta manera, el capitalismo se hace mundial, extiende su imperio por todo el planeta, y las burguesías financieras de los países más desarrollados, de los países imperialistas, planifican y organizan esa expansión a través de sus respectivos Estados-bien aliándose, bien enfrentándose- con el fin de repartirse el mundo, ya sea territorialmente (como en el siglo pasado) o en zonas de influencia (como en la actualidad) extendiendo la forma capitalista de explotación por todo el mundo y sojuzgando y oprimiendo a todos los pueblos.

Lo que políticamente se denomina “Europa” no es más quela asociación de los capitalistas del Viejo Continente para dar, por un lado, una solución política a esa tendencia a la centralización y a la internacionalización inherentes al capital, no es más que la alianza imperialista de los Estados monopolistas europeos, entre los que se encuentra España, y, por otro, no es más que la acumulación de fuerzas de cara al reparto del mundo frente a los otros centros del imperialismo mundial (EE.UU, Japón y Rusia, principalmente). En resumen, no es más que la puesta en marcha, una vez más, de la dinámica de pugnas y enfrentamientos entre potencias que anegó al mundo en sangre en dos guerras imperialistas y que nos aboca a una tercera.

Es, por tanto, el capital monopolista y financiero europeo quien está vinculado verdaderamente a la idea de la “Europa Unida”, a ninguna otra clase social le interesa tanto ese proyecto como a la burguesía monopolista, y los partidos mayoritarios del sistema (PSOE, PP, IU, etc.) se encargan de presentar ante el pueblo como interés general, como interés común a todas las clases, lo que sólo interesa a una minoría privilegiada. El hecho de que, hoy por hoy, esa idea parezca incuestionable, asumida por toda la sociedad de manera acrítica, no obedece sino al hecho triste de la hegemonía ideológica de aquella clase (a la que ha contribuido en la mayor parte el revisionismo, que ha neutralizado la lucha general del proletariado y que, principalmente, hoy representa IU), y a que, excepto la clase obrera y algunos sectores de la pequeña burguesía que ven acelerada o inmediata su proletarización desde la entrada en España en la CEE (1986), el resto de las clases y capas sociales tienen intereses que, salvando ciertas contradicciones, giran en la órbita del capital financiero (la burguesía capitalista no monopolista o algunos sectores del campesinado medio que confían en sobrevivir gracias a las cuotas de producción comunitarias o a las ayudas de la Política Agraria Comunitaria, etc.). Pero estas clases o grupos sociales son una minoría; los intereses de la gran mayoría de los trabajadores y del pueblo están objetivamente enfrentados al proyecto imperialista europeo. La labor de los comunistas consiste en salvar esa contradicción, encauzando a las grandes masas por el camino de sus verdaderos intereses: terminar con la explotación de los países oprimidos, terminar con la explotación de la clase obrera y terminar con la sociedad de clases en general.

El carácter reaccionario del proyecto europeo

La idea de una Europa políticamente unida es hija fidedigna del imperialismo, surge en el mismo momento en que el capitalismo se transforma y se consolida como imperialismo. No es en absoluto, aunque así nos lo quieren vender la última idea genial de algún filántropo. La idea de “Europa” surgió durante la Primera Guerra Mundial como “solución” a las contradicciones interimperialistas de las potencias continentales enzarzadas en la contienda. La burguesía intentó introducir la idea en el movimiento obrero revolucionario, al abrigo del revisionismo de Kautsky y de su teoría del “ultraimperialismo”, en forma de consigna de los “Estados Unidos de Europa”. Lenin la censuró abiertamente y desenmascaró su verdadero contenido con argumentos que hoy en día están plenamente vigentes:

“Desde el punto de vista de las condiciones económicas del imperialismo, es decir, de la exportación de capitales y del reparto del mundo por las potencias coloniales “avanzadas” y ‘ civilizadas’, los Estados Unidos de Europa son imposibles o son reaccionarios en el capitalismo.

“En el capitalismo, los Estados Unidos de Europa equivalen a un acuerdo sobre el reparto de las colonias. Pero en el capitalismo no puede haber otra base ni otro principio de reparto que la fuerza”.

“Desde luego, son posibles acuerdos temporales entre los capitalistas y entre las potencias. En este sentido son también posibles los Estados Unidos de Europa, como un acuerdo de los capitalistas europeos… ¿sobre qué?. Sólo sobre el modo de aplastar juntos el socialismo en Europa, de defender juntos las colonias robadas contra el Japón y Norteamérica ”.

Y así fue, en efecto, que, después de la Segunda Guerra Mundial los capitalistas que controlaban las ramas de la producción más monopolizadas y concentradas, los cárteles siderometalúrgicos y carboníferos de Francia y Alemania, decidieron unirse en 1951 en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), poniendo en marcha por fin la idea surgida décadas antes. En 1958. con la firma de los Tratados de Roma, por los que se crea la CEE, se consolida definitivamente la alianza de los monopolios europeos que, al principio reúne sólo a 6 Estados, pero que irá ampliándose paulatina mente con el tiempo, tanto en Estados miembros como en esferas de integración económica (desde la unidad aduanera  hasta  la  generalización  del Sistema Monetario Europeo, pasando por la política fiscal y social común).

El   principal   apoyo   que   encontró   la   burguesía financiera europea fue el de la burguesía financiera yanqui. Esta  estaba  interesada  en  la  recuperación  rápida  de  los monopolios  de  la  Europa  capitalista  tras  la  guerra  para       frenar el avance del Socialismo. De esta manera, apoyó la creación  de  la  CEE  (sabiendo  que  creaba  un  enemigo futuro), pero integrándola en la OTAN, estructura militar, controlada  por  EE.UU,  contra  la  URSS  y  sus  aliados. Vemos, pues, la vigencia plena de la afirmación de Lenin cuando decía que los Estados Unidos de Europa sólo sería un acuerdo de los capitalistas para aplasta r el Socialismo en Europa.

Sin embargo, a partir de 1956 el Socialismo comenzó a ser destruido en la URSS por el  revisionismo, transformándose este Estado, junto  con sus aliados, en un bloque socialimperialista que también empezó a pugnar por sus zonas de influencia. A partir  de aquí,  con la entrada sucesiva de nuevos Estados miembros (Inglaterra. Portugal. España, Grecia, etc.)  empieza a tomar relevancia principal como motor que empuja la unidad europea el otro aspecto que presentarían unos Estados Unidos de Europa y que Lenin nos adelantó: como acuerdo para defender juntos las colonias o zonas de influencia contra el Japón y Norteamérica (hoy también habría que añadir Rusia).

Dentro del marco del capitalismo mundial, del imperialismo con sus distintos centros y sus distintas zonas de influencia y de pugna en la “construcción europea”, se reúnen, en definitiva, las dos tendencias innatas al capital que nos enseñó Marx: la concentración y la disgregación. La concentración, la unidad relativa del imperialismo mundial fue lo que dominó las relaciones interimperialistas cuando el Socialismo avanzaba imparable por Europa y Asia tras la Segunda Guerra Mundial: pero, una vez desaparecido ese peligro inmediato, pasa a dominar la disgregación, la competencia, la separación y confrontación entre los centros imperialistas. Si a esto le sumamos un cambio en la correlación de fuerzas económicas entre las principales potencias imperialistas desde principios de los 70, caracterizado por el estancamiento de EE.UU.(aunque este país trata con todas sus fuerzas de mantener sus posiciones hegemónicas, como prueba el Tratado de Libre Comercio firmado con México y Canadá) y el resurgimiento de Japón y Alemania (que arrastra tras sí al resto de la parte occidental del continente europeo) y una crisis profunda del sistema que obliga a los capitalistas a buscar nuevos mercados y a destruir fuerzas productivas, no nos debería extrañar que en el orden de prioridades de alguna cancillería esté puesta, en  primer lugar, la necesidad de un nuevo reparto del mundo y la necesidad de una guerra para conseguirlo.

El imperialismo conduce, irremediablemente, a la guerra. Apoyar el fortalecimiento de cualquiera de los focos del imperialismo en cualquier parte del mundo no es sólo apoyar la explotación de millones y millones de trabajadores oprimidos a lo largo y ancho del globo, sino también apoyar, a la larga, la masacre de millones y millones de trabajadores en una guerra entre corsarios por el reparto del botín.

De hecho, los imperialistas europeos ya se están preparando para ello. El triunfo electoral general de los partidos más conservadores en la UE, siempre más proclives y dispuestos a soltar libremente a los perros de la xenofobia, el racismo, el revanchismo y el nacionalismo que sus amigos de la máscara liberal y democrática, muestra el interés que empiezan a tener los grandes capitalistas europeos por ir haciendo aceptable, poco a poco, para las masas un enfrentamiento a gran escala con sus competidores. La ayuda que reciben, por otro lado, por parte del oportunismo y del revisionismo es inestimable. El apoyo de los sindicatos austriacos a la integración de su país en la UE revela a quién defienden realmente contribuyendo a la acumulación de fuerzas de los imperialistas europeos.

El oportunismo está al servicio del imperialismo

La guerra es inevitable para el imperialismo. Sin embargo, el hecho objetivo de la progresiva  integración económica internacional que produce la acumulación capitalista en una escala cada vez mayor, puede dar la impresión superficial de que, bajo el capitalismo, se dan condiciones para solucionar las contradicciones entre los Estados y conseguir el objetivo de la paz mundial. De ese falso reflejo de la realidad se aprovecha n los imperialistas para montar su propaganda y ocultar sus verdaderos intereses expansionistas ante las masas, y se aprovechan también, los oportunistas y los revisionistas para engañar a los trabajadores e introducir en el movimiento obrero el conciliacionismo de clase y la renuncia a la Revolución Proletaria. Así lo hizo Kautsky y la socialdemocracia a principios de siglo (con la teoría del ”ultraimperialismo’ ‘, según la cual es posible una alianza universal pacífica, estable y permanente de los capitales financieros y los Estados monopolistas de todo el mundo) y así lo hacen los oportunistas de hoy, los Anguila y demás especímenes pequeñoburgueses de la misma calaña que, con otras palabras, defienden la misma idea de la posibilidad de solucionar los problemas que el capital crea a los trabajadores dentro del capitalismo. de reformar las instituciones del capital en beneficio de los obreros. En nuestro caso, de utilizar las instituciones europeas para ”la construcción de la Europa unida, democrática social y solidaria”.

En 1916, Lenin nos advirtió que la tendencia pequeñoburguesa enquistada en el movimiento obrero, en lo tocante a las cuestiones de la integración económica y política del imperialismo, iba siempre a levantar la bandera del pacifismo y de la democracia. Por eso no nos ha de extrañar que la mayoría de los grupos de la ‘ ‘izquierda” que han dicho algo sobre la UE (con IU a la cabeza) hayan centrado sus críticas única y principalmente en el ”modelo” de Europa, en la importancia de la aplicación o desarrollo de la Carta Social, o en el peso que debe tener el Parlamento europeo frente a la Comisión, o en si se debe construir una Europa menos centralizada y más federalizada, etc. Ninguno de ellos se sale del marco del proyecto imperialista europeo, ninguno denuncia  su verdadera  naturaleza  de clase y  sus verdaderos objetivos, sólo matizan la forma o denuncian aspectos secundarios del mismo.

A principios de siglo, este discurso escondía el anhelo de la pequeña burguesía y de la burguesía capitalista no monopolista de volver a los viejos tiempos del capitalismo de libre competencia. Pero hoy, cuando esa misma competencia ha concentrado tanto los medios de producción y ha acelerado tanto el proceso de monopolización económica que hasta esas clases desplazadas por el capital financiero han comprendido lo imposible que resulta realizar sus añoranzas reaccionarias, éstassólobuscan un lugar entre los resquicios que dejan libres los monopolios para poder sobrevivir.

En este sentido, no es una casualidad que IU exija en su programa europeo la renegociación de Maastricht, o sea, la renegociación de las cuotas de mercado para las distintas ramas de la producción, con el intento vano y demagógico de salvar a sectores y clases productivas españolas condenadas por la división del trabajo impuesta por ese Tratado. Ni tampoco es casual que lloriquee por una ”Europa federal” como prolongación política europea de su ”programa para salir de la crisis” basado en un papel fuerte del “sector público” y en una ”economía de planificación indicativa” (la pequeña y mediana burguesía ha pasado de añorar los tiempos de la libre competencia a añorar los tiempos del ”Estado del bienestar” delaposguerra) de manera que cada Estado nacional conserve, en los mecanismos de decisión europeos, cierta autonomía y, en consecuencia, cierto margen a la competencia. En esto ha quedado la nostalgia por la época de la libre concurrencia de la pequeña y mediana burguesía y de su monaguillo, el revisionismo.

Mucho ruido y pocas nueces; mucha palabrería sobre lo desastroso que es para los trabajadores la integración europea, pero nada sobre el cuestionamiento de esa integración. ¡Los oportunistas de IU pretenden que los trabajadores construyan la Europa de los imperialistas!

¿Cómo se puede pretender que los obreros enseñen a los capitalistas a diseñar el proyecto de la Europa de los monopolios? Tales majaderías sólo moverían a risa si realmente estos embaucadores no tuviesen el respaldo que tienen en las urnas, lo que demuestra hasta qué punto están cegadas y engañadas las masas por el oportunismo y el revisionismo; o si las mismas tesis, algo más ‘”radicalizadas”, no fueran el credo de otros grupos y partidos autodenominados “socialistas” o “comunistas”, que muestra lo ardua y prolongada que ha de ser la lucha del comunismo consecuente para arrancar a las masas de las manos de tanto embelesador hipócrita y propagar entre ellas las ideas correctas de su autoemancipación. Aunque el relativamente elevado porcentaje de abstención (más del 40% en España y por encima del 50% en  Portugal y el  Reino Unido) indica que la burguesía no es capaz de entusiasmar a las masas en su proyecto imperialista, aun cuando la ideología proletaria no ha empezado a bregar por  la conciencia de esas masas.

En la línea oportunista de IU acudieron a la cita del 12-J otras formaciones políticas que, con un discurso más radical, defendían las mismas ideas y los mismos intereses de clase pequeño burgués o del capital no monopolista. El PCPE, por ejemplo, critica a IU que sólo pone en tela de juicio Maastricht, cuando, según ellos, de lo que se trata es de ir más allá y derogar el Acta Única, porque ésta es algo así como “la madre del cordero” y el instrumento a través del cual la “oligarquía española” nos ha integrado en Europa a través de una ”política de convergencia” que nos sitúa en una esfera subordinada en la UE. Apelan, por tanto, a la defensa de la “soberanía nacional” y llaman a los trabajadores, de hecho, a cerrar filas tras la pequeña burguesía y la burguesía no monopolista para diseñar “un proyecto alternativo al imperialista de construcción europea”. ¡Como si existiese un proyecto de integración económica y política circunscrito a Europa que no sea imperialista! Para el PCPE existe, sin embargo, un ”proyecto alternativo de los pueblos y los   trabajadores”.

¿Cuál es  o podría ser ese  proyecto desde el punto de vista científico del Comunismo, dejando de lado las candorosas fábulas de quienes se presentan ante las masas como ”revolucionarios realistas” o ”comunistas democráticos”?

Como hemos señalado arriba en boca de Lenin, el capitalismo, al entrar en su etapa  madura, al convertirse en imperialismo, se hace mundial. Esto significa que extiende las relaciones de producción capitalista por  toda  la faz de la tierra. A la vez que se internacionaliza el capital, se inter­ nacionaliza su producto más genuino: el proletariado, y a la vez que esto sucede se impone a cada hora y cada día que pasa de una manera más acuciante la tarea de realizar la Revolución Proletaria en todo el mundo. La perspectiva es, pues, mundial y no se circunscribe a ningún país o continente.

A la vez que el capitalismo se extiende y se hace internacional, va integrando las relaciones económicas y políticas a lo largo y ancho del planeta y va engarzando poco a poco los eslabones de la cadena imperialista mundial. Frente a esto, el proletariado va desarrollando sus luchas y organizando la destrucción del capitalismo, destrucción que no puede concebirse sino a escala mundial. Dado el desarrollo económico desigual de los países que se acentúa con el imperialismo, esta destrucción comienza con la ruptura por parte del proletariado y las masas populares de la cadena imperialista por su eslabón más débil y termina con el triunfo definitivo de las revoluciones dirigidas por el proletariado en todo el mundo. La integración política verdadera ”de los trabajadores y de los pueblos” sólo puede partir de esta base: de la unión de los Estados dirigidos por el proletariado que vayan surgiendo en todo el mundo en la medida en que se va rompiendo la cadena imperialista mundial. Pero este plan no se limita a Europa, ni siquiera tiene por qué partir, por principio de Europa: depende de por dónde la vanguardia de la Revolución Proletaria Mundial vaya rompiendo la cadena imperialista. El estrecho punto de vista del PCPE sobre la integración europea de los trabajadores y de los pueblos no es más que la forma mistificada con que este partido defiende la “soberanía nacional”, es decir, el derecho de la pequeña y mediana burguesía española a su mercado y ala explotación de ”sus” obreros.

Lo mismo habría que decir de otros grupos comunistas que han propagado su punto de vista sobre el tema, aunque no hayan concurrido a los comicios electorales. Así, el Frente Marxista Leninista de los Pueblos de España (FML­ PE-), grupo que rompió organizativamente con el PCPE y que trató de denunciar el revisionismo de este partido pseudocomunista, en la práctica sigue caminando por los mismos derroteros ideológicos que su padre espiritual. En efecto, el FML(PE) denuncia también el Acta Única y la CEE como ”instrumento supranacional del Imperialismo”, pero continúa constriñendo la perspectiva de integración internacional de los Estados al marco europeo y no señala para nada que esa integración verdadera sólo puede hacerse desde Estados dirigidos por el proletariado. Aunque señalan que la UE no se puede ”reformar desde dentro” para llegar a “la Europa de los Trabajadores” (un paso adelante en relación con el PCPE, al menos) insisten en que ”la defensa de la soberanía nacional de nuestro país y de otros países es el deber de cada comunista’ ‘, en que la soberanía nacional “debe unir dialécticamente patriotismo popular e internacionalismo proletario”.

El eclecticismo de tal consigna, que refunde con palabras principios contrarios que expresan, en realidad, intereses de clase antagónicos (el nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario), se denuncia a sí misma. Y el ‘‘¡Noa la Europa capitalista! ” con que resume el Frente su punto de vista sobre el problema europeo, denuncia el espíritu pequeño burgués que inspira esa consigna porque esconde, como el PCPE, la pretensión falsa de la pequeña y mediana burguesía de construir una Europa “sin monopolios” y porque, disfrazada de “comunismo”, no sirve más que para engañar al proletariado haciéndole creer que es posible la unidad política entre  Estados no capitalistas independientemente de su tarea de construir su propio Estado a través de la Revolución Proletaria.

Prácticamente lo mismo habría que decir, para terminar con este pequeño repaso de los puntos de vista más importantes sobre Europa que han confluido en el debate político electoral desde lo que oficialmente se denomina ”izquierda”, de los partidos más destacados del ”radicalismo nacionalista” (HB y BNG), que defienden, con los mismos argumentos (“No a esta Europa”,  “No a Maastricht”), pero de manera abierta y no disfrazada de comunismo (cosa de agradecer), los mismos intereses de clase de la pequeña y mediana burguesía (aunque, en este caso, sólo de la vasca y de la gallega) que el resto de los partidos de “izquierda” a escala estatal.

El verdadero proyecto internacional del proletariado

El proletariado español no tiene otro proyecto internacional que el de cumplir las tareas de la Revolución Proletaria Mundial y no tiene otro objetivo de alianza política internacional fuera de aquellos pueblos que vayan cumpliendo esas mismas tareas. En esto se resume el principio del internacionalismo proletario que, frente al proyecto europeísta y eurocentrista de la burguesía. con todos los matices políticos de sus distintas fracciones, incluida la aristocracia obrera, es el proyecto del proletariado, proyecto que Lenin sintetizó magistralmente con estas palabras:

“Los Estados Unidos del mundo (y no de Europa) constituyen la forma estatal de unificación y  libertad de las naciones, forma que nosotros relacionamos con el socialismo, mientras la victoria completa del comunismo no traiga la desaparición definitiva de todo el Estado, incluído  el Estado democrático”.

La unidad mundial del proletariado y de los pueblos oprimidos pasa por la Revolución triunfante de todos y cada u no de los destacamentos del proletariado internacional y de todos y cada uno de los pueblos oprimidos. Las condiciones objetivas están ahí, el propio capitalismo en su etapa monopolista, imperialista, las ha madurado.

El monopolio no es más que la respuesta que da el capital a la gigantesca socialización de fuerzas productivas que crea su propio desarrollo, con el fin de contenerlas aún en su envoltura burguesa, con el fin de someterlas, todavía, a la propiedad privada. Pero, a la larga, la forma de apropiación deberá corresponderse con el contenido crecientemente socializado de la producción. Sólo queda que la clase histórica destinada a ello, el proletariado, cumpla esa necesidad que las condiciones económicas piden a gritos apropiándose, como clase, de los medios de producción e imponiendo a la socialización de la producción la  propiedad socialista de los medios de producción. Por eso Lenin definió al imperial ismo como el capitalismo agonizante y en descomposición que presenta los rasgos de transición a una estructura económica y social más elevada.

Pero  para que el proletariado tome conciencia de esa necesidad objetiva debe asumir su ideología que le señala la meta de su acción revolucionaria y los medios para alcanzarla. La meta es el Comunismo como punto final de la sociedad socialista que construye a través de su dictadura revolucionaria de clase, y de su instrumento fundamental, el Partido Comunista que le conduzca en ese camino. Sin Partido Comunista el proletariado de cada nación jamás conquistará el poder y, con ello, jamás podrá configurarse políticamente en la clase mundial que económicamente ya es.

Por  ello en  España como en casi todos los países la tarea prioritaria del proletariado es la constitución del Partido Comunista. Sin esta premisa resulta superfluo hablar de otros objetivos a cumplir por la clase obrera. Y, como vanguardia del proletariado en cada nación, los Partidos Comunistas deben Reconstituir la Internacional Comunista como vanguardia del proletariado mundial y como dirigente de la Revolución Proletaria Mundial.